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La amenaza sigue viva = AMLO

27 Jun

LA AMENAZA SIGUE VIVA

 

La gran decepción que tenía el pueblo de Venezuela en 1998 por la corrupción y el desempeño de sus partidos políticos tradicionales lo llevó a elegir hace poco más de trece años a un personaje que decía ser una alternativa política “honesta”, que corregiría todos los entuertos creados durante décadas por los políticos de esos partidos, así como que mejoraría el nivel de vida de los venezolanos.

Me refiero, como se imagina, a Hugo Chávez, quien efectivamente ha transformado a Venezuela, pero haciendo bueno el dicho popular de que el remedio fue peor que la enfermedad.

En nuestro país también existe un enorme desencanto con los partidos políticos tradicionales. El PRI y el PAN han dado innumerables muestras de corrupción, nepotismo y malos manejos políticos.

Lo cierto es que nuestro sistema político está podrido y sólo ofrece alternativas malas, peores o pésimas. No hay forma que desde dentro pueda cambiar, porque no conviene a los intereses de quienes participan en él.

En este contexto surge en México, al igual que en Venezuela, una figura mesiánica, que promete curarnos de todos los males, reales o imaginarios, que ocasionaron los gobernantes salidos de esos partidos.

Esa figura es Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quién busca nuevamente la Presidencia de la República. La verdadera, no la espuria de “presidente legítimo”, con la que se autonombró después de su pataleta por la derrota sufrida en las elecciones del 2006.

El PRD y AMLO, sin embargo, no son nuevos en el devenir político de nuestro país. No son, como dicen, una alternativa fresca y honesta, con programas económicos modernos. Por el contrario, se oponen a las reformas estructurales y representan la versión más retrógrada del de por sí anquilosado sistema político mexicano y, por ende, son la opción pésima en esta elección presidencial.

Las nuevas generaciones muy probablemente desconocen que AMLO y muchos de los fundadores del PRD son priístas despechados. Abandonaron al PRI no por diferencias ideológicas, sino porque les fue negado el hueso al que aspiraban.

AMLO dejó el PRI porque no fue su candidato a la gubernatura de Tabasco. Eso mismo hizo Ricardo Monreal (que ahora está en el PT) al negársele la candidatura a la gubernatura de Zacatecas y Cuauhtémoc Cárdenas, quien no obtuvo la de la Presidencia de la República.

Ellos salieron del PRI tecnocrático de los 80s y 90s con las ideas y convicciones del PRI populista, intervencionista y estatista de los años de Luis Echeverría Álvarez. Y esas mismas ideas están presentes hoy en el PRD que cobija a estos dinosaurios políticos.

AMLO corteja hoy, con mensajes de amor y concordia, al sector privado. Pero la mona aunque se vista de seda, mona se queda. La demagogia y el malabarismo verbal son su sello personal. Tiene una gran habilidad para hacer creíbles las más descabelladas hipótesis, con las que fácilmente engatusa a las personas, confundiendo el debate de ideas con el intercambio de descalificaciones. Está en pro de una mayor intervención del Estado y desdeña la economía de mercado.

La crítica de AMLO a la economía de mercado en distintos foros y discursos, contrasta con su visión romántica de un intervencionismo gubernamental caracterizado por acciones óptimas de gobernantes y burócratas bondadosos y omniscientes.

La gran mayoría de las personas sabemos perfectamente que ésa no es la forma en que se comporta la burocracia, como tampoco es la pauta que rige el comportamiento de los políticos.

En la práctica, los mercados imperfectos funcionan mejor que los gobiernos imperfectos. La competencia, así como los incentivos al esfuerzo y la innovación, sin importar qué tan imperfecto sea el mercado, funcionan siempre mejor que los programas y planes de los burócratas “angelicales” que desde un escritorio persiguen, supuestamente, el interés público. La extinta Unión Soviética es un ejemplo patente de ello.

En principio, es fácil coincidir con muchas de las preocupaciones de AMLO. No hay duda que todos aspiramos a un México más culto, seguro y sin corrupción, con un gobierno austero y eficiente, que facilite la acción de los particulares, respete los derechos de propiedad, y donde los costos de los insumos sean “justos y competitivos” para lograr un crecimiento alto y sostenido.

En fin, todos deseamos y buscamos el Paraíso en la Tierra, promesa que hacen todos los políticos, pero que AMLO dice sólo él puede hacerla realidad.

El problema no está, por tanto, en la exposición de las preocupaciones centrales de AMLO, la mayoría de las cuales apelan a los más nobles sentimientos humanos, sino en el populismo, el intervencionismo estatal y las políticas públicas que propone usar para cumplir sus promesas, que son un camino seguro al infierno económico.

El programa social de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) que incluye, entre otras cosas, los servicios de salud y educación es extremadamente ambicioso. En su gobierno habría dinero para todos y para todo, de manera que nadie quedaría fuera de estos sistemas de bienestar social.

En principio, me parecen muy loables estas intenciones. ¿Quién no desea que todos los mexicanos tengan acceso gratuito a los servicios de salud y educación, y que todos terminen una carrera profesional? ¿No es ése, acaso, el ideal de todos los países del mundo? Y, aun así, ni siquiera las naciones más desarrolladas y ricas cuentan con los recursos financieros y humanos para lograrlo.

Debe subrayarse que la “gratuidad” no quiere decir sin costo. Lo que es gratuito para el beneficiario le cuesta al contribuyente. Sin embargo, AMLO no presenta un cálculo, siquiera aproximado, de lo que se necesitaría para hacer efectivas sus promesas tan generosas. En principio, todo su financiamiento saldría de la “austeridad republicana”.

Ésta consiste en la lucha contra la corrupción, la disminución de los sueldos de los “altos funcionarios públicos” y una reforma tributaria que ampliaría considerablemente la base del Impuesto Sobre la Renta (ISR).

Por una parte, la reforma fiscal que tiene en mente, con medidas para reducir la evasión fiscal y eliminar privilegios y tratos preferentes en el ISR no recaudaría lo que plantea, como lo comentó hace tiempo Everardo Elizondo, y menos si deja fuera como es su intención, la generalización del Impuesto al Valor Agregado en alimentos y medicinas.

Pero lo que más llama la atención es la importancia que deposita en la disminución de los sueldos de los “altos funcionarios públicos”.

La mayoría de los mexicanos sabemos que nuestros gobernantes aprovechan el puesto público para enriquecerse. Vemos ejemplos de corrupción y dispendio rampantes, con nóminas que superan los ingresos que obtienen las burocracias de otros países.

En consecuencia, suena atractivo cuando surge una voz que promete acabar con esos abusos y privilegios. No tengo duda que estaríamos mejor con un Estado más pequeño, eficiente y esbelto. Por mí, que despidan a muchos burócratas y desaparezcan muchas regulaciones y permisos que son oportunidades de corrupción.

Eso, sin embargo, no es lo que tiene en mente AMLO. No habla de despedir personal o de eliminar regulaciones. Sólo insiste en una reducción de los sueldos de los “altos funcionarios públicos” para financiar sus promesas del Paraíso en la Tierra.

Esa cantaleta no es nueva, pero por conversaciones con diferentes personas, es efectiva. La sola mención de que se reducirían los sueldos de los “altos funcionarios públicos” es recibida con gran beneplácito.

El problema está en que eso es un gesto simbólico, pero nunca la panacea de recursos que AMLO necesita para mantener ocupada la mano generosa del Estado. Las cifras que maneja no tienen relación con la realidad, pero el mensaje tiene eco en una población harta de sus políticos. AMLO suelta números a la ligera, sin saber de lo que habla o, peor aun, con una intención dolosa.

Hace seis años, por ejemplo, habló de una política de “austeridad republicana” que, al igual que hoy, reduciría los sueldos de los altos funcionarios públicos, abatiría la corrupción, y disminuiría los gastos innecesarios y superfluos, pero en ese entonces el ahorro esperado era de 100 mil millones de pesos.

Esa cifra no impresiona ahora, y como se trata de exagerar, en esta ocasión va más lejos. Hoy nos dice que se va a ahorrar “300 mil millones de pesos nada más con el ajuste que vamos a hacer a los sueldos de los altos funcionarios públicos”.

Pongamos ese monto en perspectiva. Equivale a casi el 50 por ciento del renglón de servicios personales en el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2012, lo que implicaría una cirugía mayor de la burocracia.

Esa cirugía requeriría de una de dos estrategias. Por un lado, despedir a alrededor de 400 mil personas, la mitad de las cuales trabajan en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Por otro lado, si no hay despidos masivos, lograr esos ahorros requeriría de una reducción de entre 70 y 80 por ciento en los sueldos de más de un millón de burócratas. En cualquier caso, valdría la pena que AMLO lo dijera abiertamente.

Lamentablemente, una disminución de ingresos de esa magnitud haría que las personas mejor preparadas abandonaran sus puestos para buscar alternativas más atractivas en el sector privado, dejándonos con un gobierno todavía más plagado de ineptos y con motivos suficientes para completar su ingreso mediante la explotación de múltiples formas de corrupción.

AMLO, por tanto, no tiene en asuntos económicos idea de lo que dice.

Primero, la paranoia. AMLO, al igual que Hugo Chávez, ve complots y conspiraciones en todos lados. Un ejemplo fue su visita a fines del 2011 a España, donde se las agenció para decir muchos disparates en pocas palabras, culpando de todos los males de México y la humanidad a una conspiración mundial.Existen algunos empresarios que simpatizan con la campaña de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y cabildean en su favor, quizá porque no se percatan de que es un enemigo acérrimo del sector privado y la antítesis de la libertad económica de los particulares. Veámoslo sin careta.

Él afirmó que “la crisis de México viene de tiempo atrás, aunque se precipitó desde la década de los 70, cuando un grupo de potentados en el ámbito internacional, ordenó a sus técnicos y a sus políticos diseñar y aplicar un nuevo modelo para dominar a los estados nacionales y apoderarse de los recursos naturales y de los bienes de la inmensa mayoría de los seres humanos”.

Segundo, se opone abiertamente a las “llamadas ‘reformas estructurales’ en materia laboral, energética, fiscal y de seguridad social que, en esencia, significan más privatización, beneficios para una élite y costosos retrocesos sociales”.

Los empresarios saben que urge en México, entre otras, una reforma laboral que flexibilice el mercado de trabajo y mejore la competitividad de las empresas en los mercados externos. AMLO se opone a ella, pero no a cambios socializantes que interfieran más con la operación de los negocios.

Él tiene la pretensión desde su campaña de 2006 de “impulsar la representación de los trabajadores en los consejos de administración de las empresas públicas y privadas, para aumentar la productividad de las empresas y para garantizar un reparto justo de la riqueza que generan.”

Tercero, muestra un gran desdén por la determinación de los precios en el mercado. La estrategia de AMLO en lo que toca a los precios de los energéticos es que no los determine el mercado, ni su costo de oportunidad, sino un conjunto de burócratas omniscientes.

El manejo de esos precios desde los escritorios de la burocracia siempre tiene resultados desastrosos en la asignación eficiente de recursos, más cuando incluye la promesa electorera de reducir los precios del gas, la gasolina y la electricidad.

Esos menores precios, en la medida que no son resultado de las fuerzas del mercado, beneficiarían a las clases medias y altas, restarían recursos de tareas que en realidad ayudarían más a los pobres, como el transporte colectivo, propiciarían mayores congestionamientos viales y más contaminación ambiental, así como perjudicarían a las generaciones futuras, al agotar aceleradamente nuestros recursos naturales.

Una alternativa sensata sería dejar que esos precios se movieran de acuerdo a las fuerzas del mercado, mediante una reforma energética que promoviera una mayor competencia al permitir la participación del sector privado. Eso no está en la agenda estatista de AMLO, quien equipara la privatización de las empresas estatales a un saqueo de las riquezas y de los bienes de la nación.

No es posible en este espacio comentar los muchos otros planteamientos populistas y estatistas de AMLO, pero termino con dos que confirman su peligroso parecido con los gobiernos nefastos de Venezuela y Argentina.

El primero afectaría seriamente a la clase trabajadora del país. Me refiero a la intención de AMLO, si llegase algún día a la presidencia, de emular a Hugo Chávez y Cristina Fernández para meter su mano en los fondos de pensiones de los trabajadores, con lo que acabaría por comprometer la integridad de los mismos.

En efecto, él ha planteado “reformar los sistemas de pensiones para promover una política de inversión en infraestructura con los fondos que actualmente administran empresas del capital financiero. De esta manera un 50% de los fondos continuarán en las Afores y el otro 50% restante los manejará el Estado…”.

El peligro mayor, sin embargo, es un proyecto que abriga desde su campaña de 2006, similar al que usó Hugo Chávez para perpetuarse en Venezuela, de “realizar una consulta amplia y formal para que la sociedad determine si quiere o no una revisión integral de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y cuál es la mejor vía para realizarla, sea esta la aprobación de un proyecto por el procedimiento ordinario de reformas constitucionales, o sea mediante la convocatoria a un Congreso Constituyente”.

En síntesis, la retórica paranoica y populista de AMLO, así como su delirio de grandeza caudillista llevarían al país, si llegase a ganar las elecciones, en la ruta del retroceso económico. Desechemos, por tanto, esta opción pésima, y conformémonos con alguna de las otras dos, que son malas, pero no tanto.

 

The Raven – El Cuervo

24 May
The Raven

Edgar   Allan Poe

 

Once upon   a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,

Over many   a quaint and curious volume of forgotten lore,

While I   nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,

As of   some one gently rapping, rapping at my chamber door.

“‘Tis   some visitor,” I muttered, “tapping at my chamber door –

Only   this, and nothing more.”

 

Ah,   distinctly I remember it was in the bleak December,

And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.

Eagerly I   wished the morrow; – vainly I had sought to borrow

From my   books surcease of sorrow – sorrow for the lost Lenore –

For the   rare and radiant maiden whom the angels name Lenore –

Nameless   here for evermore.

 

And the   silken sad uncertain rustling of each purple curtain

Thrilled   me – filled me with fantastic terrors never felt before;

So that   now, to still the beating of my heart, I stood repeating,

“‘Tis   some visitor entreating entrance at my chamber door –

Some late   visitor entreating entrance at my chamber door; –

This it   is, and nothing more.”

 

Presently   my soul grew stronger; hesitating then no longer,

“Sir,”   said I, “or Madam, truly your forgiveness I implore;

But the   fact is I was napping, and so gently you came rapping,

And so   faintly you came tapping, tapping at my chamber door,

That I   scarce was sure I heard you”- here I opened wide the door; –

Darkness   there, and nothing more.

 

Deep into   that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,

Doubting,   dreaming dreams no mortals ever dared to dream before;

But the   silence was unbroken, and the stillness gave no token,

And the   only word there spoken was the whispered word, “Lenore?”

This I   whispered, and an echo murmured back the word, “Lenore!” –

Merely   this, and nothing more.

 

Back into   the chamber turning, all my soul within me burning,

Soon   again I heard a tapping somewhat louder than before.

“Surely,”   said I, “surely that is something at my window lattice:

Let me   see, then, what thereat is, and this mystery explore –

Let my   heart be still a moment and this mystery explore; –

‘Tis the   wind and nothing more.”

 

Open here   I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,

In there   stepped a stately raven of the saintly days of yore;

Not the   least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;

But, with   mien of lord or lady, perched above my chamber door –

Perched   upon a bust of Pallas just above my chamber door –

Perched,   and sat, and nothing more.

 

Then this   ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,

By the   grave and stern decorum of the countenance it wore.

“Though   thy crest be shorn and shaven, thou,” I said, “art sure no craven,

Ghastly   grim and ancient raven wandering from the Nightly shore –

Tell me   what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore!”

Quoth the   Raven, “Nevermore.”

 

Much I   marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,

Though   its answer little meaning- little relevancy bore;

For we   cannot help agreeing that no living human being

Ever yet   was blest with seeing bird above his chamber door –

Bird or   beast upon the sculptured bust above his chamber door,

With such   name as “Nevermore.”

 

But the   raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only

That one   word, as if his soul in that one word he did outpour.

Nothing   further then he uttered- not a feather then he fluttered –

Till I   scarcely more than muttered, “other friends have flown before –

On the   morrow he will leave me, as my hopes have flown before.”

Then the   bird said, “Nevermore.”

 

Startled   at the stillness broken by reply so aptly spoken,

“Doubtless,”   said I, “what it utters is its only stock and store,

Caught   from some unhappy master whom unmerciful Disaster

Followed   fast and followed faster till his songs one burden bore –

Till the   dirges of his Hope that melancholy burden bore

Of ‘Never   – nevermore’.”

 

But the   Raven still beguiling all my fancy into smiling,

Straight   I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;

Then upon   the velvet sinking, I betook myself to linking

Fancy   unto fancy, thinking what this ominous bird of yore –

What this   grim, ungainly, ghastly, gaunt and ominous bird of yore

Meant in   croaking “Nevermore.”

 

This I   sat engaged in guessing, but no syllable expressing

To the   fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;

This and   more I sat divining, with my head at ease reclining

On the   cushion’s velvet lining that the lamplight gloated o’er,

But whose   velvet violet lining with the lamplight gloating o’er,

She shall   press, ah, nevermore!

 

Then   methought the air grew denser, perfumed from an unseen censer

Swung by   Seraphim whose footfalls tinkled on the tufted floor.

“Wretch,”   I cried, “thy God hath lent thee – by these angels he hath sent thee

Respite –   respite and nepenthe, from thy memories of Lenore:

Quaff, oh   quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!”

Quoth the   Raven, “Nevermore.”

 

“Prophet!”   said I, “thing of evil! – prophet still, if bird or devil! –

Whether   Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,

Desolate   yet all undaunted, on this desert land enchanted –

On this   home by horror haunted- tell me truly, I implore –

Is there   – is there balm in Gilead? – tell me – tell me, I implore!”

Quoth the   Raven, “Nevermore.”

 

“Prophet!”   said I, “thing of evil – prophet still, if bird or devil!

By that   Heaven that bends above us – by that God we both adore –

Tell this   soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,

It shall   clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore –

Clasp a   rare and radiant maiden whom the angels name Lenore.”

Quoth the   Raven, “Nevermore.”

 

“Be   that word our sign in parting, bird or fiend,” I shrieked, upstarting –

“Get   thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore!

Leave no   black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!

Leave my   loneliness unbroken!- quit the bust above my door!

Take thy   beak from out my heart, and take thy form from off my door!”

Quoth the   Raven, “Nevermore.”

 

And the   Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting

On the   pallid bust of Pallas just above my chamber door;

And his   eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,

And the   lamplight o’er him streaming throws his shadow on the floor;

And my   soul from out that shadow that lies floating on the floor

Shall be lifted – nevermore!

 

El Cuervo

Edgar Allan Poe

 

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,

meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral

y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,

como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.

“Es un visitante -me dije-, que está llamando al   portal;

sólo eso y nada más.”

 

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!

Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.

Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma

en mis libros, ni consuelo a la perdida abismal

de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar

y aquí nadie nombrará.

 

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas

me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal

que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:

“No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;

un tardío visitante esperando en mi portal.

Sólo eso y nada más”.

 

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:

“Caballero -dije-, o señora, me tendréis que   disculpar

pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido

y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal

que dudé de haberlo oído…”, y abrí de golpe el   portal:

sólo sombras, nada más.

 

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,

y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;

pero en este silencio atroz, superior a toda voz,

sólo se oyó la palabra “Leonor”, que yo me   atreví a susurrar…

sí, susurré la palabra “Leonor” y un eco volviola   a nombrar.

Sólo eso y nada más.

 

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos

pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.

“Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi   ventana;

veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.

Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.

¡Es el viento y nada más!”.

 

Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,

agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.

Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,

con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,

en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;

fue, posose y nada más.

 

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,

en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.

“Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser

osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;

¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

 

Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa

sorprendiome aunque el sentido fuera tan poco cabal,

pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido

ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.

Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal

que se llamara “Nunca más”.

 

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el   busto,

como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.

No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna

hasta que al fin musité: “Vi a otros amigos volar;

por la mañana él también, cual mis anhelos, volará”.

Dijo entonces: “Nunca más”.

 

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;

“Sin duda – dije-, repite lo que ha podido acopiar

del repertorio olvidado de algún amo desgraciado

que en su caída redujo sus canciones a un refrán:

“Nunca, nunca más”.

 

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía

planté una silla mullida frente al ave y el portal;

y hundido en el terciopelo me afané con recelo

en descubrir que quería la funesta ave ancestral

al repetir: “Nunca más”.

 

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra

al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;

eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada

sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.

¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,

y ya no usará nunca más!

 

Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso

mecido por serafines de leve andar musical.

“¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige

hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!

¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!”.

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

 

“¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo   alado!

¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad

trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,

a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,

dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

 

“¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo   alado!

Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,

dile a este desventurado si en el Edén lejano

a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar”.

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

 

“¡Diablo alado, no hables más!”, dije, dando un   paso atrás;

¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!

¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje

quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!

¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

 

Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,

en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;

y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,

cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;

y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,

no se alzará…¡nunca más!.

 

 

El Paraíso Perdido – Milton

21 Mar

John Milton El Paraíso Perdido

PRIMERA PARTE

ARGUMENTO

Este primer libro contiene, en breves palabras, la exposición o asunto de todo el

Poema: La Desobediencia del Hombre; y como consecuencia de ella, la pérdida

del Paraíso donde moraba. Indícase también que el primer móvil de su caída fue

la Serpiente o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose

contra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles fue, por

disposición divina, arrojado del cielo y precipitado con toda su hueste al profundo

abismo.

Terminada esta exposición el poema prescinde de los demás antecedentes y

representa a Satanás con sus ángeles sumidos ya en el infierno, que se describe

aquí no como si estuviese situado en el centro del mundo (porque debe

suponerse que ni el cielo ni la tierra existían aún y por tanto no podían ser

mansión de réprobos) sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más

propiamente caos. Lanzado allí, Satanás con todos los suyos, en medio de un

lago ardiente herido del rayo y anonadado vuelve por fin en sí como al despertar

de un sueño, llama al que yace junto a él, que es su segundo en poder y

jerarquía, y ambos discurren sobre su miserable estado. Evoca el príncipe infernal

a todas sus legiones, hasta entonces tan abatidas como él.

Levantándose a su voz unas tras otras: su número, su orden de batalla y sus

principales jefes, cuyos nombres son los de los ídolos conocidos después en

Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que Satanás les dirige, los

alienta con la esperanza de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación

de un nuevo mundo y de un nuevo ser conforme a una antigua profecía o

tradición que se conserva en el cielo, pues era opinión de algunos Santos Padres

que los ángeles existían mucho tiempo antes que este mundo visible.

Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera

hacerse, junta en consejo a los principales. El Pandemonio palacio de Satanás

construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su consejo los próceres

infernales.

Canta celeste Musa la primera desobediencia del hombre. Y el fruto de aquel

árbol prohibido cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros

males con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre, más grande, reconquistó

para nosotros la mansión bienaventurada. En la secreta cima del Oreb o del Sinaí

tú inspiraste a aquel pastor que fue el primero en enseñar a la escogida grey

cómo en su principio salieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la

colina de Sión o el arroyo de Siloé que se deslizaba rápido junto al oráculo de

Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto; que no con débil vuelo

pretendo remontarme sobre el monte Aonio al empeñarme en un asunto que ni en

prosa ni en verso nadie intentó jamás.

Y tú singularmente ¡Oh Espíritu! que prefieres a todos los templos un corazón

recto y puro, inspírame tu sabiduría. Tú estabas presente desde el principio y

desplegando como una paloma tus poderosas alas cubriste el vasto abismo

haciéndolo fecundo, ilumina mi oscuridad; realza y alienta mi bajeza para que

desde la altura de este gran propósito pueda glorificar a la Providencia eterna

justificando las miras de Dios para con los hombres.

Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión del infierno

ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros primeros padres, tan

favorecidos del cielo en su feliz estado, a separarse de su Creador e incurrir en la

única prohibición que les impuso siendo señores del mundo todo. ¿quién fue el

primero que los incitó a su infame rebelión? la infernal Serpiente. Ella con su

malicia animada por la envidia y el deseo de venganza engañó a la Madre del

género humano. Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste

de ángeles rebeldes y con el auxilio de éstos, no bastándole eclipsar la gloria de

sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo si el Altísimo se le oponía.

Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios,

movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria que le fue inútil. El

Todopoderoso lo arrojó de la etérea bóveda envuelto en abrasadoras llamas; y

con horrendo estrépito y ardiendo cayó en el abismo de perdición, para vivir entre

diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al

Omnipotente.

Nueve veces habían recorrido el día y la noche, el espacio que miden entre los

hombres desde que fue vencido por su espantosa muchedumbre, revolcándose

en medio del ardiente abismo aunque conservando su inmortalidad.

Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de

atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el interminable dolor presente.

Dirige en torno funestas miradas que revelan inmensa pena y profunda

consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y

abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible contempla aquel lugar,

desierto y sombrío, aquel antro horrible cerrado por todas partes y encendido

como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz y las tinieblas ofrecen cuanto

es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre

oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni

aún la esperanza, que dondequiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin,

y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y

allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan

apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del

más lejano polo. ¡Oh! ¡Qué diferencia entre esta morada y aquella de donde

cayeron!

Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina envueltos entre las

olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno

que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en

Palestina con el nombre de Belcebú. El gran Enemigo en el cielo, rompiendo el

hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

«Si tú eres aquel… pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que adornado de brillo

deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a

millones de espíritus refulgentes…! Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un

mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa

empresa, unieron en otro tiempo conmigo como nos une ahora una misma ruina…

mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser El mucho más

prepotente con sus rayos. Pero, ¿quien había conocido hasta entonces la fuerza

de sus terribles armas? Y a pesar de ellas a pesar de cuanto el Vencedor en su

potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien

que menguada exteriormente mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo

propios del que ve su mérito vilipendiado y que me impulsaron a luchar contra el

Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus

armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron oponiendo a

su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del

cielo, hicieron vacilar su trono.

«¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta

voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha

de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera

ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia doblada

la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi

terrible brazo. Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los

dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento

vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado

mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la

astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran

enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto

ejerciendo en el cielo su tiranía.»

Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en

alta voz, más poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó

enseguida su arrogante compañero: «¡Oh príncipe! ¡Oh caudillo de tantos tronos,

que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y

que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del

cielo, contrastando su soberano poder, débase éste a la fuerza, al acaso o al

destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa

derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más

horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las

divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles y el

vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria y que

nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero, ¿y si el

vencedor (forzoso me es ahora creerlo todopoderoso, pues a no serlo no habría

conseguido avasallarnos), nos conserva todo nuestro espíritu y fortaleza para que

mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o

prestarle un servicio más rudo en el corazón del infierno, trabajando en medio del

fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos ha de servir

entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza, ni se ha menoscabado la

eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»

A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo: «Humillado

Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten

por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer el bien; el mal será

nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que

resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos

esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de

hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez lo

enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del

punto a que se dirigen. Pero mira irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las

puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de

azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que

desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus

enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y

no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que

nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella

árida llanura, abandonada y agreste cercada de desolación sin más luz que la que

debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del

embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún

reposo, y reuniendo nuestras afligidas huestes, vemos cómo será posible hostigar

en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos

a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podemos hallar en la esperanza, si no

nos sugiere algún intento la desesperación.»

Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas

y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud, las demás partes de

su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. Era su

estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se

designa en las fábulas con el nombre de Titán, hijo de la Tierra, el cual hizo la

guerra a Júpiter, y cual la de Briareo o Tifón, cuya caverna se hallaba cerca de la

antigua Tarso; tan grande como el Leviatán, monstruo marino a quien Dios hizo el

mayor de todos los seres que mandan en las corrientes del océano. Duerme

tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según

dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida lo torna por una isla,

echa el ancla sobre su escamosa piel, amarra a su costado, mientras las tinieblas

de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y

gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador, y nunca

hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del

Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus

perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la

condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese

que toda su malicia sólo había servido para que brillase más en el hombre a quien

después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia y en él resaltasen a

la par su confusión, sus iras y su venganza.

Se enderezó de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con

ambas manos las llamas que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma

de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desplegando entonces las alas

dirige a lo alto su vuelo y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a

semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede

llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con

fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un

torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Perolo o de los

costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que,

preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y

con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y

corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de

sus pies malditos. Síguele Belcebú, su compañero y ambos se vanaglorian de

haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus

propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

«¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la

morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz

celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, sólo puede disponer y ordenar es

lo que justo se contempla; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que

aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia.

¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud,

mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu

nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar

alguno. El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del

infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el

mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho

más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el

Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de

él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun

cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo.

Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de

nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a

que compartan con nosotros esta triste mansión, o intentar una vez más, con

nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que recobrar en el cielo, o más que

perder en el infierno?»

Así hablaba Satán; y Belcebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos,

que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa

voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa

voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el

crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los

conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y

vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y tan

aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni esto es de

extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»

No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo Príncipe se dirigió hacia

la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo y redondo, pendía de sus

espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco, semejante a la luna, cuya órbita

observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la

cima del Fiésole o en el valle del Amo, para descubrir nuevas tierras, ríos y

montañas en su manchada esfera. La lanza de Satán, junto a la cual parecía una

caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo en mástil

de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros pasos sobre la

ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la azulada

bóveda. Una zona tórrida, rodeada de fuego, lo martiriza con sus ardores; pero

todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de aquel inflamado mar.

Desde allí llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en

espeso montón, como las hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de

Valleumbrosa, donde los bosques de Etruria forman elevados arcos de ramaje;

como los juncos flotan dispersos por el agua, cuando Orión, armado de

impetuosos vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas

derribaron a Busiris y a la caballería de Menfis, que perseguía con pérfido encono

a los moradores de Gessén, los cuales vieron desde la segura orilla cubiertas las

aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros. Así esparcidas,

desalentadas y abyectas, llenaban el lago aquellas legiones asombradas al

contemplar su horrible transformación.

Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del infierno:

«¡Príncipes potentados, guerreros, esplendor del cielo que un día fue vuestro, y

que habéis perdido! ¡Qué tal estupor se haya apoderado de unos espíritus

eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla

para dar reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los

valles del cielo? ¿Habéis jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde?

El os contempla ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las

armas y banderas destrozadas; hasta que sus alados ministros observen desde

las puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos, viéndonos

tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el fondo de este abismo.

¡Despertad: levantaos; o permaneced para siempre envilecidos!», y avergonzados

se levantaron; apoyándose sobre un ala, como el centinela que debiendo velar, es

sorprendido al dejarse vencer del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún,

procura parecer despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni

dejaban de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges

obedecen al punto a la voz de su general.

Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram, en días aciagos

para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra nube de langostas, que

cayendo como la noche sobre el reino del impío Faraón, ennegrecieron toda la

tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del

infierno los ángeles protervos, cercados de llamas por todas partes hasta que,

levantando su lanza el gran caudillo, como para señalarles el punto adonde

habían de dirigir su vuelo, se precipitaron con movimiento uniforme sobre la tierra

de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca multitud tan

grande de entre los hielos del populoso Norte para cruzar el Rhin o el Danubio, al

arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio sobre el Mediodía, y extenderse

desde las costas de Gibraltar hasta los arenales de Libia.

De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes a

donde se hallaba su supremo jefe. Asemejaban dioses por su estatura y sus

formas, superiores a las humanas; príncipes reales; potestades que en otro

tiempo ocupaban sus tronos en el cielo, aunque en los anales celestes no se

conserve ahora memoria de sus nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro

de la vida. No habían adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva;

pero cuando errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al

hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de

imposturas, induciéndoles a que abandonaran a su Creador, a que venerasen a

los demonios como deidades y a transformar con frecuencia la gloria invisible de

aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto para tributar brillantes cultos

de pomposa adoración y oro; entonces fueron conocidos con varios nombres y en

el mundo pagano bajo las formas de varios ídolos.

Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, o quién el último que sacudió el

sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento de su soberano; cómo

los más cercanos a él en dignidad fueron presentándose en la desnuda playa,

mientras la confusa multitud aún permanecía alejada.

Los principales eran aquellos que saliendo del abismo infernal para apoderarse en

la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia de fijar su residencia

cerca de la de Dios y sus altares junto al suyo; dioses adorados entre las

naciones vecinas que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando

fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta

en el mismo santuario llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación!

profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más

solemnes y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.

Primero Moloc, rey horrible, manchado con la sangre de los sacrificios humanos y

destilando lágrimas paternales aunque con el estrépito de tambores y timbales, no

fueron oídos los gritos de los hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos

al execrable ídolo. Los Ammonitas lo adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en

Argob y en Basán hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan

dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera

un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio, consagrándole luego un

bosque en el risueño valle de Hinnón, llamado desde entonces Tophet y negro

Gehenna, verdadero emblema del infierno.

A Moloc seguía Chamós, obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax

hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim,

reino de Seón; allende el floreciente valle de Sibma, tapizado de frondosas vides y

en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó a

los israelitas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que

tantas calamidades les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el

monte del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron la

disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.

Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Eúfrates

hasta la corriente que separa a Egipto de las tierras sirias, son generalmente

conocidas con los nombres de Baal y de Ascaro, varón el primero y la segunda

hembra pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o

se

 

apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está

enlazada ni sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los

huesos como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place,

ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y

satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas divinidades abandonaron a

menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando de frecuentar su altar

legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que,

rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza

del enemigo más despreciable.

Tras esta turba de divinidades apareció Astoret, a quien los Fenicios llaman

Astarté reina del cielo, con una media luna por corona; a cuya brillante imagen

rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz del astro de la noche. Los

mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la

iniquidad, templo que edificó el afeminado rey, cuyo corazón, aunque generoso,

cedió a los halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame

culto.

En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el

Líbano a las jóvenes Sirias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante

todo un día de verano entonan plegarias amorosas, mientras el río Adonis

deslizándose mansamente de su cautiva roca lleva al mar su purpúrea linfa, que

se supone enrojecida con la sangre de Tamuz a consecuencia de su anual herida;

amorosa fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas

pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una de sus

visiones negras idolatrías de la infiel Judá.

Detrás estaba al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su

grosero ídolo mutilado, cortadas cabezas y manos, en el umbral de la puerta de

su propio santuario, donde rodaron sus restos con mengua de sus adoradores.

Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior del

cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en

Azot, y era temido en toda la costa de Palestina, en Gata, en Ascalón y Ascarón y

hasta en los límites de la frontera de Gaza,

Seguía Rimmón cuya deliciosa morada era la bella Damasco en las fértiles orillas

del Ablana y del Farfar, apacibles y cristalinos ríos. También éste fue osado

contra la casa de Dios; por el leproso que perdió una vez, se ganó un rey, a Acaz,

su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar

otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a

los dioses a quienes había vencido.

Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres, un día

famosos, Osiris, Isis, Oro y su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron

del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se forjaron divinidades

errantes, encubiertas bajo formas de irracionales, más bien que humanas. Ni se

libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de

Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Bete y en Dan presentando bajo

la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una

noche por Egipto aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes

dioses.

El último fue Belial. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente

inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni

humeaba ningún altar; pero, ¿quién se halla con más frecuencia en los templos y

los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí,

que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también

en los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades donde el

escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las más altas

torres y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas

a los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles de Sodoma y

la noche de Gabaa, cuando fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una

matrona para evitar rapto más odios.

Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería prolijo enumerarlos

aunque muy célebres en lejanas regiones: dioses de Jonia a quienes la

posteridad de Javán tuvo por tales, pero reconocidos como posteriores al cielo y a

la tierra, padres de todos ellos. Titán, primer hijo del cielo con su numerosa prole y

su derecho de primogenitura usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo

modo a éste se lo arrebató el poderoso Júpiter, su propio hijo y de Rhea, que

fundó en tal usurpación su imperio. Estos dioses conocidos primero en Creta y en

el monte Ida y después en la nevada cima del frío Olimpo, gobernaron en la

región media del aire, su más elevado cielo o en las rocas de Delfos o en Dodona,

y en toda la extensión de la tierra Dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el

Adriático a los campos de Hesperia, y por el país de los celtas arribó a las más

remotas islas.

Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos y llorosos; aunque a

vueltas de su sombrío ceño, se echaba de ver un destello de alegría; que no

hallaban a su caudillo desesperado ni ellos se contemplaban aniquilados, en

medio de toda aquella destrucción. Se notaba esperanza en el dudoso gesto de

Satán, y recobrando de pronto su acostumbrado orgullo prorrumpió en recias

voces, con entereza más simulada que verdadera y poco a poco reanimó el

desfallecido aliento de los suyos disipando sus temores.

De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se enarbole su

poderoso estandarte; Azazel, gran querubín, reclama de derecho tan envidiable

honor, y desenvuelve de la luciente asta la bandera imperial, que enarbolada y

tendida al aire, brilla como un meteoro, con las perlas y preciosos metales que

realzan las armas y trofeos de los serafines. Entretanto resuenan los ecos

marciales del sonoro bronce, a los que responde el ejército todo con un grito

atronador, que retumbado en las concavidades del infierno lleva el espanto más

allá del imperio del caos y la antigua noche.

De repente aparecen en medio de las tinieblas diez mil banderas que ondean en

los aires ostentando sus orientales colores, y en derredor de ellas un bosque

inmenso de lanzas y apiñados cascos. Se oprimen los escudos en una línea de

impenetrable espesor y a poco empiezan a moverse los guerreros, formando una

perfecta falange, al compás del modo dórico, que resuena en flautas y suaves

oboes. Tales eran los acentos que inspiraban a los antiguos héroes armados para

el combate, en vez de furor, una noble calma, un valor sereno, que se sobreponía

al temor, a la muerte y a la cobardía de la fuga o de una vergonzosa retirada;

concierto que con sus acordes religiosos bastaba a tranquilizar el ánimo turbado,

a desterrar la angustia, la duda, el temor y el pesar, y a mitigar el sobresalto del

corazón así en los hombres como en los dioses.

Unidas así sus fuerzas y con un pensamiento fijo, marchaban silenciosos los

ángeles caídos al son de los dulces instrumentos, que hacían menos dolorosos

sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y cuando hubieron avanzado todos hasta

ponerse al alcance de la vista, se detuvieron, presentando su horrible frente, de

espantosa longitud. Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros y

alineados con sus escudos y lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el

soberano.

Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada recorre toda la

hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus semblantes, su estatura como

la de los dioses y calcula por último su número. Dilátase entonces su corazón

lleno de orgullo, y se vanagloria al verse tan poderoso, pues desde que fue

creado el hombre, no se había reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera

otra sería tan despreciable como los pigmeos de la india que guerrean con las

grullas aun cuando se agregase la raza gigantesca de Flegra con la heroica que

luchó delante de Tebas y de Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban

dioses auxiliares; aunque se uniesen aquellos que celebran fábulas y leyendas al

hablar del hijo de Utero, rodeado de caballeros de la Armórica y de Bretaña;

aunque se juntaran, en fin, todos los que después, cristianos o infieles, lidiaron en

Aspromonte o Montaubán, en Damasco, Marruecos o Traspisonda, o los que

Biserta envió desde la playa africana cuando Carlomagno y sus pares fueron

derrotados en Fuenterrabía.

Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su

jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso

de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre. No había perdido aún la

primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en

quien se traslucía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol

naciente cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando situado a

espaldas de la luna en los sombríos eclipses difunde un crepúsculo funesto y

atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. Así oscurecido,

brillaba más el arcángel que todos sus compañeros; pero surcaban su rastro

profundas cicatrices causadas por el rayo, y en la inquietud que en sus

demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su intrepidez, e

indomable orgullo, parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su

mirada, aunque en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión

al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de lo que eran

en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre a ser

participes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos

a los rigores del cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y

que habían mancillado su gloria por permanecerle fieles. Asemejábanse a las

encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el

fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten

en pie sobre la abrasada tierra.

Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles filas de sus

guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a quienes la atención hace

enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel comenzar y otras tantas, con mengua

de su orgullo, brotan de sus ojos lágrimas como las que pueden verter los

ángeles; pero al fin se abren paso las palabras por en medio de sus suspiros.

«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes solo puede

igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser glorioso, por más que el

resultado fuese funesto, como lo atestigua este lugar y este terrible cambio sobre

el que es odioso discurrir. ¿Pero qué espíritu, por previsor que fuera, y por más

que tuviera profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente habría temido

que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como éstos, llegaría a ser

rechazada? ¿Quién podría creer aún después de nuestra derrota, que todas estas

poderosas legiones cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volverían en sí,

levantándose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a mí, todo el celeste

ejército es testigo de que ni los pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que

me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando como

monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su trono,

sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o la costumbre, hacía

ante nosotros ostentación de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo

que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina. De hoy más

sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que si no provocamos,

tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra. El mejor partido que nos

resta, es fomentar algún secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo

que no hemos conseguido por fuerza; para que al fin podamos probarle que el

que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo. Puede el

espacio producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo un

rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una generación

que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la de los hijos del cielo.

Contra este mundo intentaremos acaso nuestra primera agresión, siquiera sea por

vía de ensayo; contra ése o cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá

cautivos para siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho

tiempo en las tinieblas del abismo. Tales proyectos sin embargo deben madurarse

en pleno consejo. Ya no queda esperanza de nada porque ¿quién pensaría en

someterse? ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que debemos

determinar!»

Dijo, y en muestra de aprobación levantáronse en alto millones de flamígeras

espadas que desenvainaron los poderosos querubines. Su repentino fulgor

ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de rabia contra el

Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con

belicoso estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.

Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin cesar

fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la eminencia brillaba con una

capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas se ocultaba una sustancia

metálica, producida por el azufre. Por allí en alas del viento se precipitaba una

numerosa falange, semejante a las escuadras de peones que armados de picos y

azadas, se esparcen por los reales para construir una trinchera o levantar un

parapeto. Mammón es quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los

espíritus caídos del cielo, pues aún en éste sus miradas y pensamientos se

dirigían siempre hacia abajo, admirando más las riquezas del pavimento celestial,

donde se pisa el oro, que cuantas cosas divinas o sagradas se gozan en la visión

beatífica de la tierra, y con impías manos arrancaron a su madre las entrañas

para apoderarse de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos.

Abrió en breve la gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo

de sus simas grandes porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de que

se reproduzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los más a propósito

para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y

hablan maravillados de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan que

los más célebres monumentos del poder y del arte humanos quedarían fácilmente

eclipsados junto a los que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican en una

hora lo que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden

acabar apenas. Cerca de allí, en la llanura, funden otros con arte maravilloso el

mineral macizo en inmensos hornillos preparados al efecto, por debajo de los

cuales pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago y separa cada

aspecto, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros en fin forman

con igual prontitud en la tierra diferentes moldes, y por medio de un admirable

artificio llenan cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los

ardientes crisoles, del mismo modo que en el órgano un solo soplo de viento,

repartido entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.

De repente al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota de la tierra

como vaporosa llama un edificio inmenso, construido como un templo y rodeado

de pilastras y columnas dóricas, coronadas por un arquitrabe de oro. No faltaban

allí cornisas ni frisos con sus bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado.

Ni Babilonia ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante

magnificencia para honrar a sus dioses Belo o Serapis, o para entronizar a sus

reyes cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en riquezas y ostentación.

Queda fija por fin la ascendente mole ostentando su majestuosa altura; y

abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver interiormente su vasto

espacio y toda la extensión de su pavimento terso y pulimentado. De la arqueada

bóveda penden, por una sutil combinación mágica, varias filas de radiantes

lámparas y esplendorosos fanales, que alimentados por la nafta y el asfalto

difunden la luz como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la

multitud en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra y otros al

arquitecto. Dióse a conocer su mano en el cielo por la construcción de varias

elevadas torres, donde los ángeles que empuñaban cetro tenían su residencia y

trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal poder encargándoles que

gobernasen las celestiales milicias cada cual conforme a su jerarquía.

Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la antigua

Grecia; los hombres de Ausonia lo llamaron Múlciber. Contaba la fábula cómo fue

arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de los cristalinos muros del cielo,

rodando todo un día de estío desde la mañana al mediodía y desde el mediodía

hasta la noche, y al ponerse el sol cayó el cenit, como una estrella volante en

Lemos, isla del mar Egeo.

Referíanlo así los hombres Y se equivocaban, pues la caída de Múlciber con su

rebelde hueste tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le valió haber construido

elevadas torres en el cielo ni se salvó a pesar de todas sus máquinas siendo

arrojado de cabeza con su industriosa horda para que construyera en el infierno.

Entretanto los heraldos alados, por orden del soberano poder, con imponente

aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército la convocación de un

consejo solemne que debe reunirse inmediatamente en el «Pandemonium»,

capital de Satán y de sus magnates. Intiman el llamamiento a los más dignos por

su clase, o por elección en cada hueste y legión regular, los cuales acuden al

instante en grupos de ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las

avenidas están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos del

templo y sobre todo el inmenso salón semejante a un campo cerrado, donde los

bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas ante el trono del

sultán, retando a la caballería pagana a un combate a muerte o a romper lanzas.

Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando

sus ruidosas alas. Como en la primavera cuando se halla el sol en Tauro, hacen

las abejas salir en grupos alrededor de la colmena a su populosa prole y

revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío o sobre la plancha unida

que forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente néctar y allí

discuten y acuerdan sobre sus negocios de Estado, así revoloteaban y se

comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta el momento de darse la

voz de alerta. Pero ¡oh maravilla!, los que antes semejaban superar en altura a los

gigantes hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más pequeños,

amontonándose innumerables en un reducido espacio, parecidos a los pigmeos

que se encuentran allende las montañas de la India, o a los duendes que el

rezagado campesino ve o imagina ver en sus conciliábulos de medianoche, junto

al lindero de un bosque o a la orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue

tranquila la luna su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces

espíritus entregados a sus danzas y juegos halagan el oído del aldeano, cuyo

corazón late a la vez de regocijo y miedo.

De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa estatura a las

más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque seguían siendo

innumerables, en el salón de aquella corte infernal. Pero más allá, interiormente,

en sus verdaderas proporciones y entre sí muy semejantes, hallábanse reunidos

en un sitio retirado los grandes señores seráficos y los querubines; y mil

semidioses, sentados en sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo

pleno, en que después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la

solemne deliberación.

SEGUNDA PARTE

ARGUMENTO

Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deber aventurarse otra batalla

para recobrar el cielo; algunos son de este parecer; mas no todos opinan lo

mismo. Prefieren otro recurso indicado antes por Satán que consiste en averiguar

la verdad de aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra

especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían

crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se encargará de tan difícil

empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y prorrumpen todos en

demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado así el Consejo, retíranse los

espíritus por diferentes caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según

las aficiones de cada cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega éste

entretanto a las puertas del infierno que encuentra cerradas. Refiérese a quiénes

estaban allí para guardarlas, y cómo abriéndoselas al fin le muestran el gran

abismo que hay entre el infierno y el cielo. Atraviésalo con gran dificultad, guiado

por el Caos, soberano de aquel lugar, hasta que llega a la vista del muevo mundo

que buscaba.

En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas las

riquezas de Ormuz y de la India, y de las regiones en que el suntuoso Oriente

vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros perlas y oro, encúmbrase

Satán, exaltado por sus méritos a tan impía eminencia; y aunque la

desesperación lo ha puesto en dignidad tal como no podía esperar, todavía

ambiciona mayor altura; y tenaz en su inútil guerra contra los cielos no

escarmentado por el desastre, da rienda así a su altiva imaginación: «¡Potestades

y dominaciones, númenes celestiales! Pues no hay abismo que pueda sujetar en

sus antros vigor tan inmortal como el nuestro, aunque oprimido y postrado ahora

no doy por perdido el cielo. Después de esta humillación, se levantarán las

virtudes celestes más gloriosas y formidables que antes de su caída, y se

asegurarán por sí mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia

de mi cerebro y las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como

vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los méritos que

haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida

se ha reparado, en gran parte al menos, dado que me coloca en un trono más

seguro, no envidiado y cedido con pleno consentimiento. En el cielo el que más

feliz es por su elevación y su dignidad, puede excitar la envidia de un inferior

cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto,

se halla más expuesto, por ser vuestro antemural a los tiros del Tonante, y

condenado a sufrir lo más duro de estos tormentos interminables? Donde no hay

ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alguna, pues nadie

reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación

en la pena actual, para codiciar por espíritu de ambición, otra más grande. Con

esta ventaja, pues, para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia, que

no se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua

herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mismo. Pero

cuál sea el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo

examinaremos; hable quien se sienta capaz de dar consejo.»

Calló Satán y hallándose inmediato Moloch, rey que empuñaba cetro, se puso en

pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus que combatieron en el

cielo, y su desesperación le comunicaba ahora mayor fiereza. Pretendía ser igual

en poderío al Eterno, y antes que reputarse inferior, dejar de existir porque sin

este cuidado nada tenía que lo intimidase. Menospreciaba a Dios y al infierno y

cuanto hubiese más horroroso que éste; y así prorrumpió en los siguientes

términos: «¡Guerra abierta! Este es mi parecer. No soy experto en ardides, ni me

vanaglorio de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea necesario no

ahora. Pues qué, mientras ellos sosegadamente urden sus tramas ¿han de

permanecer en pie y armados millones de espíritus que, ansiando la señal de

desplegar sus alas, yacen aquí expatriados del cielo, sin más morada que esta

sombría caverna, destierro infame y prisión de un tirano que reina por nuestra

apatía? No; prefiramos armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos

todos a la vez sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda

oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles armas

contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos responda nuestro

infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en negra y horrorosa llama

lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y hasta su mismo trono envuelto entre

el azufre del Tártaro y el extraño fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá

acaso difícil y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de

enemigo tan poderoso; pero recuerden los que esto crean, si no están

aletargados aún con el soñoliento vapor de este lago del olvido que por nuestro

propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y caer son

contra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero Enemigo daba sobre

nuestra destrozada retaguardia, insultándonos y persiguiéndonos a través del

abismo ¿quién no sintió cuán pesado era nuestro vuelo al sumirnos en este

precipicio? El ascender, pues, nos será muy fácil.

«Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que imagine en su

cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es dable en este lugar mayor

anonadamiento; pero, ¿qué mal más grande que existir aquí privados de todo

bien, y condenados a eterna maldición en este antro odioso, donde nos abrasa

inextinguible fuego, sin esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras y a merced

del látigo inexorable cuando llega la hora de los tormentos? Mayor castigo que el

presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues, ¿qué tememos? ¿Por qué

vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo más violento nos consumirá del

todo, reduciendo a la nada nuestra existencia? Preferible es esto a vivir

miserables perpetuamente. Y si nuestra naturaleza es en realidad divina y no

puede dejar de serlo, nos hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y

tenemos la prueba de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando

con incesantes asaltos aquel trono fatal aunque inaccesible; lo cual, ya que no

victoria, por lo menos será venganza.»

No dijo más; y frunciendo el ceño brillaron sus ojos en sed de inextinguible

venganza y tremenda lid peligrosa para todos los seres inferiores a los dioses. Del

lado opuesto se levantó Belial, en ademán más gracioso y menos fiero.

Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura; parecía estar

predestinado a las dignidades y a los grandes hechos, pero todo era en él afición

y vanidad, por más que destilase maná su lengua y diera apariencias de cuerdos

a los más falsos razonamientos, torciendo y frustrando los consejos más

acertados. Era de pensamientos humildes, ingenioso para el vicio, tímido y lento

para toda acción generosa; pero sabía halagar los oídos y con persuasivo acento

comenzó así: «Desde luego ¡oh príncipes!, estaría yo por la guerra a muerte, que

en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para

resolvernos a una guerra inmediata no me disuadiera más, y no me pareciese en

último resultado de siniestro agüero. El que más se distingue como guerrero,

desconfiando de su consejo y de su propia fuerza, funda todo su valor en la

desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero ante todo, ¿cómo nos

vengaremos? Las torres del cielo están llenas de centinelas armados que hacen

imposible todo acceso, y con frecuencia acampan sus legiones al borde del

abismo, o con sombrío vuelo exploran por doquiera los reinos de la noche sin

temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza,

aunque todo el infierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas

la purísima luz del cielo, permanecería nuestro Enemigo incorruptible sobre su

incólume trono, y la sustancia etérea libre de toda mancha rechazaría en breve la

agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.

«Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la desesperación.

Y, ¿hemos de excitar al poderoso Vencedor a que apure su cólera y acabe con

nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro solo anhelo? ¡Triste remedio!

porque ¿quién querría perder, a pesar de cuanto padecemos, este ser inteligente,

este pensamiento que abarca toda la eternidad para perecer sepultados y

perdidos en las profundas entrañas de perpetua noche insensibles a todo y

gimiendo en completa inercia? Y, ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si

nuestro airado Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que

pueda es dudoso; que no lo consentirá jamás es seguro. Siendo tan previsor,

¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia o

descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean o aniquilar en su cólera a

aquellos a quienes preserva su cólera mismo a fin de castigarnos eternamente?

«¿Por qué, pues vacilamos?, dicen los que aconsejan la guerra: estamos

condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia. Como quiera que

procedamos ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá mayor que éste? ¿Tan

extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y deliberando armados?

¡Ah! Cuando huíamos atropelladamente, perseguidos y abrasados por el

tremendo rayo del cielo, y suplicábamos al abismo que nos acogiese, parecíanos

este infierno un consuelo para nuestras heridas; y cuando nos hallábamos

encadenados en el hirviente lago, ¿no era seguramente peor nuestra situación?

¿Qué sería si se reanimase el hálito que encendió aquel funesto fuego,

comunicándole una intensidad siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese

dentro de las llamas, o si la interrumpida venganza del Dominador supremo

armase otra vez su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen

los diques de su cólera y si el firmamento que se extiende sobre el infierno

vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas y cuantos horrores nos

amenazaban un día con su espantoso castigo? Mientras proyectamos ahora o

aconsejamos una gloriosa guerra, quizá se está formando abrasadora tempestad,

en que nos veremos envueltos y clavados sobre las rocas para ser juguete y

presa de furiosos torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas

en este abrasado océano. ¡A solas entonces con nuestros incesantes gemidos,

sin tregua ni reposo ni compasión, durante siglos que no es de esperar acaben,

cuánta mayor será nuestra desventura! Debo, pues, disuadiros de la guerra, así

franca como encubierta porque, ¿de qué servirán ni astucia ni fuerza ni semejante

empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de Aquél cuyos ojos lo abarcan todo de

una sola mirada? Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y

menosprecia nuestras inútiles tentativas, dado que su poder es tan omnipotente

para resistir a nuestras fuerzas como para destruir todas nuestras tramas y

conatos.

«¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, arrojados de esta suerte

y condenados a destierro, y a sufrir en él estas cadenas y tormentos? Preferible

es en mi juicio a otro mal más grande pues el hado y sus decretos irrevocables

nos meten a la voluntad del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que

para obrar; la ley que lo ha ordenado así, es injusta, y esto hubiéramos debido

comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a Enemigo

tan poderoso y cuando su resultado era tan incierto.

«Rióme de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y cuando ésta

les falta se amilanan y temen que sobrevenga lo que saben que ha de sobrevenir:

destierro, ignominia, cadenas y castigos, sujeción a que los somete su Vencedor.

Tal es ahora nuestra suerte, y si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos

quizá desarmar en cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez

hallándonos tan lejos de su presencia e inofensivos se olvidará de nosotros, ya

satisfecho de su justicia; y si su aliento no lo incita se templará el voraz fuego que

nos consume; y purificada nuestra esencia, no participará de este vapor mefítico,

se habituará a él para no sentirlo, o finalmente modificada y atemperándose a su

intensidad y naturaleza, de tal manera se identificará con él, que no experimente

dolor alguno convirtiéndose los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por

qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de los días futuros

pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra

confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo infeliz, no

llegará al extremo con tal que no nos hagamos merecedores de mayor desventura

nosotros mismos?»

Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconseja un proceder indigno,

una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló Mammón de esta suerte:

«Moveremos guerra si la guerra es el mejor consejo, o para destronar al Rey del

cielo o para recobrar nuestros perdidos derechos. Destronarlo no lo esperemos,

mientras el eterno destino no ceda al inconstante acaso y sea el caos árbitro de

nuestra lucha. Si vana es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro;

pues de no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en éste para

nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos de nuevo,

perdone a todos: ¿con qué ojos lo contemplaremos cuando humillados en su

presencia, hayamos de recibir sus imperiosas órdenes, glorificar su majestad

murmurando himnos, y violentarnos cantando en loor suyo «¡aleluya!», mientras

él, envidiado soberano, hará ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará

perfumes de ambrosia y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será

nuestro oficio en el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡Cuán dura será una

eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!

«Rechacemos, pues, ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por fuerza,

que aun concedido sería afrentoso por más que pertenezca al cielo, y busquemos

nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por nosotros y para nosotros, libres, en

estos vastos subterráneos, sin depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan

dura libertad al blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante

nuestro esplendor, si sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil, la

desgracia en prosperidad, y si doquiera luchando con el anal, trocamos en

bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.

«¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el

omnipotente Señor del cielo entre negras y espesas nubes, sin que por eso

eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las tinieblas, de que

encendido en furor se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja al

infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad, y no hemos de poder nosotros

cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato suelo de ocultos tesoros,

de diamantes y oro, ni nosotros de arte para aprovecharnos de su magnificencia:

¿qué tenemos, pues, que envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos

suplicios llegar a hacerse nuestro elemento; llegar esas penetrantes llamas a

sernos tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en la

propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo,

pues, nos invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado régimen,

adoptando los remedios que más eficaces sean para nuestros presentes males; y

en atención a lo que somos y al lugar en que nos hallamos, renunciar por

completo a todo intento de guerra. Este es mi parecer.»

No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante al que

encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos vientos, cuando después

de combatir el mar talo una noche, adormecen con su ronca cadencia a los

marineros, extenuados de cansancio, pero que logran anclar su batea en una

bahía pedregosa pasada la tempestad. Resonaban así los murmullos de

aprobación dados a Mammón cuando finalizó su razonamiento aconsejando la

paz, porque cualquiera batalla que se empeñase les infundía más espanto que el

mismo infierno: tal era el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían

causado en ellos; deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y

el largo transcurso del tiempo elevarían hasta hacerlo competir con el de los

cielos.

Esto observado por Belcebú, que después de Satán ocupaba el más alto puesto,

levantóse con gravedad, y al levantarse, mostraba bien que era una columna de

aquel estado. Grabada llevaba en su frente la meditación que requieren los

cargos públicos, y en su majestuoso semblante la sabiduría de un príncipe, por

más que hubiese decaído tanto. Severo y enhiesto, ostentaba sus atlánticos

hombros, capaces de sostener el peso de las más poderosas monarquías; su

mirada imponía atención al auditorio, que permanecía tranquilo, como la noche, o

en la estación estival el viento del Mediodía. Y arengóles de esta suerte:

«¡Tronos y potestades imperiales. Virtudes etéreas, celestial Estirpe! ¿Será que

renunciemos a estos títulos, trocándolos por el de príncipes del infierno? Sin

duda, pues el voto popular se inclina a que permanezcamos aquí para fundar un

creciente imperio. ¡Oh desvarío! ¿Podemos ignorar que el Rey del Empíreo nos

ha sumido en estos lóbregos calabozos, no para preservarnos de su poderoso

brazo, ni para vivir libres de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga contra su

trono, sino para mantenernos en la más dura estrechez, aunque alejados de él, y

bajo el inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva muchedumbre? Porque

habéis de tener por cierto que él imperará como primero, como último y único rey,

lo mismo en la altura de los cielos que en la profundidad del abismo, dado que

nuestra rebelión no ha mermado parte alguna de su soberanía; pero asentará su

imperio en el infierno y nos regirá con cetro de hierro, como rige los cielos con

cetro de oro.

«¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra? Resolvímonos por

ésta y fuimos vencidos con irreparables pérdidas. Nadie ha ofrecido ni puesto

condiciones de paz: ¿qué paz ha de concederse a los esclavos, más que una

dura prisión y los rigores y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué

paz hemos de ofrecer, sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible

aversión y tardía venganza, conspirando siempre para hacer menos glorioso su

triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfacción que en nuestros

tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos y no necesitaremos

emprender peligrosas expediciones para invadir el cielo, cuyas altas murallas no

temen asedios ni asaltos ni celada alguna en nuestra parte.

«Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente antigua y

profética tradición del cielo, hay un mundo, dichosa mansión de un ser nuevo

llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser criado semejante a nosotros,

inferior en poderío y excelencia, pero más favorecido del Hacedor supremo.

Declaró su voluntad a los demás dioses, y quedó cumplida en virtud de un

juramento que hizo retemblar en torno las bóvedas celestiales. Encaminemos a

este fin todos nuestros proyectos; sepamos qué seres habitan ese mundo, cuál es

su forma, su naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos

hemos de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos; domina allí

su excelso Arbitro en la seguridad de su propia fuerza; pero acaso se halle

situada esa mansión en los postreros límites de su reino; acaso esté confiada su

defensa exclusivamente a sus moradores; en cuyo caso podemos intentar con

fruto un repentino golpe, ya asolando aquellos lugares con el fuego de nuestro

infierno, ya enseñoreándonos de todos como de cosa propia y expulsando a los

débiles que los ocupan como se nos expulsó a nosotros; y cuando no expulsarlos,

atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios los mire como enemigos, y

arrepentido de ella, destruya su propia obra. Sería esto más que una vulgar

venganza; sería amenguar el placer que le ha causado nuestra derrota;

contrariedad tan ingrata para él cuanto satisfactoria para nosotros, porque sus

queridos hijos, partícipes de nuestra suerte, maldecirán su frágil origen y lo

efímero de su dicha. Ved si es para intentado proyecto tal, o si debemos

permanecer aquí sumidos en las tinieblas y forjándonos a nuestro gusto

quiméricas soberanías.»

Tal fue el diabólico consejo de Belcebú imaginado primeramente y en parte

propuesto por Satanás; pues ¿de quién sino del autor de todo mal podía nacer

propósito tan malvado y la idea de pervertir en su raíz a la raza humana

confundiendo la tierra con el infierno en odio de su supremo Autor? Pero este

mismo odio había de servir para más realzar su gloria.

Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz Proyecto; y aprobado

qué fue por su voto unánime., brillando en los ojos de todos la alegría, renovó

Belcebú su discurso en estos términos: «¡Bien habéis calculado, prudentes

dioses, digno fin habéis puesto a tan prolija consulta! Grande como vosotros es

vuestra resolución, la cual nos sublimará al más alto punto acercándonos de

nuevo, y a despecho de los hados, a nuestras antiguas sedes desde estos

profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regiones, no lejos de

nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos recobrar el Empíreo, o

cuando menos habitar en una templada zona, donde no huya de nosotros la

hermosa luz de los cielos. Los rayos del fúlgido Oriente nos librarán de esta

oscuridad, y al exhalar su embalsamado perfume el aura apacible y pura,

cicatrizará acaso las llagas causadas por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a

quién enviaremos en busca de esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de

tamaña empresa? ¿Quién aventurará sus vacilantes pasos por tan lóbrego,

inmenso e insondable abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables

sombras? ¿Quién, sin que se rindan sus alas sostendrá el vuelo aéreo en los

ilimitados espacios del vacío hasta llegar a la afortunada isla? ¿Qué arte, qué

fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con seguridad los apiñados

centinelas y las múltiples falanges de ángeles que vigilan en derredor? Necesitará

de gran prudencia, y no menos nosotros para elegirlo, pues en él recaerá todo el

peso, todo el éxito de nuestras últimas esperanzas.»

Concluye así, siéntase, y los oyentes, con atentos ojos

, esperan se presente

alguno para secundar, contradecir o emprender la peligrosa aventura; todos

permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en la profundidad de su

pensamiento, y cada cual descubre asombrado su propia desconfianza en el

semblante de los demás. Entre los más heroicos campeones que combatieron

contra el cielo, no se encontraba ninguno bastante osado que se ofreciera a

emprender por sí tan terrible expedición; hasta que Satán, a quien un glorioso

renombre encumbrara sobre todos sus compañeros con la altivez de monarca y el

convencimiento de su gran superioridad, reposadamente les habló así: «¡Oh

celestial progenie, tronos empíreos! Con razón guardamos silencio y

permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso es el camino

que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra prisión; nueve veces nos

rodea esta inmensa bóveda de fuego violento y destructor, y las encendidas

puertas de diamante, que nos oponen tantos estorbos, nos vedan salir de aquí.

Salvadas una vez éstas, se da en el profundo vacío de informe noche, que

amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso

abismo. Si se penetra al fin en otro mundo cualquiera, o en una región

desconocida, ¿qué quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de

evadirse? No sería yo, sin embargo, digno de este trono ¡oh espíritus!, ni de esta

imperial soberanía ornada de tanto esplendor y armada de tal poder, si las

dificultades o peligros de lo que se propone y juzga importante a todos, pudieran

retractarme de emprenderlo. ¿Por qué asumir la dignidad regia, y no rehusar el

cetro, si me negase a aceptar en los riesgos la parte proporcionada a los honores,

la cual se debe al que reina con tanta mayor razón, cuanto que ocupa más alto

grado sobre los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que aunque caídos, seguís

siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos veamos

reducidos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable suerte y hacer

menos odioso el infierno; si existe algún arbitrio o algún encanto para suspender,

frustrar o mitigar los tormentos de esta detestable mansión. No os abandonéis al

sueño ante un enemigo que está siempre vigilante; y yo entretanto lejos de

vosotros, y atravesando un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de

todos. En esta empresa no me acompañará nadie.»

Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera réplica; su

sagacidad le sugería el temor de que animados otros jefes con su resolución,

fuesen a ofrecer entonces, seguros de una negativa, lo que antes los arredraba,

pues de este modo, llegarían a hacerse rivales suyos en la opinión pública,

logrando a poca costa la gran celebridad que él debía adquirir en cambio de

infinitos riesgos.

Pero aquellos rebeldes temían tanto el empeño como la voz, que se lo prohibía;

abandonaron, como él su asiento; y el ruido que hicieron al levantarse todos a la

vez, se asemejaba al de un trueno lejano. Inclináronse ante Satán con respetuosa

veneración y lo ensalzaron como a un dios igual al Altísimo del cielo. Ni dejaron

de encarecer cuán digno era de alabanza el que por la salvación general

despreciaba la suya propia, aunque espíritus réprobos, no habían perdido

enteramente su virtud como los malvados que en la tierra se jactan de acciones

especiosas fundadas en vanagloria, o de una ambición que encubren con cierto

color de celo.

Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las esperanzas que les

infundía caudillo tan incomparable; al modo que adormecidos los vientos del norte

al extenderse desde la cima de las montañas las nubes tenebrosas y cubrir la

risueña faz del cielo, derraman éstas sobre los oscuros campos nieve o torrentes

de agua; y si el fulgente sol envía sus destellos desde el ocaso, como una dulce

despedida, reviven los campos, renuevan las aves sus gorjeos y prorrumpen las

ovejas en alegres balidos que suenen por valles y colinas. ¡Qué baldón para la

humanidad! Unese el demonio en inalterable concordia con su infernal

compañero, y entre todos los seres racionales sólo los hombres se desavienen

entre sí, a pesar de la esperanza que debieran tener en la divina gracia. Dios

proclama la paz, y ellos viven, no obstante, dominados por el odio y la enemistad

y en perpetua lucha; se mueven crueles guerras y devastan la tierra para

destruirse unos a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión,

sobrados enemigos en el infierno que día y noche conspiran para su ruina.

Disuelto así el consejo, ordenadamente, se retiraron los magnates infernales. Iba

en medio el altivo soberano, que parecía por sí solo competidor del cielo, así

como en su suprema pompa y majestad, remedo de la de Dios, se mostraba

temido emperador del Orco. Rodeábale una cohorte de serafines de fuego que lo

conducían entre blasonados estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar

entonces al son de las trompetas reales la decisión del gran senado, y

volviéndose prontamente a los cuatro vientos otros tantos querubines, acercan a

sus labios los sonoros tubos, a cuyas voces responden los heraldos. Resuenan

unas y otras por los más lejanos ámbitos; del abismo, y toda la hueste del infierno

acompaña con atronadores gritos sus fervientes exclamaciones.

Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza tan falaz

como presuntuosa, disuélvese toda aquella multitud, y cada cual sigue diverso

rumbo, conforme a su inclinación o a su melancólica incertidumbre, buscando una

distracción a sus desesperados pensamientos, a fin de entretener las enojosas

horas hasta el regreso de su ídolo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura,

otros elevándose en sus alas por los aires, compiten entre sí en los juegos

Olímpicos, o en los campos Píticos; aros, refrenando sus fogosos corceles,

procuran salvar la meta en sus raudos carros, o forman alineados escuadrones

para escarmiento de las ciudades belicosas, se representan simulados combates

en la revuelta extensión del lo, creyendo verse en las nubes ejércitos que se

precipitan a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, lanza ésa ristre,

caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones, y al choque de

sus armas parece arder de a otro extremo el horizonte. Otros, poseídos de más

implacable rabia que Tifeo, arrancan peñascos y montañas, se lanzan por los

aires cual torbellinos; apenas puede el yerno resistir tan violento ímpetu. No de

otro modo Acides, al volver de Ecalia, coronado por la victoria, y al vatir la

envenenada túnica, desarraigaba a impulsos de su paso los pinos de Tesalia y de

la cima del Ete, arrojando a Feas al mar de Eubea. Más pacíficos otros, retirados

a un muelle silencioso, cantan al compás de sus arpas, con acentos angelicales,

su heroica lid y la desgracia a que les trajo la fe de las armas, lamentando que el

destino triunfe del imo denodado por la fuerza o por la fortuna. Arrogantes se

mostraban en sus loores, pero su armonía (¿cómo no si al Viera de espíritus

inmortales?) tenía embebecido al infierno y extática a la muchedumbre que le

escuchaba.

Con discursos más dulces, todavía, pues la elocuencia deleita el alma y la música

los sentidos, retraídos algunos en un monte solitario, se entregan a más sublimes

pensamientos y a profundos raciocinios sobre la providencia, la ciencia, la

voluntad y el destino; por qué es inmutable, y libre la voluntad y absoluta la

presencia; mas no daban solución alguna, perdidos en tan intrincados laberintos.

Discuten prolijamente acerca del bien y del mal, la bienaventuranza y la última

pena, la pasión y la apatía, y la abyección: todo ciencia vana, todo falsa filosofía,

y sin embargo, comunicaban seductor encanto, aunque ajeno, a su dolor y

angustia, infundíanles engañosas esperanzas, o fortificaban, con pertinaz

paciencia, como confiada cota, sus corazones endurecidos.

Hay asimismo algunos que, congregados en numerosas bandas, se atreven a

explorar la dilatada extensión de aquel siniestro mundo, en busca de otro clima

que pueda ofrecerles mansión más grata. Dirigen a este fin su vuelo por cuatro

puntos distintos, siguiendo las márgenes de los cuatro ríos infernales que vierten

sus lúgubres aguas en el inflamado lago: la aborrecida Estigia, de donde el odio

mortal procede; el negro y profundo Aqueronte, con su tristeza; el Cocito, así

llamado por los lamentos que se oyen en lo interior de sus doloridas ondas, y el

feroz Flegeton, que en torrentes de fuego exhala su encendida rabia. A larga

distancia de éstos fluye lento y silencioso el Leteo, río del olvido, que arrastra su

tortuosa corriente, y al que bebe de sus aguas hace olvidar al punto su primitivo

estado, y con él la alegría y el pesar, los placeres y los dolores.

Pasado el Leteo, extiéndese un continente helado, sombrío y tenebroso,

combatido de perpetuas tempestades, huracanes y asolador granizo, que no se

liquida en la dura tierra sino que amontonándose en grandes moles, semeja

ruinas de antigua fábrica. Allí cubierta de nieve y hielo, se abre una profunda sima

parecida al lago Serbonio, entre Damieta y el monte Casio, donde fueron

sepultados ejércitos enteros, donde la crudeza del aire abrasa, y el frío produce

igual efecto que el fuego. Allí las furias armadas de garras, cual las arpías,

arrastran en sazón oportuna a todos aquellos réprobos, que alternativamente

experimentan la dura transición de cruelísimos contrastes, tanto más sensibles

cuanto que se suceden uno a otro. Desde el voraz fuego en que yacen, son

transportados a una atmósfera glacial en que se extingue su dulce calor etéreo, y

en la que permanecen algún tiempo inmóviles, aterridos de sus miembros todos,

para sufrir después nuevo y abrasador tormento. Cruzan yendo y viniendo el

estrecho del Leteo, y cada vez se aumenta más su suplicio y son mayores sus

ansias; anhelan tocar con sus labios aquella agua que los incita: una sola gota les

daría instantáneamente el dulce olvido de todas sus penas y desventuras; y ¡con

cuánta facilidad, teniéndola tan cerca!, pero el destino no lo consiente, y para

imposibilitar su deseo, les sale al paso Medusa, con su terrible aspecto de

Gorgona. El agua huye por sí misma de toda boca viviente, como huyó algún día

de los sedientos labios de Tántalo.

Divagando así perdidas entre y mil confusiones, con mortal sobresalto y los ojos

desencajados, veían por vez primera las desbandadas legiones su triste suerte, y

no les era dable reposo alguno. Salvan oscuros y desiertos valles, regiones donde

el dolor impera, montañas alpestres de hielo y fuego, rocas, cavernas, lagos,

abismos, tinieblas mortíferas, todo un mundo de destrucción que Dios,

maldiciéndolo, creó malo y únicamente bueno para el mal; mundo en que toda

vida muere, en que toda muerte vive, y en que la perversa naturaleza engendra

seres monstruosos, prodigios abominables, indefinibles, más repugnantes que los

que la fábula inventó o concibió el temor; Gorgonas, Hidras y Quimeras

espantosas.

Entretanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas

imaginaciones, extiende su raudo vuelo y explora el solitario camino que conduce

a las puertas del infierno. Toma unas veces la derecha, otras la opuesta mano; ya

se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre

aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento; y como se descubre en

lontananza, surcando el mar y suspendida al parecer de las nubes, una flota que,

a favor de los vientos del equinoccio, se ha dado a la vela en Bengala o en las

islas de Ternate y de Tidod, de donde los mercaderes extraen sus drogas, y por el

rumbo que marca el tráfico cruza el inmenso Océano desde Etiopía hasta el

Cabo, enderezando las proas al polo a pesar de las marejadas y de la noche; tal,

contemplado de lejos, parecía el alígero explorador.

Divísanse por fin las murallas del infierno, que se elevan hasta sus horribles

bóvedas, y las tres triplicadas puertas, formadas por tres planchas de bronce, tres

de hierro y tres de díamantina roca, todas impenetrables, todas rodeadas de un

valladar de inextinguible fuego. Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban

sentadas dos formidables figuras; una, de la cabeza a la cintura, tenía apariencia

de mujer, y mujer bellísima; pero su asqueroso cuerpo era el de una serpiente

armada de aguijón mortal y cubierta de anchos y escamosos pliegues.

Rodeábanla por la mitad multitud de rabiosos perros que despidiendo de sus

anchas fauces de Cerbero incesantes aullidos, producían horrendo estrépito. Si

alguna vez se veían obligados a ocultarse, iban introduciéndose sin dificultad en

las entrañas del monstruo, donde tenían seguro asilo, e invisibles allí, proseguían

ladrando. Menos aborrecibles eran los que atormentaban a Scila mientras se

bañaba en el mar que separa al Calabrés de las mugientes costas de Trinacria; ni

ofrecía tan horrible aspecto el séquito que acompañaba a la nocturna maga,

cuando cabalgando por los aires, y atraída por el secreto olor de la sangre de

algún niño, acudía a los bailes de las brujas de la Laponia, y eclipsaba el

resplandor de la luna con la fuerza de sus encantos.

La otra figura, si darse puede este nombre a lo que no tenía forma distinta de

miembros, ni articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que se asemejaba

a una sombra, que ambas cosas parecía, negra como la noche, feroz como diez

furias, terrible como el infierno, blandía un terrible dardo, y en lo que aparentaba

cabeza, tenía algo que representaba como una corona real. Al ir a acercársele

Satán, levantóse el monstruo de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el

infierno retembló con sus pasos. Contemplólo con asombro el impávido Enemigo,

y se admiró, mas sin arredrarse, porque excepto a Dios y su Hijo, ni respetaba ni

temía a ningún ser creado; y con desdeñosa mirada, se anticipó a hablar,

diciendo: «¿De dónde vienes tú? ¿Quién eres, monstruo execrable, que temerario

y terrible, osas con tu deforme aspecto oponerte a mi paso en estas puertas?

Resuelto estoy a franquearlas y ten por seguro que no te pediré permiso; retírate

o pagarás cara tu insensatez hijo del infierno, y aprenderás por experiencia a no

competir con los espíritus celestiales.»

A lo que replicó el espectro encendido en cólera: «¿Eres tú aquel ángel traidor, el

primero que infringió la paz y la fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que

en su orgullosa rebelión arrastró consigo a la tercera parte de los espíritus

celestes conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no

estáis condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una eternidad

envilecidos y entre tormentos? ¿Te cuentas tú entre los espíritus del cielo,

réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces y arranques de menosprecio

aquí, donde impero como soberano, y donde para mayor confusión tuya, soy tu

señor y rey? ¡Atrás fugitivo impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu

ligereza, no sea que un látigo de escorpiones avive tu lentitud, o que al menor

impulso de ese dardo te sientas sobrecogido de extraño horror y de angustias que

todavía no has experimentado.»

Dijo así el pálido terror, y así hablando y amenazando, adquirió un aspecto diez

veces más repulsivo y espantoso. Por su parte Satán, ardiendo en ira, no daba

muestras de temor alguno, semejante a un ardiente cometa que inflama el

espacio ocupado por el enorme Serpentario en el cielo ártico, destilando de su

hórrida cabellera pestilencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe

mortal a la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus fatales

manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas con la artillería

del cielo, avanzan dos nubes lóbregas y mugiendo sobre el mar Caspio, y se

colocan frente a frente hasta que un soplo de viento les da la señal de romper en

medio de los aires el cruel combate. Contémplanse los esforzados campeones

con ojos tan sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno; que tal

era su denuedo; pero ni uno ni otro habían de hallar sino una sola vez enemigo

más temible. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos, con terror del infierno

todo, si la del medio cuerpo de serpiente, que estaba sentada junto a la puerta y

guardaba la fatal llave, no se hubiera arrojado entre los combatientes, lanzando

un espantoso grito. «¡Oh padre!», exclamó «¿qué intentan tus manos contra tu

único hijo? ¿Qué furor, ¡oh hijo!, te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la

cabeza de tu padre? ¿Sabes a quién obedeces? A aquel que sentado en su

supremo trono se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecutarás

débilmente cuanto te ordene en su cólera que él llama justicia; su cólera, que

algún día os desoirá a los dos.»

Dijo, y a su voz se detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió de este

modo: «Con tu extraño grito y tus palabras no menos extrañas te has interpuesto

aquí de manera que al suspender su repentino golpe mi brazo no renuncia a

poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes deseo saber de ti quién eres, que

reúnes esas dos formas y por qué al encontrarme por primera vez en este valle

infernal, me has llamado padre y dices que es hijo mío ese espectro. Ni te

conozco, ni he visto Jamás seres tan detestables como sois ambos.»

«Luego, ¿ya me has olvidado?», replicó ella. «¿Tan horrible parezco ahora a tus

ojos cuando en el cielo me tuviste por tan hermosa? En medio y a la vista de

todos los serafines coligados contigo en su atrevida rebelión contra el Rey del

cielo, te sobrecogió de pronto un dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos

se perdieron en las tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra

apiñadas llamas, se abrió profundamente por el lado izquierdo, y semejante a ti en

la forma y esplendor, y animada de celestial hermosura salí de ella en figura de

diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración todos los espíritus y me

llamaron Pecado, considerándome como un presagio siniestro; pero

familiarizados después conmigo, los prende de suerte que mis gracias seductoras

rindieron a los que me miraban con más desvío. Fuiste el primero tú, que

contemplando a menudo en mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a

solas conmigo gozabas los inefables deleites que engendraron en mis entrañas

un nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatióse en los campos del cielo;

nuestro poderoso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué había de

acontecer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el Empíreo. Cayeron

nuestras legiones, precipitadas desde las alturas del cielo hasta el fondo de este

abismo, y envuelta en su ruina, caí yo también. Entonces me fue entregada esta

llave poderosa, con orden de mantener estas puertas cerradas para siempre, para

que nadie pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí;

duróme poco el sosiego, pues fecundado por ti mi vientre, y cercano ya el trance

extremo, experimentó movimientos prodigiosos y dolores insoportables. Por fin

ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya, abriéndose paso violentamente,

desgarró mis entrañas, y retorciéndose éstas por el miedo y las convulsiones,

quedó toda la parte inferior de mi cuerpo desfigurada. Nació ese enemigo mío,

nació de mí blandiendo su fatal dardo, que lo destruye todo; y yo huí gritando:

«¡Muerte!» Estremecióse el infierno, al oír este horrible nombre, y en lo más

hondo de las cavernas se oyó un suspiro que repetía «¡Muerte!» Y yo seguía

huyendo, y el espectro corría tras mí, aunque al parecer no tanto encendido en

rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo, me alcanzó por fin; y sin

respeto a mi horror de madre, entre impuros y violentos abrazos engendró

conmigo en aquel rapto estos monstruos ladradores, que lanzando continuos

aullidos me acosan como ves, y de nuevo los concibo a todas horas, y a todas

horas me hacen sentir los dolores de su acerbo parto, porque vuelven a entrar en

mi seno cuando les place, y aullando y royendo mis entrañas, que son su

alimento, salen de pronto, y me causan tan profundo terror que no hallo un

instante de tregua ni reposo.

«Sentada ante mis ojos, y siempre enfrente de mí, mi hija y enemiga, la horrible

Muerte, azuza a esos perros, y ya me hubiera devorado, a falta de otra presa,

aunque soy su madre, si no supiera que su fin va unido al mío, que yo, en tal

caso, sería para ella un bocado amargo, un letal veneno, porque el destino lo ha

dispuesto así. Pero te prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te

lisonjees de que te haga invulnerable esa brillante armadura, por más que sea de

etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá arriba, puede despuntar

arma tan mortífera.»

Así dijo, y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia blanda y

pausadamente repuso: «Hija querida, pues me reconoces por tu señor y me

muestras a mi bello hijo (prenda amada de los placeres que gozamos allá en el

cielo, placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel

desventura en que impensadamente hemos caído), sabe que no vengo como

enemigo, sino para libertaros de esta sombría y horrible mansión de dolor a ti y a

él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por nuestras justas pretensiones

quedaron envueltos en nuestra ruina. Enviado por ellos, emprendo solo este

arriesgado viaje y solo me arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos

el insondable abismo; en mi errante peregrinación a través del espacio inmenso,

voy en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar por

varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto. Es una mansión

deleitosa, situada en los confines del cielo, y donde habitan tres seres de reciente

origen, destinados acaso a ocupar nuestros asientos vacantes, bien que se los

mantenga ahora alejados de ellos por temor de que sobrecargados con una

poderosa multitud, ocurran en el cielo nuevas perturbaciones. A averiguar si ésta

es la causa, u otra más oculta, voy apresuradamente; y una vez sabido el secreto,

volveré en breve para trasladaros, a ti y a la Muerte, a una morada donde vivireis

entre placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y respirando los

suavísimos vapores del embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis sin tasa

vuestro apetito, todo será presa vuestra.»

Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma satisfacción, y la

Muerte gesticuló con espantosa sonrisa al saber que aplacaría su hambre

regocijándose de la dichosa ocasión que se la preparaba; y no menos complacida

su proterva madre, prosiguió diciendo: «Guardo la llave de este abismo infernal,

porque tal es mi privilegio y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me

ha prohibido abrir estas puertas de diamante. La Muerte está determinada a

rechazar toda violencia, segura de no ser vencida por ningún poder viviente; pero

¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y que me ha sumido en

la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar tan detestable oficio, y he de

estar yo, hija del cielo, condenada a perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el

incesante clamoreo de mis hijos, que se alimentan de mis entrañas? Tú eres mi

padre, el autor de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién, pues debo

obedecer ni seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y de

ventura, donde en compañía de dioses que gozaban tan dulce vida en voluptuosa

paz y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y favorita, reine por toda una

eternidad.»

Esto diciendo, sacó de su cintura la llave fatal, triste instrumento de todos

nuestros males, y arrastrando su monstruoso cuerpo hasta la puerta, alzó sin

dilación el enorme rastrillo que sólo ella podía levantar, y que no hubieran movido

todas las fuerzas del infierno juntas; hizo girar en la cerradura las complicadas

guardas de la llave y descorrió fácilmente las barras y cerrojos de hierro macizo y

de pura piedra. Abrense de improviso las puertas con impetuosa violencia y

resonante estrépito, y al rechinar sus goznes produjeron un bronco trueno que

retumbó en las más profundas concavidades del Averno.

Abrió las puertas; no estaba en su mano cerrarlas y quedaron abiertas para

siempre. Eran tan anchas, que desplegadas sus alas y banderas con sus caballos

y carros en buen orden. hubiera podido pasar holgadamente todo un ejército por

ellas; y como la boca de un horno encendido vomitaban rojizas llamas y espeso

humo.

De repente aparecen ante los ojos de Satán y los dos espectros los secretos del

antiguo abismo, sombrío e inmenso océano, sin límites ni dimensiones, donde se

pierden la extensión, la profundidad, el tiempo y el espacio; donde la primitiva

Noche y el Caos, progenitores de la Naturaleza viven en eterna discordia, entre el

rumor de perpetuas guerras, y sostenidos sólo por sus perturbaciones. El calor, el

frío, la humedad y la sequía, terribles campeones, se disputan la preferencia,

lanzan al combate sus átomos embrionarios los cuales agrupados en diversas

tribus alrededor de la bandera de sus legiones, pesada o ligeramente armados,

agudos, redondos, rápidos o lentos, pululan en número infinito como las arenas

de Barca o del ardiente suelo de Cirene, y van arrebatados a tomar parte en la

lucha de los vientos o a servir de contrapeso a sus raudas alas. El que lleva en

pos mayor número de átomos, domina por un momento; el Caos impera como

árbitro; sus mandatos aumentan más el desorden que le da el cetro, y a falta de él

lo gobierna todo el Acaso como ministro supremo. En aquel hórrido abismo, cuna

de la Naturaleza y tal vez su tumba, que no es ni mar ni tierra, ni aire, ni fuego,

sino mezcla de todos los elementos, los cuales confundidos en sus fecundos

gérmenes deben luchar así perpetuamente, a no ser que el Creador Supremo

destine sus impuros materiales a la formación de nuevos mundos; en aquel

hórrido abismo, al borde del infierno, se detuvo el cauteloso Satán, y lo contempló

algún tiempo reflexionando en su viaje, pues no era un pequeño estrecho el que

tenía que atravesar. Atruenan sus oídos estrepitosos rumores, no menos

violentos, comparando cosas grandes con pequeñas, que los de las tempestades

de Belona cuando pone en juego sus destructoras máquinas para arrasar una

ciudad fortísima; menor sería el estruendo si se desplomase la celeste bóveda, y

los elementos desencadenados arrancaran de su eje a la tierra inmóvil. Satán

despliega por fin sus alas, semejantes a dos anchas velas, para emprender su

vuelo, y estriba con el pie en la tierra, elevándose entre torbellinos de humo.

Llevado como en un carro de nubes, sigue subiendo audaz por espacio de

muchas leguas, pero faltándole de pronto el apoyo, encuentra un inmenso vacío,

y sorprendido y agitando en vano sus alas, cae como un plomo a diez mil brazas

de profundidad. Aún estaría cayendo, si por una desgraciada casualidad no lo

hubiera lanzado a otras tantas millas de altura la fuerte explosión de una

tempestuosa nube, impregnada de fuego y nitro. Apagóse su furor en una sirte

esponjosa que no era ni mar ni tierra, y Satán casi sumergido, atravesó el

movedizo promontorio, tan presto a pie como volando. Tuvo entonces que

emplear remos y velas; y semejante al grifo que en su alada carrera persigue por

desiertos montañas y valles al arimaspe, que ha sustraído sutilmente el oro

confiado a su vigilante guarda, así continúa Satán ardorosamente su camino a

través de pantanos, precipicios y estrechos, de vapores densos, o enrarecidos; y

con la cabeza, manos, alas y pies, nada, se sumerge, fluctúa, se arrastra y vuela.

Llega, por fin, a sus oídos con sin igual fragor, un extraño y universal clamoreo de

sordos sonidos y confusas voces, pero igualmente intrépido, se dirige hacia aquel

lado para dar con el poder o espíritu del profundo abismo que reside allí, y

preguntarle en qué punto se halla el límite de las tinieblas más próximo a la luz.

De repente aparece el trono del Caos, desplegándose su negro e inmenso

pabellón sobre un despeñadero de ruinas. La Noche, cubierta de negro manto, se

ve asimismo sentada en su trono, al lado del Caos; y como anterior a todos los

seres, comparte con él el cetro. A su lado se hallan Orco y Ades, y Demogorgón,

de terrible renombre; después el Rumor y el Acaso, el Tumulto y la Confusión

monstruosa, y por último, la Discordia con sus mil voces distintas. Satán se dirige

osado al Caos y le dice: «Potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y

antigua Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar o

sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este sombrío

desierto a través de vuestro vasto imperio, porque me encamino hacia la luz, solo,

sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve para llegar al punto donde

vuestras oscuras fronteras se tocan con el cielo. Y si algún otro lugar de vuestro

dominio ha sido invadido y ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando

estas profundidades allí intentaré llegar. Dirigid mis pasos que bien encaminados,

no será escasa la recompensa que logréis en beneficio de vuestros intereses; no

lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida, consigo volverla a sus

primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este es el objeto de mi presente viaje, y

enarbolar de nuevo el estandarte de la antigua Noche. Para vosotros todas las

ventajas; yo me contento sólo con vengarme.»

Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le contestó el

viejo Anarca: «Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso jefe de los ángeles que

últimamente se rebelaron contra el Rey del cielo, y que fuiste derrotado. Yo lo vi y

lo oí, pues tan numerosa milicia no pudo huir en silencio a través del aterrado

abismo, yendo destrozada, perseguida, y más confundida que la misma

confusión, mientras las puertas del cielo daban paso a millones de sus huestes

victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, donde todo mi poder apenas

basta para salvar lo poco que me resta, pues también se experimentan aquí

vuestras divisiones intestinas, que van mermando los antiguos dominios de la

Noche; además de que por una parte del infierno, donde tenéis vuestras

prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis pies; por otro ese Paraíso, ese nuevo

mundo, están suspendidos sobre mi reino y unidos por una cadena de oro al

punto del cielo de donde cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis

encaminaros hacia ese lado, no estáis distante; más cerca os hallaréis del peligro.

Id, pues: apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son mi

alimento.»

No dijo más ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener próxima una

playa en aquel Océano, lánzase con nuevo ardor y con nueva fuerza por el

inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con los

desencadenados elementos que lo rodean por todas partes, prosigue su camino

más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar el Bósforo, con

mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado a Caribdis, vio

amenazada su inexperiencia con otro escollo.

Así avanza Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el paso, y más

adelante cuando cayó el Hombre (¡extraña novedad!), el Pecado y la Muerte, que

seguían las huellas del infernal enemigo, pues tal fue la voluntad del cielo,

abrieron ancho camino por el sombrío abismo, cuyo hirviente seno consintió que

se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe

exterior de este frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen

los espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar a aquellos a

quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia particular.

Pero ya por fin comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz, y el alba

luminosa envía desde las murallas del cielo un destello al tenebroso seno de la

oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos límites de la naturaleza;

retrocede el Caos y se retira de sus defensas como enemigo vencido, con menos

estrépito y resistencia, mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por

las apacibles hondas, guiado de incierta luz, a la manera de un buque combatido

por las tempestades, que entra alegremente en el puerto, aunque con sus jarcias

y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad del vacío,

contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo, cuya extensión es tal,

que no acierta a distinguir si es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo;

las almenas de brillantes zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también junto a

la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido, igual a

una estrella de la más pequeña magnitud; desde allí, animado por inicua sed de

venganza, maldito él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.

TERCERA PARTE

ARGUMENTO

Sentado Dios en su trono, ve a Satán que vuela hacia el mundo nuevamente

creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra, le predice cómo intentará

y logrará aquél pervertir al género humano. Pone a salvo de toda imputación su

injusticia y sabiduría, dado que ha hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las

tentaciones de su enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a

que no se dejará llevar de su propia perversidad, como Satán, sino de la

seducción de éste. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero Dios declara al

propio tiempo que no podrá conceder su gracia al Hombre sin que la justicia

divina quede satisfecha, porque al atentar contra su poder, aspirando a la

divinidad, se ha hecho reo de muerte con toda su descendencia, y debe morir, a

no ser que haya alguien capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El

Hijo de Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta el

Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado sobre todo

cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda fuego a todos sus ángeles que le

adoren; obedécenle ellos, y al compás de sus arpas entonan himnos de gloria en

loor del Omnipotente y de su Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie

exterior del globo terráqueo, y divagando por uno y otro punto llega a un lugar

llamado posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se dirigen

volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas del cielo, y se

describen las gradas por donde se sube a él, así como las aguas que corren por

encima del firmamento. Pasa Satán a la órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector

de aquella esfera; pero antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un

religioso deseo de contemplar el mundo nuevamente creado y al Hombre

colocado por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela Uriel, y

Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en la cima del Mates.

¡Salve sagrada luz hija primogénita del cielo oh destello inmortal del eterno Ser!

¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz, y cuando en inaccesible y

perpetua luz tiene su morada, y por consiguiente en ti, resplandeciente efluvio de

su increada esencia? Y si prefieres el nombre de puro raudal de éter, ¿quién dirá

cuál es tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos, cubriendo

a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de entre las profundas y

tenebrosas hondas, arrancado al vacío informe e, inconmensurable?

Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el Estigio lago, en

cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba cruzando

tenebrosas regiones y no menos sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna

Noche en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo. Guiado por una musa celestial,

osé descender a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo; arduo y penoso

empeño. Seguro ya, vuelvo a ti, siendo tu influencia vivificadora; pero tú no

iluminas estos ojos que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir claridad

alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas

de espeso velo. Más alentado por el amor que me inspiran sagrados cantos,

recorro sin cesar los sitios frecuentados por las Musas, las claras fuentes los

umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo, ¡oh Sión!, a ti, y a

los floridos arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo,

me dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a mi en

desgracia (¡así los igualará en gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides, ni a

los antiguos profetas Tiresias y Fineo, deleitándome entonces con los

pensamientos que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que

canta en la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje hace oír sus nocturnos

trinos.

Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no vuelve jamás

el día: no veo los dulces albores de la mañana, ni el crepúsculo de la tarde, y ni la

flor de la primavera, ni la rosa del estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz

divina del Hombre. Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas

sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan interesante,

más que una inmensa página en blanco, donde están borradas para mí las obras

de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno de mis sentidos la puerta que

más fácil entrada le dejaría. Brilla, pues, dentro de mi con más esplendor, ¡oh

celeste luz! Ilumina con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella;

purifica y presérvala de las sombras que la envuelven, para que pueda ver y

narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.

Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono domina sobre las

mayores eminencias, inclinó una mirada el omnipotente Padre para contemplar a

la vez sus obras y las obras de sus criaturas. Agrupábanse en torno suyo todas

las santidades del cielo, como otras tantas estrellas, y se gozaban de su vista con

indecible bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo, radiante

imagen de su gloria. Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en nuestros dos primeros

padres, únicos seres de la especie humana, que colocados en un jardín delicioso

saboreaban inmortales frutos de paz y amor, inalterable paz, amor sin igual en

aquella soledad dichosa. Miró después al infierno y al abismo que lo separa del

mundo, y vio a Satán volando por la tenebrosa atmósfera, en torno de los límites

del cielo y hacia la región de la Noche, inclinado a posar sus fatigadas alas y su

pie impaciente en la árida superficie de este mundo, que le parecía un globo

sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano o aire aquel espacio; y

observándolo Dios con la profunda mirada que penetra en el presente, el pasado

y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas proféticas Palabras: «¿Ves Hijo mío el

furor de que está poseído nuestro adversario? Ni la estrechez en que se halla, ni

las barreras del terno, ni las cadenas de que está cargado, ni aun el vacío

inmenso del abismo bastan para contenerlo; tanto lo ciega la desesperación de

una venganza que recaerá sobre su rebelde meza. Rotos ahora los lazos que le

oprimían, se acerca al cuelo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo

nuevamente creado, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre mora allí, o

lo que es peor, pervertirlo con algún artificioso engaño. Y lo conseguirá; porque

atento el Hombre a falaces lisonjas, y quebrantando fácilmente mi único Mandato,

la única prueba, que exijo de su obediencia, caerá no sólo él, sino toda su infeliz

progenie.

«¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le concedí cuanto

podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud, la fuerza para sostenerse, aunque

con la libertad para caer; del propio modo creé a todas las potestades y espíritus

etéreos, así a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron, pues

libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin esta libertad, ¿qué

prueba sincera hubieran podido dar de verdadera obediencia, de constante fe ni

de amor, obrando sólo por necesidad, no voluntariamente? ¿De qué alabanza se

hubieran hecho merecedores? ¿Qué satisfacción había de causarme semejante

obediencia, cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío),

tan vana la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas,

cedieran a la necesidad no a mi precepto?

«Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en justicia

acusar a su Hacedor, ni a su naturaleza, ni a su destino, cual si éste avasallase su

voluntad o dispusiera de ellos por un decreto absoluto o una prevención suprema.

Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo; yo la tenía prevista, más semejante

prevención no redunda en disculpa suya, que no por haber dejado de preverla

hubiese sido menos segura. Así, pues, sin que los impulsase nadie, sin poder

achacarlo al destino, ni a una predestinación inmutable por parte mía, ellos son

los que pecan. Ellos los autores de su mal, en que caen deliberadamente o por su

elección. Libres los he formado; libres deben permanecer hasta que ellos mismos

vengan a esclavizarse, pues de otra suerte me sería forzoso cambiar su

naturaleza, revocando el supremo decreto, inmutable y eterno, por el cual les fue

otorgada su libertad. Ellos sólo son la causa de su caída.

«Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos, y por su

propia depravación: el Hombre cae engañado por aquellos rebeldes, y por lo

mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la misericordia y la justicia triunfará mi

gloria así en el cielo como en la tierra; mas la misericordia, desde el principio al

fin, será la que resplandezca más.»

Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma de perfumada

ambrosia que comunicaba a los elegidos espíritus de los bienaventurados el

inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba el Hijo de Dios la expresión de una

gloria sin igual; veíase en él sustancialmente reproducido su Padre en toda su

plenitud; y en su rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y

una inefable gracia, que le movieron a dirigirse a su Padre, diciendo así: «¡Oh

Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que como supremo juez has

pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por ella publicarán cielo y tierra

tus alabanzas en innumerables himnos y sagrados cánticos, que resonando

alrededor de tu trono para siempre te bendigan. Pero, ¿será que el Hombre

perezca al fin? ¿Que la última y más amada de tus criaturas, el más joven de tus

hijos sea víctima de un engaño aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos

de ti rigor tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente, de

cuanto has hecho. ¿Conseguirá así sus fines nuestro adversario, frustrando los

tuyos y sobreponiéndose su malicia a tus bondades? ¿Verá satisfecho su orgullo,

aunque sujeto a más duras penas, y lograr saciar su venganza arrastrando

consigo al infierno, después de haberla corrompido, a toda la raza humana? ¿Has

de destruir tú mismo tu creación, y deshacer por ese enemigo lo que has hecho

para tu gloria? Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu grandeza, y se

negarían una y otra, sin que fuera posible defenderlas.»

«¡Oh Hijo mío en quien tanto se goza mi alma», le replicó el Sumo Hacedor, «Hijo

de mi seno, mi único Verbo, mi sabiduría y mi más eficaz poder! Conformes están

tus palabras con mis pensamientos y con lo que mi eterno designio ha decretado;

no perecerá enteramente el Hombre: salvaráse el que lo desee, mas no por su

voluntad propia sino por mi gracia libremente concedida. Restableceré de nuevo

su degenerada condición, aunque sujeta por el pecado a impuros y violentos

deseos y con mi ayuda podrá otra vez resistir a su mortal enemigo; pero esta

ayuda ha de servirle para que sepa a qué extremo ha llegado la degradación, y

para que a mí. exclusivamente a mí, sea deudor de su libertad.

«Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi predilección, porque tal

ha sido mi voluntad: los demás oirán mi llamamiento y serán con frecuencia

amonestados para que, reconociendo su iniquidad, se apresuren a aplacar mi

indignación y aprovecharse de la gracia con que les brindo. Yo iluminaré cuanto

sea necesario la ofuscación de sus sentidos, y ablandaré sus endurecidos

corazones para que puedan orar, arrepentirse y prestarme la debida obediencia.

A sus ruegos, a su arrepentimiento y sumisión, cuando procedan de un ánimo

sincero, ni mis oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por guía y

árbitro la conciencia; y si la escuchan y la emplean bien, cada vez alcanzarán más

luz, y perseverando hasta el fin, tendrán segura su salvación. Pero nunca

disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de mi gracia los que la olviden y

menosprecien, sino que se aumentarán en el endurecido su dureza y en el ciego

su ceguedad para que tropiecen y caigan en mayor abismo; y sólo a éstos

excluiré de mi misericordia.

«Resta todavía que hacer, desobediente y rebelde, el Hombre ha quebrantado su

fe, y pecado contra la alta majestad del cielo: ha aspirado a la divinidad y

perdídolo así todo, sin reservar nada con que expiar su crimen; por lo que

amenazado de destrucción, debe perecer con toda su posteridad. Preciso es,

pues, que él o la justicia dejen de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca

voluntariamente alguno capaz de dar completa satisfacción, es decir, muerte por

muerte. Ahora bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar semejante

abnegación? ¿Quién de vosotros para redimir el crimen del Hombre se hará

mortal? ¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en todo él cielo tan sublime amor?»

A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo todo quedó en

silencio. No se presentó en favor del Hombre patrono ni intercesor alguno, ni

menos quien osara atraer sobre su cabeza el mortífero castigo, ofreciéndose

como precio de aquel rescate; y hubiérase perdido toda la especie humana sin

tener quien la redimiese, entregada por un terrible decreto a la muerte y al

infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside la plenitud del amor divino, no hubiese

interpuesto de nuevo su poderosa mediación, diciendo:

«Ya, Padre mío, has pronunciado su sentencia: el Hombre obtendrá perdón. Mas

este perdón en que está cifrada la mayor eficacia de tu bondad, que acude a

todas tus criaturas, y a todas llega sin que se prevea ni implore, ni solicite ¿ha de

haberse otorgado en vano? ¡Feliz el hombre que así lo alcanza. pero que una vez

perdido y muerto por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de

ofrecer por sí holocausto ni expiación alguna!

«Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la suya. Caiga

sobre mí tu cólera; mírame como a un hombre. Por su amor me separaré de ti, me

desposeeré voluntariamente de esta gloria que contigo comparto; por él moriré

contento. Descargue en mí la Muerte sus furores; no permaneceré sumido mucho

tiempo en su tenebroso imperio. Tú me has concedido vivir por mí propio y

perpetuamente; y por ti viviré, aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue

cuanto haya en mí de perecedero.

«Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el horror del

sepulcro, ni consentirás que mi alma inmaculada esté para siempre sujeta a la

corrupción, sino que resucitaré victorioso, subyugando a mi vencedor, a quien

arrancaré los despojos de que se muestra tan envanecido. Será este golpe

funesto para la Muerte, que al contemplar su humillación, quebrará su letal saeta;

y encumbrándome yo por el dilatado espacio del aire en medio de mi triunfo,

llevaré cautivo al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las potestades de las

tinieblas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás desde el cielo una

mirada, y sonreirás amorosamente; y con tu ayuda, confundiré a todos mis

enemigos, como a la Muerte, el postrero de ellos, cuyo esqueleto henchirá el

sepulcro. Cercado entonces de la muchedumbre redimida por mí, tornaré al cielo

tras larga ausencia; tornaré, Padre mío, a contemplar tu rostro, en que no se

descubrirá ya sombra alguna de indignación, sino anuncios de ventura y paz;

porque dando al olvido tu cólera, se gozará en tu reino de inefable júbilo.»

Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir hablando con una

expresión de dulzura tal, que revelaba su infinito amor hacia los mortales, amor

que sólo era comparable a su obediencia filial. Ofrecido a sí propio como víctima,

esperaba que el augusto Padre manifestase su voluntad. El cielo estaba mudo de

asombro, sin comprender la significación de aquel misterio ni el fin a que se

encaminaba; cuando el Omnipotente exclamo así: «¡Oh tú, en la tierra y en el

cielo única prenda de paz para el género humano, bastante a aplacar mi cólera, y

único objeto de mi complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas mis

obras, y cuánto lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues

por él te separaré de mi seno Y de mi diestra, para salvar, privado de ti algún

tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú solo puedes redimirla, une a

la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre entre los hombres de la tierra;

hazte carne, cumplido que fuere el tiempo, saliendo del seno de una virgen y

naciendo milagrosamente. Sé padre del género humano en lugar de Adán,

aunque hijo de éste; y ya que en él perecen todos los hombres, de ti, como de

una segunda raíz, nacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se

salvará nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu mérito,

que les será traspasado, quedarán absueltos los que renunciando a sus propias

acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti, recibiendo de ti nueva

existencia. El Hombre, pues, como es justo satisfará la pena que debe el Hombre;

será juzgado, morirá; y al dejar de existir, volverá a levantarse, y con él se

levantarán todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el amor

celestial vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo para

redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan fácilmente, y lo que

destruirá todavía en aquellos que aun pudiendo, no acepten la gracia con que se

les brinda.

«Al descender hasta la humana naturaleza, no humillas ni degradas la tuya;

porque sentado en el trono de Dios, igualándolo en grandeza y gozando como él

de la mayor bienaventuranza, a todo has renunciado para preservar a un mundo

de su completa ruina; porque tu mérito, más bien que tu divino origen, te ha hecho

doblemente digno de ser el Hijo de Dios, mostrándote antes bueno que grande y

poderoso; y porque en ti abunda el amor más que el deseo de gloria. Por medio

de tu sublime humillación, elevarás contigo hasta este trono tu humanidad, y aquí

encarnado reinarás a la vez como Dios y como Hombre, como Hijo de Dios y del

Hombre, quedando consagrado por Rey del universo. Todo este poder te

concedo: reina perpetuamente, y goza de tu virtud. Imperarás como señor

supremo, sobre tronos principados potestades y dominaciones; y todos se

prosternarán ante ti en el cielo, en la tierra y en las profundidades del infierno.

Cuando asociada a tu gloria la corte celestial, aparezcas en la cumbre del

firmamento; cuando, sirviéndote los arcángeles de heraldos, convoquen a las

naciones ante tu tribunal terrible, y, acudan a su voz los vivientes de todas las

partes del mundo, y los muertos de todas las pasadas edades, y al estrépito

producido por la ruina de la naturaleza, despierten de su sueño, y corran

presurosos a oír tu irrevocable fallo, entonces juzgarás en presencia de los santos

todos, a los hombres y a los ángeles perversos, y convencidos de su iniquidad se

humillarán ante tu sentencia, y su innumerable multitud llenará el infierno, que

quedará para siempre cerrado desde aquel día. El mundo se reducirá a cenizas,

pero de entre ellas saldrán un nuevo cielo y una nueva tierra, que será morada de

los justos; los cuales tras largas tribulaciones, conocerán una edad de oro,

fecunda en grandiosos hechos y embellecida por el placer, el triunfo del amor y la

hermosura de la verdad. Entonces desceñirás tus regias vestiduras, no teniendo

para qué empuñar el cetro de tu soberanía, porque Dios será todo para todos.

Adorad, pues, angélicas potestades, al que muere para que se cumplan todas

estas maravillas; adorad a mi Hijo, y honradlo como a mí propio.»

Esto dijo el Todopoderoso, y la innumerable multitud de ángeles prorrumpieron en

ruidosas aclamaciones, cuya armonía, como producida por voces celestiales, era

intérprete de su júbilo. Al compás de los himnos y «hosannas» que resonaban por

las eternas regiones del Empíreo, inclinábanse reverentemente los ángeles ante

ambos tronos, y en muestra de adoración, cubrieron las gradas con coronas,

entretejidas de amaranto y oro; de amaranto inmortal, flor que brilló primero junto

al árbol de la Vida, en el Paraíso, pero que luego, por el pecado del hombre, de

nuevo se trasladó al cielo, su patria, y allí prospera y florece aún, prestando dulce

sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del dichoso río, cuyas ondas de

ámbar se deslizan por entre las flores del Elíseo.

Con guirnaldas formadas de estas perpetuas flores, entrelazan y sostienen los

espíritus bienaventurados sus resplandecientes cabelleras; de las que

desprendiéndose después, se esparcen sobre el luciente pavimento; que brilla

como un mar de jaspe, matizado de celestiales rosas. Cíñenselas los ángeles de

nuevo; prepara cada cual su arpa de oro, siempre templada, y como un carcaj

suspendida a su costado; y preludiando una suavísima sinfonía entonan sagrado

cántico, que arrebata el alma de entusiasmo. No hay voz allí que permanezca

silenciosa, no hay voz que niegue el encanto de su melodía: tan acorde se ve

todo en el cielo.

Cantáronte a ti primero, ¡oh Padre omnipotente, inmutable, inmortal, infinito, que

has de reinar por siempre! A ti, creador de todas las cosas, fuente de luz invisible

entre los gloriosos fulgores del altísimo trono donde te sientas, que aun templando

la fuerza de tus rayos, y envuelto en la nube que como radiante tabernáculo te

rodea, dejas ver los bordes de tu manto oscurecidos por tan excesivo brillo. El

cielo entretanto aparece deslumbrado, y los más lucientes serafines no se

acercan a ti sino cubriéndose los ojos con ambas alas.

Ensalzáronte después a ti, que precediste a toda la creación, Hijo engendrado,

Divina Imagen, en cuya hermosa faz resplandece el Padre Omnipotente, para ti

visible, sin nube alguna, pero invisible a las demás criaturas. En ti el esplendor de

su gloria se reproduce impreso; y transfundido en ti se anima su inmenso espíritu.

Por ti creó el cielo de los cielos, y todas las potestades que en él se encierran; por

ti precipitó en el abismo a las ambiciosas dominaciones. No dejaste aquel día

vagar al terrible rayo de tu Padre, ni detuviste las ruedas de tu flamígero carro,

que estremecían la eterna bóveda del cielo al pasar sobre los rebelados ángeles

rebeldes. Tornaste triunfante de aquella lid, y tus potestades te exaltaron con

inmensas aclamaciones, a ti, Hijo único de la omnipotencia de tu Padre, ejecutor

de la terrible venganza que tomaba en sus enemigos. No así con el Hombre:

vencido por la malicia de aquellos, no le hiciste blanco de tus rigores, sino que lo

miraste con piedad, ¡oh Padre de gracia y misericordia! Sabedor tu amado y único

Hijo de que no era tu propósito castigar la fragilidad del hombre, y de la

compasión que por él sentías, para apaciguar tu cólera, poniendo término a la

lucha entre la misericordia y la justicia, que revelaba tu semblante, ofrecióse El

mismo al sacrificio para redimir al Hombre, renunciando a la felicidad de que junto

a ti gozaba. ¡Oh amor sin ejemplo, amor que no podía nacer sino en el espíritu

divino! ¡Salve, Hijo de Dios, redentor de la Humanidad! ¡Tu nombre será de hoy

más el sublime asunto de mi canto; mi cítara celebrará sin cesar tus alabanzas, al

par de las de tu Padre!

En tan gozosos afectos y loores empleaban sus bienhadadas horas los ángeles

que pueblan la región de las estrellas; mientras Satán, descendiendo al sólido y

opaco globo de este mundo esférico, comenzaba a recorrer la primera

convexidad, que envolviendo los orbes luminosos inferiores, los separa del Caos y

del dominio de la antigua Noche. De lejos parecíale un globo aquella convexidad;

de cerca un continente sin límites, sombrío, estéril y salvaje, triste como una

noche sin estrellas, y expuesto a las tempestades siempre amenazadoras del

Caos, que muge a su alrededor; cielo inclemente, excepto por la parte de los

muros del Empíreo, que aunque lejanos reflejaban un destello de claridad en

medio de las tinieblas procelosas.

Recorría el enemigo a pasos agigantados aquel anchuroso campo, semejante al

buitre que nacido en el Imaus, cuya nevada cima cubre el Tártaro vagabundo,

abandona la región falta de caza para cebarse en la carne de los corderos o

cabritillos que pastan en las colinas, y dirige después su vuelo hacia las corrientes

del Ganges o del Hydaspe, ríos de la India, bajando de paso a las áridas llanuras

de Sericana, por donde, a favor de la brisa y de las velas, caminan los chinos en

sus ligeros esquifes de caña. Marchaba así el Enemigo por aquel mar de tierra

que azotaba el viento, buscando por todas partes su presa; marchaba solo,

porque en aquel lugar no se encontraba aún ningún ser vivo ni muerto; pero más

tarde, cuando malogró el pecado las obras de los hombres, subieron allí desde la

tierra, como un vapor aéreo, las vanidades de los mortales, las almas de los que

cifran en ellas sus quiméricas esperanzas de gloria, de fama duradera o de

felicidad, así en ésta como en la otra vida. Todos aquellos que en la tierra aspiran

al fruto de una lastimosa superstición o de un desmedido celo, y no ambicionan

más que las alabanzas de los hombres, encuentran allí recompensa

proporcionada a sus merecimientos, vana como sus obras. Todos los seres

imperfectos, verdaderos abortos y monstruos, que salen extrañamente

amalgamados de manos de la naturaleza, se refugian en aquella región desde la

tierra en que se evaporan y vagan inútilmente por ella hasta la disolución del

mundo, y no residen en la vecina luna, como algunos han soñado; pues los

argentados campos de este astro sirven más bien de morada a otras almas

justas, a espíritus que participan a la vez de la naturaleza angélica y humana.

Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas tristes regiones

los hijos de fementidos enlaces: los gigantes que llevaron a cabo inútiles proezas,

entonces muy celebradas; posteriormente los que edificaron a Babel en la llanura

de Sennaar, que sin desistir de su frustrado intento, seguirían construyendo

nuevas torres si tuviesen medios con que efectuarlo. Uno tras otro llegaron luego

muchos más, entre ellos Empédocles, que para ser tenido por Dios, se lanzó

voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleombroto, que para gozar del Elíseo

de Platón, se sumergió en el mar. Empeño interminable sería mencionar a otros,

hipócritas o dementes, anacoretas y frailes blancos, negros y grises, con todos

sus embelecos. Por allí vagabundean los peregrinos que tan largo viaje

arriesgaron buscando muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; y los que para

ganar el Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico, imaginando que

este disfraz les allanará la entrada. Cruzan todos ellos los siete planetas, las

estrellas fijas, la esfera cristalina, cuyo balanceo produce la trepidación, objeto de

tantas controversias, y la esfera que se puso en movimiento antes que ninguna

otra. En la puerta del cielo parece aguardarlos San Pedro con sus llaves: tocan ya

en el umbral; y cuando levantan el pie para penetrar en él, a impulsos de un

furioso viento que en encontradas direcciones los combate, son lanzados a diez

mil leguas de distancia en la inmensidad del aire. ¡Qué de cogullas, tocas y

hábitos se ven entonces revueltos y despedazados como los que con ellos se

cubren, y qué de reliquias, escapularios, indulgencias, dispensas, bulas y

absoluciones, que vienen a ser ludibrio de los vientos! Revolotea todo ello por los

espacios ilimitados, sobre el mundo, y en el vastísimo limbo llamado después

«Paraíso de los locos», que si andando el tiempo fue de pocos desconocido,

hallábase despoblado entonces y nadie penetraba en él.

Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y anduvo

recorriéndolo largo tiempo, hasta que el resplandor de la escasa luz le atrajo hacia

el sitio de donde salía. Pudo entonces descubrir a lo lejos un magnífico edificio

que en anchurosa gradería se alzaba hasta la muralla del cielo, y al terminar

aquélla, una construcción más suntuosa aún, semejante a la puerta de regio

alcázar, coronada con un frontispicio de diamante y oro. Brillantes perlas

orientales adornaban el pórtico, que ni pincel humano ni modelo alguno

aceptarían a imitar en la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio

Jacob subir y bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo de

Esaú, camino de Padan-Aram, y entregado de noche al sueño en los campos de

Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar. «¡Esa es la puerta del

cielo!»

Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre estaba allí

fija la escala, que a veces se ocultaba en el cielo y se hacía invisible. Fluía por

debajo de ella un mar brillante de jaspe y de perlas líquidas, que surcaban los que

habían subido de la tierra en alas de los ángeles, o arrebatados en un carro por

corceles de raudo fuego. Mostrábase entonces la escala en toda su extensión, ya

para alucinar al Enemigo con la facilidad de la subida, ya para acrecentarle la

pena con que había de verse excluido de la mansión bienaventurada.

Enfrente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña morada del

Paraíso, abríase un camino que conducía a la tierra, camino mucho más ancho

que fue en los venideros tiempos el espacioso que llegaba hasta el monte Sión y

la Tierra prometida, predilecta del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino

los ángeles que comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el

Altísimo dirigía miradas bondadosas a las que habitaban desde Paneas,

manantial de las aguas del Jordán hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina

con el Egipto y las playas de la Arabia. Tan vasto era aquel camino, que sus

límites se perdían en las tinieblas, como las profundidades del Océano. Desde

allí, llegado que hubo al escalón inferior de las gradas de oro que conducen a la

puerta del cielo, Satán inclinó su vista y quedó maravillado al descubrir

repentinamente todo aquel mundo. Como el espía que caminando toda la noche

por peligrosos y desiertos sitios, llega por fin al despuntar la risueña aurora, a la

cumbre de empinada altura, y ve de pronto la agradable perspectiva de tierra

extraña, que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli famosa,

embellecida con pirámides brillantes torres que iluminan los dorados rayos del sol

naciente, así el espíritu maligno quedó embargado de asombro; aun con haber

visto en otro tiempo las maravillas del Cielo; mas el aspecto de aquel mundo que

tan hermoso parecía, todavía le inspiró mayor envidia que admiración.

Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche, recorrió con

la vista desde el punto oriental de la Libia hasta el signo que toma el nombre del

animal que condujo a Andromeda más allá del horizonte del mar Atlántico. Vio

luego la extensión que media entre los dos polos, y sin más detención dirigió el

raudo vuelo hacia la primera región del mundo, y fácilmente torció el rumbo a

través del puro y marmóreo aire, entre innumerables estrellas que brillaban desde

lejos como astros, pero que de cerca parecían otros tantos mundos; y lo serán

acaso, o bien islas afortunadas como los jardines de las Hespérides, tan

celebrados en la antigüedad. Campos de bienandanza, bosques y valles floridos,

islas tres veces felices ¿quién tenía la dicha de habitarlos? Satán no se detuvo a

averiguarlo.

Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el Empíreo, y

hacia él dirige su vuelo atravesando el sereno firmamento; pero en qué dirección y

hasta qué punto más o menos del centro, difícil es discurrirlo; encaminose a la

región desde donde el fulgente astro comunica su luz a las vulgares

constelaciones que se mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva

evolución regulan el cómputo de los días, los meses y los años, ya acercándose

en sus varios movimientos al astro vivificante ya suspendiéndolos en virtud de la

influencia de sus magnéticos rayos, que templan con dulce calor el universo, y,

aunque invisibles, penetran con benigna eficacia en todas partes hasta en lo más

profundo de los abismos; tan maravillosamente está situado. Detúvose allí el

Impío; y acaso ningún astrónomo descubrió jamás con el auxilio de su cristal

óptico semejante mancha en el disco del astro luminoso.

Parecióle aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo encarecimiento, superior a

cuanto como metal o piedra puede existir en la tierra. No eran todas sus partes

semejantes entre sí, pero en todas penetraba por igual una luz radiante como

penetra el fuego el interior del hierro. Si eran metales una parte parecía oro y la

otra plata finísima; si piedras, debían componerse de carbunclos o crisolitos

rubíes o topacios, semejantes a las doce que brillaban en el pecho de Aarón o a

aquella más imaginada que conocida que los filósofos de este mundo han

buscado tanto tiempo inútilmente aunque con su arte poderoso hayan sujetado al

volátil Hermes y extraído del mar bajo sus diferentes formas al antiguo Proteo,

hasta reducirlo por medio del alambique a la primitiva.

¿Cómo, pues, maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen elixir tan

puro, y de que corra el oro potable por los ríos, cuando a pesar de la distancia a

que se halla de nosotros, a su solo contacto produce el sol, incomparable

alquimista en medio de la oscuridad y combinando entre sí las sustancias

terrestres, riquezas tales de colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?

Lejos de quedar deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos objetos;

ninguno está fuera del alcance de su vista que como no se opone obstáculo ni

sombra alguna el sol lo esclarece todo. Así, cuando al mediodía lanza éste sus

rayos verticales desde el ecuador, cayendo directamente en ningún punto de

alrededor puede proyectarse la sombra de un cuerpo opaco. Aquel aire puro cual

ningún otro contribuía a que la mirada de Satán penetrase hasta los objetos más

lejanos y así descubrió claramente un hermoso ángel que estaba en pie y era el

mismo que Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas no se

ocultaba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de oro formada por los

rayos de aquel astro, y su cabellera, no menos brillante, ondeaba suelta sobre sus

alas. Parecía ocupado en un grave cargo o sumido en meditación profunda; pero

el Espíritu impuro se llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que

dirigiese su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre,

donde debía terminar su viaje y principiar nuestra desventura.

Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio de desfigurarse

tomando la forma de un querubín adolescente, si no de los de primer orden, tal

que llevase pintada en su rostro la inmortal juventud del cielo y la hermosura de la

gracia en todo su continente; que tan diestro era en aquellas artes. Sujetaba una

diadema sus cabellos, rizados por el aliento del céfiro, sus alas, compuestas de

plumas de varios colores estaban salpicadas de oro; la túnica recogida que le

cubría daba mayor desembarazo a sus movimientos, y parecía medir sus pasos al

compás del tirso de plata en que se apoyaba.

No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos volvió el Angel su

radiante rostro. Reconoció entonces Satán a Uriel, uno de los siete arcángeles

que en presencia de Dios y como más próximos a su trono son los ejecutores de

sus mandatos; son sus ojos que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre,

llevando instantáneamente su palabra, así a las regiones acuosas, como a las

secas, así a las tierras, como a los mares. Acércase Satán a Uriel, y le dice: Uriel,

pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante el glorioso y brillante trono

del Señor, y el primero que sueles interpretar su voluntad suprema

transmitiéndola al más elevado cielo donde la están esperando todas sus

criaturas, no dudo que tus soberanos decretos te otorguen aquí igual honor, y que

por lo mismo, y siendo uno de los ojos del Eterno, visitarás con frecuencia el

mundo nuevamente creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables

obras de Dios, y particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y

favores, por quien todas esas obras tan maravillosas ha creado, me ha inducido a

separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por estos sitios. Dime,

pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos orbes esplendorosos tiene el

Hombre su residencia fija, o si no la tiene y puede habitar indistintamente en todos

ellos. Dime dónde podré hallar, dónde contemplar con mudo asombro, o

mostrando francamente mi admiración, a ese ser a quien el Criador da tantos

mundos, derramando sobre él tal copia de perfecciones. Así podremos ambos no

sólo por el hombre, sino por todas las demás cosas glorificar al universal Hacedor,

cuya justicia precipitó en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos, y

que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor suya, ha creado esta dichosa

raza. En todo es sabia su providencia.»

Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles

pueden discernir la hipocresía, vicio invisible en cielo y tierra, excepto para Dios

que lo consiente; que aun cuando la Sabiduría vigila, la Desconfianza duerme a

su puerta, o cede el puesto a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno donde

claramente no se descubre. Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque

como director del sol, era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que

con natural sinceridad contestó así al pérfido impostor: «Ángel hermoso: tu deseo

de conocer las obras de Dios para glorificar a su Autor supremo, nada tiene de

vituperable, antes la vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza

merecedora, pues desde su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo

asegurarte por tus propios ojos lo que quizá en el cielo se contentan algunos con

saber de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo, todas dignas

de conocerse y recordarse siempre con delicia. Pero ¿cuál de los espíritus

creados podrá calcular su número o comprender la infinita sabiduría que las

produjo aunque sin manifestar lo recóndito de sus causas?

«Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia, embrión ya de ese

mundo: oyóla el caos; la revuelta confusión adquirió forma y la infinita inmensidad

se redujo a límites. Pronunció otra palabra, y las tinieblas se disiparon; brilló la luz,

nació el orden del desorden y al punto se repartieron según su gravedad

respectiva los elementos corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego. Voló a la

región aérea la quinta esencia del cielo y animándose según sus diferentes

disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió en esas innumerables

estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar conforme su

movimiento; cada cual sigue su curso; y lo demás circuye como una muralla el

Universo.

«¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz reflejada que de

aquí recibe? Pues aquélla es la Tierra; allí habita el Hombre; esta luz es su día, y

sin ella cubriría la noche todo el globo terrestre, como sucede en el hemisferio

opuesto. Pero la proximidad de la Luna, que así se llama aquel hermoso planeta

que está enfrente, le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y

acabado, vuelve a recorrerlo incesantemente en medio del cielo, iluminándose su

triforme faz con el resplandor que recibe y que a su vez comunica a la tierra, y con

su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la noche. Ese punto adonde señalo,

es el Paraíso, mansión de Adán, y la sombra que en medio de él se dilata, su

vivienda. No puedes equivocar el camino; a mí me incumben otros cuidados.»

Volvió el rostro al decir esto, y Satán se inclinó profundamente ante aquel espíritu

superior, como es costumbre en el cielo, donde nadie rehúsa tributar el respeto y

honor debidos; y despidiéndose de Uriel, se lanzó a la costa inferior de la tierra

desde la Eclíptica. Cobrando entonces mayor agilidad con la esperanza de

obtener un feliz éxito, desciende perpendicularmente, gira como una rueda,

atravesando la región del Eter, y no se detiene hasta llegar a la cima de Nifates.

CUARTA PARTE

ARGUMENTO

A la vista va del Edén y, cercano al lugar en que se propone llevar por sí solo a

efecto su atrevida resolución contra Dios y el Hombre, comienza a dudar Satán

fluctuando entre sus temores, su envidia y desesperación. Por último triunfa en él

la perversidad, y se acerca al Paraíso, cuya situación y aspecto exterior se

describe; penetra en él; pósase, tomando la forma de un buitre, sobre el árbol de

la vida, que es el más elevado de cuantos se ven allí, y contempla detenidamente

el sitio en que se halla. Hácese una pintura de todo él, y aparecen Adán y Eva: la

admiración que su belleza y su dichoso estado producen en Satán no lo retrae de

su mal propósito; antes de oír cómo discurren entre sí, y al saber que les estaba

prohibido, so pena de muerte, comer el fruto del árbol de la ciencia, por este lado

piensa tentarlos, induciéndolos a la desobediencia; y poco después se aleja de

ellos para averiguar por otros medios algo más respecto a su situación. Entretanto

desciende Uriel en un rayo de sol, y previene a Gabriel, encargado de guardar la

puerta del Paraíso, que un espíritu infernal se ha escapado de aquel abismo y

cruzando a Mediodía por su esfera hacia el Paraíso en figura de ángel bueno,

acababa de ser descubierto por sus furiosos ademanes en la montaña. Gabriel

promete que le encontrará antes de rayar el alba. Entrada la noche tratan Adán y

Eva de retirarse a descansar. Descripción de su gruta. Su oración nocturna.

Prepara Gabriel su legión de vigilantes para que ronden en torno del Paraíso, y

envía dos ángeles vigorosos a la gruta de Adán, recelando que el Espíritu maligno

intentase hacer algún daño a los dos esposos mientras dormían; y en efecto, le

hallan puesto junto al oído de Eva, a quien sugiere su tentación durante el sueño.

Condúcenle a la fuerza adonde está Gabriel. Interrógale éste; él contesta con

altivez; mas atemorizado por una demostración del cielo, huye del Paraíso.

-¡Oh!, que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó en el cielo

el autor del Apocalipsis, cuando derribado por segunda vez el Dragón, se levantó

furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados habitantes de la tierra! Si

nuestros primeros padres hubiesen estado prevenidos contra su oculto enemigo,

cuando todavía era tiempo, se hubieran preservado quizá de sus mortíferas

acechanzas; no así ahora, que encendido en furor, comenzando por tentar al

Hombre para poder después acusarlo, baja Satán por vez primera a la Tierra, y

quiere vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella batalla

que sostuvo y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En medio de su

audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo vuelo, ni halla motivo

bastante para envanecerse, sino que próxima a estallar su implacable cólera, la

siente hervir en su proceloso pecho, y cual máquina atronadora, retrocede sobre

sí mismo. Asaltan su turbado pensamiento el horror y la incertidumbre; sublévase

en su interior el infierno todo, porque en sí y alrededor de sí lleva el infierno. Ni un

solo paso puede dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser por cambiar

de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia; despierta

en él el amargo recuerdo de lo que fue, de lo que es, de lo que será, cuando con

mayor malicia incurra en mayor castigo. A veces fija tristemente su dolorida

mirada en el Edén, que tan risueño se le manifiesta; a veces en el cielo, y en la

esplendidez del sol, que brilla a la sazón con toda la pompa del mediodía; y

combatido por tan encontrados pensamientos, exclama suspirando: «¡Oh tú, que

coronado de suprema gloria, contemplas al igual de Dios este nuevo mundo

desde tu solitario imperio; tú, ante quien palidecen todos los demás astros, a ti

invoco, mas no con voz lisonjera, que si pronuncio tu nombre, ¡oh Sol! es para

decir cuán aborrecidos me son tus rayos! Y, ¿qué mucho, cuando me traen a la

memoria el bien de que gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana

esfera? Perdiéronme el orgullo y la más inicua ambición, al mover en el cielo

guerra contra el monarca sin par que domina en el. ¡Áh!, ¿por qué fui tan

insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altura, a

quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su servidumbre?

¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas siendo tan merecidas y

mostrarle una gratitud, que tan justa era? «¡Ah que todas estas bondades fueron

en daño mío, y no sirvieron más que para dar pábulo a mi malicia! Al verme en

tanta supremacía creíme exento de sumisión; creí que dando un paso más, de tal

manera me sobrepondría a todo, que me hallaría en el mismo instante libre de la

inmensa deuda que para siempre tenía empeñado mi reconocimiento. Pesada es

la obligación que aun pagada nunca se satisface; pero yo olvidaba cuanto

incesantemente recibía, sin comprender que un pecho agradecido no debe por

ser deudor, y que continuamente está pagando, porque a la vez que contrae la

obligación, pone el desquite. ¿Qué violencia, pues, tenía que soportar?

«¡Oh, si su poderosa voluntad hubiera hecho de mí un ángel de ínfima condición!

No habría aún dejado de ser feliz, porque no me hubieran desvanecido tanto mis

quiméricas esperanzas. ¿Y por qué no? Cualquiera otra de las grandes

Potestades hubiera aspirado a la misma soberanía y arrastrándome a mí por

humilde tras su partido. Sin embargo, ninguno de los demás cayeron; todos

opusieron resistencia a la tentación, armándose por dentro como por fuera. Y ¿no

tenías tú la misma voluntad, el mismo poder para resistir? Sí que tenías. ¿De

quién pues, te quejas? ¿A quién acusas, más que a ese libre amor, don de los

cielos, que arde igualmente en todos los corazones?

«¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno como otro,

dado que es eterna mi desventura! Aunque el maldito eres tú, tú mismo, que

siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente elegiste lo que hoy motiva tu justo

arrepentimiento. ¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin, o de

esta también infinita desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno.

Pero ¡si el infierno soy yo! ¡Si por profundo que sea su abismo, tengo dentro de mí

otro más horrible, más implacable, que a todas horas me amenaza con

devorarme! Comparado con él, este en que padezco me parece un cielo.

«¡Ah!, demos tregua al orgullo. ¿No habrá medio de arrepentirse, medio de ser

perdonado? Lo hay en la sumisión; mas ¿cómo consentirá mi altivez que me

humille así en presencia de mis inferiores, de los mismos a quienes seduje,

prometiéndoles que lejos de someterme jamás subyugaría al Omnipotente? ¡Ay

de mí! ¡Cuán ajenos están de figurarse lo cara que pago mi jactanciosa temeridad

y los tormentos que interiormente me aquejan mientras ellos adoran mi infernal

trono!

esta diadema, este cetro que tanto me han encumbrado, sólo sirven para hacer

más ignominiosa mi caída; sólo en ser más miserable consistirá mi supremacía,

que no otro será el triunfo de mi ambición.

«Y aun cuando fuera posible mi arrepentimiento, y que perdonado ya, pudiera

recobrar mi primer estado ¡qué de elevados designios no volvería a sugerirme mi

elevación! ¡qué tardaría mi hipócrita humildad en faltar a sus juramentos

contemplándolos nulos, como impuestos por el dolor y arrancados por la

violencia! Ni, ¿qué sincera reconciliación ha de caber donde un odio mortal ha

abierto tan profunda herida? En reincidencia, por el contrario, me precipitaría en

mayor mismo; pagaría cara esta breve tregua a costa de redoblar mis méritos; y

como nada de esto se oculta al que me condena, tan lejos está él de perdonarme,

cuanto yo de solicitar su misericordia. Así que ninguna esperanza resta: en lugar

de nosotros, expulsados de nuestra patria, ha creado al Hombre, en quien tiene

puestas sus delicias, y para el Hombre este mundo. Renuncio, pues, a la

esperanza, y con ella al temor, al remordimiento. No hay ya para mi bien posible;

tú ¡oh mal! serás ido mi bien en lo sucesivo; por ti a lo menos reinaré

conjuntamente con el Señor del Cielo, y quizás me quepa por reino la tetad del

Universo, como el Hombre y ese nuevo mundo lo Cimentarán en breve.»

Mientras hablaba así, cruzaban sombrías pasiones por su semblante: tres veces

lo alteraron la cólera, la envidia y la desperación, que sucesivamente lo fueron

desfigurando; y a pesar de las apariencias con que se disfrazaba, se le hubiera

conocido a la simple vista; porque jamás empaña nube alguna la radiante faz de

los bienaventurados. Pero él, que se observo al punto, cambió en tranquilo

exterior todos sus afectos, y tan diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la

falsedad el aspecto de la virtud, encubrió la malicia con que preparaba su

venganza, aunque no lo bastante para engañar al, que estaba ya prevenido.

Había el Arcángel seguido inmediatamente todos sus pasos; lo había visto en el

monte Asirio consumido de una inquietud poco propia de los espíritus celestes

pues creyendo que nadie lo veía ni vigilaba en sus demostraciones y en sus

descompuestos ademanes claramente mostrada la exaltación que dominaba su

amo.

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre

el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso

Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera

pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen

inaccesible. Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros,

pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado,

multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnífico anfiteatro. Dominando las

copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se

ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de

sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se

ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y

frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos

colores que las esmaltaban; mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más

complacido que en las bellas nubes del Ocaso o en el arco que nace de la lluvia,

enviada por Dios a refrigerar la tierra.

Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase doblemente el aire a

medida que se acercaba a él, hinchándole el corazón de deleite, de aquel

gratísimo bienestar con que la primavera ahuyenta toda tristeza, como no sea la

de la desesperación. Agitando sus fragantes alas, esparcían los vientos los

perfumes que naturalmente atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían

adquirido las balsámicas esencias que prodigaban; y como el navegante que

traspone el cabo de Buena Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique siente el

dulce halago de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que le envía la

Arabia feliz desde sus odoríferas riberas, y se complace enajenado en caminar

más lentamente, para recibir el suave aliento que sonriendo exhala de lejos el

Océano, así aspiraba el pérfido Enemigo el delicioso ambiente que iba

determinado a emponzoñar, aunque gozándose en él más que Asmodeo con el

maligno vapor que lo alejó, enamorado, y todo de la esposa del hijo de Tobías,

huyendo a impulsos de su venganza desde la Media a Egipto, para quedar allí

rigurosamente aprisionado.

Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y áspera colina,

sin hallar camino alguno entre los enmarañados zarzales y malezas que

estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta tenía el Paraíso, y

miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual, advertido por el príncipe infernal,

sin hacer caso de ella y como por menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar

de la colina y su mayor altura, y cayó en el fondo interiormente. A la manera que

un lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nueva presa, acecha los

lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus ganados,

creyéndolos seguros, y salta por encima del redil, cayendo en medio del rebaño, o

como el ladrón que para dar con el escondido tesoro de un rico ciudadano,

preservado de todo asalto dobladas puertas, hierros y cerrojos, se desliza

furtivamente por las ventanas o por las techumbres; tal se introdujo en el campo

de Dios aquel malvado, como se introdujeron después mercenarios viles en su

templo. Vuela de allí al árbol de la vida, que estaba en medio y sobresalía entre

todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para procurarse

nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no para aprovecharse de

la virtud de aquel árbol, sino de su fruto, que no abusando de él, era prenda

segura de inmortalidad; tan cierto es que sólo Dios conoce el justo valor del bien

presente, y que por el abuso o el mal empleo se pervierten las mejores cosas.

Inclina luego al suelo sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros

con que la naturaleza brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho recinto,

en aquella tierra, que más bien es abreviado cielo.

Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al oriente de Edén, que

se extendía desde Aurán, hasta las soberbias torres de la gran Seleucia,

construidas por los reyes griegos y hasta Talasar, que sirvió mucho antes de

morada a los hijos de Edén. En aquel delicioso país estableció Dios su jardín,

haciéndolo más encantador aún y extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles

más agradables a la vista, al olfato y al paladar, entre los cuales sobresalía por su

altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos de ambrosía y oro vegetal. No

lejos se veía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan

caro nos costó, dándonos a conocer el mal.

Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que sin torcer su

corriente, pasaba, sumergiéndose, por debajo del agreste monte, colocado allí por

Dios y levantado sobre las raudas ondas como término del Paraíso. Incitada de

dulce sed la esponjosa tierra, absorbía por sus venas las aguas hasta la cumbre

de donde manaba una fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de

arroyos; juntos los cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando el río

que salía de su tenebroso cauce, dividíalo en cuatro corrientes principales que

con diverso rumbo recorrían vastas comarcas, celebérrimos imperios de que no

es menester hacer mención. Preferible sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo

los bullidores arroyos que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre

orientales perlas y arenas de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos se

inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas aquellas plantas,

y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un arte sutil no había dispuesto en

regulares líneas ni en vistosos ramos; la espléndida naturaleza las prodigaba por

colinas y valles y llanuras, unas abriéndose a los primeros rayos del sol, otras

resguardadas en impenetrable sombra para mejor preservarse del resistero del

mediodía.

Tal era aquel delicioso sitio, mansión campestre y encantadora, de rico y variado

aspecto, de bosques cuyos árboles destilaban balsámicas y olorosas gomas, o de

los que pendían frutos esmaltados de luciente oro, y exquisitos por su labor; que

no en otra parte debió existir el jardín de las Hespérides, si su fábula fuese cierta.

A trechos se descubrían mesetas de verdes prados, con rebaños que pastaban la

verde hierba, colinas cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad aumentaban las

corrientes de agua; flores de todos matices rosas que no conocían espinas. Por

otro lado grutas umbrías y cavernas de sin igual frescura que ocultaban entre sus

pámpanos la risueña vid cargada de purpúreos racimos y trepando a lo alto para

lucir su gentil y fecunda gala; y al propio tiempo parleras cascadas que de las

empinadas cumbres se desprendían, esparciendo unas veces y juntando otras

sus aguas en transparente lago donde como en su espejo se retrataban

coronadas de mirtos sus ondulantes márgenes. Las aves prorrumpían a una en

sus gorjeos, y las primaverales brisas difundiendo la fragancia de los campos y

los bosques asociaban sus murmullos al del trémulo ramaje, mientras ejercitaba

sus danzas festivas Pan, numen universal, rodeado de las Gracias y las Horas, y

seguido de una perpetua primavera. No era tan delicioso el Enna por donde

Proserpina iba cogiendo flores, cuando ella, flor

más hermosa aún, fue arrebatada por el tenebroso Plutón y ocasionó a su madre

el dolor de buscarla por el mundo todo. Ni era tan apacible la floresta de Dafne,

junto al Oronte; ni la que bañaba la inspiradora fuente de Castalia; ni la isla Nisea,

cercada del río Tritón donde el viejo Cam, a quien los gentiles llaman Ammón y

los de la Libia Júpiter, ocultó a Amaltea y a su sonrosado hijo, el niño Baco, de la

vista de su madrastra Rhea. El mismo monte Amara, en que los reyes de Abisinia

guardaban a sus hijos, tenido por algunos como el verdadero paraíso, situado en

la Etiopía, cabe las fuentes del Nilo, aquel escarpado monte, puesto entre rocas

de alabastro, que no podía subirse en todo un día, en manera alguna podía

compararse con este jardín de Asiria, donde el príncipe infernal vio con desplacer

tantos placeres juntos y tantas especies de vivientes seres, nuevas para él y

desconocidas.

Dos de ellos de más noble figura, de cuerpo recto y elevado, recto como el de los

dioses, ostentando una dignidad natural y una desnudez majestuosa, parecían los

señores de aquel imperio, y se mostraban dignos de serlo. En sus celestiales

miradas resplandecía la imagen de su Creador, la verdad, la inteligencia, la

santidad pura y severa, que no excluía la verdadera libertad filial, de que procede

la autoridad humana. No eran iguales ambos ni parecían de un mismo sexo: él,

nacido para la reflexión y el valor; ella para la dulzura y la gracia seductora; él,

sólo para Dios, ella para Dios y para él. La frente hermosa y ancha del uno y su

sublime mirada indican su autoridad suprema; sus cabellos de color de jacinto,

partidos por mitad caen en varoniles bucles sobre sus hombros, pero sin pasar de

ellos; la cabellera de la otra, de largas hebras doradas, extendida como un velo,

desciende ondulando hasta su delicado talle, y se recoge en multitud de anillos,

como se enredan los de las vides, emblema de dependencia, impuesta con el

más tierno ascendiente, otorgada por ella, recibida por él y consagrada con actos

de espontánea sumisión, de modesta resistencia y de esquivez tan dulce como

amorosa. No había entonces en ellos parte alguna velada ni secreta; no conocían

el falso pudor, ni la vergüenza que mancillaba las obras de la naturaleza. Infame

vergüenza, hija del pecado; ¡qué de zozobras causaste a la humanidad con esa

mentida apariencia de pureza, privándonos de la mayor ventura de la vida, la

sinceridad del corazón, la paz inmaculada de la inocencia!

Iban así ambos mostrando su desnudez, y como ignorantes del mal, sin ocultarse

de las miradas de Dios ni las de los ángeles. Iban asidos de las manos, como dos

almas las más enamoradas que unió jamás en sus vínculos amor: Adán el más

bello de los hombres que fueron sus hijos, y Eva la más hermosa de las mujeres.

Sentáronse en el mullido césped, a la sombra de una espesura que exhalaba

perfumadas auras, y cerca de una cristalina fuente. Habíanse ejercitado en el

cultivo de su querido jardín cuanto bastaba a hacerles después grata la fresca

impresión del céfiro, y más dulce el reposo y más refrigerante la satisfacción de la

sed y el hambre. Sirviéronse de los frutos que eran su comida, frutos

sabrosísimos que doblándose las ramas les ofrecían, y descansaban recostados

sobre el blando musgo, tapizado de brillantes flores. De la corteza de los frutos

que habían gustado, hacían vasos para apagar la sed con el agua del arroyo que

rebosaba; y no faltaban en aquel banquete dulces requiebros ni cariñosas

sonrisas, naturales en esposos dichosamente unidos por el vínculo nupcial y que

se veían a solas.

Alrededor de ellos jugueteaban todos los animales terrestres, que por su ferocidad

fueron después perseguidos en bosques y desiertos, en montes y cavernas. Allí

triscaba el león, meciendo suavemente entre sus garras al corderillo; osos, tigres,

panteras y leopardos retozaban alegres en su presencia. Para divertirlos,

desplegaba allí el monstruoso elefante todas sus fuerzas, retorciendo a uno y otro

lado su flexible trompa; deslizábase hacia ellos la lisonjera serpiente, enroscando

en complicados nudos sus escamas, y dando ya indicios de su fatal malicia, no

conocida aún; y otros animales yacían sobre la hierba, unos que habiendo

acabado de pastar fijaban los ojos con mirada inmóvil, otros que estaban

rumiando y adormecidos; porque ya el sol iba declinando y apresurando el fin de

su curso hacia las islas del Océano, y los astros precursores de la noche subían

por la ascendente escala del cielo, a tiempo que Satán, dominado del mismo

asombro que al principio y sin poder apenas recobrar su desfallecida voz

exclamaba así: «¡Oh Infierno! ¡Qué triste espectáculo se ofrece ante mis ojos!

¿Posible es que ocupen nuestro dichoso lugar y tan bienaventurados sean esos

seres de otra especie, nacidos quizá de la tierra, que no son espíritus, y sin

embargo tan poco se diferencian de los brillantes espíritus celestiales? No puedo

contemplarlos sin asombro, y aun creo que podría amarlos; tan perfecta es su

semejanza con la divinidad, y tal gracia ha comunicado a sus formas la mano de

que han salido. ¡Oh, bellísimas criaturas! No podéis figuraros el cambio a que

estáis ya expuestos, y cuán pronto se trocará en desdicha vuestro bienestar;

desdicha tanto mayor, cuanto más felices os juzgáis ahora. Bienaventurados sois;

pero poca defensa tiene vuestra bienaventuranza para que dure mucho; y esa

mansión sublime, vuestro cielo, no tiene toda la fortaleza que necesita un cielo

para resistir al enemigo que ahora penetra en él. Yo no soy enemigo vuestro,

antes bien os compadezco al veros así abandonados y a pesar de la ninguna

compasión que conmigo se ha tenido. Quiero formar alianza con vosotros,

contraer una amistad tan íntima y tan estrecha, que en lo sucesivo viva yo con

vosotros, o vosotros viváis conmigo. No os parecerá mi mansión tan agradable

como este risueño Paraíso; pero la aceptaréis, porque al fin es obra de vuestro

Hacedor; él me la cedió a mí, y con igual generosidad os la cedo yo a vosotros. El

infierno abrirá de par en par sus puertas para recibiros, y a recibiros saldrán

también todos sus magnates. No os veréis allí reducidos a tan estrechos límites

como estos, y tendréis suficiente espacio para vuestra innumerable descendencia.

Si el lugar no es más delicioso, quejaos del que me obliga a tomar venganza de

sus ofensas en vosotros, que no me habéis ofendido; y aunque vuestra cándida

inocencia me inspire piedad, como en efecto me inspira, el público bien, que es

preferible, y el honor de un imperio que, gracias a mi venganza, ensanchará sus

límites con la conquista de un nuevo mundo, me obligan a hacer lo que de otra

suerte, aun estando condenado, me repugnaría.»

Así discurría Satán, excusando con la necesidad, que es la razón de los tiranos,

sus diabólicos proyectos; y descendiendo de la alta cima del árbol en que se

había colocado, se introduce entre la bulliciosa turba de los cuadrúpedos, toma ya

una, ya otra de sus formas, según convenía mejor a sus designios; Observa de

cerca su presa sin ser notado, y presta atención a sus palabras, y espía sus

acciones para averiguar cuanto deseaba saber sobre su estado. Tan pronto como

león de fiero aspecto, da vueltas alrededor de ellos; o como tigre que descubre

casualmente a orillas de un bosque dos tiernos cervatillos retozando, se agacha

contra la tierra y luego se levanta, y se mueve inquieto, a semejanza del enemigo

que busca dónde mejor emboscarse, y por fin se lanza sobre ellos para asirlos a

la vez, a cada uno con una garra. En esto Adán, el primer hombre, dirigiendo la

palabra a Eva, la mujer primera, hizo que Satán se volviese todo oídos para

escuchar aquel lenguaje para él tan nuevo.

«¡Oh mi única compañera, que eres parte de mi ser y el más querido de todos

cuantos me rodean! ¡Cuán infinitamente bueno es ese nuestro Hacedor, que

además ha hecho todo este vasto mundo para nosotros, y que se muestra tan

liberal de sus bondades como poderoso e infinito en su grandeza! Nos ha sacado

del polvo y puesto aquí, en medio de tanta felicidad, cuando nada merecíamos de

su mano, cuando nada podemos hacer que él necesite; y en cambio sólo un

precepto nos impone, sólo un deber fácil de cumplir: de todos los árboles de este

Paraíso, que tan varios y deliciosos frutos nos ofrecen, únicamente nos prohíbe

gustar del árbol de la ciencia, plantado junto al árbol de la vida. Cerca, pues, de la

vida está la muerte; y que ésta sea cosa terrible, no admite duda, pues sabes bien

cómo el Señor ha dicho que el fruto de ese árbol es la muerte; única prohibición

que ha impuesto a nuestra obediencia, en medio de tantos dones como nos ha

otorgado, y de tan gran poder y supremacía como nos concede sobre todas las

criaturas que pueblan la tierra, los aires y los mares. No nos parezca, por lo tanto,

penosa semejante privación, teniendo, cual tenemos, libertad para gozar de todo

lo demás y para escoger entre tantos y tan varios deleites el que prefiramos; y así

alabemos al Señor y agradezcámosle sus bondades, prosiguiendo en la grata

ocupación de podar estos tiernos árboles, y cultivar estas flores, trabajo que aun

cuando fuera más penoso, a tu lado sería muy dulce.»

Y Eva le replicó de este modo: «¡Oh tú, de quien soy y para quien he sido

formada, carne de tu carne, único objeto de mi existencia, que eres mi guía y mi

superior! Justo y razonable es cuanto has dicho, pues debemos al Señor

incesantes alabanzas y agradecimiento; y yo más particularmente, porque gozo

de mayor suma de felicidad al gozarte a ti, cuya supremacía es de tal naturaleza,

que no hallarás cosa que se te iguale. Acuérdome a cada instante de aquel día en

que despertando del sueño por primera vez me vi reclinada en una umbría sobre

las flores, admirada de mí, sin saber quién era, ni dónde estaba, ni de dónde o

cómo había venido. No lejos de allí, de lo interior de una gruta, nacía murmurando

un arroyuelo, que esparciendo su líquida corriente quedaba después inmóvil y tan

puro como la bóveda del cielo. Dirigíme a él con toda la irreflexión de mi

inexperiencia, y me tendí en su verde orilla para contemplar aquel terso y brillante

lago, que se asemejaba a otro firmamento; mas al inclinarme sobre él, vi que de

pronto enfrente de mí dentro del agua, aparecía una figura que también se

inclinaba para mirarme. Retrocedí asustada; ella retrocedió asimismo; plúgome

acercarme de nuevo; plúgole a ella acercarse igualmente y dirigirme también sus

miradas con el mismo interés y amor. Hasta ahora la hubiera estado

contemplando, llevada de una vana afición, si no hubiera sonado una voz que me

dijo: «Eso que ves, eso que estás contemplando, hermosa criatura, eres tú

misma; como tú aparece y desaparece; pero ven, y te llevaré adonde no sea una

sombra el ser que anhela gozar de tu vista y de tus dulces brazos, el ser cuya

imagen eres y de quien gozarás también en inseparable unión. Tú le darás una

multitud de criaturas parecidas a ti, por lo que serás llamada madre de la especie

humana.» ¿Qué había yo de hacer sino seguir ciegamente al que sin ser visto me

atraía de aquella suerte? Di algunos pasos, y te descubrí, tan bello y esbelto

como eres, debajo de un plátano, aunque debo confesarte que no me pareció al

pronto su belleza tan dulce, tan seductora como la del lago. Traté de huir, pero tu

me seguiste, gritando: «Vuelve acá, hermosa Eva. ¿De quién huyes? ¿Huyes de

mí, siendo mía, siendo mi carne, mis propios huesos? Para darte la existencia, he

cedido una parte de mí mismo; de lo más próximo a mi corazón ha salido la

sustancia de tu vida; y para tenerte siempre a mi lado, dulce consuelo mío, mitad

de mi alma, te estoy buscando; que sin ti, mi ser se vería incompleto.» Y tu

cariñosa mano asió la mía, y cedí a tu anhelo, y comprendí desde entonces

cuánto la gracia varonil excede a la de la belleza, cuán superior es la inteligencia

a toda otra hermosura.»

Así habló nuestra primera madre. y con miradas de casta seducción conyugal, y

con el más tierno abandono, medio abrazándolo se apoya en nuestro primer

padre, a quien hizo sentir la leve presión de su turgente seno, velado en parte por

las rizadas ondas de su áurea caballera. Enajenado él a la vista de tal beldad y de

tan dóciles encantos, sonreíase henchido de amor como sonríe Júpiter a Juno

cuando fecundiza las nubes que siembran las flores de Mayo sobre la tierra; y

selló los labios de Eva con un ósculo purísimo. Apartó Satán la vista lleno de

envidia; y dirigiéndoles de soslayo una mirada maligna y rencorosa exclamó

interiormente así: «¿Hay espectáculo más odioso e insufrible? ¿Han de gozar

encantados éstos, uno en brazos de otro, de delicias superiores a las del Edén, y

han de disfrutar tal cúmulo de venturas mientras yo vivo sumido en el infierno,

donde no existe placer ni amor, sino un violentísimo deseo, que no es por cierto el

menor de nuestros tormentos, deseo que no pueden consumar ni satisfacer tantas

penas y martirios? Mas no debo echar en olvido lo que he llegado a saber de sus

propios labios: no pueden disponer de todo a su voluntad; hay aquí un árbol fatal,

llamado de la ciencia, cuyo fruto se les prohíbe. Estáles, pues, vedada la ciencia,

lo cual es sospechoso y contrario a la razón. ¿Por qué su Señor les evita esa

ciencia? ¿Si será un delito el saber, si será la muerte? ¿Si toda su existencia se

cifrará en su ignorancia y su dicha en esta prueba de obediencia y de fidelidad?

¡Oh!, ¡qué bello descubrimiento para fraguar su ruina! Encenderé en su ánimo un

vivo deseo de saber, de infringir ese envidioso mandamiento, inventado sin duda

para mantener en la humillación a unos seres cuya inteligencia los sublimaría al

igual de los dioses. Pues bien: aspirando a esta gloria gustarán de ese fruto, y

morirán. ¿No es probable que suceda así? Pero antes es menester examinar muy

prolijamente este jardín y recorrer hasta sus últimos escondrijos. Una casualidad,

una dichosa casualidad puede conducirme al sitio donde halle, bien a orillas de

una fuente, bien al abrigo de una sombría espesura, alguno de esos espíritus

celestiales que me ilustre respecto a lo que falta averiguar. Vivid pues, felices

amantes, mientras podáis; gozad durante mi ausencia de esos breves placeres, a

los que sobrevendrán largas desventuras.»

Acabado de decir esto, se puso en marcha con arrogante y desdeñoso paso,

aunque con astuta precaución, recorriendo bosques, colinas, valles y llanuras.

Descendía entretanto lentamente el Sol hacia el punto extremo en que el cielo

parece tocar con el mar y con la tierra, y sus rayos, extendiéndose hasta el ocaso,

reflejaban en la puerta oriental del Paraíso. Era ésta una roca de alabastro, que

se alzaba hasta las nubes y que a larga distancia se descubría, accesible del lado

de la tierra por medio de una subida que conducía a su alta entrada: el resto lo

formaba un escarpado risco, imposible de superar. Entre ambas pilastras de la

roca se hallaba sentado Gabriel, caudillo de las guardas angelicales, esperando la

llegada de la noche; y alrededor se ejercitaba en heroicos juegos la joven milicia

del cielo desarmada, pero conservando a mano sus escudos, yelmos y lanzas,

pendientes en pabellones y ostentando el brillo deslumbrador de sus diamantes y

oro. De repente, envuelto en un rayo de sol y atravesando la claridad del

crepúsculo, aparece Uriel, rápido como una estrella que se desliza en otoño

durante la noche, cuando henchidos los aires de inflamados vapores, muestran al

navegante el punto desde donde se lanzarán contra él los vientos

desencadenados; y apresuradamente empezó a decir: «Gabriel, pues tienes a tu

cargo la guarda y vigilancia de esta mansión venturosa, para impedir que nada

malo se acerque aquí ni penetre en ella, sabe que hoy mismo, en la mitad del día,

llegó a mi espera un espíritu, deseoso al parecer de contemplar las maravillas

más admirables del Omnipotente, y sobre todo al Hombre, última criatura hecha a

su imagen. Le indiqué el camino que con mayor rapidez podía seguir; observé la

dirección de su vuelo, y al verlo detenerse en la montaña que cae al norte del

Edén, noté que sus miradas eran poco propias del cielo y que había en ellas algo

de sombrío. Lo seguí con la vista, pero lo he perdido entre estas espesuras; y

temo no sea alguno de los espíritus rebeldes, que salido del abismo, venga a

suscitar aquí nuevas perturbaciones: tú cuidarás de descubrir dónde se oculte.»

Y el alado guerrero le respondió: «No me admira, Uriel, que residiendo tú en la

brillante esfera del sol, abarques con tu penetrante mirada inmensas distancias y

profundidades. Nadie puede burlar la vigilancia que aquí se ejerce, pasando por

esta puerta, sino quien conocidamente proceda del cielo; y del mediodía hasta

ahora no se ha presentado ser alguno celestial. Si otro de diferente naturaleza,

como el que tú has descrito, ha traspasado estos límites terrestres con algún

designio, ya conoces cuán difícil es oponer obstáculos materiales a una sustancia

divina; mas cualquiera que sea la forma con que se encubra ese que dices, si se

ha introducido dentro del recinto de estos muros, lo hallaré mañana al rayar el

día.» Con esta promesa volvió Uriel a su región, llevado por el mismo rayo

luminoso cuyo más elevado extremo le hizo descender con mayor rapidez al sol,

que en aquella hora llegaba debajo de las Azores, fuese porque a impulso de una

increíble velocidad hubiera ya terminado su diario curso, fuese porque la tierra,

girando menos acelerada y abreviando su curso hacia el Oriente, dejase a aquel

astro iluminar con sus purpúreos y áureos fulgores las nubes que rodean su trono

en el Ocaso.

Llegó por fin la tranquila Noche, y el pardo Crepúsculo cubrió el mundo con su

triste manto. Seguíalo el Silencio y animales y aves se retiraban, ellos a sus

guaridas, éstas a sus nidos, todos enmudecieron, menos el vigilante ruiseñor que

empleaba la noche en ensayar sus amorosos e incesantes trinos. ¡Qué encanto

tenía el silencio! Poblábase de resplandecientes zafiros la bóveda del firmamento;

y Héspero, caudillo de la estrellada hueste, se distinguía por lo luminoso, hasta

que apareciendo la luna, reina de pálida majestad, ostentó su incomparable brillo

y ahuyentó las tinieblas con su planeta luz. A este tiempo Adán conversaba así

con Eva: «Querida esposa mía: esta hora de la noche y los seres todos que se

entregan al descanso, nos brindan con igual reposo. Para el hombre ha

establecido Dios el trabajo y el descanso, como la alternativa del día y de la

noche; y el rocío del sueño, que tan oportunamente hace sentir ahora su dulce

peso a nuestros ojos, viene a cerrar nuestros párpados. Las demás criaturas que

durante el día vagan ociosas y sin cuidado, tienen menos necesidad de reposo,

menos que el hombre, que da ocupación diaria a su cuerpo e inteligencia en lo

cual prueba su dignidad, y el galardón con que recompensa el cielo sus acciones,

porque los otros animales no ejercitan así su actividad, ni Dios toma en cuenta lo

que ejecutan. Mañana, antes que la fresca aurora anuncie en el oriente la

proximidad del día, deberemos levantarnos, y volver a nuestro agradable trabajo,

aclarando aquella enramada, y más allá desembarazando las verdes calles por

donde pasearemos al mediodía, pues nos estorba la espesura del ramaje que

esteriliza todas nuestras faenas, y que requiere más número de manos, si ha de

atajarse su desmedida exuberancia; al paso que debemos también limpiar la tierra

de las flores caídas y de las gomas que han destilado sobre ella, porque

únicamente sirven para afearla y obstruirla impidiéndonos caminar con facilidad.

Entretanto la naturaleza quiere y la noche manda que descansemos.»

A lo cual Eva, hermosísima criatura, respondió: «Dueño mío, de quien procedo: lo

que tú mandes obedeceré sumisa; Dios lo ha dispuesto así; Dios es tu ley, tú la

mía y en no excederse de ella consiste toda la ciencia todo el mérito de la mujer.

Embelésanme tus palabras hasta el punto de hacerme olvidar el tiempo, sus

mudanzas y el transcurso del día, porque contigo todo es igualmente agradable

para mí. Agradable es el ambiente de la mañana, dulces sus labores y los

primeros cánticos de las aves; hermoso el sol cuando en este amenísimo jardín

derrama sus orientales destellos sobre el césped, los árboles, los frutos y las

flores esmaltadas por el rocío; exhala aromas la tierra, fecundada por mansas

lloviznas, y es encantadora la paz de la tarde, como el silencio de la noche en que

sólo se oye la voz solemne de su cantor, y como la belleza de la luna y todas esas

esmeraldas del cielo que forman su luminosa corte. Pero ni el fresco ambiente de

la mañana, ni los primeros cantos de las aves ni el sol que inunda este jardín

ameno, ni los céspedes, frutos y flores esmaltadas por el rocío, ni el perfume que

tras mansa llovizna embalsama la tierra, ni la apacible tarde y la deliciosa noche

con su cantor solemne, ni el pasear a la luz de la luna o a la trémula claridad de

las estrellas, nada hay para mí tan dulce como tú mismo. Mas ¿por qué esos

astros están luciendo toda la noche? ¿Para quién es ese magnífico espectáculo si

tiene cerrado el sueño todos los ojos?

»

 

«Hija de Dios y el Hombre, Eva hermosa, replicó nuestro primer padre; esos

astros que giran alrededor de la tierra llevan de una en otra región su luz que ha

de alumbrar aún a naciones que todavía no existen, y que brilla apareciendo y

ocultándose para evitar que la noche, envolviéndolo todo en su oscuridad, recobre

su antiguo imperio y prive de la vida a toda la naturaleza. Y no sólo esparcen

claridad esos templados astros, sino que con su benigno calor diferentemente

graduado lo vivifican, calientan, templan y mantienen todo, o comunican parte de

su virtud interior a los demás seres a todas las producciones de la tierra,

disponiéndolas a recibir del sol con mayor eficacia su cabal acrecentamiento. Y

aunque en la profunda noche falte quien los contemple, no por eso resplandecen

en vano; porque no pienses que aun dado que el hombre no existiera, dejaría ese

cielo de tener admiradores, ni Dios quien le tributase alabanzas; que mientras

velamos, mientras dormimos recorren invisibles la tierra millones de criaturas

espirituales, y día y noche alaban sin cesar y contemplan las obras del Creador.

¡Cuántas veces desde la cumbre de la sonora montaña o de lo interior de los

bosques llegan a nosotros voces celestiales a la mitad de la noche, que ya solas,

ya respondiéndose unas a otras, ensalzan al Omnipotente! Con frecuencia se

oyen sus coros y nocturnas veladas, y al divino son de los instrumentos que

acompañan sus melodías, media la noche su espacio, y se elevan al cielo

nuestros pensamientos.»

Así iban los dos discurriendo, y asidos uno a otro de la mano, entran solos en su

deliciosa gruta. Era un sitio elegido por el soberano Señor, y dispuesto de

manera, que nada echase allí de menos el Hombre de cuanto pudiera deleitarlo.

Formaban el laurel y mirto entrelazados una tupida bóveda de fuertes y olorosas

hojas; el acanto y toda especie de arbustos aromáticos, un verde muro por uno y

otro lado, que adornaban como rico mosaico mil y mil flores brillantes, el iris con

sus tornasoladas tintas, las rosas y el jazmín unidas a sus esbeltos tallos. Los

pies descansaban sobre un lecho de violetas, de azafrán y de jacintos, que

cubriendo el suelo como vistoso pavimento, hacían resaltar sus colores, más

vivos que los de las piedras más preciosas. Ninguna otra criatura, aves,

cuadrúpedos ni reptiles, osaba acercarse allí: tal era el respeto que inspiraba el

Hombre; y jamás se ideó mansión tan umbría, sagrada y solitaria que sirviese de

templo al dios Pan o a Silvano, ni a las Ninfas y Faunos, númenes de las selvas.

Allí, en aquel apartado retiro, entre flores, guirnaldas y perfumadas yerbas, se

desposó Eva embelleciendo su lecho nupcial por primera vez; y los coros

celestiales cantaron su himeneo el día en que su ángel tutelar la entregó a

nuestro primer padre, más ataviada, más encantadora en medio de su desnudez

que Pandora, en quien los dioses apuraron todos sus dones, cuando, ¡oh, fatal

semejanza en la desventurada!, cuando llevada por Hermes al insensato hijo de

Jafet, sedujo con sus dulces miradas al género humano para vengarse del que

había robado el primitivo fuego de Jove.

Llegado, pues, que hubieron a su umbrosa gruta, se detuvieron ambos, y

volviendo los ojos al firmamento, adoraron al Dios que hizo la tierra, el aire, el

cielo que estaban contemplando, el luciente globo de la luna y las estrellas que

poblaban la azulada bóveda.

«Obra tuya es también la noche, Omnipotente Hacedor, y obra tuya el día que

acaba de expirar y que hemos empleado en el trabajo que nos está prescrito, con

la dicha de auxiliarnos y amarnos mutuamente, colmo de todos los bienes que

nos otorgas. Este delicioso lugar es sobrado extenso para nosotros, y su

abundancia tal, que no hay quien participe de ella ni quien recoja cuanto su suelo

da de sí; pero tú has prometido que de nosotros dos nacerá una raza que ha de

llenar la tierra, y glorificar como nosotros tu infinita bondad, lo mismo cuando

despertamos a la luz del día, que cuando, como ahora, aspiramos a gozar del

sueño.»

Estas alabanzas pronunciaron los dos con unánime afecto, sin observar otro rito

que una pura adoración, que para Dios es el más agradable; y enlazadas las

manos, entraron en su gruta, y se retiraron a lo más apartado de ella. No tuvieron

que despojarse del molesto disfraz que nosotros vestimos, sino que yaciendo uno

al lado de otro, Adán estrechó a su hermosa Eva, y ésta aceptó los misteriosos

deberes que su santo vínculo le imponía. Dejemos que austeros hipócritas

encarezcan las perfecciones de la castidad, el respeto a los lugares sagrados y a

la inocencia, y que condenen como impuro lo que Dios ha purificado, lo que

prescribe a unos y lo que concede a la libertad de todos. El Señor manda que nos

multipliquemos, ¿y quién sino el autor de nuestra ruina, el enemigo de Dios y el

Hombre, puede obligarnos a lo contrario?

¡Salve, amor conyugal, misteriosa ley, origen verdadero de la vida humana, único

don propio del Paraíso, en que todas las cosas eran comunes! Por ti se ven libres

los hombres del adúltero furor que los iguala con los brutos; por ti fueron

engendrados los dulces afectos que el cariño, la fidelidad, la injusticia y la pureza

establecieron por primera vez, y los sagrados vínculos de padre, hijo y hermano.

¿Cómo he de ver yo en ti nada de criminal ni vituperable, nada que sea indigno de

la más santa morada, cuando eres fuente perpetua de doméstica ventura, tálamo

candoroso y casto, en estos como en los pasados tiempos, y cuando gozaron de

ti los santos y los patriarcas? En ti logra amor el acierto de sus doradas flechas;

en ti luce su inextinguible antorcha y posa sus purpúreas alas; y en ti se ven

cifrados sus encantos todos, no en las improvisadas caricias, en la sonrisa venal

de falsas, insípidas e impúdicas mercenarias, ni en los cortesanos galanteos,

festejos, mascaradas, músicas y bailes con que antojadizos amantes hacen gala

de una pasión que más bien es digna de menosprecio. Estrechamente enlazados

sus desnudos miembros, duermen ambos esposos al compás de los cantos con

que les regalan los ruiseñores, y coronados por la lluvia de rosas que les

renuevan los primeros albores de la mañana. Gozad de ese sueño, felices

consortes, doblemente venturosos, si no aspiráis a mayor ventura, ni a saber mas

de lo que sabéis.

Ya la noche había recorrido la mitad de su órbita sublunar, y el cono que su

sombra forma llegaba a la mayor altura de la anchurosa bóveda celeste; y ya

saliendo por la puerta de marfil, a la hora y con las armas que acostumbraban, se

disponían los querubines a su nocturna ronda, desplegando aparato bélico,

cuando dijo Gabriel al que más se acercaba a él en autoridad: «Llévate en pos,

Uziel, la mitad de esa legión y recorre en torno la parte del mediodía con la mas

cuidadosa vigilancia; que la otra mitad se dirija al norte, y dando nosotros la

vuelta, nos reuniremos en el occidente». Divídense con la rapidez de la llama,

unos hacia el lado del escudo, otros hacia el de la lanza; y llamando el mismo

Gabriel a dos ángeles que estaban a su lado y se distinguían por su denuedo y

sagacidad, les dio la siguiente orden: «Id, Ituriel y Zefón, id a recorrer el Edén con

toda la presteza que os sea posible; no dejéis de explorar rincón alguno, y sobre

todo la mansión de aquellas dos bellísimas criaturas, que quizás en estos

momentos están durmiendo, sin recelar de ningún peligro. Esta tarde, al declinar

el sol, vino un Ángel a participarme que había visto un espíritu infernal (¿quién

había de sospecharlo?) que escapándose del infierno se encaminaba a este

Paraíso, sin duda con algún propósito siniestro; y así donde quiera que lo halléis

apoderaos de él y traedlo a mi presencia.»

No dijo más, y se puso delante de su brillante hueste, que eclipsaba el resplandor

de la luna mientras los dos ángeles se encaminaban directamente al sitio en que

podían hallar a su Enemigo; y allí en efecto lo encontraron bajo la forma de un

sapo inmundo, agachado junto al oído de Eva. Por medio de esta diabólica

astucia procuraba insinuarse en los órganos de su imaginación y sugerirle a su

antojo mil ilusiones, sueños y devaneos, o inspirándole su ponzoñoso aliento,

inficionar sus espíritus vitales, nacidos de lo más puro de la sangre, como los

vapores que exhala arroyuelo cristalino, y suscitar en su mente insensatos y

desasosegados pensamientos, esperanzas vanas, propósitos ambiciosos, deseos

inmoderados, henchidos de altivos conceptos que dan origen a la soberbia.

Al descubrirlo así Ituriel, tocólo ligeramente con el cabo de su lanza. No puede la

impostura resistir el contacto de un arma celestial y por fuerza tiene que recobrar

su propia forma: como le aconteció a Satán, que se estremeció todo al verse

descubierto y sorprendido; y a la manera que prende una chispa en el montón de

pólvora acopiada para el almacén que se forma al menor indicio de guerra, y

encendido el negro grano, estalla de repente e inflama el aire, no menos pronto se

levantó el odioso Enemigo en su natural figura. Dieron un paso atrás los ángeles

al presentárseles tan súbitamente transformado el terrible rey; pero ajenos a todo

temor, se acercaron a él, diciéndole: «¿Cuál eres tú de los espíritus rebeldes

precipitados en el infierno? ¿Cómo te has evadido de allí, y por qué estás en

acecho, obrando traidoramente junto a la cabeza de los que duermen?»

«¡Ah! ¿No me conocéis? -replicó Satán con desdeñoso tono-. ¿No sabéis quién

soy? Pues bien me conocísteis en otra tiempo cuando, en vez de igualaros

conmigo, reinaba yo allí adonde no osabais encumbrar el vuelo. Desconocerme

ahora vale tanto como desconoceros a vosotros mismos, que sois sin duda los

últimos de vuestras filas. Y si no ignoráis quién soy, ¿a quién preguntarlo,

comenzando vuestro mensaje tan inútilmente como habéis de concluirlo?»

A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó: «No juzgue

espíritu rebelde, que esa forma, en que tan menguado aparece tu esplendor,

pueda darte a conocer, pues no brillas ya en el Cielo inocente y puro, y estás muy

distante de aquella gloria que ostentabas cuando eras fiel; ahora llevas impreso el

crimen en tu semblante, y en la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero

ven con nosotros, y no dudes de que tendrás que dar cuenta al que nos envía, a

cuyo cargo está la custodia de este lugar inviolable y la incolumidad de esos dos

seres que están durmiendo.»

De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión añadió

invencible gracia a su juvenil belleza. Quedó confuso Satán; comprendió cuán

incontrastable es el proceder recto, cuán amable en sí misma la virtud, y no pudo

menos de dolerse de su pérdida, aunque más se dolió todavía de que tan visible

fuese la decadencia de su esplendor; y sin embargo, no quiso mostrar

apocamiento. «Si he de combatir -dijo- será como superior con el que manda, no

con el que es mandado o con todos a la vez; que en esto me cabrá más gloria o

por lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía replicó Zefón: «El miedo de

que estás poseído nos ahorrará de un empeño que el último de nosotros bastará

a realizar contra ti, perverso, y contra tu impotente debilidad.»

Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente su rabia, como

soberbio corcel, que al sentir el freno, salta irguiendo la cabeza y tascando el

férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga como el combate; embargábale el

corazón un temor que procedía de poder más alto, cuando nada le había hasta

entonces intimidado. Iban acercándose al punto del occidente en que, terminada

ya su excursión, volvían los ángeles y se congregaban para recibir nuevas

órdenes; al frente de los cuales puesto Gabriel, su caudillo, con voz sonora les

dijo así: «Por esta parte amigos, oigo pasos acelerados y descubro a Ituriel y

Zefón en medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de soberana apariencia pero

muy decaído de su brillantez que por su arrogante ademán parece el príncipe del

Infierno. Determinado se muestra, según su aspecto, a no salir de aquí sin

empeñar combate. Preparaos, pues; en su hosco ceño trae pintada la

provocación.»

No había acabado de decir esto cuando acercándose los dos ángeles le refieren

sucintamente quién es aquél; dónde lo habían hallado, cuál era su ocupación, y,

en qué forma y actitud había tratado de ocultarse; Y dirigiéndole Gabriel una

penetrante mirada: «¿Por qué -le preguntó- has traspasado los límites a que te

ves reducido por tu crimen? ¿Por qué vienes a perturbar en su ministerio a los

que no se han dejado llevar de tu detestable ejemplo y tienen por lo mismo

derecho y facultad para impedir tu temerario acceso a estos lugares? ¿No hay

más que violar la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado

de bendiciones?»

Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel en el Cielo tenías

fama de perspicaz y como tal te contemplaba yo; pero esas preguntas me hacen

dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva contento entre suplicios? ¿Hay

quién, pudiendo, no anhele evadirse del infierno, aunque esté condenado a vivir

en él? Por cierto debes tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por

todo con tal de hallar sitio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad donde

esperases trocar el dolor en alegría y en presto alivio, y los tormentos en

bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú, que nunca has experimentado

males, sino venturas, no acertarías a comprender. ¿A qué me pones por delante

la voluntad del que nos aprisiona? Que refuerce con más seguros reparos sus

puertas de hierro si ha de tenernos sumidos en sus lóbregos calabozos. Esto es

cuanto tengo que responderte: por lo demás, la verdad fe han referido; como ésos

te han dicho me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica violencia ni exceso

alguno.»

A estas palabras, dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel guerrero no

menos intencionadamente: «¡Oh! ¡qué dechado tan cabal de cordura se perdió el

cielo el día que Satán fue arrojado de él! Fue arrojado de él por su insensatez; y

llega ahora aquí el fugitivo de su prisión y abrigando la grave duda de si debe o no

tenerse por perspicaz al que le califica de temerario en invadir esta región, y

traspasar los límites de aquélla a que está condenado en el infierno; tan natural

contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo. Sigue en su presunción,

soberbio, hasta que la cólera que nuevamente suscitas con tu fuga descargue en

ti siete veces, hasta que el azote que te haga volver a tus cadenas persuada a tu

gran prudencia de que no hay castigo proporcionado a la infinita indignación que

semejante culpa provoca. Pero, ¿por qué vienes solo? ¿Por qué no te siguen tus

huestes infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que para ti, y

por esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú con tanto valor para

resistirlos? Pues, intrépido caudillo, que has sido el primero en librarte de tus

tormentos: si hubieras manifestado a tus secuaces la causa de tu evasión al

abandonarlos, seguramente no te hubieran dejado venir solo ni fugitivo.»

No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie tengo, ángel

insolente, para soportar mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu más terrible

enemigo en aquella lid en que la fulminante furia del trueno vino tan presto en

auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus

palabras, tan irreflexivas como siempre, muestran la inexperiencia en que estás

de lo que debe hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos

sucesos de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino

experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos desiertos

espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado, cuya fama no ha

podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero encontrar aquí morada mas

venturosa, y establecer en la tierra o en las regiones aéreas mis potestades

proscritas, aunque para conquista tal fuese menester embestir otra vez contra ti y

tus bienhadadas legiones; que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del

Señor entronizado en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle

de lejos, que a la dureza de los combates.»

Lo cual, oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y desdecirse,

encarecer primero el mérito de la fuga y desempeñar después el oficio de espía,

no es propio de un caudillo, sino de un embaucador. ¿Cómo te atreves a

suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el nombre, el sagrado nombre de tu

fidelidad! Y, ¿a quién eres fiel? ¿A tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de

réprobos, dignos de ser mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra

disciplina, la fe que jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales

contra el Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes

por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil adorador

que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin duda con la esperanza

de destronarlo así mejor y empuñar su cetro? Pues oye, y haz lo que te prevengo;

sal de aquí, y huye al lugar de donde has salido; que si subsistes un momento

más en estos sagrados confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu

infernal mazmorra, quedarás enclavado allí, de suerte, que no te burles otra vez

de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.»

Amenazolo así; pero Satán lo oía con indiferencia, y encendido en nuevo furor,

repuso: «Cuando sea tu cautivo, querubín orgulloso, háblame de cadenas; ahora

disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás te abrumó otro tal, ni aun

cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas, y uncido con otro como tú,

acostumbrados al mismo yugo, tirabais de su carro triunfal, y andabais por los

caminos del cielo empedrados de estrellas.»

Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos escuadrones, y

desplegando en circular ala sus falanges, lo rodeaban, apuntándole con sus

lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras para la siega, se mecen

las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado, según de donde se agita el

viento, y el labrador las contempla con inquietud, temiendo que todos aquellos

haces en que cifra su mayor logro, no vengan a convertirse en inútil paja.

Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo, y dilató sus

miembros hasta adquirir las desmedidas proporciones y fortaleza del Atlas o el

Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento y lleva en su casco el Horror por

penacho de su cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza

y un escudo. Tremenda lid se hubiera suscitado entonces, que no sólo el Paraíso

sino la celeste bóveda hubiera conmovido en torno, y aun, puesto en grave

conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan irresistible, si previendo

aquella catástrofe no hubiera el Omnipotente suspendido en el cielo su balanza

de oro, que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella

balanza había pesado Dios todo lo creado; la tierra esférica en equilibrio con el

aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos, la suerte de las batallas y

de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del

combate, y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba; y

entonces dijo Gabriel a su Enemigo: «Conozco, Satán, tus fuerzas como tú dices

conoces las mías: ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué

insensatez jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos

de llegar sino a lo que permita el Cielo! Tu poder es el que El consiente; el mío a

la sazón doble, para que yazgas a mis pies, como cieno que eres. Y si de ello

quieres una prueba, mira allá arriba y leerás tu suerte en el celeste signo donde

se pesa, donde se muestra cuán liviana y débil sería la resistencia.»

Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de la balanza.

No esperó más; huyó lanzando denuestos, y en pos de él huyeron las nocturnas

sombras.

QUINTA PARTE

ARGUMENTO

Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño, que él oye con

disgusto; pero hace por consolarla, y salen ambos a su trabajo cotidiano,

dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana. Para que el hombre no pueda

alegar disculpa alguna, envía Dios a Rafael que le recuerde su obediencia, que le

manifieste el uso que ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo,

quién es éste y cuál la causa de su enemistad con todo lo demás que a Adán le

importa saber. Baja pues Rafael al Paraíso; pintase su celestial hermosura. Al

descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su albergue, y le regala con las

frutas más sabrosas, que al efecto ha cogido Eva por su mano. Conversan

amigablemente entre sí, y Rafael desempeña su comisión hablando a Adán de su

estado, de la condición de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas, le declara

quién sea éste y lo que lo induce a obrar así, empezando su relato por la primera

rebelión de Satán en el Cielo, el origen de ella, cómo se retrajo a las partes del

Norte con sus legiones, y las incitó a rebelarse contra Dios, logrando que le

siguiesen todos, excepto el serafín Abdiel que contradice sus razones, y se opone

a él, y por último le abandona.

Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en el cielo

impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la tierra de orientales perlas,

cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán, cuyo sueño ligero como el

aire, favorecido por una pura digestión y por dulces y suaves vapores, fácilmente

se disipaba al menor ruido de las hojas de los brumosos arroyuelos a que da

movimiento el alba, y de las aves vocingleras que revoloteaban entre los árboles.

Pero se sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el cabello

descompuesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño

desasosegado; e incorporándose medio apoyado sobre su costado, para mejor

fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que, dormida o despierta, así le

enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó su mano; y con una voz tan

dulce como la de Céfiro cuando acaricia a Flora, murmuró a su oído estas

palabras: «Despierta, hermosa, alma mía, supremo bien que me otorga el cielo,

delicia de mi corazón; despierta: mira que alumbra ya por la mañana, que la

frescura del campo nos está llamando, y que desperdiciamos estas primicias del

día, y no vemos cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores

de los naranjos, y la mirra destila su licor, y su bálsamo la caña, mientras la

naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los pétalos sus

almibarados jugos.»

Despierta Eva al oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándolo entre sus

brazos dice: «¿Eres tú, consuelo mío, colmo de mi ventura, único ser en quien se

recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo a verte y vuelvo a gozar del día!

Porque has de saber que esta noche (noche igual no he pasado hasta ahora) he

tenido un sueño, si sueño puede llamarse, porque no he pensado en ti como

pienso siempre, ni en nuestras faenas últimas, ni en las próximas, sino en ofensas

y cuidados que hasta esta penosa noche no había sentido mi ánimo; he tenido un

sueño en que me parecía que introduciéndose en mi oído, una voz afectuosa me

invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por qué duermes, Eva?»

me decía. Esta es la hora del placer, de la frescura y del silencio, silencio

solamente interrumpido por el canoro pájaro de la noche, que la pasa en vela

modulando sus amorosos trinos; ésta es, la hora en que la luna completamente

redondeada y en la plenitud de su dulce caridad, ahuyenta la sombra que lo

encubre todo; inútiles encantos, si la vista no goza de ellos. El cielo vela también y

tiene abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a ti, prodigio de la

naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad no puede menos de

embelesar a cuantos la ven. «Me levanté, creyendo que eras tú el que me

hablaba, mas no te vi; eché a andar deseosa de encontrarte, y atravesé, o tal por

lo menos me pareció, multitud de caminos, hasta que de repente me hallé junto al

árbol de la ciencia prohibida que se me presentó hermosísimo, más hermoso que

durante el día. Mirándolo estaba maravillada, cuando a su lado noté que había

una figura con alas, como las que a menudo vemos bajar del cielo; sus húmedos

cabellos estaban rociados de ambrosía. Contemplaba también el árbol, y

exclamó: «¡Oh, preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de fruto y nadie, ni

Dios, ni hombre, quiera aliviarte de él ni gustar de su dulzura? ¿Tan despreciable

es la ciencia? Si no es por envidia, ¿qué otra causa puede haber para esta

prohibición? Prohíbalo quien quiera, nadie me impedirá a mí privarme más tiempo

de este placer. De otra suerte, ¿por qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más, vacilar,

con mano atrevida cogió y gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras, y

mucho más viendo la temeraria acción que las acompañaba; pero él, arrebatado

de entusiasmo. «¡Oh divino fruto! -siguió diciendo- ¡dulce por extremo y más dulce

todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda, para que seas alimento exclusivo de

los dioses, pues si lo fueras de los hombres los convertirías en divinidades. Y,

¿por qué no han de aspirar a ser dioses los humanos? ¿No se acrecienta el bien

a medida que se comunica? Lejos de perder en ello su autor, sería objeto de

nuevas adoraciones. Ven pues, felicísima criatura, Eva, hermosa y angelical;

gusta como yo de este fruto, que si hoy eres feliz llegarás doblemente a serlo;

gusta de él y serás una nueva deidad entre los dioses y tu imperio no se limitará a

la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como nosotros, o podrás

remontarte por tu propia virtud al cielo, y verás la vida que viven los dioses y tú

vivirás como ellos. Y hablando de esta suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios

parte del fruto que había arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia excitó de tal

modo mi apetito que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos

trasladábamos ambos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis

pies la inmensidad de la tierra, magnífico y variado espectáculo; y admirada de mi

vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado y de la

incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente desapareció mi guía,

y a mí se me figuró que caía precipitada a la tierra y que llegaba a ella

adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado y visto que todo ha sido la ilusión de

un sueño!»

Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado Adán al oírlo, le

respondió: «Perfecta imagen y amada mitad de mi mismo; ese desasosiego que

ha agitado esta noche tu mente mientras dormías, también ahora me aflige a mí.

No sé por qué recelo que ese sueño extraordinario traiga algún mal consigo; pero,

¿de dónde provendrá ese mal? En ti, que tan pura eres ni sombra de él puede

darse; pero oye lo que voy a decirte. Hay en el alma varias facultades inferiores

sometidas a la Razón como a su soberana. Entre ellas ejerce el principal oficio la

Imaginación que de todos los objetos exteriores que perciben los sentidos cuando

están despiertos, forma quimeras y visiones aéreas, las cuales agrupa o

desvanece la Razón, produciendo así todo cuanto afirmamos o negamos, todo

aquello que distinguimos con el nombre de ciencia o de opinión. Cuando la

naturaleza se entrega al reposo, la Razón se retrae también a su más oculto

seno; y acontece con frecuencia, que aprovechándose la Imaginación de este

retraimiento, como continuamente está en vela, procura imitarla forjándose allí mil

trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos especialmente durante el

sueño sólo produce pensamientos inconexos, y confunde los hechos presentes

con los pasados y los remotos.

«Así en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza con los

asuntos de que tratarnos en nuestra última conversación, bien que revestidos de

extraños accidentes; por lo que no debe esto causarte sobresalto alguno. Puede

introducirse un mal pensamiento en el ánimo tanto del hombre como de los

espíritus celestiales, indeliberadamente, y sin que llegue a contaminarlo; y esto

me inspira la confianza de que ese sueño que tal aversión te ha inspirado

mientras dormías, no consentirás nunca que despierta se realice. Aleja, pues, de

ti toda tristeza; que no empañe nube alguna la claridad de esos ojos, más brillante

y serena que la que en su primera sonrisa envía al mundo la aurora.

Levantémonos, y volvamos nuevamente a nuestras dulces faenas, nuestros

bosques y fuentes, y al cuidado de las flores que entreabren ahora sus cálices, y

exhala los suavísimos aromas que han guardado durante la noche, para que te

goces mejor en ellos.»

Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó consolada; pero en

medio de su silencio se deslizó de sus ojos una dulce lágrima que enjugó con sus

cabellos; y al ver que asomaban otras a sus cristalinas fuentes, las atajó Adán con

un beso, correspondiendo de este modo a aquella tímida demostración de un

remordimiento que se alarmaba, con la sola idea de la culpa sin ser culpable.

Dando, pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo; y apenas

traspusieron el umbral de su mansión, a la que servían de techumbre espesos y

copudos árboles, y se hallaron al aire libre a la luz del día y del sol, que al

aparecer en su carro tocaba con las ruedas la superficie del Océano, y cuyos

rayos impregnados de rocío y paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental

del Paraíso y los fértiles llanos del Edén, se postraron humildemente para adorar

a su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas las mañanas le

dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de variedad ni de

santo entusiasmo, bien fuesen recitados, bien cantados de improviso; pues en

sonora prosa o numeroso ritmo fluía de sus labios una elocuencia tan natural, que

no necesitaba de los dulces acordes del arpa ni del laúd; y dieron así principio:

«Estas Padre del bien Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras. Obra es de

tus manos esta fábrica del Universo, tan maravillosamente bella; y tú mismo ¡cuán

admirable eres! Tu inefable grandeza se encumbra sobre esos cielos invisible

para nosotros, confusamente vislumbrada en tus más pequeñas obras en las

cuales, sin embargo, se descubre tu bondad superior a toda idea, y tu poder

divino. Celebradlo vosotros, que podéis hacerlo más dignamente espíritus

angélicos, hijos de la luz; vosotros, que lo contempláis de cerca, y que en torno de

su trono en la eternidad de un día sin noche, y en concertados coros eleváis

cánticos de alegría; vosotros que estáis en el cielo. Unid también vuestras

alabanzas, criaturas de la tierra, en torno del que es principio y postre y centro y

ser al propio tiempo infinito. Y tú la más brillante de las estrellas, última que

recorres la vía nocturna si no perteneces más bien al alba precursora del día que

con tu fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana: ensálzalo

asimismo en tu luminosa esfera a la hora apacible en que asoma la luz de

Oriente.

«Sol, vista y alma de este anchuroso mundo, ríndele homenaje como superior a ti,

y en tu incesante giro proclama sus loores, cuando apareces en el cielo, cuando

te ostentas en tu apogeo y cuando te ocultas a nuestros ojos. Luna, que

acompañas unas veces al Sol en su oriente y otras te apartas de él, huyendo con

las estrellas fijas en su movible órbita; y vosotros planetas errantes en número de

cinco, que al compás de armónicos sonidos os movéis en misteriosa danza:

publicad la gloria de aquel que de las tinieblas sacó la luz. Aire y los demás

elementos que fuisteis los primeros que engendró en su seno Naturaleza; pues

vuestra cuádruple virtud recorre bajo innumerables formas un círculo perpetuo, e

influís e inspiráis la vida en todo, que vuestro continuo movimiento sirva para

tributar al Supremo Hacedor himnos cada vez más nuevos y más variados. Y

vosotras nieblas y exhalaciones, que surgís de las montañas o de los vaporosos

lagos, negras o cenicientas, hasta que el sol dora con sus rayos la fimbria de

vuestros ropajes: surgid para honrar el nombre del magnífico autor del mundo; y

ya tapicéis de nubes el incoloro espacio del firmamento, o derraméis vuestra

fecunda lluvia en la sedienta tierra, que en vuestra ascensión o vuestro descenso

proclaméis siempre sus alabanzas. Alabadlo también con manso murmullo o

rugiendo impetuosamente, oh vientos que sopláis de los cuatro ángulos de la

tierra; y vosotros excelsos pinos, árboles y plantas de toda especie, inclinad

vuestras cabezas y agitad vuestras ramas en señal de adoración. Loadlo

asimismo al son susurrante de vuestras aguas, fuentes y líquidos arroyuelos. Unid

a las demás vuestras voces, criaturas todas vivientes. Aves que cantando os

remontáis hasta las puertas del cielo, sublimad su gloria en vuestras melodías, y

llevada por vuestras alas; y los que os deslizáis por entre las olas, y los que

vagáis por la tierra, ya hollándola majestuosa, ya arrastrando humildemente, sed

testigos de que mi lengua no enmudece ni por el día ni por la noche, y de que mi

voz resuena en las colinas, en los valles, en las fuentes y en la fresca sombra de

las enramadas que de mí aprenden sus alabanzas. ¡Bendito seas Señor del

Universo! Que tu bondad, como hasta aquí nos dispense únicamente bienes; y si

la noche ha producido o encubierto algún mal, ahuyéntalo como la luz ahuyenta

las tinieblas en este instante.»

Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la cual

recobraron sus ánimos la profunda paz y la acostumbrada calma. Apresuráronse

a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre prados cubiertos de

rocío y de árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso

ramaje más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta reformase su

estéril pompa. Acercan también la vid al olmo para unirlos entre sí; la cual, como

amante esposa lo ciñe con sus flexibles brazos, y le ofrece en dote sus racimos, y

embellece con ellos su inútil hojarasca.

Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se apiadó de ellos, y

llamando a Rafael el espíritu amigable que se digno de viajar con Tobías, y

favoreció su matrimonio con la doncella siete veces casada: «Rafael», le dijo, «ya

sabes la perturbación que, fugándose del infierno y atravesando el tenebroso

abismo, ha movido Satán en el Paraíso terrestre, y la iniquidad que ha causado

esta noche a los dos humanos que allí viven, proponiéndose con la ruina de ellos,

labrar a la vez, la de su descendencia. Ve, pues allá: emplea el resto del día en

conversar con Adán, como entre sí conversan los amigos. Lo encontrarás en un

sitio sombrío y retirado que le preserva del calor del mediodía, y donde con el

alimento y el descanso repara las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale

de modo que le hagas comprender su dichoso estado; que de su voluntad

depende su dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por lo

que debe andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por exceso de

confianza en su seguridad. Háblale asimismo de los riesgos a que está expuesto,

de quién debe recelar, y del Enemigo que por haber sido expulsado poco ha del

cielo, procura que los demás se hagan también indignos de tal ventura, no

empleando a este fin la violencia que le sería perjudicial, sino el engaño y la

seducción. Prevenlo, en suma, de cuanto debe hacer, no sea que, delinquiendo

voluntariamente, alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta de

consejo y de previsión.»

Esto ordenó el Padre Eterno con lo que dejó enteramente satisfecha su justicia.

No demoró un punto el alado Ministro el cumplimiento de aquel mandato, y de

entre la innumerable multitud de serafines en que estaba cubierto por sus

grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó por en medio del firmamento.

Apártanse a uno y otro lado las angélicas legiones para abrirle paso a través del

camino del Empíreo, hasta llegar a las puertas del cielo, las cuales se abren de

par en par por sí solas, girando sobre sus goznes de oro, que con tan divino arte

el sabio Autor de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro alguno se

interponen a sus miradas, y ve la tierra pequeña como en sí es y semejante a los

demás globos luminosos, y ve el jardín de Dios coronado de cedros por encima

de las más altas montañas. Así aunque menos distintamente, contempla el

observador durante la noche por medio de los cristales de Galileo, tierras y

regiones imaginarias en lo interior de la luna; y así descubre el piloto como una

mancha nebulosa al aparecérsele, las islas de Delos y Sarnos entre las Cícladas.

Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad del espacio

aéreo, y surca mundos y mundos, seguro de sus fuertes alas, ora impelido por los

vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el movible aire; hasta que llegando al

límite a que pueden las águilas remontarse, mirábanlo todas las aves asombradas

como al fénix único en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas

en el fulgente templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas.

Descendiendo después sobre la cumbre oriental del Paraíso, recobra su aspecto

de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las dos que cubren sus

anchos hombros, le caen sobre el pecho como un magnífico manto real; las dos

de en medio ciñen su talle como una estrellada zona, v orlan sus riñones y cintura

con menudas plumas de oro y tornasoles copiados de los del cielo; y las otras dos

resguardan sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del color

del firmamento. Mostrábase semejante al hijo de Maya, y al sacudir sus plumas,

llenaba de celestial fragancia el anchuroso espacio que en torno lo circuía.

Reconociéronlo al punto las legiones de ángeles que custodiaban el Edén, y lo

recibieron con el honor debido no sólo a su dignidad, sino a su misión sublime,

porque desde luego adivinaron toda la importancia de la que iba a desempeñar.

Pasó por delante de sus esplendentes tiendas, y entró en el bienaventurado

campo atravesando odoríferas florestas de mirra y casia, de nardos y de

bálsamos que sobrepujaban en dulzura a todo encarecimiento; porque exuberante

allí y risueña como en su primavera, la naturaleza desplegaba todos sus encantos

juveniles y vertía a manos llenas sus más gratos tesoros, en medio de aquel

silvestre espectáculo superior a toda perfección artística.

Sentado a la entrada de su fresca gruta, lo vio Adán según iba adelantándose por

en medio de la aromática floresta. Desde su mayor elevación lanzaba

directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo más profundo de la tierra, calor

excesivo para Adán; y Eva estaba en lo interior de su albergue, a la hora en que

solía, preparando para su comida los sabrosos frutos, que con sólo ser gustados

eran deleite del apetito, y al propio tiempo, despertaban la sed del néctar que la

leche, el jugo de ciertas frutas, o los racimos de la vid les suministraban. Llamó

pues, Adán a su esposa, diciendo: «Ven Eva, corre, verás un objeto digno de

contemplarse: a la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta

dirección, viene una figura ¡oh, qué radiante! Parece una segunda aurora que

brilla en mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae quizá, y se dignará de ser

hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones que

guardes; no escasees prodigalidad alguna y recíbela con todo el honor debido a

un mensajero celeste. A nuestros bienhechores debemos corresponder con sus

propios dones, y mostrarnos liberales de lo que tan liberalmente se nos concede,

ya que la naturaleza multiplica aquí sus inagotables tesoros, y que al

desprenderse de ellos para hacerse más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»

A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como modelo de la

tierra que animó El mismo; el cuidado de guardar lo que ha de servirnos para

alimento, es inútil aquí donde las estaciones se encargan de proveernos de todo,

a no ser aquellos frutos que mejoran reservándose, porque pierden así su

humedad superflua. Pero no omitiré solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de

cada árbol, de cada sabroso fruto, lo que más digno me parezca para agasajar a

ese angelical huésped, el cual sin convencer, de que Dios ha derramado sus

beneficios en la tierra como en el cielo.»

Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor diligencia y a

desempeñar sus quehaceres hospitalarios, pensando en cómo escoger lo más

delicado, lo que más se acomodase al gusto, sin mezclar cosas extrañas ni de

mal aspecto, sino de una agradable variedad que contribuyese a aumentar su

agrado. Discurre de un lado a otro, y de los más tiernos tallos arranca cuanto la

tierra, madre universal, produce en la India oriental y en la de Occidente, en las

orillas del Ponto, en las costas de África o en el país en que reinó Alción; frutos de

toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos, vellosos otros. De ellos

hace largo acopio que amontona con mano pródiga; exprime los dorados racimos

que le dan un licor inofensivo y grato y de simientes y dulces almendras que

tritura, saca almibarada crema. No carece de vasos puros que contengan una y

otra bebida; y por fin cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos que para serlo

no había menester de fuego.

Entretanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su divino huésped, sin

más séquito que sus cabales perfecciones, que constituían toda su grandeza

incomparablemente mayor que la enojosa pompa que arrastran en pos los

príncipes, con tantos corceles ricamente enjaezados y tantos palafreneros

cuajados de oro que deslumbran a la multitud dejándola estupefacta. Llegó, pues,

Adán a su presencia, y no embarazado de temor, sino con la sumisión y afable

respeto que a su superior naturaleza se debía, profundamente, inclinándose, le

dijo: «Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga más

que del cielo; ya que descendiendo de los supremos tronos, te dignas de

abandonar por breve tiempo aquellas mansiones venturosas para honrar estas

otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos, a quienes el Soberano

del mundo ha otorgado la posesión de la morada tan espaciosa, haznos la

merced de reposar en este umbrío albergue tomando asiento y gustando los más

sazonados frutos de este jardín, hasta que ceda el calor del mediodía, y más

benigno el sol vaya declinando.»

Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido Adán. Tal como

has sido creado, y dueño de una mansión como la presente, bien puedes invitar

aun a los mismos espíritus celestiales a que con frecuencia te visiten. Llévame

pues a ese apartado recinto cubierto de sombra; tengo para estar contigo desde

esta hora del mediodía hasta que comience la noche. «Y se encaminaron ambos

a la campestre vivienda, que como el asilo de Pomona se cobijaba entre fragantes

flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni adorno que ella propia, más encantadora

que la Ninfa de los bosques y que la más bella de aquellas tres diosas que en el

monte Ida sostuvieron desnudas la competencia de su hermosura; estaba para

servir al divino huésped, y no necesitaba de otro velo ni defensa que su virtud, sin

que ningún pensamiento impuro alterase la calma de su semblante. «¡Salve!», le

dijo el Ángel, empleando la santa salutación que después se dirigió a la

benditísima María, segunda Eva. «¡Salve, madre del género humano! Tu fecundo

seno dará al mundo más hijos que los frutos con que los árboles del Señor

colman esa mesa.» La mesa era un alto y espeso césped cercado de asientos de

muelle musgo y sobre su ancha y cuadrada superficie se extendían las

producciones todas del otoño, aunque allí otoño y primavera se daban la mano.

Entablaron los comensales su plática reposadamente, sin temor de que se les

enfriasen los manjares; y nuestro padre empezó diciendo: «Plázcate divino

extranjero, gustar de estos regalos, que nuestro Hacedor, de quien sin tasa ni

medida procede todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para

nuestro alimento y nuestro placer; manjares insípidos quizá para naturalezas

espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celeste alimenta a todos.»

A esto replicó el Ángel: «Pues lo que El, alabado sea perpetuamente, lo que El da

al Hombre, que en parte es también espiritual, bien puede ser manjar agradable

para los espíritus más puros; que la inteligencia de éstos necesita de alimento

como vuestra razón, pues una y otra llevan en sí las facultades subalternas de los

espíritus, como son oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura. digiere y

asimila las sustancias convirtiendo las corpóreas en incorpóreas. Ello es

indudable que todo lo creado ha menester de alimento con que sostenerse y

repararse: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al más puro, la

tierra al agua, la tierra y el agua al aire, y el aire a los etéreos fuegos, empezando

por la luna, que como más vecina de la tierra, presenta en su redonda faz esas

manchas que son vapores todavía impuros que no se han transformado en

sustancias; mas no por eso deja la luna de desprender de su húmedo continente

alimento para otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los

astros, recibe de ellos sus acuosas exhalaciones y absorbe durante la noche el

licor del Océano. Aunque los árboles de vida que tenemos en el cielo nos den

frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque al amanecer extraigamos

melifluo rocío de entre las hojas, y el suelo ofrezca granos de perlas a nuestras

plantas, de tal manera ha prodigado aquí Dios sus bondades en la variedad de los

placeres de que gozáis, que bien puede esta mansión compararse con el cielo; y

así no creas que deje de quedar mi gusto satisfecho.»

Sentáronse, pues, y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no en la

apariencia ni figuradamente, como es común opinión de los teólogos, sino con

todo el incentivo de un verdadero apetito; así que el calor digestivo transformó los

manjares en su sustancia angélica, y la parte redundante salió a través de la

espiritual por medio de la transpiración. Ni esto debe causar asombro, cuando por

medio del carbón ardiente, trueca o cree posible trocar el empírico alquimista la

escoria más vil en el oro más puro cual si saliese de la mina. Desnuda Eva, hacía

oficios de sirviente y. apuradas las copas las coronaba de nuevo con licores a

cuál más grato. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Nunca como entonces hubieran

tenido disculpa los hijos de Dios en enamorarse de la hermosura; pero en

aquellos corazones no cabía el amor impúdico ni se comprendían los celos,

infierno de los amantes ofendidos.

Una vez satisfecha mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas, la

necesidad de la naturaleza, concibió de pronto Adán el deseo de no perder la

ocasión que con tan importante conferencia le brindaba para saber qué más había

en el mundo superior al suyo, qué seres poblaban el cielo cuya existencia tanto

sobre la suya se distinguía, cuyas esplendentes formas eran una emanación de la

Divinidad y cuyo envidiable poder en tanto grado excedía al del Hombre; y con

respetuosa prudencia se insinuó así: «Veo, conciudadano de Dios hasta dónde

llega tu bondad por el honor que nos has dispensado, dignándote de visitar

nuestra humilde morada y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar

digno de los ángeles; mas los has aceptado de tal modo, que no parece puedas

mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial banquete; y sin embargo

¡qué comparación cabe!»

Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser Omnipotente de quien

proceden todas las cosas, y en quien refluye todo aquello que no viene a estado

de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen, con variedad de formas, con

diversos grados de sustancia y vida en los vivientes; pero todo se completa y

espiritualiza y depura a medida que más se aproxima a El o a aquella esfera de

acción que a cada cosa está designada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus

en la proporción debida a cada especie. Así, de la raíz de una planta nace esbelto

su verde tallo, y de éste las hojas más delicadas, y de las hojas, en fin, la flor

primorosamente esmaltada que exhala aromáticas esencias. Y así las plantas y

los frutos que dan alimento al Hombre, siguiendo una escala gradual, se

transforman en espíritus vitales, o animales, o intelectuales, que armonizados

entre sí, producen la vida, el sentimiento, la imaginación, y la inteligencia de

donde el alma adquiere la razón; la razón que constituye su esencia ya proceda

discursivamente, ya por medio de la intuición. El discurso suele ser más propio de

vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros los celestiales; diferimos en el

grado de razón, mas no en cuanto a su naturaleza, que es siempre idéntica. No te

admires, pues, de que yo haya aceptado los alimentos que Dios ha hecho a

propósito para ti, porque, como tú en la tuya, los convierto yo en mi, sustancia

propia. Tiempo vendrá quizás en que los hombres lleguen a participar de la

dignidad angélica, y que gusten del manjar celestial juzgándolo adecuado a su

subsistencia; en que vuestros cuerpos, así sustentados, se despojen un día de

todo lo que no es espiritual y se remonten alados a la región etérea como

nosotros, y puedan habitar libremente aquí o en la celestial morada, si dais

entonces muestras de ser obedientes y conserváis entero, inalterable y fiel el

amor que debéis al que os ha hecho progenie suya. Entretanto gozad de cuantos

dones os concede vuestro dichoso estado; que por ahora en vano aspiraríais a

más.»

«¡Cuán bien generoso espíritu y benigno huésped», repuso el patriarca de la raza

humana, «cuán bien nos has trazado el camino que puede conducirnos a nuestra

enseñanza, y la escala de la naturaleza que recorre desde el centro a la

circunferencia, y cómo la contemplación de los cosas creadas basta para

elevarnos de una en otra hasta la majestad de su Creador! Pero dime: ¿qué has

querido dar a entender con lo de «si dais muestras de ser obedientes»? ¿Es

posible que no lo seamos, que nos olvidemos del amor a Aquel que nos ha

sacado del polvo, estableciéndonos aquí y colmándonos de cuantos bienes puede

concebir o apetecer el anhelo humano?»

Y el Angel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A Dios eres deudor

de toda tu felicidad, pero el proseguir disfrutando de ella, de ti depende, es decir,

de tu obediencia en la cual debes mantenerte fiel, porque es la prenda de tu

ventura; tenlo presente. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho

bueno pero te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un

albedrío libre por su naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a la inflexible

necesidad. Por eso el homenaje que exige es voluntario y no forzoso, pues de ser

arrancado por la fuerza ni lo aceptaría, ni sería homenaje. ¿Cómo un corazón

esclavizado ha de mostrar que se somete voluntariamente a su servidumbre, si

cohibido por el destino, carece de toda elección posible? Nosotros también y

cuantas angélicas legiones asisten al trono de Dios ciframos nuestro estado de

bienaventuranza como vosotros el vuestro en la obediencia; que no tenemos otra

seguridad. Libremente servimos, porque libremente amamos; de nuestra voluntad

depende el amar o no, y en ella por consiguiente estriba nuestra elevación o

nuestra ruina. Por incurrir en la desobediencia cayeron algunos desde los cielos al

profundo abismo. ¡Oh!, ¡Y qué caída! ¡En qué miserable extremo, y desde qué

gloria tan sublime!»

A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he escuchado

tus palabras, divino maestro, y me han deleitado más que los armónicos acentos

de los vecinos montes, cuando repiten por la noche los cantos de los querubines.

Ni se me oculta que hemos sido creados libres, tanto para querer como para

obrar; y no olvidaremos nunca el amor que debemos a nuestro Hacedor y la

obediencia a su único mandamiento, que tan justo es en efecto, pues así me lo

persuado y ha persuadido siempre mi reflexión. Pero lo que dices que ha ocurrido

en el cielo me hace dudar de mí mismo y me inspira el deseo de oír, si te dignas

de referirlo, la relación completa del caso que debe ser muy extraño y digno de

escucharse con religioso silencio. Aún tenemos día sobrado; que apenas ha

llegado el sol a la mitad de su carrera, y comenzado la otra mitad en el ancho

círculo del cielo.»

A este ruego de Adán condescendió Rafael, después de una breve pausa

diciendo: «En arduo empeño me pones, padre de los hombres, arduo y triste a la

vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las invisibles hazañas de los

espíritus guerreros, y cómo referir sin pena la ruina de tantos gloriosos seres, y

tan perfectos mientras guardaron fidelidad? ¿Cómo, por fin revelar los secretos de

un mundo que quizá no es lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo.

Pondré al alcance de tu comprensión lo que es superior a ella, dando a lo

espiritual formas corpóreas por donde mejor se entienda; pues si la tierra es una

sombra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo que es posible

imaginar las cosas de acá abajo a las celestiales?

«No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego caos donde hoy giran las célicas

esferas, donde la tierra se asienta ahora equilibrada sobre su centro, cuando un

día (porque el tiempo, no obstante, la eternidad, aplicado al movimiento mide

cuanto es capaz de duración por medio de lo presente lo pasado y lo futuro),

cuando un día, digo, de los que completan el grande año celeste, fueron por

mandato supremo convocadas todas las angélicas legiones, y acudiendo desde

los más apartados ámbitos del Empíreo rodearon el trono del Omnipotente,

presididas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil enseñas,

banderas y estandartes, que entre las primeras filas y la retaguardia ondeaban al

aire, sirviendo para distinguir las diferentes jerarquías, órdenes y grados, o para

ostentar en los blasones de sus brillantes campos sagrados recuerdos y

memorables hechos de virtud y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de

inconmensurable extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a

cuyo lado se sentaba el Hijo en el seno de su bienaventuranza, cual desde una

montaña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva claridad que

luce en ella pronunció estas palabras: «Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la

luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto que

ha de ser para siempre irrevocable.» En este día he engendrado al que declaro mi

único Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarlo. A mi diestra lo tengo;

vedlo. Desde hoy será, vuestro superior pues por mí mismo he jurado que todas

las rodillas se doblarán en el cielo ante El, y que lo reconocerán todos por

soberano. Vivid unidos, como una sola alma bajo el imperio de este representante

de mi grandeza, y sed perpetuamente dichosos; que el que lo desobedezca, me

desobedecerá a mí, romperá los vínculos que nos unen, y desde aquel día,

apartado de Dios y de su visión beatífica caerá en las más hondas tinieblas en el

profundo abismo, donde tiene reservado un lugar que ocupará sin fin y sin

esperanza de redención.

«Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger dócilmente sus

palabras, aunque en realidad no todos sentían lo mismo. Aquel día, como uno de

los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas en torno del sagrado monte;

místicas danzas, que la estrellada esfera de los planetas y los astros fijos imita

antes que otra alguna en sus intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto

más regulares, sin embargo, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y

de sus movimientos procede armonía tan divina y tan dulce en sus mágicos

acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.

«Acercábase entretanto la noche (que también nosotros tenemos mañana y tarde,

no porque nos sean necesarias, sino porque su variedad es más agradable), y

terminadas las danzas, sentimos el deseo de regalarnos con dulcísimos manjares;

y puestos en círculos como estábamos, aparecieron las mesas llenas de

angélicos alimentos, de líquidos rubíes y néctar, fruto de las deliciosas vides que

cultiva el cielo, rebosando en vasos de perlas, diamantes y macizo oro.

Recostados sobre flores y coronados de guirnaldas comían allí y bebían, y en

dulce consorcio se henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse,

porque la plenitud es allí el límite del exceso, hallándose en Presencia del

Bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos dones a manos llenas toma parte

en su regocijo. Entretanto la ambrosía de la noche, exhalándose entre nubes

desde el alto monte de Dios, fuente de la luz como de la sombra, había trocado la

faz del fulgente cielo en un crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la

noche más tenebroso velo, y un blando rocío iba adormeciendo todos los ojos

excepto los de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejércitos

angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la tierra, si

aplanase su superficie, que tales son los divinos atrios, se dispersaron en

legiones y curias, acampando a orillas de arroyos cristalinos y entre árboles de

vida; y bajo innumerables e improvisados pabellones como en otros tantos

tabernáculos, gozaban los celestiales espíritus del sueño, arrullados por los

frescos céfiros; gozaban del sueño todos, menos los que durante el transcurso de

la noche se empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor del trono del

Señor.

«Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora, porque su

primitivo nombre no se oye en el cielo. Satán, uno de los primeros, si no el más

distinguido de los arcángeles, grande por su poder, su favor y su dignidad, que

envidioso del puesto a que el Padre Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo,

proclamándole por Mesías y ungiéndolo por Rey, no podía reprimir su orgullo

indignado de que así se le postergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su

soberbia, no bien, mediada la noche, llegó la hora en que la oscuridad era mayor

y en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó

alejarse con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio a la

supremacía de Dios, de cuyo culto y obediencia se separaba desde aquel

momento; y despertando al que lo seguía en autoridad, llevolo aparte y le dijo así:

«¿Tú también compañero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que pueda el sueño

cerrar tus párpados? ¿No te acuerdas ya de lo que se decretó ayer, el decreto

que hace tan poco pronunciaron los labios del señor del Cielo? Tú tienes por

costumbre no ocultarme ninguno de tus pensamientos, como acostumbro yo a

confiarte también los míos. Y si despiertos tu y yo somos uno mismo, ¿por qué el

sueño ha de hacer que nos desunamos? Ves que se nos imponen nuevas leyes;

dictadas éstas por un poder soberano, pueden producir en nosotros sus vasallos,

nuevos propósitos, nuevos consejos para tratar de eventualidades que acaso

sobrevendrán; pero no es conveniente discurrir aquí más sobre este punto.

Congrega a los jefes de los millares de huestes que acaudillamos; diles que por

superior mandato antes que la oscura noche haya retirado sus sombrías nubes,

debo, juntamente con los que tremolan sus banderas bajo mis órdenes,

encaminarme con apresurado vuelo a las regiones que poseemos en el norte, y

disponer allí lo necesario para recibir dignamente a nuestro Rey, el gran Mesías, y

ejecutar lo que tenga a bien mandarnos, porque en breve aparecerá triunfante, en

medio de todas las jerarquías celestes, a las cuales impondrá sus leyes.

«Mientras el pérfido arcángel hablaba así, iba inspirando malignas prevenciones

en el incauto ánimo de su compañero, que conforme le había prescrito, llamó a la

vez, a unos tras otros, a los principales a quienes mandaba; indicoles que se le

había ordenado trasladar a otro punto el gran pendón que los distinguía, antes de

que la sombría noche abandonase el cielo; y para tomar el tiento a su lealtad, les

insinuó el motivo de aquella marcha con ciertas vaguedades y reticencias, propias

para agriar y torcer sus ánimos. Obedecieron todos, como lo tenían de costumbre,

la señal y superior mandato de su gran adalid, que bien merecía el nombre de

grande siendo tanta en el cielo su dignidad; seducíalos su esplendor, como

seduce a los astros que lo siguen el de la estrella de la montaña, y la impostura

de que se había valido arrastró en pos de sí a la tercera parte de las celestiales

huestes.

«Entretanto los ojos del Eterno, cuya mirada penetra los más recónditos

designios, descubrieron desde la cima del santo monte, alumbrado de noche por

las lámparas de oro que arden en su presencia, pero, sin necesitar de luz, la

rebelión que se preparaba; vieron cómo iba cundiendo entre aquellas lúcidas

cohortes, y la resistencia que su innumerable muchedumbre se aprestaba a hacer

a su voluntad suprema; y sonriendo, dirigió a su único Hijo estas palabras: «¡Hijo

mío, en quien veo resplandecer la plenitud de mi gloria, heredero de mi

omnipotencia! Pues se va a atentar contra ésta, impórtanos pensar cómo

defenderla y con qué armas hemos de sostener el derecho que poseemos a la

divinidad y al imperio de todo lo creado. Un enemigo se alza, que pretende erigir

un trono igual al nuestro, allá en las vastas regiones del Septentrión; y no

contento con esto, medita cómo aventurar al trance de una batalla nuestro poder y

nuestro derecho. Preparémonos, pues, y en tan temeroso riesgo armémonos

prontamente de cuantas fuerzas podamos disponer, empleándolas en

defendernos, no sea que por desprevenidos caigamos de nuestra sublime altura

de nuestro santuario de la cima de nuestro monte.

«A lo que con reposado, puro, inefable y sereno aspecto radiante de divinidad,

respondió el Hijo: «Omnipotente Padre que con razón haces desprecio de tus

enemigos, y que contemplándote seguro, te burlas de sus vanos intentos y de su

inútil cuanto tumultuosa audacia, con esto acrecentarán mi gloria; su odio

redundará en loor mío, cuando vean que el soberano poder que se me ha

otorgado aniquila todo su orgullo, y experimenten la habilidad de mi brazo en

subyugar a los que se rebelan; y entonces dirán si debo ser considerado como el

último de los cielos.»

«Mientras hablaba así el Hijo, caminaba Satán en apresurado vuelo con sus

secuaces; ejército más innumerable que las estrellas de la noche o las matutinas

gotas de rocío que, como relucientes perlas engasta el sol en las plantas y las

flores. Atraviesan una y otra región, los poderosos reinos de los serafines de las

potestades y de los tronos en sus triples grados; comparados tus dominios, Adán,

con aquellas regiones, serían lo que tu jardín con respecto a toda la tierra a los

mares todos al globo entero, desplegado en toda su longitud. De esta suerte

llegan por fin a las extremas partes del norte, y Satán a su mansión regia,

fabricada en lo más alto de un monte, que se divisaba a lo lejos como una

montaña sobrepuesta a otra, con pirámides y torres hechas de agramilado

diamante y de rocas de oro; que era el palacio del célebre Lucifer, según en su

lenguaje llaman los hombres a esta clase de construcciones; pues para afectar

mayor igualdad con Dios, imitando el nombre de la montaña en que acababa de

proclamarse al Mesías rey de los cielos, él llamó a la suya montaña de la Alianza.

Y convocando en torno de ella a todos sus secuaces con pretexto de que así se le

ordenaba para consultarlos sobre el ostentoso recibimiento que habían de hacer a

su Soberano luego que se presentase, y valiéndose del arte con que sabía fingir

el acento de la verdad cautivó su atención diciéndoles:

«Tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, títulos magníficos, si

no son vanos desde el momento en que por un decreto se ha concedido a otro tan

gran poder, que nos eclipsa a todos al ser consagrado por rey supremo. El es la

causa de la atropellada marcha que esta noche hemos traído; él la de que aquí

estemos congregados de improviso, con el único objeto de acordar cómo más

dignamente hemos de recibir y qué honores nuevos hemos de rendir al que viene

a imponernos un tributo de genuflexión, una humillación servil, que hasta ahora no

se nos había exigido. Postrarnos ante uno, era demasiado: ¡cuán duro no debe

sernos este doble culto ofrecido no sólo al que es superior, sino al que se nos dice

ahora que es su imagen! Y, ¿qué acontecería si despertasen nuestros ánimos a

mejor acuerdo, y se determinasen a sacudir tal yugo? ¿Humillaréis las frentes, y

doblaréis temblando vuestras rodillas? No tal: creo conoceros bien; y asimismo os

reconoceréis vosotros como naturales e hijos de este cielo, que antes no ha

poseído nadie; y si no todos somos iguales, todos somos libres, igualmente libres,

porque la diferencia de clases y dignidades no se opone a la libertad. que, por el

contrario se concilia con ellas. ¿Quién, pues, ni razonable ni justamente podrá

alzarse con la monarquía sobre los que de derecho son iguales suyos, si no en

poder y esplendor al menos en libertad? ¿Quién se atrevería a dictarnos leyes ni

mandamientos, cuando por estar exentos de crimen, no necesitamos de ley

alguna? Y menos debiera atreverse a hacerlo el que no puede ser nuestro

soberano ni exigir que lo adoremos sin vilipendiar la regia dignidad en virtud de la

cual estamos destinados a gobernar, y no a ser siervos.»

«Escuchaban todos su audaz discurso sin contradecirlo, cuando levantándose el

serafín Abdiel, celosísimo adorador de la divinidad y dócil cual ningún otro a sus

mandatos inflamado en santa indignación, atajó así aquel furioso torrente:

«¡Oh blasfemo insolente y falso! No era de esperar que se oyesen semejantes

palabras en el cielo y menos proferidas por ti, ingrato, que tan encumbrado te

hallas sobre tus iguales. ¿Cómo puede tu sacrílega astucia condenar ese justo

decreto promulgado y jurado por el Señor? Ordena que ante su único Hijo, que

por derecho propio empuña el cetro regio, doblen todos los que habitan el cielo la

rodilla, y honrándolo como es debido, lo confiesen por legítimo Soberano; y, ¿esto

dices que es injusto, porque no es reducir con leyes a los libres, y lo es que uno

solo impere sobre sus iguales y obtenga un poder que nadie puede heredar

después? ¿Pretendes dictar leyes a Dios? ¿Vas a disputar sobre los fueros de la

libertad con el mismo que te ha hecho lo que eres, y que al crear conforme a su

voluntad las potestades celestes ha imitado las condiciones de su existencia?

Harto experimentada tenemos su bondad; harto sabemos con cuánta solicitud

procura nuestra dicha y nuestra grandeza, y que lejos de empequeñecernos,

quiere, por el contrario, sublimar nuestro venturoso estado uniéndonos más

estrechamente bajo una misma cabeza. Y, puesto que, como afirmas, fuera

injusto que el que es igual reine como monarca sobre sus iguales, ¿osas tú por

grande y glorioso que seas y aunque cifrases en ti solo el esplendor de las

angélicas naturalezas, igualarte a ese unigénito Hijo, por quien, como Verbo suyo,

el Padre Omnipotente lo creó todo, y te creó a ti mismo, y a todos esos espíritus

celestes, coronados de gloria en diferentes grados y glorificados con los nombres

de tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, potestades que

constituyen nuestra esencia? No nos humillará su reinado, antes acrecerá nuestro

lustre, porque siendo nuestro príncipe, no podrá menos de identificarse con

nosotros; sus leyes serán las nuestras, y cuantos honores le tributemos vendrán a

recaer en nosotros mismos. Desiste pues, de tu insensato encono; no perviertas a

los que te escuchan, y apresúrate a calmar la cólera del Padre y la cólera del Hijo,

que no es difícil obtener el perdón cuando se implora a tiempo».

…Con este fervor se expresaba el Ángel, mas era inútil su celo, que se tenía por

extemporáneo, por poco digno y propio de espíritus apocados; de lo que

lisonjeándose el Apóstata más ensoberbecido que antes, le replicó:

«¿Que fuimos creados dices, y que como producto de segunda mano, el Padre

transfirió este cuidado a su Hijo? ¡Idea peregrina y nueva! Bueno fuera saber de

quién has aprendido esta doctrina. ¿Cuándo se efectuó esta creación?

¿Recuerdas tú cuándo saliste de la nada, y cómo te dio el ser ese tu Hacedor?

Porque nosotros no conocemos tiempo alguno en que no hayamos sido lo que

somos, ni nada que nos haya precedido. Engendrados fuimos por nosotros

mismos y elevados por nuestra propia virtud vivificadora, cuando llegado el

momento fatal, adquirieron las cosas su complemento, y nosotros, frutos ya

sazonados tuvimos por patria al cielo. Nuestro poder de nosotros únicamente

procede, y nuestro brazo ejecutará tales empresas que muestre bien si hay otro

que se le iguale. Entonces verás si tenemos necesidad de recurrir a súplicas, y si

rodeamos el trono del Omnipotente como adoradores o como agresores. Y ahora

lleva, refiere estas nuevas a tu ungido Príncipe; y apresura el vuelo antes que un

funesto obstáculo te lo impida».

…Dijo, y aquellas innumerables huestes aplaudieron sus palabras con un ronco

murmullo, parecido al que en el hondo mar forman las olas; mas no por eso perdió

su intrepidez el flamígero Serafín, pues aunque solo y cercado de enemigos, se

sintió con sobrado aliento para añadir:

«¡Oh espíritu apartado de Dios, espíritu maldito, contrario a toda virtud! Veo

inminente tu perdición, y veo a tu desventurada grey, envuelta en tus pérfidos

amaños participar a un mismo tiempo de tu crimen y tu castigo. No, no te inquiete

ya el deseo de sacudir el yugo del Divino Mesías; no abrigues más confianza en

las leyes de la indulgencia; otras serán las que contra ti se lancen, y leyes

irrevocables. Ese cetro de oro a que pretendes sustraerte se trocará en azote de

hierro que quebrante y reduzca a la nada tu inobediencia. Seguiré el consejo que

me has dado mas no por temor a tus advertencias y amenazas, sino para huir de

estas inicuas tiendas, que la inminente cólera del Señor abrasará en repentino

incendio, sin distinguir de inocentes ni de culpables. Teme tú el trueno que va a

estallar sobre tu cabeza, y el rayo devorador que te consuma. Gimiendo entonces

conocerás al que te ha creado, porque no podrás menos de conocer al que te

aniquile».

…Estas palabras pronunció el serafín Abdiel, único dechado de fidelidad entre

aquella multitud de infieles, único que conservaba su fe, su amor y su celo, y que

se mostraba firme, resuelto, inaccesible a toda seducción y a todo temor contra la

rebeldía que se fraguaba. Ni el número ni el ejemplo fueron poderosos a hacerlo

abjurar de la verdad, ni aun viéndose solo, a que decayera su constante ánimo.

Largo trecho anduvo entre las legiones, sufriendo los improperios con que al paso

lo zaherían; pero sobreponiéndose a sus insultos y menospreciando sus

amenazas, abandonó con desdeñosa indiferencia aquellas altivas torres que en

breve habían de derrumbarse.»

SEXTA PARTE

ARGUMENTO

Prosigue Rafael su narración, y refiere cómo fueron enviados Miguel y Gabriel a

combatir contra Satán y sus ángeles. Descríbese la primera batalla, de resultas de

la cual, y a favor de la noche se retira Satán con los suyos; convoca un consejo, e

inventa unas máquinas infernales, con que en nuevo combate empeñado al

siguiente día, consigue introducir algún desorden en las legiones de Miguel; pero

éstas, por fin arrancando de su asiento montes enteros, sepultan bajo ellos a las

huestes satánicas y sus máquinas. No logran sin embargo acabar con la rebelión

y al tercer día envía Dios al Mesías, su Hijo, a quien había reservado la gloria de

aquel triunfo. Preséntase éste en la plenitud del poder que le ha concedido su

Padre, y ordenando a sus legiones que se mantengan inmóviles a sus lados,

lánzase con su carro, fulminando rayos en medio de sus enemigos que incapaces

de resistirlo se ven perseguidos hasta los postreros atrincheramientos del cielo;

abierto el cual, caen precipitados con estrepitosa confusión al abismo, que de

antemano estaba preparado para servirles de castigo; con lo que el Mesías vuelve

victorioso al seno de su Padre.

«Continuó el Ángel intrépido caminando toda la noche; sin que nadie lo

persiguiese y atravesando los vastos campos del cielo, hasta que despertada la

Aurora por las Horas que marchan circularmente, abrió con sus rosadas manos

las puertas de la luz.

«Hay en lo interior de la montaña santa y próxima al trono de Dios, una gruta que

en perpetua alternativa ocupan la luz y las tinieblas, cuya agradable sucesión

forma lo que puede llamarse el día y la noche del cielo. Auséntase la luz, y por la

puerta opuesta entra mansamente la oscuridad, hasta que el momento de

extenderse por los celestes ámbitos, bien que su mayor sombra pudiera tenerse

aquí meramente por un crepúsculo. Ahora se acercaba la mañana circuida del

empíreo esplendor con que brilla en la región suprema, y la Noche huía ante ella

acosada por los rayos que despedía el Oriente; cuando a los ojos de Abdiel

apareció la inmensa llanura cubierta de fúlgidos escuadrones agrupados en orden

de batalla, de carros, de armas resplandecientes, de fogosos bridones que

reflejaban su brillo unos en otros; señales todas de guerra pero de guerra que iba

a estallar en breve porque todos sabían ya las nuevas que él pensaba

comunicarles.

«Introdújose gozoso entre aquellas amigas falanges que lo recibieron con júbilo y

ruidosas aclamaciones, como al único de tan inmensa muchedumbre de

criminales que se había preservado de su perdición; y conduciéndolo al compás

de sus aplausos a la santa montaña, lo presentaron ante el supremo trono de

donde, y de lo interior de una nube de oro, salió una voz que pronunció estas

dulces palabras:

«Siervo de Dios, has obrado bien; bien has combatido por la más noble causa

defendiendo la de la verdad solo contra multitud tanta de rebeldes, y haciéndote

más temible con tus palabras que lo son todos ellos con sus armas. Para dar

testimonio de la verdad, has menospreciado el baldón universal, más difícil de

sobrellevar que todas las violencias, cuidando sólo de hacerte grato a los ojos de

Dios, y sin temor a que te calificasen de perverso. Fácil es ya el empeño en que

vas a verte auxiliado de toda una hueste amiga, y habiéndote con contrarios a

cuya presencia volverás con tanta mayor gloria, cuanto más te vilipendiaron al

separarte de ellos. Someterás por la fuerza a los que no quieren admitir la razón

por ley, siendo como es tan justa, ni al Mesías por soberano, cuando reina por el

derecho de sus propios méritos. Apréstate, Miguel, príncipe de los ejércitos

celestiales, y tú Gabriel, que lo igualas con ardor bélico; guiad uno y otro al

combate mis invencibles legiones; poneos al frente de mis ejércitos santos. Que

congregados por millares y por millones, lleguen a competir en número con los de

esa muchedumbre rebelde y falta de Dios. Aprestad fuego y armas mortíferas:

dad sin temor en ellos; y persiguiéndolos hasta la extremidad del Empíreo,

arrojadlos de la presencia de Dios, de la mansión bienaventurada al lugar de su

tormento, a los abismos del Tártaro, que abren ya su inflamado caos para que en

él acabe su ruina».

«Esto dijo la soberana voz, y al punto empezaron las nubes a agolparse sobre la

montaña, y la espesa humareda con cuyos lóbregos remolinos luchaban furiosas

llamas, anunciaba la ira que iba a estallar en breve. Con estruendo no menos

espantoso resonó en la cumbre el penetrante acento de la trompeta aérea, que

apenas oída de las celestes potestades, se agruparon en irresistible masa

moviéndose silenciosas aquellas brillantes legiones al compás de armónicos

instrumentos, poseídas de heroico ardor, digno de un alto empeño, y siguiendo a

los inmortales caudillos que defendían la causa de Dios y de su Mesías. Marchan

con inquebrantable firmeza, sin que basten a desordenar sus filas angostos

valles, empinadas lomas, bosques, ni ríos; que no es el suelo obstáculo a sus

plantas, y los aires parecen ayudar a su veloz ímpetu. Y como cuando las aves de

todo género cruzaban sucesivamente el aire y posaban su vuelo sobre el Edén,

para que a cada cual impusieses tú su nombre, así iban atravesando los varios

espacios del cielo y una y otra región diez veces más anchurosas que la tierra

toda.

«Por fin, al término del horizonte y a la parte del septentrión, se descubrió en todo

su extenso ámbito una lengua de fuego que semejaba un ejército en orden de

batalla, y a menor distancia un bosque erizado de enhiestas lanzas, cubierto de

yelmos y escudos varios, en que se veían pintados emblemas ostentosos. Eran

los escuadrones de Satán, que se movían con precipitada furia, imaginándose

que aquel día, bien por fuerza de armas, bien por sorpresa, habían de

enseñorearse de la montaña del Eterno y sentar en su trono al soberbio

competidor, envidioso de su grandeza. Mas el resultado mostró cuán insensatos y

vanos eran sus propósitos.

«Extraño nos pareció al principio que unos ángeles moviesen guerra a los otros, y

que, viniesen a descomunal batalla los mismos que asociados de continuo en

unánime concierto de paz y amor, como hijos de un mismo y augusto Padre.

entonaban loores al Rey Eterno; pero sonó el grito de guerra y el rumor fragoroso

de la lid ahuyentando todo otro pacífico pensamiento.

«Descollando sobre todos los suyos y exaltado como un dios, mostrábase el

Apóstata en su refulgente carro aparentando majestad divina, cercado de

ardientes querubines y escudos de oro. Bajó de su pomposo trono, a tiempo que

entre una y otra hueste mediaba ya limitado trecho, tan limitado como terrible, y

que puestas frente a frente, se dilataban en formidable línea, prontas a

acometerse; mas antes de llegar a este trance, adelantase Satán con resueltos e

inmensos pasos a su sombría vanguardia, alto como una torre, y ciñendo su

armadura de diamante y oro. No pudo verlo Abdiel sin indignación: estaba entre

los campeones más insignes, determinado a los más valerosos hechos; y

alentóse a sí propio exclamando:

«¡Oh cielo! ¡Qué tal semejanza guarde aún con el Altísimo quien no conserva ya

ni fe ni respeto alguno! ¿Por qué donde falta la virtud, no han de faltar asimismo la

fuerza y el ardimiento, y por qué el más audaz bien que parezca invencible no ha

de ser también el más débil? Confiado en la ayuda del Omnipotente, he de poner

a prueba la fuerza de ese cuya insensatez y falacia he probado ya, porque justo

es que el que con la verdad ha triunfado, con las armas triunfe del mismo modo

venciendo en ambos combates; que cuando la razón lucha con la fuerza, por más

que sea empresa ardua y temeraria, la victoria debe estar de parte de la razón.»

«Así discurriendo, sale de entre sus compañeros armados, se encuentran a pocos

pasos con su altivo enemigo, a quien aquella demostración enfurece más y lo

provoca resueltamente diciéndole:

«Temerario, aquí te esperamos. ¿Presumías llegar a la eminencia a que aspiras

sin que nadie se te opusiese? Presumías hallar indefenso el trono de Dios, y que

lo hubiéramos abandonado temerosos de tu poder o aterrados por tus amenazas?

¡Insensato! No conoces cuán vano empeño es armarse contra un Señor

Todopoderoso, que del más leve grano puede a cada momento sacar

innumerables ejércitos, que destruyan tus maquinaciones, y que con sólo

extender su mano a inconmensurables límites lograría, sin otro auxilio, al menor

impulso, anonadarte a ti y confundir en tenebrosos abismos a tus legiones. Ya ves

que no todos siguen tu ejemplo, y que todavía hay quien abrigue fe y amor en su

Dios, lo cual no veías cuando en medio de los tuyos, fascinados por su error, era

yo el único que disentía de todos. Contempla ahora si tengo imitadores, y aunque

tarde, convéncete de que son pocos los que aciertan y muchos los que

desvarían.»

«A quien el protervo Enemigo, lanzando una mirada desdeñosa contestó de este

modo: «En mal hora para ti, en buena para mi sed de venganza, eres el primero a

quien encuentro después que huiste de mi presencia, ángel sedicioso. Vienes así

a pagar tu merecido, a sufrir el rigor de la cólera que has provocado, porque tu

lengua fue la primera que por espíritu de contradicción se desató en injurias

contra la tercera parte de los dioses congregados para defender sus derechos,

que no cederán a nadie por grande que sea su omnipotencia, mientras se sientan

animados de su virtud divina. Te has adelantado sin duda a tus compañeros,

ambicioso de obtener alguna ventaja sobre mí, para que este triunfo les hiciese

confiar en mi vencimiento. He suspendido mi venganza, porque en no replicarte,

parecería que me obligabas a guardar silencio, y porque es bien te convenzas de

que para mí libertad y cielo son una misma cosa, tratándose de espíritus

celestiales, no de los que se avienen mejor con la servidumbre, espíritus abyectos

entretenidos en cánticos y festines. Estos son los que tú has armado, mercenarios

del cielo, que siendo esclavos, intentan pelear contra la libertad; pero hoy han de

ponerse en parangón los hechos de los unos con los de otros.»

«Y Abdiel le replicó con entereza estas breves palabras: «¡Apóstata! No desistes

de tu error, ni te verás libre de él, porque cada vez se alejan más tus pasos de la

verdad. En vano infamas con el nombre de servidumbre el homenaje que

prescriben Dios o la Naturaleza, pues Dios y la Naturaleza mandan que impere el

que sea más digno, el superior a aquellos a quienes gobierna. Servidumbre es

obedecer a un insensato, al que se rebela contra quien tanto puede, como es la

de los tuyos al obedecerte. Ni tú mismo eres libre, sino esclavo de ti propio, y

nada importa que lleves tu insolencia hasta el punto de escarnecer nuestra

sumisión. Reina pues, en los infiernos, que serán tus dominios, mientras yo sirvo

en el cielo al Señor, por siempre bendito, y obedezco sus supremos mandatos,

como deben todos obedecerlos. Pero en el infierno te aguardan no coronas, sino

cadenas; y ya que según has dicho, he venido huyendo hasta aquí, reciba tu

arrogancia estas albricias con que te saludo.»

«Y al decir esto, había ya descargado un vigoroso golpe, que no quedó en

amago, sino que cayó de pronto como una tempestad sobre la orgullosa frente de

Satán, el cual ni con la vista, ni con la rapidez del pensamiento, ni menos aún con

su broquel, pudo repararlo, antes le obligó a retroceder diez largos pasos y a

doblar una rodilla sosteniéndose apenas en su robusta lanza; al modo que los

vientos subterráneos o las desbordadas aguas arrancan de su asiento una

montaña y la dejan medio inclinada con los pinos que cubren su superficie.

Asombrados, o más bien furiosos, vieron los rebeldes tronos aquella humillación

del que creían tan invencible; al paso que los nuestros prorrumpieron en un grito

de alegría, presagio de su victoria e indicio del anhelo con que ansiaban el

combate. Al punto ordena Miguel que suene la trompeta del arcángel, y pueblan

sus ecos la vasta extensión del cielo, y el ejército fiel entona el Hosanna al

Omnipotente.

«Mas no se contentaron las huestes contrarias con permanecer en inacción, sino

que se precipitaron furiosas a la lid. Levantóse horrendo clamoreo, cual nunca se

había oído en el cielo hasta el presente, formando asperísima discordancia el

choque de las armas y las armaduras, y el crujir de los carros de bronce y los

ardientes ejes de sus ruedas. ¿Quién podrá describir el tremendo choque?

Volaban las flechas encendidas, silbando horriblemente sobre nuestras cabezas,

y cubriendo ambos ejércitos con una bóveda de fuego, y bajo ella se lanzaba uno

contra otro con fragoroso ímpetu e inextinguible rabia. Tronaba el cielo todo, y de

haber existido la tierra, entonces se hubiera conmovido hasta sus últimos

cimientos. Mas, ¿qué mucho si de una y otra parte batallaban millones de ángeles

denodados, de los cuales el más débil hubiera bastado por sí solo a conturbar los

elementos, y a armarse de la fuerza con que prevalecen en sus regiones? ¿Qué

poder les estaba negado a aquellas falanges innumerables que entre sí luchaban,

para llevar por dondequiera el espanto y la asolación de la guerra? Hubieran

trastornado, ya que no destruido, hasta su mansión nativa, si el Eterno y

omnipotente Rey desde sus altos alcázares del cielo no hubiera puesto freno y

límites a sus fuerzas. Cada legión de por sí equivalía a un numeroso ejército;

cada guerrero representaba en fuerza una legión; y en tan atroz refriega el

caudillo era soldado, el soldado capaz de alzarse a caudillo; que cada cual sabía

bien cuando había de avanzar, cuando mantenerse a pie firme, o cambiar de

batalla; o abrir y estrechar las temerosas filas sin que en ninguno cupiese la

resolución de la fuga o la retirada, ni demostración alguna por donde parecer

medroso, sino que cada uno confiaba en sí propio, cual si él solo dispusiese de la

victoria.

«Y ¡qué de hazañas dignas de eterno nombre se consumaron! Por ser tantas no

son para referidas. Ocupaba el combate infinito espacio, variando en cada

momento en multitud de trances; y tan pronto luchaban los invictos guerreros en

terreno firme, como alzaban el vuelo y se acometían suspendidos de los

contrastados aires, que semejaban voraz hoguera. Mantúvose largo tiempo

indecisa la batalla, hasta que Satán, que aquel día desplegó una fuerza

maravillosa, no hallando quien pudiera contrarrestarlo, y desbaratando las filas de

los serafines, revueltos en lo más enconado de la pelea, divisó por fin la espada

de Miguel, que deshacía, segaba escuadrones enteros de un solo golpe.

«Asía el Arcángel su terrible arma con ambas manos, blandiéndola a todas partes

con incontrastable fuerza: donde asestaba su filo todo era devastación y ruina.

Salióle Satán al paso para poner coto a tan grande estragó, y se cubrió con el

vastísimo círculo de su escudo reforzado hasta por diez láminas de diamante. Al

verlo, el insigne Arcángel suspendió el belicoso empeño, y lleno de júbilo, como

quien esperaba terminar la guerra con la derrota de su Enemigo y encadenarlo a

sus plantas, el rostro encendido y con airado ceño, empezó dirigiéndole estas

palabras:

«Recréate en el mal de que eres autor y a que has dado origen con tu rebeldía,

pues hasta su nombre era en el cielo desconocido, y míralo propagarse aquí

gracias a una guerra que si a todos es odiosa, será funesta para ti y para tus

secuaces. ¿Qué has hecho de aquella bendita paz de que gozábamos, trocando

nuestro estado natural en este tan miserable, producido por tu criminal soberbia?

Y ¡que así hayas contaminado a tantos millones de ángeles, tan puros y fieles en

otro tiempo y hoy tan henchidos de envidia y deslealtad! Pero no creas turbar la

paz de esta mansión dichosa: el cielo te arrojará lejos de sus dominios, que como

reino que es de bienaventuranza no tienen cabida en él los malévolos ni los

perturbadores. Huye, pues, y en pos de ti vaya el mal que has abortado; y tú y tus

perversas falanges sumíos en el infierno, que es vuestra funesta morada y da allí

rienda suelta a tus furores, sin aguardar a que mi vengadora espada anticipe tu

castigo, ni a que más ejecutiva aún la cólera del Señor, apresure los horrores de

tu suplicio.»

«Y a esto respondió Satán: «No con vanas amenazas pretendas intimidar a quien

no has podido. ¿Quién de los míos ha huido de tu presencia? Y si a tus golpes ha

caído alguno, ¿no se ha recobrado al punto sin darse por vencido? Pues, ¿cómo

se promete tu arrogancia triunfar más fácilmente de mí, y que yo abandone esta

empresa? No desvaríes, porque no ha de terminar así un empeño que tú llamas

criminal y que nosotros contemplamos como glorioso. Venceremos sí o

convertiremos este cielo en el infierno que tú has inventado; y si no reinamos

aquí, seremos siquiera libres. Esto te digo; y que no he de huir de ti aunque

apuradas tus fuerzas, venga en auxilio tuyo ese que se apellida Omnipotente. De

lejos o de cerca quiero pelear contigo.»

«Ambos enmudecieron; ambos se aprestaron a un combate indescriptible. ¿Cómo

referirlo, ni aun con la lengua de los ángeles? ¿Con qué compararlo de lo que

conocemos en la tierra? ¿Qué imaginación humana podrá encumbrarse hasta las

maravillas del poder divino? Porque dioses parecían; y en sus movimientos, en su

reposo, en figura, en acciones y el manejo de sus armas, dignos de conquistar el

imperio de todo el cielo. Giraban sus fulminantes espadas en el aire describiendo

tremendos círculos y sus escudos, uno enfrente de otro, relumbraban como dos

grandes soles. Todo permanecía en expectativa, todo embargado de espanto.

Apartáronse a entrambos lados los ejércitos angélicos dejando libre el espacio en

que antes medían sus armas, porque hasta la conmoción que los combatientes

imprimían al aire era peligrosa. Tal (valiéndome de imágenes pequeñas para

pintar cosas sublimes) tal, una vez trastornada la armonía de la naturaleza y

puestas en guerra las constelaciones, veríamos dos planetas de siniestro aspecto

lanzarse uno contra otro y chocar furiosos en medio del firmamento, confundiendo

en una sus enemigas esferas.

«Levantaban a la vez ambos campeones sus temibles brazos, cuya fuerza era

sólo comparable a la del Omnipotente, y ambos ideaban asestar un golpe que

fuese el postrero y pusiera término a la lid. Competían en vigor, en destreza y

agilidad, mas la espada de Miguel, sacada de la armería de Dios, era de tan

acerado temple, que nada podía resistir a su cortante filo. Paró con ella un furioso

tajo de la de Satán rompiéndola en dos partes; y no bastando esto, tiróle una

estocada, que penetrándole en el costado derecho, le abrió una enorme herida.

Por primera vez sintió Satán el dolor, y comenzó a agitarse en horribles

contorsiones, que el acero le destrozaba las entrañas; pero su etérea contextura

no daba lugar a mayor estrago y se repuso en su ser, saliendo de la herida

copiosos borbotones de licor purpúreo de sangre, tal como puede animar los

espíritus celestiales, que manchó toda su armadura, poco ha tan resplandeciente.

«De todas partes acudieron a socorrerlo sus más denodados ángeles, poniéndose

en su defensa, mientras otros lo trasladaban en los paveses hasta su carro

distante un buen trecho del campo de batalla. En él lo depositaron haciendo

extremos de dolor y rabia, avergonzados de ver que no era tan invencible como

creían, postrada su soberbia con tal desastre, y desvanecida la confianza en que

estaban de que su poder era igual al poder divino. Sanó empero muy pronto,

porque los espíritus, en quienes todo es vida, existen por completo en cada una

de sus partes, no como el frágil hombre en el conjunto, de sus entrañas, de su

corazón, o su cabeza, del hígado o los riñones; no pueden morir sin reducirse a la

nada; no es posible que el líquido de sus tejidos reciba una herida mortal como no

es posible que la reciba la fluidez del aire; con todo corazón, todo cabeza, y ojos y

oídos y sentidos e inteligencia; y a medida de su voluntad mudan de miembros,

de color, de formas y de apariencia reduciéndose o dilatándose, según conviene

mejor a sus deseos.

«Llevábanse al propio tiempo a cabo memorables hechos por el lado en que

combatía Gabriel, el cual con sus brillantes enseñas, se entraba resueltamente

por las espesas legiones que acaudillaba Moloc. En vano lo perseguía este

soberbio príncipe, jurando que había de arrastrarlo encadenado a las ruedas de

su carro, y, blasfemando con impía lengua de la sacrosanta divinidad de Dios:

quedó hendido de un mandoble desde la cabeza a la cintura, y lanzando rabiosos

ayes, desapareció con su destrozada hueste. Otro tanto acaecía en los dos

extremos de la batalla, donde Uriel y Rafael triunfaban de sus orgullosos

enemigos, Adramalec y Asmodeo a pesar de sus gigantescas fuerzas y sus

diamantinas armaduras, viéndose ambos tronos castigados cuando más

prepotentes se creían, y caídos de su altivez, sin que sus armas y defensas los .

preservaran de huir cubiertos de horribles heridas. Ni se mostró Abdiel más

remiso en escarmentar a la descreída muchedumbre, cayendo a impulsos de sus

repetidos golpes Ariel y Arioc y Ramiel, que se distinguían por su violenta

ferocidad. «Pudiera referirte las proezas de muchos millares de ángeles para

perpetuar en la tierra la memoria de sus nombres; mas estos bienaventurados se

contentan con la gloria que disfrutan en el cielo, y no han menester las alabanzas

de los hombres. Y en cuanto a los adversarios bien que no les neguemos su

poder y esfuerzo bélico, ni la fama que ambicionaban merecedores como se

hicieron de la maldición que el cielo echó sobre ellos, dejémoslos yacer entre las

tinieblas del olvido; porque la fuerza que se aparta de la verdad y de la justicia no

es digna de estimación y loa, sino de reprobación y de menosprecio; aspira a la

gloria por medio de un vano orgullo, y a la reputación valiéndose de la infamia:

quede pues condenada a silencio eterno.

«Rendidos los principales caudillos, comenzó el combate a declinar,

multiplicándose los desastres, y comenzaron la derrota y la confusión. Veíanse

aquellos llanos cubiertos de despojos y armas despedazadas; los carros hechos

trizas, los conductores y los caballos amontonados y envueltos en humo y en

vivas llamas. Los pocos que subsistían en pie retrocedían azorados y

comunicaban su desaliento a los ejércitos de Satán, que apenas acertaban a

defenderse, que por primera vez sentían la debilidad del temor y los dolores del

sufrimiento y que huían ignominiosamente, avergonzados de verse reducidos a tal

extremo por mal de su pecado y su rebeldía. Hasta entonces ignoraban lo que era

miedo y cobardía y angustia.

«¡En cuán diferente situación se hallaban los santos inviolables! ¡Cuán firme, cuán

entera avanzaba su falange igual en sus filas, indestructibles, segura de su

victoria! Debía esta ventaja a su inocencia, que tan superior la hacía a sus

enemigos. No había incurrido en el pecado de desobediencia y se mantenía

animosa en la confianza de quedar incólume aun cuando la violencia de la

refriega turbase a veces el orden de sus legiones.

«La noche entretanto comenzó su curso, y esparciendo su oscuridad por el cielo,

dio tregua e impuso silencio al odioso estrépito de la guerra. Vencidos y

vencedores se guarecieron bajo su tenebroso manto; Miguel y sus ángeles

permanecieron en el campo de batalla, en torno del cual velaban multitud de

querubines con antorchas encendidas; en la parte más lejana Satán, rodeado de

sus rebeldes huestes y oculto entre profundas tinieblas; y no pudiendo reposar un

punto, luego que entró la noche, convocó a consejo a sus potentados y sin

muestra alguna de desaliento les habló así:

«Los peligros que habéis arrostrado, queridos compañeros, la destreza de que

habéis dado pruebas sin ser vencidos, os hacen merecedores, no ya de la libertad

que es galardón mezquino, sino de bienes que tenemos en más estima del honor,

el dominio, la gloria y el renombre. Todo un día habéis estado sosteniendo un

combate dudoso; y lo que en un día habéis hecho ¿por qué no poder hacerlo

durante una eternidad? Ha echado el Señor del cielo de cuanto poder disponía

contra vosotros; de su mismo trono ha sacado las fuerzas que creyó suficientes

para someteros a su voluntad; pero ¿lo han conseguido? No; y en esto debemos

hallar la prueba de que no es tan previsor de lo futuro ni tan omnisciente como lo

creíamos. Cierto que la inferioridad de nuestras armas nos ha perjudicado en

parte, y ocasionándonos dolores que antes no conocíamos; pero una vez

conocidos, los hemos menospreciado. Tenemos ya el convencimiento de que

nuestra naturaleza empírea no está sujeta a trance mortal alguno, de que es

imperecedera, pues aún debilitada por las heridas sana muy pronto de ellas, y

vuelve a cobrar su vigor nativo. A tan leve mal, fácil es aplicar remedio. Con más

poderosas armas, con instrumentos más impetuosos que para la lid próxima

dispongamos, mejoraremos de fortuna y empeoraremos la de los enemigos o por

lo menos se igualará la disparidad que seguramente no ha puesto entre ellos y

nosotros la naturaleza. Y si otra causa ignorada les ha concedido esa

superioridad, pues conservamos enteros nuestros ánimos y cabal nuestra

inteligencia, veamos, e investiguemos los medios de descubrirla.

«Dijo y se sentó. Próximo a él estaba en la asamblea Nisroc, cabeza de los

Principados que había salido del combate acribillado de heridas y con las armas

abolladas y hechas pedazos. Mostraba gesto sombrío, y le respondió:

«Tú que nos libras de nueva servidumbre para procurarnos el pacífico goce de los

derechos que como dioses nos son debidos, no dejas de comprender que siendo

tales hemos de lamentar doblemente el vernos expuestos a dolorosas heridas, y

forzados a pelear con desiguales armas contra un enemigo impasible e

invulnerable. De esta contrariedad necesariamente ha de provenir nuestra ruina;

porque ¿de qué nos sirve el valor, ni de qué esta fuerza tan vigorosa, si uno y otra

ceden al dolor, que lo rinde todo y deja desmayado al más poderoso brazo?

Podríamos muy bien renunciar quizás al goce de todo placer, y no prorrumpir en

quejas, y vivir tranquilos que es la más dulce de las vidas; pero el dolor es el

colmo de la miseria, el peor de los males, y cuando se hace excesivo, no hay

paciencia que baste a soportarlo. Si alguno de nosotros acierta a inventar una

arma que produzca dolorosa lesión en nuestros enemigos, invulnerables todavía,

o una defensa tan eficaz como lo es la suya, nos prestará un servicio no menos

digno de gratitud que el que debemos al que nos procura la libertad.»

«A lo que con estudiada compostura respondió Satán: «Pues ese invento

desconocido aún, y que con razón estimas tan importante para nuestro triunfo, lo

tengo ya. ¿Quién de nosotros, al contemplar la brillante superficie de este mundo

celeste en que moramos, de este vastísimo continente; ornado de plantas, de

frutos, de flores que exhalan ambrosía, de perlas y oro, puede ver con indiferencia

maravillas tantas, y no conocer que nacen allí en lo interior de profundos senos,

entre negras y crudas masas, de una espuma espirituosa e ígnea, hasta que

tocadas y vivificadas por un rayo del cielo, se animan de pronto y exponen sus

encantos a la influencia de la luz? Pues esos mismos gérmenes nos ofrecerá el

abismo en su natural inercia y provistos de una llama infernal; los cuales,

comprimidos en tubos huecos redondos y prolongados, con sólo aplicarles fuego

por una de sus extremidades, se dilatarán ardiendo, y estallarán por fin con el

estruendo del trueno, esparciendo entre nuestros enemigos tal estrago, que

despedazándolos y destruyendo cuanto a su furor traten de oponer, temerán que

hemos desarmado al Tonante de sus rayos, única arma terrible para nosotros. No

será larga nuestra faena, y antes que asome el día veremos cumplidos nuestros

deseos. ¡Animo, pues, nada temáis! Considerad que la habilidad y la fuerza

reunidas no hallan cosa difícil, y menos cosa de qué desesperar.»

«No bien pronunció estas palabras, reanimáronse los semblantes y se abrieron

los corazones a la esperanza. Admiración causó en todos semejante invento,

extrañado cada cual que no se le hubiese ocurrido a él: tan fácil parece una vez

descubierto lo que antes de descubrirse se hubiera tenido por imposible. Quizás

en los futuros siglos, si la perversidad de tu raza llega a tanto, no faltará alguno de

tus descendientes, que con ánimo dañino o por sugestión diabólica fragüe una

máquina parecida, y en castigo de sus crímenes destruya a los hijos de los

hombres al moverse guerra y atentar mutuamente contra sus vidas.

«Terminado el consejo, aprestáronse los rebeldes a la obra sin más tardanza.

Nadie opuso reparo alguno, y todos dieron ocupación a sus manos. En un

momento levantan la superficie del celeste suelo, descubren debajo las materias

elementales de la naturaleza en su primitivo origen, hallan la espuma sulfurosa y

nítrica, mezclan ambas entre sí y calcinándolas diestramente, las reducen a

negros y menudos gramos, de que hacen provisión copiosa. Rompen unos las

ocultas venas de los minerales y de las rocas, que existen en el cielo semejantes

a las de la tierra, y forjan tubos y balas que llevan consigo la destrucción; otros

fabrican dardos incendiarios, que abrasan instantáneamente cuanto tocan; y

antes que se acerque el día, durante el secreto de la noche, dan cima a sus

trabajos, y con gran previsión disponen todo lo necesario a su disimulada

empresa.

«Apareció por fin en el oriente del cielo la risueña aurora, y se levantaron los

ángeles vencedores al toque de la trompeta que los llamaba a las armas,

formándose en breve las espléndidas falanges, que ostentaban el áureo fulgor de

sus brillantes cotas. Desde las colinas que recibían los primeros rayos del sol,

espiaban algunos el espacio que en torno se dilataba, mientras, desempeñados

otros el oficio de exploradores, recorrían ligeramente armados todos los puntos,

para averiguar a qué distancia se hallaba el enemigo, dónde estaba acampado, si

había emprendido la fuga, si se ponía en movimiento o se conservaba inmóvil y

apercibido para el combate. Descubriósele por fin ya cercano que avanzaba a

paso lento, pero resueltamente formando una sola y espesa haz y desplegando al

viento sus estandartes; a tiempo que Zofiel el más veloz de los alados querubines,

retrocedía a toda prisa, gritando desde lo alto de los aires: «¡A las armas

guerreros! ¡A las armas, y a combatir! ¡Ahí tenéis al enemigo! Los que creíamos

que se habían fugado vienen a evitarnos la molestia de perseguirlos. No temáis

que por fin se salven. Una nube parece su espesa multitud, y que caminan

animados de funesta resolución y de confianza. Que cada cual ciña su cota de

diamantes, y ajuste bien su casco y embrace fuertemente su ancho escudo para

poder manejarlo como convenga, pues a mi juicio no va a ser hoy día de menuda

lluvia, sino de gran tormenta, que fulminará rayos abrasadores.»

«De esta suerte preparó a los que estaban ya prevenidos; y puestos en orden,

desembarazados de impedimentos, y viendo tranquilos que se acercaba el

instante de pelear, se movieron resueltamente. Ya se avista el enemigo.

Avanzaba con largos y lentos pasos, formando un inmenso cuadro, dentro del

cual llevaba sus infernales máquinas rodeadas de apiñados escuadrones que

impedían se descubriese el engaño. Al divisarse, se detuvieron los dos ejércitos;

mas de repente apareció Satán al frente de los suyos y en altas voces se expresó

así:

«¡Vanguardia! ¡A derecha e izquierda! Desplegad de frente, para que cuantos nos

odian puedan ver cómo ofrecemos paz y buena avenencia, y con qué sinceridad

de corazón estamos dispuestos a recibirlos si aceptan nuestra propuesta y no nos

vuelven la espalda por pura perversidad, que es lo que sospecho. Pero pongo al

cielo por testigo… Ya ves, ¡oh cielo! con qué lealtad obramos. ¡Ea, pues! Los que

al efecto estáis destinados, desempeñad vuestro oficio, haced lo que dejo

indicado, y bien recio para que todos puedan oírlo.»

Al oír estas palabras falaces y sarcásticas, los que formaban el frente se

dividieron a derecha e izquierda, retirándose por ambos flancos, y descubrieron

nuestros ojos un espectáculo no menos nuevo sobre ruedas y hechas de bronce,

de hierro o piedra que extraño: una triple fila de columnas tendidas (que en efecto

columnas parecían, o más bien troncos huecos de encina u otros árboles

despojados de sus ramas y cortados en los montes), pero horadadas en toda su

longitud, ofrecían sus bocas algo de siniestro, que revelaba insidiosos planes. Al

lado de cada columna veíase un serafín, cuya mano blandía una pequeña vara

que despedía fuego. Esto notábamos, y no sin sorpresa, perdiéndonos todos en

conjeturas; mas no duró mucho la incertidumbre, porque apenas aplicaron

ligeramente y todos a la vez las varas a unos agujeros imperceptibles de las

columnas, iluminó de pronto el cielo una explosión de fuego, vomitaron las

cavernosas máquinas torrentes de humo, y con horrible estruendo que ensordeció

los aires, desgarrando sus entrañas, lanzaron la infernal, indigesta masa que

contenían, con fragorosos truenos y una abrasadora lluvia de ardientes globos.

Iban asestados contra las filas del ejército vencedor, y era tal su furioso ímpetu

que dando en medio de ellas, no pudieron resistir su golpe los que se mantenían

como firmes rocas, y cayeron ángeles y arcángeles a millares revueltos entre sí y

en el mayor desorden. Ni sus armas les fueron de provecho alguno; que a no

serles más bien embarazosas, fácilmente hubieran podido, como espíritus que

eran, condensarse o esparcirse, y ponerse en salvo; pero ya sólo les quedaba la

mengua de su derrota y total dispersión, tanto más segura, cuando más extendían

sus filas. ¿Qué remedio intentar? Si avanzaban se exponían a ser rechazados de

nuevo y más vergonzosamente, añadiéndose al desastre el mayor ludibrio de los

enemigos, que ya se preparaban a descargar sus máquinas segunda vez: huir

amedrentados era indigna resolución.

«Veíalos Satán lleno de regocijo en aquel trance y burlándose de ellos, decía a

los suyos: «¿Qué es eso? ¿Por qué no se acercan más vuestros animosos

vencedores? ¿Qué se ha hecho del denuedo con que acometían? Pues, ¿no les

ofrecemos recibirlos con los brazos y el corazón abiertos? (¿puede hacerse

más?) Y les proponemos términos de avenencia, y ellos, cambiando de opinión,

toman el portante y nos hacen ridículas contorsiones, como si se propusieran

armar una danza. Aunque para danzar creo que se muestran un tanto

atolondrados y bulliciosos; bien que será la alegría que les han causado nuestros

pacíficos ofrecimientos; de modo que si se los repetimos podemos prometernos

completo éxito»

«Y en tono no menos burlón añadió Belial: «Los términos caudillo nuestro, en que

se los hemos hecho son de tanto peso y tan difíciles de entender, y con tan

irresistible fuerza de raciocinio los hemos expuesto, que no es mucho estén todos

esos guerreros algo pensativos y desconcertados. No es posible enterarse bien

de ellos, sin que le ocupen a uno de pies a cabeza; y por lo menos esta ocupación

tiene la ventaja de indicarnos que no andan muy derechos nuestros enemigos.»

«Con semejantes chanzonetas los denostaban, creyéndose en su

desvanecimiento superiores a todas las veleidades de la victoria. Estimábanse ya

con su invención iguales en poderío al Eterno, y se burlaban de sus rayos y de

sus legiones los breves momentos que duró su estrago, que no se prolongaron

mucho, porque, encendida en ira la divina hueste, echó mano de armas que

bastasen a desbaratar el infernal invento. Y fue así que de pronto (admira el vigor

la fuerza maravillosa que Dios ha puesto en sus fieles ángeles) arrojan las armas,

vuelan a las alturas, que con mil deliciosos valles alternan en el cielo como en la

tierra, y raudos cual otros tantos rayos asen de las montañas, las mueven y

desarraigan de sus cimientos con todo el peso de sus rocas y bosques, y

torrentes, y cogiéndolas por sus cimas, las voltean entre sus manos.

«Hubieras entonces presenciado el asombro y terror que se apoderó de los

rebeldes, viendo que las montañas, invertida su base se les venían encima, y que

bajo ellas quedaban aplastadas con su triple fila las maldecidas máquinas, y todas

sus esperanzas sepultadas entre tan inmensas moles. Sobre ellos al propio

tiempo llovían peñascos y promontorios enteros, que al caer oscurecían la luz, y

entre cuyos escombros desaparecían legiones, armas y defensas; y las armas

eran ya instrumentos de nuevo daño, porque al romperse herían a los que las

empuñaban, ocasionándoles acerbos dolores e imponderables tormentos: y sólo

se oían desesperados ayes y horrorosos gritos, pugnando cada cual por librarse

de la estrecha prisión que le sujetaba, pues el pecado privaba a aquellos espíritus

de la sutil fluidez y esencia, que poco antes constituían su ser.

«Pero los que quedaban ilesos se aprovecharon del ejemplo, y apelando al mismo

recurso arrancaron los montes circunvecinos. Comenzaron pues a volar por los

aires, chocando unos con otros. Jamás pudo preverse lucha tan espantosa. ¡Con

qué infernal rabia se combatía en los estrechos huecos que quedaban, y a pesar

del pavor que aquellas tinieblas infundían! Las más cruentas guerras comparadas

con la presente hubieran parecido un mero entretenimiento. El estruendo

engendraba nueva confusión; la confusión producía mayor frenesí y estrago.

Amenazaba desquiciarse el cielo, y seguramente se hubiera consumado aquel día

su ruina si el Padre Omnipotente, cercado de esplendor en el incontrastable trono

de su celestial santuario, pesando los acontecimientos y previendo aquella

iniquidad, no la hubiera permitido para realizar sus inescrutables fines de glorificar

a su consagrado Hijo, vengándolo de sus enemigos y declarar que transfería en él

su omnipotencia; por lo que, como asesor que era suyo, le dijo así:

«Destello de mi gloria, Hijo amado, Hijo en cuya faz aparece visible lo invisible

que como Dios yo tengo: tu mano, partícipe de mi omnipotencia, realizará lo que

tengo decretado. Dos días han transcurrido, dos días según en el cielo los

computamos, desde que Miguel y sus Potestades han ido a subyugar a esos

rebeldes. Tremendo ha sido el combate como no podía menos de serlo

armándose uno contra otro semejantes enemigos. Yo los he dejado entregados a

sí propios; y ya sabes que al crearlos los hice iguales, y que no hay entre ellos

más desigualdad que la del pecado, bien que ésta no se haya hecho sensible,

porque no he fulminado aún mi condenación; de suerte que se perpetuaría esa

lucha encarnizada, sin que llegara a decirse su resultado. La guerra fatigosa ha

dado ya de sí cuanto puede dar; se ha soltado el freno a la más desesperada

contienda; se han empleado los montes como armas arrojadizas, cosa ingrata

para el cielo y perjudicial a la naturaleza. Dos días pues han transcurrido; el

tercero te pertenece a ti porque a ti lo he destinado. Todo lo he consentido para

que tuvieses tú la gloria de dar fin a esta cruda guerra, que nadie más que tú

puede terminar. Yo he infundido en ti tal virtud y gracia tan eficaz, que los cielos y

el infierno se prosternarán ante tu poder incomparable. Tú has de sujetar esa

perversa rebelión de modo que todos confiesen ser tú el más digno de entrar en la

herencia universal, en la herencia que de derecho te corresponde como Rey que

has recibido la unción sagrada. Ve, pues, tú, poseedor del mayor poder de tu

poderoso Padre; asciende a mi carro; guía sus rápidas ruedas de suerte que

hagan temblar el cielo hasta sus cimientos; lleva mis armas todas, mi arco, mi

irresistible trueno; suspende mi espada de tu cintura augusta, para que

persiguiendo a esos hijos de las tinieblas, los arrojes de todos los límites del cielo

a los más hondos abismos; y allí podrán menospreciar según les plazca a su

Dios, y al Mesías; su ungido Rey.»

Al pronunciar estas palabras inundó completamente en rayos de luz a su Hijo,

cuya inefable faz recibió toda la efusión del Padre; y lleno de su filial divinidad le

respondió:

«Padre mío, superior a todos los celestes tronos, el primero, el más alto, el más

santo y el mejor por excelencia: tu designio constante es glorificar a tu Hijo, como

yo te glorifico también a ti según es justo. Toda mi gloria y grandeza, toda mi

felicidad consisten en que complaciéndote en mí, veas satisfecha tu voluntad, y yo

cifraré en cumplirla el colmo de mi ventura. Acepto como dones tuyos tu cetro y tu

poder, de que haré dejación mucho más complacido cuando vengan los tiempos

en que todo tú estés en todo, y yo en ti para siempre, y en mí todos aquellos que

te sean amados. Pero yo odio a los que tú odias, y puedo armarme de tu terror

como me armo de tus misericordias, dado que soy tu imagen en todo. Ministro de

tu poder, libraré en breve a los cielos de esos rebeldes, que caerán precipitados

en la lóbrega mansión donde los aguardan cadenas, tinieblas y perpetuos

remordimientos; porque ellos renegaron de la obediencia que te es debida,

cuando el obedecerte a ti es la felicidad suprema. Separados entonces tus

inmaculados santos de los ángeles impuros, y rodeando tu montaña santa, y yo

su caudillo, entonaremos sinceros cánticos, himnos de la más alta alabanza.»

«Dijo, e inclinándose sobre su cetro, se levantó del asiento de gloria que ocupaba

a la diestra del Señor, a tiempo que la tercera aurora sagrada comenzaba a

esparcir por el cielo sus resplandores. De repente, y con un ruido semejante al

fragor impetuoso del huracán, se lanzó el Carro de Dios Padre fulminando

espesas llamas. Tenía sus ruedas unas dentro de otras, y no se movía por

impulso ajeno, sino por el instinto de su propio espíritu, yendo escoltado por

cuatro custodios con aspecto de querubines. Cada uno de éstos mostraba cuatro

rostros maravillosos, y sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables

ojos, refulgentes como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las ruedas, las

cuales despedían centellas; y sobre sus cabezas se alzaba un firmamento de

cristal en que se veía un trono de zafiro matizado de purísimo ámbar y de los

colores del arco iris.

«Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra divinamente labrada,

ocupa el Mesías su carro. A su derecha lleva la Victoria que extiende sus alas de

águila, y al costado del arco el carcaj divino lleno de rayos de triples puntas.

Envuélvenlo en torno airados torbellinos de humo, de entre los cuales brotan las

llamas ardientes exhalaciones. Diez mil

millares de ángeles lo acompañan y lo rodean veinte mil carros de Dios (yo mismo

oí contarlos), que anuncian desde lejos su llegada. Sublimado sobre el

firmamento de cristal y sostenido en alas de los querubines, veíase en su trono de

zafiro; mas los suyos los descubrieron los primeros y se sintieron henchidos de

inefable júbilo al divisar ondeante en los aires y tremolado por ángeles el

estandarte del Mesías, que era la enseña del cielo. Bajo él congregó Miguel al

punto sus legiones, extendidas en dos alas, que en breve rodearon al supremo

caudillo formando un solo cuerpo.

«Ya el divino poder le había preparado el camino del triunfo: a su mandato,

retiráronse las montañas a su primitivo asiento; oyeron su voz y le obedecieron; el

cielo recobró su serena faz; los valles y las colinas se cubrieron de nuevas flores.

Y vieron todos estos prodigios, sus desventurados enemigos, y persistieron en su

obstinación reuniendo sus huestes para empeñar otro combate. ¡Insensatos, que

de la desesperación sacaban su confianza! ¡Que tal perversidad quepa en ánimos

celestiales! Pero ¿hay prodigios que basten a humillar a los soberbios, ni fuerza

que pueda ablandar sus corazones endurecidos? Lo que más debiera

convencerlos aumenta su pertinacia; enfurécense doblemente al ver la gloria del

Unigénito y su magnificencia despierta en ellos mayor envidia. Su única

aspiración es adquirir tanta grandeza, y vuelven a colocarse en orden de batalla,

confiados en triunfar por la fuerza o por la astucia, y en vencer finalmente a Dios y

su Mesías; y cuando no, hundirse para siempre en universal ruina; que no es

dado a su altivez huir ni retirarse ignominiosamente, sino provocar el postrer

combate. Por lo que el Hijo de Dios, dirigiendo su voz a uno y otro lado, habló así

a sus cohortes:

«Permaneced, ¡oh santos!, en vuestra gloriosa actitud, y vosotros, ángeles,

continuad armados; hoy descansaréis de vuestras fatigas. Habéis probado ya

vuestra fidelidad y mostrados adeptos a Dios, defendiendo su justa causa y

ostentando a fuer de invencibles los dones que habéis recibido de él. Pero el

castigo de esa maldecida grey queda reservado a otro brazo, porque la venganza

corresponde al Señor o a aquel a quien la confía. Lo que hoy ha de suceder no

será obra que lleven a cabo el número ni la muchedumbre; y si estáis atentos,

contemplaréis cómo me hago yo ministro de la indignación divina contra esos

impíos; que no os han ofendido a vosotros, sino a mí haciéndome objeto de su

envidia. En mí tienen puesto su encono, porque el sumo Hacedor, de quien es el

poder y la gloria de este imperio, me ha elevado a esta grandeza por efecto de su

voluntad; y a mí, por lo tanto, me ha encomendado su castigo. Desean que cada

cual probemos en nueva batalla nuestro poder, ellos contra mí solo, y yo solo

contra todos ellos; y pues la fuerza es su único recurso, y no ambicionan otro

timbre ni reconocen mayor virtud, sea la fuerza la que decida.»

«Al acabar de decir esto, revistióse su faz de un aire tan sombrío, que infundía

terror, y dando rienda suelta a su cólera, se precipitó sobre sus enemigos.

Cubriéndolo al mismo tiempo con sus alas incrustadas de estrellas, que hacían

más pavorosas las tinieblas de alrededor, los cuatro querubines que sostenían su

carro. Ya giran las ruedas de éste con un estruendo parecido al de un torrente de

un ejército numeroso, y arrebatado de su ardiente ímpetu, y formidable como la

noche, vuela hacia sus contrarios. Conmovíase a su paso el tranquilo Empíreo de

uno a otro extremo, y todo retemblaba y vacilaba, excepto el trono de Dios. Presto

se vio entre ellos, y empuñando en su mano diez mil rayos que arrojó delante de

sí, quedaron acribillados de heridas los rebeldes. Llenáronse de pavor; perdieron

todo aliento, toda esperanza de resistencia; cayéronseles las armas de las

manos. Alfombra de sus plantas fueron los escudos y yelmos y aceradas frentes

de todos aquellos tronos, potestades y serafines que derribadas ahora de su

soberbia, hubieran deseado ver otra vez sobre sí el peso de las montañas, para

no ser blanco de tan implacable encono.

«De los ojos de los cuatro querubines y de los innumerables, que cubrían también

las animadas ruedas, salían por todas partes rayos abrasadores. Un mismo

espíritu los dirigía; cada uno de aquellos ojos era un horno encendido que

fulminaba fuego contra los malvados, los cuales faltos ya de fuerzas y del vigor

que antes los animaba, caían vencidos, medrosos, confusos y aniquilados. Y sin

embargo, no apuró el Hijo de Dios su rigor con ellos, contentándose con desatar a

medias el trueno de su venganza, dado que no se había propuesto destruirlos,

sino expulsarlos de la celestial morada; y así les permitió reponerse de su

postración y los ahuyentó como un rebaño de tímidas ovejas reunidas por el

miedo. El terror y las furias los aguijaban; y al llegar a la muralla de cristal, que

formaba los límites del cielo, abrióse éste de par en par, y puso ante su vista la

inmensa sima del infinito abismo que los aguardaba.

«¡Qué espectáculo tan espantoso! El horror los hizo retroceder pero mayor era

aún el que los impelía hacia adelante. Ellos mismos iban precipitándose al llegar

al borde de la celestial orilla, y la maldición eterna los empujaba para más

apresurar su ruina. Oyó el infierno aquel fragoroso estrépito, como si se

derrumbase el cielo del cielo mismo, y hubiera huido amedrentado, si el inflexible

Destino no hubiera ahondado bien sus negros cimientos, ligándolos con cadenas

indestructibles.

«Nueve días estuvieron cayendo. Rugió trastornado el Caos y sintió diez veces

doblada su confusión con el estridente tumulto de aquel estrago, que acumuló

tantas ruinas y destrozos. Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos, y

volvió a cerrarla; el infierno, propia morada suya, lugar de dolores y penas,

sembrado de inextinguible fuego. Y el cielo se regocijó, ya pacificado, y unió de

nuevo sus muros reduciéndolos a sus límites.

«Quedando vencedor por sí solo con la expulsión de sus enemigos, retiró el

Mesías su carro triunfal; y enajenados de júbilo salieron a su encuentro todos los

santos, que hasta entonces habían contemplado silenciosos e inmóviles sus

admirables hechos. Marchaban rodeándolo con ramos de palmas, y cada una de

aquellas brillantes jerarquías entonaba cánticos de triunfo, cánticos al Rey

victorioso, al Hijo, al heredero del Padre, al Señor cuyo dominio acataban al más

digno de poseerlo. Al compás de estas aclamaciones, atravesó por en medio del

cielo hasta el palacio y templo de su omnipotente Padre, sublimado sobre su

trono, que lo recibió en el esplendor de su gloria, donde está hoy sentado a su

diestra, en inmortal bienaventuranza. He aquí cómo asemejando las cosas del

cielo a las de la tierra, para satisfacer tus deseos, y a fin de que puedas

aprovecharte de las lecciones de lo pasado, acabo de revelarte lo que en otro

caso quizás hubiera ignorado para siempre la raza humana: la discordia y guerra

que se suscitó en los cielos entre las angélicas potestades, y la eterna ruina de

los que llevados de una desmedida ambición, se asociaron con Satán en su

rebeldía. Envidioso de tu felicidad, anhela hoy éste apartarte asimismo de la

obediencia a tu Creador, para que desheredado como él de tu dichoso estado,

vengas a merecer su castigo y caigas en su perpetua miseria. Su mayor

venganza, su único consuelo sería poder ultrajar al Altísimo, haciéndote a ti

partícipe de su error y de su pena. No des jamás oído a sus tentaciones; prevén

esto mismo a tu compañera; ten presente el terrible ejemplo que has oído, el

castigo en que incurren los inobedientes. Ellos hubieran podido ser siempre

venturosos, y se perdieron. No te olvides de esto, y teme ser contado entre los

rebeldes.»

SEPTIMA PARTE

ARGUMENTO

Accediendo a los ruegos de Adán, cuéntale Rafael cómo y por qué fue creado

este mundo; que habiendo Dios expulsado del cielo a Satán y a sus ángeles,

declaró que le placía crear otro mundo y otras criaturas que habitasen en él; y así

envía a su Hijo circundado de gloria y acompañado de angélicos coros, para que

en el espacio de seis días realice la obra de la creación. Al compás de sus himnos

celebran los ángeles esta nueva maravilla, y la reascensión del Hijo a los cielos.

Desciende del cielo, Urania, si es bien que te invoque con este nombre. Siguiendo

tu voz divina me remonto más allá del Olimpo, sobreponiéndome al cuello de las

alas del Pegaso. No me contento empero con invocar tu nombre: invoco tu

inspiración, porque ni tú te cuentas entre las nueve Musas, ni moras en la cumbre

del antiguo Olimpo. Nacida en el cielo, antes que apareciesen los montes, antes

que brotaran las fuentes de sus manantiales, tú conversabas con tu hermana, la

divina Sabiduría y con ella te recreabas en presencia del Omnipotente Padre, que

se complacía en oír tus celestiales cánticos. Transportado por ti, aunque habitador

terrestre, al cielo de los cielos, he respirado el aire empíreo que para mí

templabas. Sosténme también ahora, y vuélveme a mi nativo elemento, no sea

que al ímpetu de este desenfrenado bridón en que cabalgo, caiga, como

Belerofonte un día, bien que él no penetrase en región tan alta, y dé conmigo en

los campos aleyos, para vagar allí desamparado y en completo olvido.

Estoy aún a la mitad de mi canto pero reducido ya a límites más estrechos, cuales

son los de una divina y visible esfera. He descendido a la tierra, abandonando las

regiones allende el polo, y cantaré más seguro y con voz humana, sin temor de

que enronquezca ni quede muda, a pesar de habérseme deparado tan aciagos

días. ¡Oh!, y ¡qué aciagos, viéndome rodeado de dañinas lenguas, de tinieblas, de

peligros y de soledad! Pero no, no estoy solo, que tú me asistes, cuando por la

noche cierra mis párpados el sueño, y cuando la mañana ilumina el sonrosado

Oriente. Dirige pues mi canto sublime, Urania; dame un auditorio propicio, aunque

escaso en número, y aleja al propio tiempo de mí la bárbara disonancia de Baco y

su turbulento séquito, raza de aquella salvaje horda que en el Ródope despedazó

al barco de Tracia, cuando sin respeto al que era encanto de los bosques y de las

rocas, ahogó con su feroz griterío los ecos de su voz y de su cítara. No pudo

Calíope salvar a su hijo, pero tú, Urania, no abandonarás al que implora tus

favores porque ella inspiraba vanos sueños, y tú celestial aliento.

Di, ¡oh diosa!, lo que sucedió luego que Rafael, el afable arcángel, previno a Adán

que aleccionado por el ejemplo de los apóstatas del cielo, no incurriese en su

infidelidad, pues él y su descendencia, a quienes se había mandado que no

tocasen al árbol prohibido, se verían sometidos a igual castigo en el Paraíso, si

menospreciaban e infringían aquel único precepto, tan fácil de cumplir, en medio

de la infinita multitud de objetos que se brindaban allí a sus gustos, por extraños

que fuesen y caprichosos.

Con profunda atención escucharon Adán y su consorte Eva aquel relato, y

quedaron admirados y profundamente pensativos al oír cosas tan grandes y tan

extrañas, cosas de que no tenían la menor idea, que en el cielo se conociesen

odios, y que con semejante confusión anduviesen allí mezcladas la guerra y la

paz divina; pero el mal había venido a recaer por fin como desatado torrente

sobre sus autores, privándolos para siempre de la bienaventuranza. Disipáronse

en Adán las dudas que abrigaba su corazón, y nació en él sin otra intención, el

deseo de averiguar lo que más inmediatamente le interesaba: cómo se produjeron

el cielo y la tierra, todo este mundo visible; cuándo y de qué fueron creados, y por

qué causa; y qué era el Edén y cuanto fuera de él existía antes de la época a que

alcanzaba su memoria; semejante a aquel que ha saciado su sed del todo, y que

sigue con la vista al arroyuelo que se desliza murmurando, y despierta en él

nueva sed con el susurro de su corriente. Dirigióse, pues, a su celeste huésped

en estos términos:

«Admirables cosas que no pueden menos de maravillar por lo diferentes que son

de las de este mundo, nos has revelado, divino intérprete. Dios nos ha favorecido

enviándote desde el Empíreo para advertimos a tiempo de lo que hubiera podido

causar nuestra perdición; riesgo que no conocíamos, porque no está al alcance

de la inteligencia humana. Por ello debemos gratitud eterna a la infinita bondad,

recibiendo sus avisos con el solemne propósito de cumplir siempre su voluntad

soberana, único fin con que aquí existimos. Pero ya que para nuestro

aprovechamiento has tenido la dignación de descubrirnos cosas tan superiores a

la comprensión terrestre pero, que nos conviene conocer como lo ha dispuesto la

suprema sabiduría, ten la bondad asimismo de descender más hasta nosotros y

de instruirnos en lo que ha de sernos no menos útil, diciéndonos cómo se formó

ese cielo que vemos a tan lejana altura, ornado de los innumerables astros que lo

recorren, y eso que llena el espacio, todo ese difuso ambiente que abarca la

órbita de la florida tierra; qué causa movió al Creador, en medio del santo reposo

de que gozaba, por toda una eternidad, a sacar tan tarde su obra del Caos, y

cómo una vez empezada, se terminó en tan breve tiempo. A consentírtelo el

Señor, manifiéstanos lo que tanto anhelamos averiguar, no para inquirir los

secretos de su eterno imperio, sino para más glorificar sus obras. Réstale aún a la

gran lumbrera del día, largo espacio de su curso, aunque va declinando ya; pero

suspendiéndolo al oírte, al oír tu poderosa voz, te prestará atención, y retrasará su

marcha para escuchar cómo refieres su nacimiento, y cómo el de la Naturaleza, al

salir por primera vez del oculto abismo; y mientras la estrella y el astro de la

noche se apresuran para oír tu narración, la Noche traerá consigo el silencio; el

sueño se pondrá en vela con igual intento, o nosotros le ahuyentaremos hasta

que termine tu canto, y podamos despedirte antes que nos sorprenda el brillo de

la mañana.»

Esta súplica hizo Adán a su ilustre huésped; y el Ángel divino le contestó con

estas dulces palabras: «A tan comedido ruego, justo será acceder, pero, ¿qué

encarecimiento, qué lengua seráfica bastará a referir las obras del Omnipotente,

ni qué espíritu humano a comprenderlas? Lo que sí puedes conseguir, lo que no

será negado a tus oídos, es lo que mejor conduzca a glorificar al Hacedor y más

contribuya a labrar tu felicidad. Yo he recibido del cielo el encargo de satisfacer

tus deseos, como no pasen de ciertos límites; fuera de ellos no indagues más; no

desvanes con la esperanza de profundizar misterios ocultos, que el invisible Rey,

único que lo sabe todo, ha rodeado de tinieblas tan impenetrables a los que viven

en la tierra como en el cielo; y harto te queda en todo lo demás que estudiar y que

conocer. Porque el saber es como el alimento; se requiere no menos templanza

en la satisfacción del apetito, que en la medida a que debe el espíritu ajustarse,

pues la excesiva ciencia embaraza con su demasía y convierte la sabiduría en

locura, como el exceso de alimento se trueca en vapor inútil.

«Ahora bien, ten por cierto que apenas cayó Lucifer (a quien se daba este nombre

porque resplandecía entre los ángeles mas que la estrella así llamada entre las

estrellas), apenas cayó con sus malditas legiones en medio del abismo que les

estaba preparado y volvió vencedor el augusto Hijo con el séquito de sus Santos,

contempló el Eterno Omnipotente Padre toda aquella muchedumbre desde su

trono, y habló así a su Hijo:

«Engañóse por fin nuestro envidioso Enemigo, creyendo que todos habían de

seguirlo en su rebeldía y que con su auxilio nos arrancaría la posesión de esta

altísima e inaccesible fortaleza, asiento de la suprema Divinidad. Perdióle su

confianza, y arrastró en su catástrofe a muchos que han desaparecido fieles en su

puesto, que el cielo está todavía poblado, y que cuenta con suficiente número de

habitantes para llenar sus reinos, vastísimos como son, y para desempeñar los

sagrados ministerios y solemnes ritos de este sublime templo.

«Mas, para que su soberbia no se lisonjee de haber logrado esta ventaja, de

haber despoblado el cielo y locamente presuma del detrimento que me ha

causado, he de reparar la pérdida, si como tal puede considerarse el perderse

uno a sí mismo. Crearé al punto otro mundo, y de un hombre produciré una raza

de hombres innumerables, que habitarán allí, no en este reino, hasta que

elevándose gradualmente por sus méritos se abran y ganen al final esta morada,

purificados largo tiempo por medio de su obediencia. La tierra entonces se

convertirá en cielo, y el cielo en tierra, porque uno y otra formarán un solo imperio

donde reinen alegría y unión perpetuas. Entretanto, celestes potestades, gozad

de esta mansión con gran holgura. Y tú Verbo mío, hijo por mí engendrado, por ti

se cumple todo esto: habla, y quedará hecho. Contigo envío mi Espíritu, que lo

llena todo, contigo mi poder. Parte, pues; manda al abismo que forme el cielo y la

tierra dentro de ciertos limites. El abismo no los tiene, porque yo soy quien lleno lo

infinito y el espacio no está vacío. Y aunque Yo no reconozco límites en mí

mismo, y reduzco y no llevo a todas partes mi bondad, que es libre de obrar o no,

ni la necesidad ni el destino influyen nada en mis actos: el hado consiste en lo que

yo quiero.»

«Estas palabras dijo el Omnipotente y su Verbo, su filial Divinidad las realizó al

punto. Los actos de Dios son inmediatos, más rápidos que el tiempo y el

movimiento, y para hacerlos comprensibles al sentido humano, hay que valerse

de la sucesión de las palabras, de la lentitud con que procede la terrestre

inteligencia. Grande fue el triunfo, extremado el júbilo del cielo, al anunciarse así

la voluntad divina. «¡Gloria al Altísimo, decían, y, buena voluntad y paz en la tierra

a los futuros hombres! Gloria a Aquél cuya justicia y vengadora cólera ha arrojado

a los impíos de su presencia y de la morada de los justos! ¡Gloria y alabanza al

Señor, cuya sabiduría ha hecho del mal el bien, y ha destinado a una raza mejor

el lugar que ocupaban los espíritus malignos, y difundirá su eterna bondad en los

mundos y siglos venideros!»

«Prorrumpieron en este himno las celestes jerarquías, y apareció el Hijo,

dispuesto a su grande obra, revestido de la Omnipotencia, ciñendo la corona de la

Majestad divina. La sabiduría, el amor inmenso, su Padre todo reflejaba en él.

Asistían en torno de su carro innumerables querubines serafines, potestades,

tronos y virtudes, espíritus alados, carros asimismo con alas, sacados del arsenal

de Dios, donde existen millares de siglos ha, entre dos montañas de bronce,

preparados para los días solemnes; carrozas celestiales, prontas siempre a volar

y que ahora se ofrecían espontáneamente, porque estaban animadas de espíritu

vital, atentas al mandato de su Señor. El cielo abrió de par en par sus eternas

puertas, que al girar sobre los goznes de oro, produjeron un armonioso sonido,

para dar paso al Rey de la Gloria, al Verbo poderoso, al espíritu creador de

nuevos mundos.

«Detuviéronse en el continente del cielo, y desde sus orillas divisaron el vastísimo

inconmensurable abismo, tempestuoso como un océano, lóbrego, horrible,

impenetrable, agitado de arriba abajo por furiosos vientos y encrespadas olas,

que como montañas se elevaban para escalar los cielos y confundir el centro con

los polos.

«¡Basta, revueltas olas! ¡Y tú, abismo, sosiégate; cesen vuestros furores!»,

exclamó el Verbo creador. Y no se detuvo más; sino que arrebatado en alas de

los querubines, se remontó a la gloria paterna por en medio del Caos y del mundo

que todavía no era, porque el Caos oyó su voz. Seguíalo su brillante comitiva para

presenciar la obra de la creación y las maravillas de su poder; y paró de pronto las

ardientes ruedas de su carro, y tomó en la mano el compás de oro, guardado, en

los eternos tesoros de Dios, para trazar el círculo de este universo y cuantas

cosas habían de existir en él; y fijando uno de sus extremos en el centro y

volviendo el otro alrededor de la vasta profundidad de las tinieblas: «Aquí, dijo,

llegarás, y éstos, ¡oh mundo!, serán tus límites.»

«Así creó Dios el cielo y así la tierra, materia informe y vacía. Cubrían el abismo

profundas tinieblas, pero desplegando sus alas paternales sobre las tranquilas

aguas el Espíritu de Dios, infundió en ellas la virtud y el calor vital a través de la

masa fluida; arrojó a lo más profundo las negras y frías heces infernales,

contrarias a la vida; aunó y condensó cuantas cosas se asimilan entre sí; y

apartando las demás a diferentes lugares, e introduciendo el aire entre unas y

otras, apareció la tierra equilibrándose sobre su centro.

«¡Hágase la luz!», dijo, y la luz fue hecha. Brotó súbitamente del hondo abismo la

luz etérea, lo primero de todo, la esencia más pura de las cosas, y desde su

nativo oriente comenzó a esparcirse por entre las sombras aéreas, ciñéndola una

nube esférica y radiante, porque el sol no existía aún; y, en este nebuloso

tabernáculo permaneció algún tiempo. Vio Dios que la luz era buena, y la separó

de las tinieblas por medio del hemisferio. Y llamó a la luz día, y a las tinieblas

noche; y del espacio que entre uno y otro componen, formó el día primero. El cual

no pasó sin ser grandemente festejado y cantado por los coros angelicales; pues,

cuando percibieron la primera luz que asomaba por oriente, rompiendo las

tinieblas, en aquel natalicio del cielo y de la tierra, llenaron de vivas y

aclamaciones la vasta concavidad del universo, y al compás de sus arpas de oro

y sus acordados himnos, ensalzaron a Dios juntamente con sus obras

proclamándolo Creador cuando llegó la primera noche y cuando rayó la primera

aurora.

«Y dijo Dios en seguida: «Que en medio de las ondas se ponga el firmamento y

que divida unas aguas de otras.» Y Dios hizo el firmamento, dilatación de un aire

fluido, puro, transparente, elemental, que se extiende en redondo hasta la mayor

convexidad de aquel anchísimo orbe, división inmutable y segura que separa las

aguas de la región inferior y las superiores. Porque así como la tierra, estableció

Dios el mundo sobre reposadas aguas, en medio de un vasto océano de cristal, y

alejó de él la tumultuosa irregularidad del Caos, para que el contacto de sus

violentas extremidades no alterase su estructura. Y dio el nombre de cielo al

firmamento; y los coros nocturnos y matutinos cantaron el día segundo.

«La tierra estaba formada, pero sumergida como rudo embrión en el seno de las

aguas aún no se descubría. Inundaba toda su superficie el grande Océano, y no

en balde, porque se infiltraba en todo su globo un templado y fecundo humor que

hacía fermentar y concebir a la madre universal, fertilizada por una humedad

vivificadora, cuando dijo Dios: «Aguas que os derramáis por los cielos,

congregaos en un lugar y aparezca el continente enjuto.» Y salieron de pronto las

enormes montañas, que elevando sus cimas hasta las nubes, tocaban con las

estrellas. Y tanto como sus hinchadas moles subían, tanto se ahuecaban y

hundían sus cóncavos senos para dejar anchos y profundos lechos por donde las

aguas se dilatasen. Y por ellos corrían con bulliciosa rapidez sus turgentes ondas,

como inflamadas gotas que ruedan sobre el polvo árido. Unas se elevan cual

murallas de cristal, otras saltan por encima formando puntiagudos montes; que

tan raudo movimiento imprimió el imperioso mandato a sus corrientes. Como en

los ejércitos de que ya tienes una idea, acuden a sus filas los soldados al oír el

llamamiento de la trompeta, así se precipitan una tras otra las olas por donde más

fácil camino encuentran, impetuoso torrente en los despeñaderos, mansas y

apacibles en las llanuras. Ni les son de obstáculo alguno las rocas o las

montañas; hallan siempre salida, ya introduciéndose subterráneas, ya

serpenteando por mil rodeos y abriéndose profundos canales en aquellos

terrenos, cenagosos que fácilmente se descomponían antes que Dios les

mandase quedar secos y endurecidos, menos los destinados a recibir los ríos,

que llevan en pos húmedos despojos perpetuamente. A la parte árida llamó el

mismo Señor tierra; al ancho receptáculo en que las aguas se acumulaban, mar.

Y vio que aquello era bueno; y dijo: «Que la tierra se vista de verde hierba, de

plantas que den simiente, y de árboles con frutos de especies varias, que lleven

entre sí su propia semilla, para reproducirse sobre la tierra.»

«No bien dijo estas palabras, cuando de aquella misma tierra, que hasta entonces

se mostraba rasa, árida, desierta, desagradable sin ornato alguno brotó delicado

césped con cuyo verdor, se atavió toda su superficie, luciendo en torno su vistoso

esmalte. Viéronse allí las plantas, con su infinita variedad de hojas, florecer de

improviso, arrebolarse de mil colores y embalsamar el seno de la madre tierra con

los aromas dulcísimos que exhalaban. Apenas abrían sus cálices, provocaba la

floreciente viña con sus apretados racimos; redondeábase en sus rastreros tallos

la calabaza; mecíanse en sus haces formadas en espesas legiones las huecas

cañas, y el humilde arbusto y la punzante zarza enlazaban sus enmarañadas

cabelleras. Alzábanse por fin los arrogantes árboles, moviéndose

acompasadamente y dilatando sus ramas, unas cubiertas de copiosos frutos,

otras matizadas de flores. Erguíanse sobre las colinas gigantescos bosques, y

espesas arboledas sobre las cañadas, a las márgenes de las fuentes y en las

orillas de los ríos. ¿Qué le faltaba a la tierra para asemejarse al cielo? Bien

podían morar en ella los dioses; y recorrerla embelesados, y reposar al amor de

sus umbrías sagradas. Dios no le había enviado aún lluvia que la regase, ni

formado al Hombre que había de cultivarla; pero de sus nuevas entrañas fluía un

jugoso vapor que abonaba el suelo y alimentaba las plantas antes de que

brotasen, y la menuda hierba antes de verdeguear sus tallos. Y vio Dios que esto

era bueno; y la mañana y la noche renovaron los cantos del tercer día.

Y volvió a hablar el Altísimo. «Que luzcan astros en el espacio de los cielos para

distinguir los días de las noches, y para que marquen las estaciones y los días y

el transcurso de los años; y mando que su oficio sea servir de luminares en el

cielo y de antorcha para la tierra.» Y así fue hecho. Y puso Dios dos grandes

astros, grandes por lo que habían de servir al Hombre, los cuales alternasen, el

mayor en presidir al día, y el más pequeño a la noche. Y también hizo las

estrellas, poniéndolas en el firmamento de los cielos a fin de que iluminasen la

tierra, y regulasen las vicisitudes de los días y de las noches, y diferenciasen la

luz de las tinieblas. Y paróse a contemplar su grande obra, y le pareció bien.

Porque el primero de aquellos astros fue el sol, cuya inmensa esfera careció en

un principio de luz, aunque era de sustancia etérea; y luego formó el globo de la

luna y las varias magnitudes de las estrellas, y las sembró por el cielo como en un

campo. Y tomando una gran parte de luz de su nebuloso tabernáculo, la trasladó

al orbe solar que por sus poros recibe y aspira el brillante líquido, y que con su

fuerza retiene la plenitud de sus rayos, siendo a la sazón el gran palacio de la luz.

De él, como de su manantial, se mantienen los demás astros, depositando aquella

misma luz en sus urnas de oro, y allí abrillanta sus cuernos el planeta de la

mañana; mientras ellos iluminados por reflejo acrecientan el fulgor escaso que les

es propio, aunque a la vista humana aparezcan tan diminutos por la mucha

distancia a que los contempla.

«Por vez primera apareció en su oriente el glorioso astro, regulador del día, que

derramó sus espléndidos rayos por todo el horizonte, ufano al verse recorriendo el

sublime cielo en toda su longitud, yendo precedido de la aurora y de las pléyades,

que en festivas danzas difundían anticipada su benéfica influencia.

«Menos brillante que él, en la parte opuesta del occidente y a igual altura,

alzábase la luna, que recibía de lleno su claridad, reflejándola como un espejo, no

necesitando otra luz en aquella posición y manteniéndose a igual distancia hasta

que llego la noche. Asomó entonces por el oriente para dar la vuelta en torno del

eje de los cielos, y dividió su imperio con mil astros menores, con mil y mil

estrellas que alumbraban a la vez, tachonando la celeste bóveda; con lo que

también, por vez primera ornaron el hemisferio, ascendiendo y declinando

sucesivamente y coronaron con los encantos de la noche y de la mañana el

cuarto día.

«Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles seres vivientes de fecundos

gérmenes; y que las aves vuelen sobre la tierra, desplegando sus alas en el libre

firmamento de los cielos.» Y creó las ballenas enormes, y todos los seres que

viven y nadan, y producen abundantemente las aguas en todas sus especies, y

todas las especies también de pájaros alados. Y vio que esto era bueno y los

bendijo a todos diciendo: «Creced y multiplicaos, y llenad las aguas de los mares,

de los lagos y de los ríos; y vosotras, aves, multiplicaos sobre la tierra.» Y por

golfos y mares y calas y bahías bullen al punto cardúmenes innumerables,

millones de peces que con sus aletas y escamas relucientes se deslizan entre las

verdosas ondas, en muchedumbre tal, que forman a veces inmensos bancos en

medio del Océano. Solitarios o en compañía, pacen unos las ovas de que se

sustentan, y se pierden entre los enmarañados bosques de coral, o serpentean

con la velocidad de un relámpago, luciendo a la luz del sol sus tornasoladas

mallas con recamos de oro; otros, reposando tranquilos entre sus conchas de

nácar, saborean su líquido alimento; otros, en fin, cubiertos de fuertes armaduras,

acechan su presa bajo las rocas. Triscan en tanto sobre la tranquila llanura del

mar, las focas y los combados delfines; otros, de prodigioso volumen, moviéndose

pesadamente, revuelven el Océano como una tempestad; mientras el leviatán,

mayor que ningún otro viviente, tendido como un promontorio sobre aquel abismo,

dormita o nada y se asemeja a una flotante playa sorbiendo y arrojando

alternativamente todo un mar por sus agallas.

«En las cálidas grutas, en los pantanos y orillas de las aguas, salen al propio

tiempo numerosas bandadas de las infinitas crías encerradas en los huevos, que

rompiéndose al ser sazón dan a luz sus desnudas avecillas; las cuales tardan

poco en vestirse de plumas y en ensayar su vuelo, y se remontan a lo más

encumbrado del aire, y cantan su triunfo desdeñándose de la tierra, que cubren

con su sombra como una nube. Allí, en la cima de las rocas y de los cedros,

labran sus nidos las águilas y las cigüeñas. Aves hay que se mecen solas en la

región aérea; más cautas otras, viajan unidamente en formación regular y

teniendo en cuenta las estaciones, y dirigen sus caravanas por encima de los

mares y de las tierras, prestándose mutua ayuda para facilitar su vuelo.

Estribando así en los vientos, emprende su viaje anual, la prudente grulla,

moviendo y azotando el aire al pasar con sus pobladas alas. Saltando de rama en

rama, alegran las arboledas con sus gorjeos los pajarillos, y ejercitan sus pintadas

alas durante el día; mas no porque se acerque la noche deja el ruiseñor su

solemne canto, antes la emplea toda en exhalar sus sentidos ayes. En los

argentados lagos, como en los ríos, bañan otros el delicado vello de sus

gargantas; el cisne enarca su cuello entre las blancas alas, majestuosamente

tendidas; luce su pompa haciendo de sus pies remos y cuando abandona el

húmedo elemento se lanza en medio de la región del aire; al paso que otros

caminan con pie seguro, como el crestudo gallo, que con su clarín anuncia las

silenciosas horas, y el que se gallardea con su rica cola sembrada de los colores

del iris y estrellados ojos. Así las aguas se poblaron de peces y el aire de aves; y

la noche y la mañana solemnizaron el quinto día.

«El sexto y último de la creación comenzó al son de las arpas nocturnas y

matinales; a tiempo que el Señor dijo: «Que la tierra produzca las especies de

animales vivientes, los que andan en rebaños, y los reptiles, y las bestias de la

tierra, cada uno según su especie.» Y obedeció la tierra, y abrió de pronto sus

fecundos senos y dio de una vez a luz innumerables criaturas vivientes, perfectas

en sus formas y en sus miembros completamente organizadas. Y como de sus

madrigueras, salieron de las entrañas de la tierra las fieras salvajes, y ganaron los

bosques, los matorrales, las espesuras y las cavernas, estableciéndose y viviendo

en parejas entre los árboles; y los ganados discurrieron por los campos y

verdosas praderas, éstos en corto número y solitarios; aquellos, en grandes

rebaños brotando todos de una vez y pastando juntos. Aquí, de entre el tupido

césped nacía la terneruela; allí asomaba el flaco león y se asía de sus garras para

dejar libre el resto de su cuerpo, saltando cual si hubiese roto sus ligaduras, y

sacudiendo su áspera melena; y la onza, el leopardo, el tigre, levantaban la tierra,

como el topo escarbando a su alrededor y formando montecillos. El ágil ciervo

sacaba de debajo del suelo la enramada de su cabeza y Behemot, el más

voluminoso engendro de la tierra, podía apenas desembarazar de la que lo cubría

su pesada mole. Balando y vestidas de sus vellones, despuntaban, a manera de

plantas, las ovejas; y entre el agua y la tierra se mostraban indecisos el caballo

acuático y el escamoso cocodrilo.

«Bullía a la vez todo cuanto se arrastra por la tierra, insectos o gusanillos, los

unos agitando los flexibles abanicos de sus alas y decorando sus diminutos

contornos con los pomposos blasones del estío, esmaltados de oro y de púrpura

de verde azul; los otros, prolongando como una línea de estrecho cuerpo, y

marcando en la tierra su sinuosa huella; y no son éstos los seres más pequeños

de la naturaleza. Algunos, de la especie de las serpientes, prodigiosos por su

longitud y corpulencia, enroscan sus pliegues anulosos y se añaden alas. Es la

primera, la económica hormiga próvida de lo futuro, que en un pequeñísimo pecho

encierra un gran corazón, modelo quizá de la perfecta igualdad de algún día y que

logra establecer en común sus populares tribus. Aparece en seguida el enjambre

de la abeja hembra, que alimentando con delicioso manjar a su holgazán esposo,

construye de cera sus celdillas y deposita la miel en ellas. Los demás son

innumerables. Conoces la naturaleza de cada uno, los nombres que tú mismo les

has dado, y no tengo necesidad de repetírtelos. Conoces asimismo a la serpiente,

el animal más astuto de cuantos se crían en los campos, de desmedida longitud a

veces, con sus ojos de bronce y la terrible cresta que lleva por

cabellera, aunque lejos de serte a ti nociva, se somete dócilmente a tu voluntad.

«Mostrábanse ya en la plenitud de su esplendor los cielos y giraban movidos por

el impulso que les comunicó al principio la mano de su gran Motor; ricamente

ataviada se sonreía la tierra contemplándose ya perfecta; veíanse poblados el

aire, el agua, la tierna, por las aves, peces y animales, que volaban, nadaban y

caminaban; y sin embargo, no estaba aún completo el sexto día. Faltaba la obra

maestra, el ser para quien todo aquello se había creado, la criatura que sin

encorvarse, sin ser bruta como las demás, dotada de la santidad de la razón,

pudiese erguir su cuerpo, alzar su frente serena, avasallarlo todo y conocerse a sí

mismo; pudiese elevarse magnánimo para desde aquí comunicar con el cielo sus

pensamientos, y lleno de gratitud, reconocer la fuente de donde todo su bien

emana, y con espíritu devoto dirigir su corazón, su voz, y sus miradas, adorando y

tributando culto al Supremo Dios que hizo de él la primera de sus obras. Por lo

que el Omnipotente y Eterno Padre (que, ¿dónde deja de estar presente?) habló

así a su Hijo, siendo oído de todo el mundo:

«Hagamos ahora al hombre a nuestra imagen y semejanza; y que reine sobre los

peces del mar y los pájaros del aire, sobre las bestias del campo, sobre la tierra,

en fin, y los reptiles que se arrastran por el suelo.»

«Y esto dicho, te formó a ti Adán, a ti Hombre, polvo de la tierra, e inspiró en tu

aliento el soplo de la vida, y te creó a su propia imagen, a imagen del mismo Dios,

y quedaste hecho alma viviente. Te creó varón, y para perpetuar tu raza creó

hembra a tu compañera. Y bendijo al género humano diciendo: «Creced,

multiplicaos y llenad la tierra. Dominadla y extended vuestro dominio sobre los

peces del mar y los pájaros del aire, y sobre todos los seres vivientes que se

mueven sobre la tierra, dondequiera que hayan sido creados, pues no se ha dado

aún nombre a región alguna.» En seguida, como sabes, te trasladó a esta

deliciosa morada, a este jardín plantado con los árboles de Dios, no menos gratos

a la vista que al paladar, y liberalmente te concedió todos sus sabrosos frutos por

alimento. Aquí están reunidas, en infinita variedad, cuantas especies hay de ellos

sobre la tierra; pero del árbol cuyo fruto lleva en sí el conocimiento del bien y del

mal debes abstenerte, porque el día que comas de él, morirás; la pena que tienes

impuesta es la muerte.

Sé cauto y refrena cuidadosamente tu apetito, para que no te sorprenda el

pecado, ni su negra compañera, la muerte. «Aquí terminó Dios su obra, y

contempló todo lo que había hecho, y vio que todo era perfectamente bueno; y así

la noche y la mañana completaron el sexto día; y el Creador, que cesó en su obra

no porque estuviese cansado, regresó a su mansión sublime, al cielo de los

cielos, a lo más alto, para ver desde allí aquel mundo nuevamente creado,

aditamento de su imperio, y qué aspecto ofrecía desde su trono, y cómo en

bondad y en hermosura correspondía todo a su grandiosa idea. Y se remontó

entre universales aclamaciones al sonoro compás de diez mil arpas que

rompieron en angélicas armonías: la tierra y los aires las repitieron (y tú las

recordarás, pues las escuchaste); los cielos y las constelaciones todas se hicieron

sus ecos, y los planetas detuvieron su curso para oírlas, mientras la brillante

pompa seguía ascendiendo, extática de júbilo.

«¡Abríos eternales puertas!», iban cantando. «¡Cielos, abrid vuestras vivientes

puertas, y entrar el Creador glorioso que vuelve terminada ya su obra magnífica,

su obra de seis días, el Mundo! Abríos de hoy más con frecuencia; que Dios se

dignará de visitar a menudo la morada de los hombres justos, y se complacerá en

ello, y enviará a ella, con repetidos mensajes a sus alados nuncios, portadores de

su suprema gracia.»

«Así en su ascensión cantaba el glorioso séquito; y atravesando los cielos, que

abrían de par en par sus refulgentes puertas, caminaba el Creador derechamente

a la eterna mansión de Dios; suntuoso y ancho camino, en que el polvo es oro y la

calzada de estrellas, como las aves en la galaxia o vía láctea que descubres por

la noche, a la manera de una zona tachonada de estrellas.

«Extendíase entonces por la tierra del Edén la noche séptima, pues el Sol estaba

en su ocaso, y asomaba por oriente el crepúsculo precursor de la oscuridad,

cuando llegó a la santa montaña, suprema cumbre del cielo, trono imperial de la

Divinidad, por siempre firme e incontrastable, el poderoso Hijo, y tomó asiento con

su augusto Padre. El también había asistido invisible, aunque sin moverse (que tal

es el privilegio de la Omnipotencia) a la ordenada obra, como principio y fin de

todas las cosas; y reposando del trabajo, bendijo y santificó el día séptimo, como

quien en él descansaba de todo lo hecho; pero no lo santificó en silencio: el arpa

cumplió su oficio, y no suspendió sus sones; el tubo dulce y solemne, el órgano

con todas sus armonías, con cuantos sonidos salen de la vibrante cuerda o el hilo

de oro, acordaron sus suaves tonos, acompañados de voces ya unísonas, ya

contrapunteadas; y las nubes de incienso que se desprendían de los áureos

incensarios, velaban la montaña toda. Celebraban la Creación y la obra de seis

días.

«¡Grandes, ¡oh Jehová!, son tus obras y tu poder infinito! ¿Qué pensamiento

puede comprenderte ni qué lengua expresar tu grandeza? Con más gloria vuelves

ahora que cuando volviste vencedor de los ángeles gigantes. Tus truenos aquel

día mostraron tu poder; pero hoy eres Creador, y el crear es más que destruir lo

creado. ¿Quién puede igualarse a ti, Omnipotente Rey, ni poner límites a tu

imperio? Fácilmente desvelaste la soberbia de los espíritus apóstatas, y

aniquilaste su vano empeño: presumieron los impíos amenguar tu fuerza y apartar

de ti los innumerables adoradores; pero el que intenta contrariar tu poder, labra su

propia ruina, y sólo consigue realzarlo más; que con sus mismas armas lo

castigas, y del exceso del mal haces un bien mayor. Testimonio es de todo, ese

mundo, recién formado, ese otro cielo, no distante de las celestiales puertas,

fundado a nuestra vista sobre el claro cristal, sobre el transparente mar, de

extensión casi infinita, poblado de multitud de estrellas cada una, de las cuales

sea quizás un mundo dispuesto para habitarse, aunque tú solo sepas en qué

sazón. En medio se halla la mansión de los hombres, la tierra, con el Océano

inferior que la circuye, morada llena de encantos. ¡Dichosos una y mil veces los

hombres, y los hijos de los hombres, a quienes Dios tanto ha privilegiado,

creándolos a su imagen, para que habiten en esos lugares, le rindan culto, y en

recompensa, dominen sobre todas sus obras, sobre la tierra, la mar y el aire, y

multipliquen la raza de sus santos y justos adoradores! ¡Mil veces dichosos si

comprenden su ventura y perseveran en la virtud!»

«Esto cantaban, resonando por todo el Empíreo las voces de ¡aleluya! Y así fue

solemnizado el sábado.

«Creo haberte satisfecho ya en lo que deseabas. Sabes cómo empezó este

mundo, el origen de cuanto en él existe, y lo que desde el principio se hizo

anterior a tu memoria, para que la posteridad, informada por ti, tenga de todo

conocimiento. Si más pretendes saber, con tal que no exceda a la humana

capacidad, manifiéstalo.»

OCTAVA PARTE

ARGUMENTO

Adán hace algunas preguntas sobre los movimientos celestes, a las que contesta

el Ángel con palabras dudosas, aconsejándole que procure informarse de cosas

más dignas de saberse. Persuádese de ello Adán; pero deseoso de tener a

Rafael más tiempo consigo, le refiere todo lo que recuerda su memoria desde que

fue creado, y cómo entró en el Paraíso; su conferencia con Dios respecto a la

soledad y, a la compañía que pudiera convenirle; su primer encuentro y su

desposorio con Eva; y prosigue discurriendo sobre este punto con el Angel, que

después de hacerle algunas amonestaciones, regresa al cielo.

Suspendió el Ángel su relato, y tan dulce impresión dejaron sus palabras en los

oídos de Adán que, por algún tiempo, creyendo estarlo oyendo todavía,

permanecía inmóvil y atento; hasta que por fin, como quien de pronto vuelve en

sí, le dijo en tono de agradecido:

«¿Cómo podré mostrar el debido reconocimiento ni corresponder a la merced que

me has dispensado, divino historiador, satisfaciendo cumplidamente el anhelo que

tenía de instruirme, y llevando tu amistosa condescendencia hasta el punto de

revelarme cosas que jamás hubiera podido adivinar? Con asombro, pero con gran

deleite, las he escuchado, y atribuyo al Sumo Hacedor toda su gloria, como es

debido. Quédanme, sin embargo, algunas dudas que únicamente tú puedes

resolver; porque cuando contemplo esta admirable fábrica, este mundo

compuesto de cielo y tierra, y calculo su magnitud, la tierra me parece un grano

de arena, un átomo, comparada con el firmamento y todos sus numerosos astros,

y que éstos recorren espacios incomprensibles, de lo cual son prueba su distancia

y su breve reaparición diurna. Pero, ¿es posible que no tenga otro oficio que

difundir la luz alrededor de esta opaca tierra, de este diminuto globo, formando el

día y la noche, y que su vasta carrera atienda a objeto tan poco útil? Cuando en

esto pienso me maravillo de que la Naturaleza, tan próvida y sabia, incurra en

semejantes desproporciones; que con tan pródiga mano haya creado y

multiplicado esos sublimes cuerpos, sin otro fin al parecer, y que les imponga tan

incesante revolución, que se repite día por día; mientras la sedentaria tierra, que

hubiera podido moverse en círculo más estrecho, servida por seres más nobles

que ella, realiza su destino sin tanta agitación, y recibe el calor y la luz como un

tributo que le presta el incalculable curso de una velocidad que no puede

apreciarse, ni hay números que puedan expresarla.»

Habló nuestro padre así, y en su aspecto indicaba estar entregado a profundas

reflexiones; lo cual advertido por Eva, que aunque un tanto apartada, se hallaba

allí presente, se levantó de su asiento con humilde majestad y con una gracia que

inspiraba al que la veía deseos de que permaneciese en aquel lugar, y se dirigió a

visitar los frutos y las flores para ver cómo prosperaban sus tiernas y pomposas

plantas; y ellas se abrieron al sentir que se acercaba, y crecieron regocijadas al

contacto de su hermosa mano. Mas no se retiró disgustada del discurso que

había escuchado, ni porque su inteligencia fuese inferior a tan sublimes cosas,

sino por reservarse el placer de que Adán se las repitiese, y de ser ella su solo

oyente. Prefería oírlas de boca de su esposo más que de la del Ángel, y dirigirle a

él sus preguntas, porque estaba segura de que éste añadiría interesantes

digresiones, y de que sus conyugales caricias allanarían cuantas dificultades se

les ocurrieran; que de sus labios salía otro encanto tan dulce como el de sus

palabras. ¡Oh!, ¿dónde hallaríamos hoy semejante consorcio, unido por el amor y

el recíproco respeto? Retiróse pues con la dignidad de una diosa, y no sin el

correspondiente séquito; que en su compañía iban las gracias seductoras

rodeándola como a una reina, brotando en torno y de todos los ojos destellos del

deseo que de continuo incitaba a complacerla.

A las dudas propuestas por Adán, respondió Rafael con ingenua benevolencia:

«No censuro tu anhelo de saber que el cielo es como el libro de Dios, abierto ante

tus ojos, en el cual puedes leer sus obras maravillosas, y aprender a distinguir

estaciones, horas, días, meses y años. Que sea el cielo el que se mueve, o la

tierra, te importa poco, con tal que tus cálculos sean exactos; lo demás,

sabiamente ha hecho el supremo Artífice en encubrirlo tanto al hombre como al

ángel, no divulgando secretos que son para admirarlos más bien que para

escudriñarse. A los que gustan de desvanecerse en conjeturas, deja Dios que se

pierdan en fútiles cuestiones sobre la máquina de los cielos, quizá para burlarse

de sus vanas sutilezas; y cuando pretendan estudiar el cielo, y someter a cálculo

las estrellas, ¡qué no inventarán para ajustarlo todo a una forma! Construyendo

unas veces, y destruyendo otras, se esforzarán en salvar las apariencias, y

rodearán la esfera de curvas concéntricas con sus ciclos y epiciclos, y sus orbes

colocados unos dentro de otros. Esto he colegido yo de tus razonamientos, y en

esto te seguirán tus descendientes. Supones que los cuerpos mayores y más

luminosos no pueden estar subordinados a los más pequeños y opacos, ni los

cielos girar en tan inmenso espacio mientras la tierra tranquilamente asentada es

la única que goza de su tributo; mas considera, en primer lugar, que ni la

magnitud, ni la lucidez son indicios de excelencia, porque si bien en comparación

del cielo es la tierra tan pequeña, y no ostenta fulgor alguno, puede poseer

riquezas de más cuantía y más preciadas que el Sol, el cual brilla, pero estéril, y

cuya virtud es tan ineficaz para él cuanto fructuosa para la tierra. Ella es la

primera que recibe sus rayos, que de otra suerte serían inútiles, la que se

alimenta de su vigor; y todas esas espléndidas luminarias no se han hecho para la

tierra, sino para ti, morador terrestre. En cuanto a la vasta redondez del cielo,

sobrado alto, proclama la magnificencia del Hacedor, que ensanchó tanto su

recinto, para que el Hombre comprenda que no habita en mansión propia edificio

por demás anchuroso para él, del cual sólo ocupa una pequeña parte, y el resto

está destinado a usos que únicamente el Señor conoce. La rapidez de esos

círculos, por más que sean innumerables, debes atribuirla a su omnipotencia, que

añade a sus sustancias corpóreas una actividad casi espiritual. ¿Qué te diré yo de

la velocidad con que camino? Partí del cielo en que Dios reside al rayar el alba,

antes de mediodía, he llegado al Edén salvando una distancia que no hay

guarismos conocidos con que se indique. Discurro de este modo, admitiendo el

movimiento de los cielos, para mostrarte cuán débiles son los fundamentos de tus

dudas; pero no lo afirmo, aunque desde la tierra en que vives parezca así. Dios ha

puesto los cielos tan distantes de la tierra para que no penetre en sus vías el

sentido humano, y para que si los ojos terrestres pretenden alzarse tanto, se

pierdan en inútiles esfuerzos por aquellas altas regiones.

«Mas ¿y si el sol es el centro del Universo, y otros astros incitados por su fuerza

atractiva y la suya propia, giran en torno de él describiendo varios círculos? Seis

de ellos te lo hacen ver en su curso errante, elevándose unas veces,

descendiendo otras, adelantándose, retrocediendo, o permaneciendo. ¿Y si el

séptimo de esos planetas, la tierra, que aparece estable, participase a la vez de

tres movimientos imperceptibles, que por otra parte, debieran atribuirse a

diferentes esferas obrando en sentido contrario y cruzándose oblicuamente? O

eximes de semejante faena al Sol, o supones inalterable a ese veloz rumbo que

no ves de día ni de noche, que haces superior a todas las estrellas y semejante a

una rueda que gira sin cesar; creencia de que puedes prescindir, si la tierra,

industriosa de suyo, busca el día encaminándose al oriente, y si por la parte

privada de los rayos del sol halla la noche, reflejando la claridad de la luz en su

hemisferio opuesto. ¿Y qué diremos si esa misma luz enviada por la tierra a

través de la atmósfera transparente, fuese como la de un astro para el globo

terrestre de la luna, que la iluminase de día, y a su vez fuese iluminada por ella

durante la noche? La influencia sería totalmente recíproca siendo cierto que la

luna contenga campos y aun habitantes; las manchas que ves en ella semejan

nubes; las nubes pueden resolverse en lluvia y ésta producir en su jugoso suelo

frutos que den alimento a los seres allí nacidos. Un día quizás descubrirás nuevos

soles que lleven en pos sus lunas, y se transmitan su luz masculina y femenina;

sexos ambos, que animan el universo, y que pueden difundir la vida en cada uno

de los orbes donde residen. Que esparcidos por el vasto imperio de la naturaleza,

privados de seres vivientes, yermos y desiertos, están limitados estos cuerpos a

ostentar su luz, y apenas envíen un destello de ella a los demás orbes, atraídos

desde tan lejos hacia la región habitable, que recibe de los mismos su esplendor,

será asunto de eterna controversia. Pero que estas opiniones sean o no

fundadas; que el Sol predominante en los cielos influya sobre la tierra, o la tierra

sobre el Sol; que él dé en el oriente principio a su inflamado curso, o ella

emprenda su silencioso camino desde el occidente, adelantando lenta sus

inofensivos pasos, y gire sobre sú fácil eje conduciéndote sin sentir con su

apacible aire; ideas son con que no debes atormentar tu pensamiento: deja estos

secretos a la sabiduría de Dios; pon tu celo en servirle y en temerle. Que

disponga El de sus criaturas, dondequiera que estén, según le plazca; y tú goza

de los bienes que te ha otorgado, de este Paraíso y tu hermosa Eva. El Cielo está

muy sobre ti para que puedas averiguar lo que acaece en él. Sé humilde en tu

ciencia; cuida solamente de ti y de lo que te concierne; no sueñes en otros

mundos, ni en las criaturas que puedan morar en ellos, o en su estado, condición

y clase; y conténtate con cuanto te ha sido revelado, no sólo respecto a la tierra,

sino al más elevado cielo.»

A lo que aclaradas ya sus dudas respondió Adán: «Me has satisfecho

plenamente, ¡oh pura inteligencia del Cielo, benigno Angel! Me has librado de

incertidumbres, mostrándome el camino más llano de la vida, y enseñándome a

no acibarar las dulzuras de mi existencia, que Dios ha preservado de angustiosos

cuidados y pesares, siempre que nosotros renunciemos a quiméricos

pensamientos y nociones vanas. Pero el espíritu o la imaginación propenden a

lanzarse libres de todo freno en errores interminables, hasta que desengañados o

aleccionados por la experiencia, se persuaden de que no consiste el verdadero

saber en el profundo conocimiento de cosas inútiles, abstractas e

incomprensibles, sino el de todo aquello que está a nuestros alcances y de que

hacemos uso todos los días de nuestra vida: lo demás es humo, vanidad, locura,

que hace impracticable, que frustra lo que más debe interesarnos, y que empeña

más y más nuestra ansiosa solicitud. Descendamos, pues de la altura en que nos

hallábamos y tratemos de asuntos tan humildes y provechosos; así tendré

ocasión de acertar a dirigirte preguntas que no te parezcan inoportunas, y a que

te dignarás replicar benévolamente favoreciéndome como hasta ahora.

«Te he oído referir todo lo que es anterior a mis recuerdos; permíteme que a mi

vez te refiera yo mi historia que tal vez te sea desconocida. El día no declina aún,

y aprovecharé como ves lo que resta en idear algún recurso con que

entretenerme, invitándote a que oigas mi narración. Sería una insensatez el creer

que no he de merecerte respuesta alguna, porque mientras estoy a tu lado me

parece hallarme en el cielo. Tus palabras son a mis oídos más dulces que grato

es el fruto de la palmera para aplacar el hambre y la sed, a la hora de la comida,

después del trabajo; que aquél, aunque sabroso, al fin llega a cansar y produce

hartura; pero tus palabras, dictadas por la divina gracia, jamás hastían.»

Y le contestó Rafael con celestial agrado: «Tampoco tus labios, padre de los

hombres carecen de gracia, ni tu lengua de elocuencia. Dios te ha prodigado,

interior y exteriormente, sus dones haciéndote imagen suya, y bien hablando bien

permaneciendo en silencio, muestras esa gentileza y bella disposición que

acompaña a todas tus palabras, y movimientos. En el cielo te consideramos como

nuestro compañero de servicio en la tierra, y nos complacemos en observar las

miras de Dios con respecto al Hombre, porque vemos cuánto te ha honrado

igualándote en el amor con que nos mira a nosotros. Di, pues, cuanto te plazca.

Sucedió que aquel día estaba yo ausente, ocupado en un viaje arduo y penoso;

para hacer una larga excursión a las puertas del infierno. Iba una legión numerosa

según se nos había mandado, con el fin de vigilar todos los pasos e impedir que

saliesen espías de los enemigos, mientras el Señor estaba en su obra, no fuese

que indignado de tal temeridad destruyese lo que había creado; pues bien que

nada pudiesen ellos intentar sin su consentimiento, quiso el supremo monarca

enviarnos a cumplir sus altos mandatos y probar la prontitud de nuestra

obediencia. Llegamos en breve; encontramos cerradas y fuertemente barreadas

las pavorosas puertas; pero antes de aproximarnos oímos dentro un rumor que en

nada se parecía a los armónicos sones de los cánticos, ni las danzas, sino a los

gritos de los tormentos de las lamentaciones y de la furiosa rabia. Volvímonos

alegres a las colinas limítrofes de la luz antes que anocheciese el sábado, así

como se nos había ordenado. Pero comienza ya tu relato, el cual escucharé con

el mismo gusto que tú has escuchado el mío.»

Esto dijo el divino Nuncio; y prosiguió así nuestro primer padre: «Difícil le es al

Hombre decir cómo empezó su vida porque, ¿quién conoce su verdadero origen?

Pero el deseo de seguir conversando contigo me animará a hacerlo. Cual si

nuevamente despertase del más profundo sueño, me hallé muellemente

recostado sobre la florida hierba; y cubierto de un balsámico sudor, que tardaron

poco en enjugar los rayos del Sol, absorbí aquellos húmedos vapores. Volví en

seguida hacia el cielo mis ojos asombrados y estuve un rato contemplando el

espacioso firmamento; hasta que levantándome de pronto, por un movimiento

instintivo, salté como esforzándome en llegar a él, y me hallé derecho sobre mis

pies que me sostenían. Alrededor vi colinas y valles, umbrosos bosques, llanuras

bañadas de sol, líquidos arroyuelos, que murmurando se deslizaban, y por

doquiera criaturas que vivían y se movían, que andaban o volaban, y aves que

gorjeaban entre el ramaje. Todo se mostraba risueño y mi corazón estaba

inundado en fragancia y en alegría.

«Reparé entonces en mí mismo, examiné todos mis miembros, di algunos pasos,

y me determiné a correr, valiéndome de mis sueltas articulaciones, e impelido por

la vigorosa fuerza que en mí sentía; pero ¿quién era yo, dónde estaba, por qué

existía? De nada tenía noticia. Probé a hablar, y hablé sin dificultad prestándose a

ello mi lengua, y poniendo nombre a cuanto veía; y exclamé: «¡Oh Sol, claridad

hermosa, y tú Tierra, que recibes su luz, y que tan lozana te ostentas y tan

risueña; montes y valles, ríos, bosques y llanuras; y vosotros, los que gozáis de

vida y movimiento, bellísimas criaturas! Decidme, decidme si lo sabéis, de dónde

procedo y cómo me encuentro aquí. No procedo de mí mismo sino seguramente

de un gran Hacedor, tan grande por su bondad como por su poder. Decidme

cómo he de conocerlo, cómo podré adorarlo, pues por él gozo de movimiento y

vida y me siento más feliz de lo que yo mismo puedo comprender.»

«Y mientras hablaba así, me encaminé sin saber adónde, lejos del sitio donde por

vez primera respiré el aire y contemplé esa encantadora luz; y como nadie me

respondiese, me senté pensativo en un verde y sombrío ribazo, bordado todo de

flores. Por primera vez también me asaltó el delicioso sueño, que con dulce

opresión y sin alarmarme embargó mis sentidos, bien que temí volver a la

insensibilidad de mi primer estado, y disolverme repentinamente. Mas en el

mismo punto se apoderó de mi mente un sueño, cuya agradable representación

vino a hacerme creer que gozaba aún de mi ser, que vivía aún; y figuróseme que

llegaba allí alguien de divino aspecto y que me decía: «Adán tu mansión te llama;

levántate, Hombre, destinado a ser el primer padre de innumerables hombres.

Vengo, llamado por ti, para conducirte al delicioso jardín donde tienes dispuesta tu

morada.» Esto diciendo, me asió de la mano, y deslizando por el aire sin dar paso

alguno, me transportó por encima de los campos y de las aguas a una selvosa

montaña, cuya cima era una llanura, ancho recinto cercado de hermosísimos

árboles, de calles y de bosques; que de cuanto hasta entonces había visto en la

tierra, nada apenas me parecía tan agradable. Los frutos, que en extremada

abundancia, pendían de cada árbol, incitaban primero a los ojos y encendían

después el apetito en deseo de cogerlos y de gustarlos; y en esto desperté, y vi

que era realidad lo que con tal viveza el sueño me había pintado. De nuevo

hubiera emprendido mi carrera, a no habérseme aparecido entre los árboles la

divina presencia del que en aquel lugar me servía de guía; y lleno de júbilo, pero

con respetuoso temor, me prosterné ante sus plantas para adorarle.

«Hízome levantar, y con la mayor dulzura me dijo: «Yo soy el mismo que buscas,

el autor de cuanto ves encima, debajo y alrededor de ti. Te hago dueño de este

Paraíso; tenlo por tuyo para cultivarlo, guardarlo y sustentarte de sus frutos. De

todos los árboles que en este jardín crecen come libremente y con corazón

alegre; no padezcas necesidad; pero del que lleva en sí el conocimiento del bien y

del mal, que he plantado en medio del jardín, junto al árbol de la vida, y para

prueba de tu obediencia y fidelidad (no olvides jamás este precepto) guárdate de

gustar, y evita sus funestas consecuencias. Sabe que el día que comas de él, y

quebrantes el único mandato que te impongo, morirás infaliblemente, serás mortal

desde entonces, perderás tu presente fidelidad, y expulsado de aquí irás a un

mundo de desdichas y penalidades.»

«El severo tono con que pronunció esta rigurosa prohibición resuena aún con

terrible eco en mis oídos, dado que está en mi mano no incurrir en semejante

pena; mas en seguida cobró su risueño aspecto y prosiguió hablándome en estos

afectuosos términos: «No sólo este encantador recinto, sino la tierra toda, te doy a

ti y a tu descendencia. Poseedla como dueños, con todo lo que vive en ella, en el

agua y en el aire, animales, peces y aves; en testimonio de lo cual, he ahí a los

pájaros y cuadrúpedos, según la especie de cada uno: te los presento para que

les impongas sus nombres; y para que con la más sumisa obediencia te rindan

homenaje; y lo propio has de entender de los peces, que residen dentro del agua

y no comparecen aquí porque no pueden abandonar su elemento, ni respirar este

aire, sutil para ellos en demasía.» Y mientras así se expresaba, fueron de dos en

dos acercándose a mí las aves y los animales, postrándoseme éstos con mansos

halagos, y aquéllas descendiendo sostenidas en sus alas. Ibales dando nombre a

medida que pasaban e instruyéndome en su naturaleza, que de tal penetración

me había dotado Dios en aquel momento; pero en ninguna de aquellas criaturas

hallaba lo que parecía aún faltarme; y así me atreví a preguntar a la celeste

visión:

«Y a ti, ¿cómo te llamaré? Porque tú eres superior a todos estos, superior al

Hombre, a todo lo que es más que el Hombre, y a cuanto pudiera yo nombrar.

¿Cómo podré adorarte, autor de este Universo y de todo lo que es un bien para el

Hombre, cuya felicidad has labrado tan sin medida, disponiéndolo todo para este

fin? Pero nadie participa conmigo de tan gran ventura. ¿Qué dicha hay en la

soledad? ¿Qué goce es el que se disfruta a solas? Y aun gozando así de todo,

¿cómo puede uno satisfacerse?»

«La presuntuosa resolución con que dije esto sugirió a mi celeste visión una

sonrisa que realzó su majestad, y añadió: «¿Qué entiendes por soledad? ¿No

están la tierra y el aire poblados de criaturas vivientes, que dóciles a tu voluntad,

se muestran contentos con tu presencia? ¿No comprendes su lenguaje y sus

instintos? También alcanzan ellos una inteligencia y una razón que no son de

despreciar. Recréate con ellos, trátalos como soberano dueño de un vasto

imperio.»

«Estas palabras del universal Señor me parecieron un mandato; y en tono

suplicante, como quien demanda indulgencia, repuse: «¡Que no te ofendan mis

palabras, Señor Omnipotente y Hacedor mío! ¡Préstame benignos oídos! ¿No te

has dignado hacerme aquí tu representante, y disponer que sean inferiores a mí

todas esas criaturas? Pues, ¿qué sociedad, qué armonía, qué verdadero placer,

puede ser común a los que no se consideran entre sí iguales? No hay mutualidad

de afecto si no se da y se recibe en la proporción debida, porque en la

desigualdad que eleva a unos y rebaja a otros, no puede existir perfecto acuerdo

y se establece pronto recíproco desvío. Hablo de la sociedad tal como yo la

desearía, en que los placeres razonables han de ser comunes, y no pueden serlo

en el consorcio del bruto con el hombre. Cada cual busca solaz en los de su

especie, como el león en la compañía de la leona, y por eso tú mismo los has

unido en parejas; que no sólo es imposible que se entiendan el pájaro y la fiera, o

el pez y el ave, mas ni siquiera el simio con el buey, y menos el hombre con el

bruto, por ser esto lo más difícil.»

«A lo cual, sin manifestar desagrado, respondió el Todopoderoso: «Veo, Adán,

que quieres procurarte una felicidad perfecta y pura en la elección de tus

asociados, y que no hallarás placer con encontrarte rodeado de tantos goces,

viéndote solitario. ¿Qué juzgas de mí y de mi actual estado? ¿Crees que yo soy

completamente feliz o no? Solo estoy toda una eternidad; no reconozco segundo,

ni semejante, y mucho menos igual; ¿con quién pues he de comunicarme, sino

con los que son hechura mía; inferiores a mí, e infinitamente inferiores a lo que

respecto a ti son las demás criaturas?»

«A esta pregunta respondí humildemente: «Soberano del mundo, para concebir la

alteza o profundidad de tus eternos designios, ¡qué limitado es el alcance

humano! Tú eres perfecto por ti mismo y en ti no cabe la menor falta. No es así el

Hombre, que se perfecciona gradualmente con el deseo de asociarse a sus

semejantes, para hacer más llevaderos, o mejorar sus defectos. Ni en ti hay la

necesidad de reproducirte siendo infinito como eres, y, aunque uno cabal en

número. El número es lo que manifiesta en el Hombre su imperfección individual,

y así debe producir el semejante de su semejante, y para multiplicar su imagen,

imperfecta en la unidad, necesita de un amor mutuo, de una compañía querida,

pero tú, aunque solo en tu recóndito alcázar, no has menester mejor

acompañamiento que tú mismo; no buscas otra sociedad; y si tal quisieses,

sublimarías a una de tus criaturas hasta unirla o ponerla en comunicación contigo,

hasta divinizarla; mientras que yo no puedo levantar al que se arrastra por la tierra

para conversar con él, ni hallar en su trato complacencia alguna.»

«Alentado por su bondad, habléle así valiéndome del permiso que me otorgaba;

El acogió mi indicación, replicando con su graciosa y divina voz: «Me he

complacido hasta ahora en probarte, Adán; y advierto que no sólo conoces a los

animales, pues has dado a cada cual adecuado nombre, sino que te conoces a ti

mismo. Bien descubres el libre espíritu que en tu interior he puesto, la imagen

mía, que no he concedido a los brutos, por lo cual no puedes igualarte a ellos.

Razón tienes en considerar extraña su sociedad, y piensa siempre del mismo

modo. Antes de oírte sabía que no era conveniente al hombre la soledad; mas la

compañía que entonces viste no es la que te destino; te la mostré únicamente

para probar si juzgabas bien de tu conveniencia y de lo que es justo. La que ahora

te presentaré ha de agradarte seguramente; será una semejanza tuya, un sostén

a propósito para ti, un segundo tú, exactamente igual a lo que anhela tu corazón.»

«Calló al decir esto, o yo no le oí decir más, porque rendida mi naturaleza

terrestre a aquella virtud divina, que por tanto tiempo me había tenido remontado

a la excelsa altura de su celestial coloquio, como deslumbrado y oprimido por una

fuerza que embarga los sentidos, no pudiendo vencer mi languidez, recurrí al

alivio del sueño, y éste acudió al instante, traído en mi auxilio por la naturaleza, y

cerró mis párpados, pero dejó clara mi vista interior, la luz de mi fantasía; y

arrebatado como en un éxtasis, me pareció percibir, aunque dormido, el mismo

glorioso ser que había tenido despierto ante mis ojos; y vi que descendía hasta

mí, y que me abría el costado izquierdo y sacaba de él una costilla teñida toda en

sangre del corazón, principio y savia de la existencia. La herida era profunda, mas

de carne nueva y quedó sanada.

«Dispuso la visión creadora y modeló la costilla con sus manos y de ellas salió

una criatura semejante al Hombre, diferente sexo, y tan en extremo hermosa que

cuanto en el mundo me había parecido bello, dejó de serlo tal desde aquel

instante, o más bien lo contemplé cifrado en ella y en el encanto de sus ojos; los

cuales llenaron mi corazón de un suave deleite que antes no había sentido, y

esparcieron en todo cuanto la rodeaba el espíritu del amor y el más delicioso

anhelo. A poco desapareció, privándome de su luz, y desperté y corrí en su

busca, resuelto a hallarla o a lamentar su pérdida para siempre y renunciar a toda

otra felicidad. Y cuando menor era mi esperanza, hela nuevamente a corto trecho

de allí, conforme se me había en el sueño aparecido, revestida de todas las

seducciones que tierra y cielo podían juntar para hacer su beldad más

interesante. Llegóse a mí llevada por su creador celestial, que aunque invisible,

con su voz, la dirigía habiéndola impuesto ya en los deberes de la santidad

nupcial y en los ritos del matrimonio. La gracia acompañaba sus pasos, y el cielo

reverberaba en sus ojos, y la dignidad y el amor presidían a todos sus

movimientos. Enajenado de júbilo no pude menos de exclamar así:

«Esta vez colmas mis deseos. Cumpliste ya tu promesa, bondadoso Señor,

dispensador de todos los bienes, y de éste en especial, el mayor don que has

podido hacerme. ¿Cómo no me lo envidias? Ya veo el hueso de mis huesos, la

carne de mi carne: en ella me veo a mí. Mujer es su nombre; del Hombre ha sido

sacada; y por esta causa, el Hombre, dejará a su padre y a su madre para unirse

con su mujer; y ambos serán una misma carne, un mismo corazón y una sola

alma.»

«Ella me oyó; y aunque impulsada hacia mí por una fuerza divina, la inocencia, el

pudor virginal, su virtud, la conciencia de su dignidad, que ha de ser requerida

antes de conquistada, que no es fácil ni espontánea, sino retraída y cauta, para

que su incentivo sea mayor, en suma, la naturaleza, bien que exenta de todo

pensamiento pecaminoso, tan poderosamente obró en ella, que al verme se retiró.

Yo la seguí; ella, poseída del sentimiento del honor, con majestuosa

condescendencia, aprobó la demostración de mi solicitud; y la conduje al lecho

nupcial, arrebolado su rostro con el carmín de la aurora. Los cielos todos, las

favorables constelaciones, marcaron aquella hora con su más benigna influencia;

congratulóse la tierra; estremeciéronse de gozo sus colinas; las aves gorjearon

alborozadas, y el fresco ambiente, y los bullidores céfiros difundieron la nueva

entre los bosques, derramando sus alas las rosas y perfumes que habían libado

en las aromáticas florestas; hasta que la enamorada avecilla de la noche cantó

aquel himeneo, y dio prisa a la estrella de la tarde, para que iluminando la cima de

su colina, encendiese la nupcial antorcha.

«Te he dicho, pues, lo que pasó por mí; mi historia te hará ver la felicidad terrestre

de que disfruto. Confeso que todo me causa placer aquí, pero un placer que,

anhelado o involuntario, ni excita en mí cambio alguno, ni produce mayor deseo,

como me sucede con la delicada sensación que comunican a mi paladar, a mi

vista, y a mi olfato los frutos, las plantas, y las flores, y lo agradables que me son

el paseo y el melodioso cántico de las aves. Enajenado con cuanto veo,

enajenado con cuanto toco, nada es sin embargo comparable con la pasión que

experimenté por primera vez. ¡Qué conmoción tan extraña! En todos los demás

goces me reconozco superior dueño de mí mismo; en éste solamente, en el poder

fascinador que sobre mí ejerce el encanto de la belleza, cedo a la debilidad; y

bien porque mi naturaleza no sea bastante fuerte para oponer resistencia a su

seducción, bien porque en la merma de mi costado haya perdido más de lo

necesario, es lo cierto que esa belleza tiene en sí demasiados atractivos, siendo

en su exterioridad tan perfecta, aunque interiormente no lo sea tanto. No se me

oculta, que atendido el fin primordial de la Naturaleza, la excelencia del espíritu y

de las facultades internas es evidente su inferioridad, y que aun considerada en

sus formas, se asemeja menos a la imagen del Creador que nos hizo a

entrambos, y no corresponde al sello de predominio que llevamos sobre las

demás criaturas; pero cuando contemplo de cerca su beldad, me parece tan

seductora, tan acabada en sí misma, que su menor deseo, su menor palabra,

juzgo que es lo más cuerdo, lo más virtuoso, lo más discreto, y lo mejor que

ocurrirse puede. La ciencia más sublime se da ante ella por vencida; el menor

razonamiento al lado suyo queda desconcertado y acaba por parecerme un

desvarío; síguenla ciegamente la autoridad y la razón, como si hubiera sido ella

formada la primera, y no después que yo y accidentalmente: en suma, y para

decirlo de una vez, en ella moran y ejercen su supremo imperio la majestad del

alma y la nobleza, que la rodean con la aureola del respeto, como custodios

angelicales.»

A esto con severo semblante replicó el Ángel: «No acuses a la Naturaleza, que ha

hecho cuanto en su mano estaba. Haz tú lo propio, y no desconfíes de la

sabiduría que no ha de abandonarte mientras tú no te apartes de ella en el

momento de necesitarla más, y mientras no des exagerada importancia a lo que

la merece menos, como por ti mismo lo puedes ver porque ¿qué es lo que tanto

admiras?; ¿qué es lo que de tal modo te enajena? La belleza es sin duda digna

de tu afecto, de tu respeto y de tu amor, mas no de rendimiento tan absoluto.

Compárate con ella, y estímate en lo que vales, que a veces nada es tan

provechoso como esa estimación de sí mismo bien entendida y puesta en sus

justos y razonables límites. Cuanto más procures conocerte a ti, más se

persuadirá ella de tu superioridad, y menos se sobrepondrán a la realidad las

apariencias. Dios la hizo seductora para que te inspirase mayor agrado, y al

propio tiempo majestuosa para que la honrases con tu amor, que si no procede

con cordura tardará poco ella en comprenderlo. Pero cuando el deleite de los

sentidos, que sirve para la propagación de la especie, absorbe todos los demás

placeres, debe reflexionarse que ese mismo deleite se ha concedido a los

irracionales, los cuales no participarían de él si fuese digno de avasallar el alma

humana y de que preponderase en ella esta pasión. Sigue amando los encantos,

la ternura, la discreción que hallas en tu compañera; ámala en este sentido, pero

no con pasión, porque no consiste en ella el verdadero amor. El amor purifica el

pensamiento y engrandece el corazón; lleva a la razón por guía: préciate de

juicioso; sirve de escala para remontarse hasta el amor celeste, y no se mancha

con el deleite de la carne; por esto no ha sido sacada tu compañera de entre las

bestias irracionales. Al oír esto, repuso Adán medio avergonzado: «No es su

extrema belleza, aun siendo tan seductora, ni el deseo de la procreación, común a

todos los seres (pues tengo más alta idea del lecho nupcial, que miro con

misterioso respeto) lo que me enamora en ella, sino la gracia impresa en todas

sus acciones, los mil y mil donaires con que acompaña cuanto dice y cuanto hace,

y su amorosa y dulce condescendencia; señales, evidentes todas, de la unión que

reina en nuestras almas hasta hacer una sola de ambas, y de la armonía en que

vivimos los dos esposos, más agradable que la del más armonioso son a nuestros

oídos. No es esto lo que me subyuga (nada te oculto de lo que pasa en mí); no

estoy ofuscado, porque mis sentidos perciben los objetos conforme a su variedad

y a la influencia que ejerce cada uno; me conservo libre para dar la preferencia a

lo mejor y para decidirme por lo que prefiero. Tú no me vedas que ame; al

contrario, me dices que el amor nos sublima al cielo, y que es quien allá nos

encamina y guía. Pues bien, permíteme que te pregunte ahora: ¿no aman los

espíritus celestiales? Y, ¿cómo expresan su amor? ¿Contemplándose únicamente

o por medio de una irradiación mutua, o de un contacto, bien sea virtual, bien

inmediato?»

A lo que con celestial semblante, que animaba el sonrosado carmín propio del

amor, contestó sonriendo el Ángel: «Bástete saber que somos felices, y que sin

amor no hay felicidad. Ese puro, aunque corpóreo deleite de que disfrutas, porque

tú has sido creado puro, nosotros lo gozamos en sumo grado; no hallamos

embarazo alguno en las partes de nuestro cuerpo. Si los espíritus se acercan, se

confunden totalmente.

más que el aire con el aire, aunándose la pureza de sus esencias, y no viéndose

en la precisión de juntar la carne con la carne y el alma con el alma. Y ya no

puedo retrasarme más: el sol se aleja, trasponiendo el Cabo Verde de la tierra y

las islas Hespérides, que es la señal de mi partida. Persevera en el bien, sé feliz y

ama; ama sobre todo a Aquel que cifra el amor en la obediencia, y no olvides su

mandamiento. Cuida que la pasión no extravíe tu juicio, ni te induzca a hacer

nada de lo que repugna a una voluntad libre. En tu mano tienes tu felicidad o

desgracia y la de tus hijos; y así procede con gran cautela. En tu perseverancia

nos complaceremos no sólo yo sino todos los bienaventurados. Mantente firme;

que de conservarte en tu actual estado o para siempre perderlo, tú eres

exclusivamente árbitro y responsable; y pues Dios te ha hecho perfecto cuanto es

menester para que no necesites de ayuda extraña, rechaza toda tentación que te

aleje de tu obediencia.»

Levantóse el Angel al decir esto, y Adán lo despidió mostrándole su gratitud en

estos términos: «Pues ya es forzosa tu ausencia, ve en paz, huésped celestial,

divino nuncio de Aquel cuya soberana bondad adoro. ¡Cuán complaciente, cuán

amoroso has estado para conmigo! El honor que me has dispensado te

agradecerá siempre mi memoria. Sigue siendo el protector y amigo del género

humano y visítame con frecuencia.»

Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta el Angel volviendo al cielo, y

Adán entrándose en su morada.

NOVENA PARTE

ARGUMENTO

Después de explorar Satán la tierra con la más maligna intención, vuelve de

noche al Paraíso introduciéndose en forma de vapor acuoso en el cuerpo de la

Serpiente que yacía dormida. Salen Adán y Eva al amanecer para continuar su

trabajo, el cual propone Eva que se divida dirigiéndose cada cual a distinto punto;

mas Adán no lo aprueba, alegando el peligro que podían correr, y temeroso de

que el enemigo contra quien ya estaban prevenidos, no sedujese a Eva al hallarla

sola. Picada ella de que no la creyese bastante cuerda o bastante fuerte, insiste

en que se separen, deseando además dar pruebas de su firmeza. Cede por fin

Adán; la Serpiente halla sola a su Esposa; acércase cautamente; empieza por

contemplarla; le dirige la palabra, y con lisonjeros encarecimientos la declara muy

superior a todas las demás criaturas. Admirada Eva de oír hablar a la Serpiente le

pregunta cómo ha adquirido aquella facultad humana, y la inteligencia de que

carecía antes; la Serpiente responde que habiendo probado el fruto de cierto árbol

que allí existía, ha adquirido a un mismo tiempo la palabra y la razón, de que

hasta entonces no había gozado. Ruégale Eva que la conduzca adonde está el

árbol, y al verlo reconoce que es el de la ciencia prohibida; pero más alentada ya

la Serpiente, la induce con mil instancias y artificios a que pruebe el fruto, y

hallándolo de un sabor delicioso, reflexiona un momento si debe o no

participárselo a Adán; pero al cabo va a presentárselo y le refiere lo que la ha

decidido a comer de él. Queda al pronto consternado Adán; pero considerando

que su esposa está perdida, resuelve, llevado de su vehemente amor, perecer

con ella, y atenuando su falta, come también del mismo fruto. Efectos que ambos

experimentan. Procuran encubrir su desnudez, y acaban por reconvenirse y

acusarse mutuamente.

Cesen ya las pláticas que Dios o un ángel, huésped del Hombre, sostenían

familiarmente con él, como con un amigo, dignándose de sentarse a su lado, de

compartir con él su campestre mesa, y de permitirle discurrir sencillamente sin

mostrarse con él severo. Una trágica catástrofe sucederá a esta escena:

insensata desconfianza, monstruosa infidelidad, desobediencia y rebelión por

parte del Hombre; por parte de Dios, de tal manera olvidado, desvío y profundo

disgusto, indignación, justísimo rigor y terrible sentencia, que trajo sobre el mundo

un cúmulo de males, el pecado y la muerte que le acompaña, y la miseria

precursora de la muerte; enojoso empeño, pero asunto no menos sublime y más

heroico que la cólera del inexorable Aquiles persiguiendo a su enemigo tres veces

fugitivo alrededor de las murallas de Troya, y que el furor de Turno al verse

privado de Lavinia, su prometida esposa, y la ira de Neptuno y de Juno, tan

pertinaz contra los griegos y contra el hijo de Citerea. Y no me será difícil

remontar mi canto a tal altura, si logro el auxilio de mi celeste protectora, que sin

ser llamada acude a mí todas las noches, y me dicta entre sueños, o me inspira

fáciles rimas en que yo no había pensado.

Largo tiempo ha que por vez primera elegí este asunto para un canto heroico,

pero comencé ya tarde. La naturaleza no me ha dado facilidad para pintar guerras

que hasta aquí se han contemplado como el único argumento para la poesía

heroica: ¡sublime aspiración realzar a fuerza de largos y repugnantes desastres,

hazañas de fabulosos caballeros en batallas también supuestas, y no consagrar

un solo canto a la verdadera fortaleza, a la paciencia y heroicidad de los mártires;

describir evoluciones y juegos, vistosas empalizadas, escudos relumbrantes de

empresas, y blasones bridones encubertados, arneses bordados de oro, y

arrogantes jinetes entrando en las justas y en los torneos; y luego la suntuosidad

de los banquetes servidos en magníficos salones por numerosos pajes y

escuderos; primores artificiosos y rutinarios, que no pueden dar justo y heroico

renombre ni al autor ni a su poema! Pero a mí, que no he puesto mi arte en el

estudio, en estas cosas se me ofrece argumento más sublime, bastante por sí

solo a granjearme alta reputación, a no ser que la tardanza del tiempo, el hielo del

clima o el de mis años entorpezca mis ya rendidas alas; y no podría menos de

suceder así, si esta obra fuese exclusivamente mía y del nocturno numen, que

sugiere sus cantos a mis oídos.

Hundíase el Sol en el Océano, y con él desaparecía la estrella de Héspero, cuyo

oficio es llevar el crepúsculo a la tierra.

Sirviendo de medianera entre el día y la noche. Del uno al otro extremo del

hemisferio extendía ésta su velo en torno del horizonte, a tiempo que Satán, a

quién Gabriel había intimidado con sus amenazas y expulsado del Edén, más

diestro ahora en su falacia y malignidad, y más ansioso de la perdición del

Hombre, a pesar de que él también a mayor castigo, sin temor se exponía alguno,

resolvió penetrar de nuevo en aquellas regiones. Era de noche cuando emprendió

el vuelo; a la mitad de ella había acabado de dar la vuelta a la tierra, porque

evitaba el día desde que Uriel, que regulaba el movimiento del Sol, lo descubrió al

entrar en el Edén, y previno contra sus intentos a los querubines que lo

aguardaban. Así expulsado y poseído de mortal angustia, siete noches

consecutivas anduvo rodando entre las tinieblas: tres veces recorrió la línea

equinoccial, y cuatro, atravesando los coluros, cruzó por el carro de la noche de

polo a polo. A la octava noche volvió al Paraíso, y en la parte opuesta a la que

guardaban los querubines, descubrió una entrada furtiva, que ellos no conocían,

Había allí un lugar (ya no existe, y de esta novedad no fue causa el tiempo, sino el

pecado), donde el Tigris se precipita en una profunda sima al pie del Paraíso,

refluyendo parte de sus aguas hasta formar una fuente junto al árbol de la vida.

En aquel precipicio se arrojó Satán, arrastrado por el río, y entre el salto que sus

aguas daban subió al jardín, envuelto en su densa niebla Allí buscó un sitio donde

ocultarse. Había recorrido mares y tierras del Edén al Ponto Euxino y la laguna

Meótides, y más allá de las riberas del Obi, y descendió al polo Antártico,

cruzando al Occidente, desde el Orontes al Océano que se ve atajado por el istmo

de Darién, y luego a las regiones bañadas por el Ganges y por el Indo. Al

escudriñar así toda la tierra con minucioso examen y contemplar con profunda

atención todas las criaturas, para elegir la que mejor se prestase a sus intentos,

halló que la más astuta era la serpiente, y después de prolijas dudas y reflexiones,

se convenció de que en ninguna como en ella podría injertar su insidioso espíritu,

y en ninguna encubrir mejor sus siniestros odios a la más penetrante vista; porque

en la falsedad de la serpiente no había ardid que pareciese impropio, ni cabía

sospechar de su natural sutileza y malignidad, al paso que en los demás animales

cualquier acto superior a su rudo instinto hubiera podido parecer influencia y

sugestión diabólica. Esta fue al cabo su resolución; pero tales y tan desesperados

combates traía en su interior que prorrumpió en doloridos ayes, discurriendo así:

«¡Oh Tierra! ¡Cuán semejante eres al Cielo, por no decir superior y morada más

digna de los dioses, dado que has sido producto de una segunda creación, con la

cual se perfeccionó la antigua! Porque ¿hubiera Dios después de hacer una obra

perfecta, creado otra peor? ¡Oh terrestre cielo alrededor del cual giran otros que

brillan únicamente para comunicarte sus resplandores! Sólo para ti existen al

parecer, uno y otro astro, y en ti concentran los preciosos detalles de su sagrada

influencia. Así como en el cielo Dios es el centro que se difunde por dondequiera

así lo eres tú también con respecto a los demás orbes, que tienes por tributarios.

En ti que no en ellos aparecen todas las virtudes conocidas, que producen las

yerbas y las plantas, y la estirpe más noble de los seres animados de vida gradual

se crecen, sienten y raciocinan, dones todos cifrados en el Hombre. ¡Con qué

placer, si de algún placer fuese yo capaz, recorrería tus campos contemplando

esa deliciosa alternativa de colinas y valles, ríos, bosques y llanuras; tan pronto

tierras, tan pronto mares; aquí una ribera al pie de una selva, allá enormes rocas y

grutas y cavernas! Pero ninguno de esos lugares me ofrece mansión ni asilo, y

cuanto mayores son los encantos que me rodean, más grande es el tormento que

llevo dentro de mí, como si fuese yo el odioso objeto de sentimientos tan

encontrados. Toda dulzura se convierte para mí en veneno, y hasta en el cielo mi

suerte sería tristísima. Y no es que yo quiera vivir aquí, ni aun en el cielo, de no

imperar en él como soberano; porque no es la esperanza de llegar a condición

menos miserable la que me anima ahora, sino el deseo de hacer a otros tan

desdichados como lo soy yo, aunque redunde en mayor desventura mía; que lo

que únicamente halaga mi desasosegado anhelar es la destrucción. Si en efecto,

logro destruir, o que él propio labre su total perdición, al hombre para quien todo

se ha creado, todo ello lo acompañará en su ruina, como identificado que está en

su prosperidad o su infortunio. ¡Sea con su infortunio! ¡Perezca cuanto aquí

existe! De todas las potestades infernales, yo seré el único a quien quepa la gloria

de haber aniquilado en un día lo que El, el que se llama Omnipotente, ha

empleado en crear seis días y seis noches sin interrupción; y ¿quién sabe cuánto

tiempo empleara antes en concebirlo? Quizá no tuvo tal pensamiento hasta que

yo, en una sola noche, libré de oprobiosa servidumbre casi a la mitad de los que

llevan el nombre de ángeles, reduciendo en proporción la multitud de sus

adoradores. En venganza de esto, sin duda, y para reponer sus legiones así

mermadas, fuese por haber desmerecido de aquella antigua virtud que poseyó al

crear los ángeles si fueron creación suya, fuese para humillarnos más, determinó

suplir nuestra falta con un ser formado de tierra, elevándole desde tan vil

extracción hasta el punto de concederle nuestra dignidad celeste. Como lo

resolvió, lo llevó a cabo; y formó al Hombre, y para él labró todo este magnífico

mundo, y le dio por mansión la tierra, proclamándolo rey de ella; y ¡oh indignidad!

puso a su servicio las alas de los serafines, y por custodios suyos espíritus de

fuego, obligados a desempeñar este terrestre ministerio.

«Temeroso de su vigilancia, y con el fin de eludirla, me he envuelto en los

nebulosos vapores de la noche, y deslizándome cautelosamente entre estos

matorrales, buscando una serpiente adormecida para introducirme entre sus

escamas, y ocultarme, y ocultar mis tenebrosos planes. ¡Oh indigna degradación!

¡Yo, que he lidiado contra los dioses, queriendo sublimarme sobre todos ellos,

verme obligado ahora a transformarme en un reptil, a identificarme con su

asqueroso cieno, y embrutecer así la pura esencia que aspiraba al más excelso

grado de la divinidad! Pero ¿a qué extremo no son capaces de descender la

ambición y la venganza? El ambicioso, para lograr su fin, debe rebajarse tanto

como ha pretendido elevar sus miras, y por encumbrado que esté, humillarse

hasta los mas viles empleos. La venganza tan dulce a primera vista, ¡qué amarga

es al fin, pues que recae en el vengativo! Pero no importa: recaiga en mí, con tal

que descargue el golpe donde lo asesto; y ya que no puede alcanzar al que está

más alto, hiera al menos al que provoca más inmediatamente mi envidia, a ese

nuevo favorito del cielo, al Hombre formado de barro, hijo del despecho, a quien,

para mayor afrenta nuestra, sacó su Hacedor del lodo. No haya más: a ese

ensañamiento se responde con la misma saña.»

Esto dijo; y rastreando por entre la maleza ya húmeda, ya árida, en forma de

negro vapor, prosiguió su nocturna excursión por los sitios donde más fácilmente

diera con la serpiente, hasta que la descubrió adormecida, enroscada en la

multitud de sus complicados pliegues, y en medio su cabeza llena de astutas

maquinaciones. No estaba oculta en la siniestra sombra de horrible caverna, sino

durmiendo tranquila, ni temerosa, ni terrible, sobre la espesa hierba. Introdújose el

demonio por su boca, y apoderándose de su brutal instinto, de su corazón, de su

cabeza, impregnó en todo su ser su activa inteligencia, mas sin turbar su sueño, y

esperando la llegada de la mañana.

Cuando la sagrada luz comenzó a alborear en el Edén, sobre las húmedas flores,

y a exhalar éstas su matinal incienso, cuando todos los seres que respiran elevan

al Criador su silencioso homenaje, desde el grande altar de la tierra, con el aroma

que le es tan grato, salieron de su mansión nuestros primeros padres y unieron la

plegaria de sus labios al coro de las criaturas que carecían de voz; y terminada su

oración, recreándose unos instantes con la dulzura del ambiente que el aire les

enviaba, acordaron el medio de adelantar en sus incesantes trabajos, los cuales

requerían mucho más de lo que ellos dos podían hacer en tan vasto terreno; y así

ocurriósele a Eva decir a su esposo:

«Adán, no debemos aflojar en el cultivo de este jardín, sino cuidar de sus plantas,

yerbas y flores, que es la agradable tarea que se nos ha impuesto; pero hasta que

vengan más brazos en nuestra ayuda, la obra será menor que el trabajo, y cada

vez más desproporcionada a la exuberancia con que crece todo. Las ramas que

podamos por superfluas, que enderezamos o sujetamos durante el día, en una o

dos noches brotan de nuevo y frustran todos nuestros afanes. Quisiera, pues, que

para remediarlo, me dieses algún consejo, u oye el que de pronto se ocurre a mi

imaginación. Dividamos nuestro trabajo; elige tú el sitio que mejor te parezca, o

dedícate a lo que más urgente contemples, ya cubriendo de madreselva esta

enramada, ya dirigiendo la yedra a las plantas con que deba unirse, mientras yo,

alejándome por aquel lado, iré enderezando los tallos de las rosas mezcladas con

los mirtos, en lo cual me ocuparé hasta el mediodía. Porque si seguimos corno

hasta aquí, trabajando siempre uno al lado del otro, ¿cómo hemos de evitar,

viéndonos juntos, que la distracción de una mirada, de una sonrisa, de la

conversación a que da lugar un objeto nuevo, interrumpa nuestra ocupación a

cada paso y la haga cundir tan poco, que aunque comenzada muy de mañana,

esté sin terminar a la hora de la comida?»

A lo que con cariñosas palabras replicó Adán: «¡Eva mía, mi única compañera de

todas las criaturas vivientes, la que más amo, sin comparación alguna! Bueno es

tu intento; acertadamente discurres sobre lo que debemos hacer para el mejor

desempeño de la tarea que nos ha impuesto el Señor aquí; y no puedo menos de

alabar tu celo, porque nada más recomendable en la mujer que el estudio que

pone en sus quehaceres y en procurar que su esposo trabaje también con fruto.

Pero el mandato de Dios no es tan riguroso que nos vede el descanso

indispensable, ora se invierta en alimentar el cuerpo o en pláticas sabrosas, que

son el alimento del espíritu, o en la dulce distracción de una mirada, de una

sonrisa, placeres concedidos a nuestra razón y negados a los brutos, porque son

la expresión de nuestro amor, que no debe considerarse como el fin menos noble

de nuestra vida; así que, no nos ha destinado Dios a un trabajo penoso, sino al

que puede proporcionarnos aquel gusto que es inseparable de la razón. Unidas

nuestras manos, no dudes que dejarán fácilmente expeditas las enramadas y

veredas que frecuentamos en nuestros paseos, hasta que dentro de poco

tengamos otros brazos más jóvenes que nos ayuden. Si, después de todo, te

molesta el conversar tanto conmigo, consentiré en ausentarme por breve tiempo,

que la soledad es a veces, la compañía más agradable y una separación, aunque

corta, hace más dulce el placer de volver a verse. Un recelo, sin embargo, me trae

inquieto, el riesgo que puedes correr lejos de mí: porque ya sabes lo que se nos

ha advertido: sabes que envidioso de nuestra felicidad y desesperando de la

suya, un enemigo perverso está acechándonos para consumar nuestra perdición

y mengua, y que vigila no lejos de aquí, tal vez ansioso de realizar su anhelo y

aprovechar la ventaja de tenernos separados. Mientras estemos juntos no se

atreverá a acercarse, dado que en caso necesario, fácilmente nos podremos

prestar auxilio bien intente apartarnos de nuestra obediencia a Dios, bien

perturbar nuestro conyugal amor, que de todas nuestras venturas es quizá la que

más envidia. Sea pues éste su intento, sea que abrigue otro mas funesto, no te

alejes de quien te ha dado la vida, de quien te ampara y protege aún. La mujer

que se ve amenazada de algún peligro o de algún menoscabo en su honra, halla

su segura confianza en el esposo, que la defiende y se hace participante de todas

sus desgracias y sinsabores.»

Eva con inocente dignidad, mas con severa dulzura, propia de quien ama y se

siente contrariado, prosiguió así: «¡Hijo del cielo y de la tierra, señor de la tierra

toda! Bien sé que tenemos un enemigo que solicita nuestra ruina. Ya me has

informado de esto, y lo he oído además de boca del Angel al despedirse, desde la

sombría estancia en que me oculté, regresando precisamente a la caída de la

tarde, cuando se cierran los cálices de las flores. Pero ¡sospechar de mi fidelidad

para con Dios y para contigo, sólo porque un enemigo intenta ponerla a prueba!

Nunca supuse en ti semejante duda. ¿Por qué temer tanto su violencia, si

inaccesibles a la muerte y a las penalidades, hemos al cabo de preservarnos de

ellas, y aun rechazarlas cuando necesario fuere? Y si lo que verdaderamente

temes es su astucia, ¿qué recelo tienes de que venza ni seduzca mi

inquebrantable fidelidad ni mi amor sincero? ¿Cómo han podido albergarse en tu

corazón tales sentimientos? ¿Cómo pensar tan desfavorablemente de la que

tanto amas?»

A lo cual, tratando de persuadirla, contestó así:

«Hija de Dios y el Hombre, inmortal Eva, porque tal eres, pura de todo pecado y

mancha: si pretendo persuadirte a que no te alejes de mi vista, no es por

desconfianza que de ti tenga, sino para evitar las asechanzas con que nos

persigue nuestro enemigo, porque el seductor, aunque trabaje en vano, siempre

deja alguna mancha en aquel a quien solicita, dando a entender que su entereza

no es tal que pueda resistir a la tentación. Tú misma te enojarías y mostrarías tu

indignación contra semejante ultraje, aunque resultase sin efecto; y así no

interpretes mal el deseo que tengo de preservarte a ti sola de esta ofensa, pues

contra los dos a la vez, bien que su audacia sea grande, no la dirigiría; y si a tanto

se atreviese, a mí me acometería primero. Ni son para menospreciadas su astucia

y perversidad, que poderosas deben ser cuando logró seducir a los ángeles. No

juzgues pues inútil mi auxilio. Al influjo de tus miradas, crecerán en mí todas las

virtudes; tu presencia me inspirará más cordura, más previsión, más fuerza, si

fuese preciso recurrir a ésta, porque la humillación de verme ante ti vencido

redoblaría mi vigor al más indecible extremo. ¿Por qué mi presencia no ha de

producir en ti un sentimiento igual, ni qué testigo mejor de esta prueba de

entereza a que estás resuelta y del triunfo de tu virtud?»

Celoso de lo que tanto le interesaba, expresaba así Adán su conyugal amor; pero

atribuyéndolo Eva a desconfianza de su firmeza, le replicó de nuevo, dulcificando

su voz: «Si nuestro estado es tal, que hemos de vivir incesantemente estrechados

por un enemigo violento o pérfido, y si estando separados no hemos de ser cada

cual bastante a defendemos, ¿qué tranquilidad nos espera en medio de tan

continuo sobresalto? El castigo no puede preceder al pecado: al tentarnos ese

enemigo, nos ultraja ciertamente poniendo en duda nuestra integridad, pero de la

duda no resulta infamia para nosotros, sino descrédito para él. ¿Por qué pues

temerle y huirle tanto? Doble honor será, por el contrario, para nosotros

desbaratar sus maquinaciones, y granjearnos así nuestra paz interior, y

juntamente el favor del cielo, testigo de nuestra resistencia. ¿Será bien culpar a

nuestro sabio Creador de habernos hecho felices tan a medias, que ni juntos ni

separados contemos con seguridad alguna? Poco apetecible sería ventura

semejante; y, de estar expuestos a un peligro como éste, no merece nuestro Edén

tal nombre.»

A lo que con mayor vehemencia contradijo Adán en estos términos: «Mujer, Dios

lo hizo todo perfecto, que así lo dispuso su voluntad. Nada salió imperfecto ni

defectuoso de sus manos creadoras, y mucho menos el hombre y cuanto puede

asegurar su felicidad, preservándolo de toda fuerza exterior, pues aunque lleva

consigo el peligro, lleva también los medios de evitarlo. Contra su voluntad ningún

mal puede inferírsele, y esta voluntad es libre, como lo es cuanto obedece a la

razón. Esta razón, por otra parte obra con rectitud, pero Dios la manda que esté

siempre vigilante y sobre sí, para que no dejándose deslumbrar por una engañosa

apariencia de bien se incline al error, y extravíe a la voluntad de manera que ésta

incurra en lo que Dios expresamente tiene prohibido. No es, pues, la desconfianza

sino es ternura del amor la que nos prescribe a mí que vele por ti, y a ti que veles

por mí igualmente. A vueltas de toda muestra firmeza posible es que nos

perdamos, porque no es imposible que cegándonos nuestro enemigo con

engaños artificiosos, se olvide la razón de la vigilancia a que está obligada y nos

induzca en inadvertido yerro. No te expongas a la tentación; vale más evitaría, lo

cual más fácilmente conseguirás si no te apartas de mí; pero el peligro vierte sin

ser buscado. Pretendes dar pruebas de tu constancia: dalas antes de tu

obediencia. ¿Quién testificará de tu triunfo si no ha presenciado nadie tu

combate? Pero si presumes que en el imprevisto trance saldremos más airosos

de lo que parece estando unidos, ya vas advertida; aléjate, porque permanecer

aquí a la fuerza sería tanto como estar ausente. Aléjate con tu nativa inocencia y

cobra fuerzas de tu virtud; empléala toda; y pues Dios ha hecho con respecto a ti

lo que debía, haz tú también lo que debes.

A estas razones del patriarca del género humano, insistió Eva en replicar; y

aunque sumisa, dijo por fin: «Iré, pues, con tu permiso, y sobre todo alentada por

la razón que has indicado últimamente; que en un trance imprevisto, quizá nos

hallaríamos menos preparados estando juntos. Iré ya más animosa, y sin el recelo

de que tan fiero enemigo comience desde su agresión por la parte más débil; y si

tal intentase, sería doblemente vergonzoso su vencimiento.»

Y diciendo esto, retiró suavemente su mano de entre las de su esposo, y como

una ninfa de las selvas o dríada, o del séquito de Diana, se encaminó con ligera

planta hacia el bosque, sobrepujando en gentileza y gracia a la misma diosa de

Delos, bien que no fuese como ella armada de arcos ni flechas, sino de

instrumentos apropiados al cultivo de los jardines no pulidos aún por el arte ni por

la acción del fuego, y tales como los ángeles se los habían suministrado.

Asemejábase en su atavío a Pales o Pomona, a Pomona huyendo de Vertumno y

a Ceres, virgen aún antes de tener fruto de Júpiter en Proserpina. Veíala Adán

alejarse contemplándola encantado, y fija su ardiente mirada en ella; hubiera sin

embargo preferido tenerla a su lado. Una y otra vez la advirtió que regresase en

breve, y otras tantas prometió ella volver a su morada al acercarse el mediodía,

para disponer lo conveniente a la comida de aquella hora y entregarse luego al

reposo.

¡Oh desdichada Eva! ¡Qué amargo desengaño, qué humillación te espera antes

de tu imaginado regreso! ¡Oh infame crimen! Desde este momento no hallarás ya

en el paraíso ni dulces manjares ni grata tranquilidad. Un lazo te está aguardando

oculto entre esas risueñas flores y entre esas sombras, donde el odio infernal se

prepara a interceptarte el camino y arrebatarte tu inocencia, tu ventura y tu

fidelidad.

Y era así, que desde los primeros albores de la mañana había salido el Enemigo

de su escondrijo, disfrazado bajo la apariencia de una serpiente, y con la

esperanza más que probable de hallar a los dos únicos representantes del género

humano, que en realidad equivalían a todo éste; y eran el anhelado objeto de su

venganza. Recorre florestas y descampados, todos los lugares en que el ramaje

forma alguna espesura y ofrece sitios más deliciosos y retirados; los busca en las

márgenes de las fuentes y en la frescura de los arroyos y las umbrías, pero desea

sobre todo hallar a Eva separada de su esposo, aunque no abrigaba la menor

esperanza de conseguir tanta ventura; cuando de pronto, realizándose una y otra,

la descubre completamente sola, velada por una fragante nube. Divisábasela a

medias entre el espeso valladar de encendidas rosas, que en torno la rodeaban,

ocupándose en enderezar los delgados tallos de las flores, que aunque

ostentaban en toda su viveza brillantes colores de púrpura y azul matizados de

oro, se inclinaban lánguidas bajo su peso; y ella las sostenía graciosamente

enlazándolas con mirto, descuidada a la sazón de sí misma, flor más delicada y

bella que todas las otras, necesitada también de su natural apoyo, del cual estaba

tan lejos, cuando cercana la tempestad que la amenazaba. Allí, a poca distancia,

por entre las sombrías calles que formaban los más empinados árboles, los

cedros, los pinos y las palmeras, la acechabil la Serpiente ya acercándose

resueltamente a ella, ya ocultándose y volviendo a aparecer, resguardada por la

frondosidad del ramaje y las flores que había Eva plantado por su propia mano:

pensil más encantador que los fabulosos jardines del resucitado Adonis, o los del

famoso Alción, huésped del hijo del viejo Laertes, y más delicioso que los no

fingidos, sino verdaderos, donde el rey, sabio por excelencia, se solazaba con la

bella esposa que debía al Egipto.

Admirado contemplaba Satán aquel lugar, y mucho más la persona de Eva.

Hallábase como el que encerrado largo tiempo en una ciudad populosa, cuyas

apiñadas chimeneas y fétidos vapores vician el aire, sale una mañana de estío a

respirar ambiente más puro en una granja campestre, halagado por el olor de las

mieses, de las eras y de los establos, y por el aspecto y bullicio de los campos; y

si por dicha acierta a pasar una beldad virginal, graciosa como una ninfa, todo lo

que le rodea adquiera por ella mayor encanto, como si en sus ojos se cifrase todo

aquello que lo enajena. Este mismo placer experimentó la Serpiente al contemplar

aquel florido vergel, dulce retiro de Eva en medio de la soledad de la mañana. Su

celestial belleza es la de un ángel aunque, más delicada como de mujer al fin; su

graciosa inocencia, cada ademán y hasta el menor de sus movimientos

desconciertan la infernal malicia, y como que la arrebatan algo de la feroz

intención que antes la animaba. Así permaneció el malvado unos momentos

enajenado del mal que era su esencia y estúpidamente entregado al bien que por

entonces le libraba de su enemistad y perfidia, de su odio, de su envidia y de su

venganza; mas el fuego del infierno, que interiormente le abrasaba como le

hubiera abrasado aun en el cielo, le sacó en breve de su delicioso éxtasis,

atormentándole tanto más, cuanto mayor era la felicidad que allí se respiraba, y

de que él estaba privado para siempre; lo que renovándose su furioso encono, y

entregándose de nuevo a su perversa intención, se complacía en discurrir así:

«¿Adónde me llevas pensamiento? ¿Qué dulce impulso es éste con que me

enajenas, hasta el punto de hacerme olvidar el fin con que aquí he venido? No ha

sido el amor, sino el odio; no la esperanza de trocar el Infierno en Paraíso, ni la de

gozar de ningún placer, sino la de destruir todo goce, excepto el que consiste en

la destrucción, pues los demás son para mí extraños. No he de malograr pues la

ocasión que ahora me sonríe. Encuentro sola a la mujer, que será dócil a mis

sugestiones; mis ojos, de tanta penetración dotados, no alcanzan a ver a su

esposo, de cuya superior inteligencia es bien que me recate, porque su fuerza, su

altivo denuedo y sus heroicos miembros, aunque formados de deleznable tierra, le

hacen un competidor temible. El además es invulnerable, y yo no; que a tal bajeza

me ha traído el infierno, y tanto me han hecho mis dolores desmerecer de lo que

era en el cielo. Y ¡qué hermosa, qué divina creación es la mujer! ¡Cuán digna es

del amor de los dioses, y cuán poco terrible; por más que sean terribles el amor y

la hermosura cuando no son objeto de un odio más poderoso aún, doblemente

poderoso si sabe encubrirse con la máscara del amor! Esto, que ha de perderla,

voy a intentar ahora.»

Y con esta resolución, el enemigo del género humano introducido en el cuerpo de

la serpiente (¡fatal consorcio!), se dirigió hacia Eva, no arrastrándose por tierra y

enroscándose en sí misma, como después lo hizo, sino enhiesta sobre su cola,

base circular de múltiples anillos que se elevaban unos sobre otros, y que

creciendo cada vez más, formaban con sus escamosos pliegues un confuso

laberinto. Erguía su cabeza coronada por una cresta; brillaban sus ojos como dos

carbunclos; y alzando entre espirales círculos su cuello con mil vistosos

cambiantes de verde y oro, mecíase el resto de su cuerpo sobre la hierba. Nada

más bella y graciosa que su figura. Jamás se conocieron serpientes tan

seductoras, ni las que en lliria transformaron a Hermione y Cadmo, ni aquella en

que se convirtió el dios adorado de Epidauro, ni las que dieron su forma a Júpiter,

Ammón o a Júpiter Capitolino, unida la una a Olimpia, la otra a la que fue madre

de Escipión, gloria de Roma.

Movióse primero torcidamente, como el que acercándose a otro por temor de

importunarle, se vale de rodeos; como el diestro piloto que al llegar con su nave a

la corriente de un promontorio, inclina a un lado y otro el timón, y cambia las velas

según el viento. Así variaba la Serpiente de dirección, y con sus tortuosas

posturas y estudiados ademanes procuraba atraerse las miradas de Eva. pero

distraída ésta en su quehacer, aunque oía el movimiento de las hojas, no

prestaba atención al ruido, acostumbrada como estaba al jugueteo que por el

campo traían en su presencia todos los animales más dóciles a su mandato que a

la voz de Circe su rebaño transfigurado.

Más confiada ya la Serpiente, púsose delante de ella, sin esperar a que la

llamase, y quedó inmóvil de admiración; inclinó repetidas veces su prominente

cresta y su esmaltado y brillante cuello con sumisión cariñosa, lamiendo la tierra

en que había fijado Eva su planta, hasta que tantas mudas demostraciones

consiguieron por fin su efecto; y satisfecho Satán de haber llamado su atención,

valiéndose de la lengua de la serpiente, o por un mero impulso del aire en que iba

envuelta su voz, comenzó con insinuante astucia a tentarla así:

«No te maravilles de mí, reina del universo, cuando tú eres aquí la única

maravilla. No me rechacen con desdén esos ojos, que son todo un cielo de

dulzura, ni te ofendas de que yo me acerque a ti y no me sacie de contemplarte,

que yo solo soy, yo solo, el que no se ha dejado intimidar por tu majestuoso

aspecto, más majestuoso ahora en la soledad. ¡Oh imagen, la más perfecta de tu

perfecto Hacedor! Todos los seres vivientes se recrean en ti, gloríanse de ser

tuyos, y adoran enajenados tu celestial hermosura, cuyo poder es mayor a

medida que es objeto de admiración más universal. Y, ¡estar encerrada aquí en

este recinto agreste, en medio de salvajes brutos incapaces de contemplarte,

incapaces de apreciar todo lo bella que eres, a excepción de un hombre que te

acompaña! Y, ¿por qué ha de ser uno solo, cuando merecerías ser tenida por

diosa entre los dioses y adorada y servida por multitud de ángeles que a todas

horas te rodeasen?»

Con tan lisonjeras palabras dio principio a su discurso el Tentador, y halló desde

luego cabida en Eva; que aunque en extremo admirada de oír su voz, manifestó

su asombro diciendo así:

«¿Qué es esto? ¡El lenguaje del hombre y el pensamiento humano expresados

por la lengua de un bruto! Creía yo que a lo menos del primero estaban privados

los irracionales, habiéndolos Dios creado mudos e incapaces de articular todo

sonido; en cuanto al segundo, ya abrigaba yo dudas al notar que hay mucho de

discernimiento en sus miradas y en sus acciones. No ignoraba que tú, Serpiente,

eres el más sagaz de todos los animales campestres, más no sabía que

estuvieses dotada del habla humana. Repite, pues este milagro, y dime cómo

siendo muda has podido adquirir la palabra, y cómo de todas las criaturas que

diariamente se ofrecen a mi vista, eres la que conmigo te muestras más

afectuosa. Esto deseo saber, que bien lo merece semejante maravilla.»

«¡Reina de este hermoso mundo -contestó el pérfido seductor-, encantadora Eva!

Fácil me es hacer lo que ordenas, y justo que en todo seas obedecida. Era yo al

principio como los demás animales que pacen la hierba que van pisando; eran

mis instintos tan viles y terrestres como mi alimento, y fuera de éste o de la

diferencia de sexo, nada sabía discernir, ninguna cosa más alta se me alcanzaba.

Pero vagando acaso un día por el campo, acerté a descubrir a lo lejos un

hermosísimo árbol cargado de frutos, que resaltaban extraordinariamente por sus

colores de carmín y oro. Acerquéme para mejor contemplarlo, y sentí que de sus

ramas salía un delicioso perfume que excitaba el apetito, mas sabroso al olfato

que el olor del más dulce hinojo, o el de las ubres de la oveja y la cabra, llenas a

la caída de la tarde, de leche que no han mamado aún el cordero ni el cabritillo,

distraídos en su retozo. Con la impaciencia de satisfacer el ansia que en mí se

despertó, resolví gustar aquel bello fruto; estimulábanme el hambre y la sed,

poderosos incentivos, a comer una de aquellas manzanas, cuyo aroma me

incitaba tanto. Enrosqué mi cuerpo alrededor del musgoso tronco, pues para

alcanzar a sus ramas desde la tierra, es menester tu elevada estatura, o la de

Adán. Viéronme con envidia, poseídos de igual deseo, los animales que me

rodeaban, imposibilitados de hacer lo mismo; y llegado que hube a la mitad del

árbol, del que tan cercana pendía la seductora abundancia de aquella fruta,

arranqué, comí hasta la saciedad, y experimenté un placer que jamás había

hallado ni en las más gustosas plantas ni en las más cristalinas fuentes.

Satisfecho por fin, experimenté en mí un extraño cambio; iluminó la razón mis

facultades interiores; tardé poco en adquirir el habla, aunque conservando esta

misma forma; y desde entonces se elevó mi pensamiento a profundas y sublimes

meditaciones, y mi espíritu fue capaz de considerar todo lo que hay visible en el

cielo, en la tierra y en el aire, todo lo bello y bueno que en el mundo existe. Pero

todo lo bueno y lo bello está cifrado en tu divina imagen, junto todo en el celestial

destello de tu hermosura, a la cual nada hay que pueda igualarse ni compararse.

Ella es la que, aun a riesgo de serte importuno, me ha obligado a venir aquí para

contemplar y adorar a la que con tan justo derecho está proclamada como

soberana de las criaturas y señora del universo.»

Así habló la Serpiente poseída del maligno espíritu; y doblemente admirada y sin

cautela alguna, Eva le replicó así: «Serpiente, tus excesivas alabanzas me hacen

dudar de la virtud de ese fruto que has sido la primera en probar, mas dime:

¿dónde crece ese árbol? ¿Está muy lejos de aquí? ¡Hay tantos y tan diferentes

árboles puestos por Dios en el Paraíso que nos son todavía desconocidos! Con

tal abundancia se brindan a nuestra elección, que existen multitud de frutas que

no hemos tocado aún y que penden incorruptibles de sus ramas hasta que

nazcan otros hombres que se aprovechen de ellas, y otras manos que nos

ayuden a aligerar a la naturaleza de tanta fecundidad.»

Lo cual oído por la astuta Serpiente, se apresuró, llena de júbilo a responder. «El

camino, gran señora es fácil y nada largo. Al otro lado de una calle de mirtos, en

una plazoleta y junto a una fuente, pasado un bosquecillo de balsámica mirra lo

encontraremos; por lo que si aceptas mi compañía, te conduciré en seguida».

«Condúceme», dijo Eva. Y sin más tardanza se aprestó a hacerlo la Serpiente,

arrastrándose con tal rapidez, que su encorvado cuerpo parecía derecho: tan

pronta estaba para la maldad. Incítala la esperanza, y brilla su cresta de alegría;

como el fuego errante, formado de untuosos vapores, que condensa la noche y

sostiene el frío, que con el movimiento, produce llama y que animado, según

dicen, por un espíritu maligno, girando y despidiendo falaces fuegos, engaña y

extravía al caminante nocturno, llevándolo por bosques y pantanos, hasta que tal

vez lo precipita en un lago, donde se ahoga privado de todo auxilio. Así brillaba el

traidor enemigo, conduciendo engañoso a Eva, nuestra crédula madre, hacia el

árbol prohibido, origen de todos nuestros males, la cual así que lo vio, dijo a su

guía:

«Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos de venir hasta aquí, diligencia para mí

infructuosa, bien que sea tal la abundancia de estos frutos. Admirable es sin duda

y si tales efectos producen, guarda su virtud para ti, que nosotros no podemos

gustar de ellos, ni tocar a ese árbol. Dios nos lo ha prohibido, único mandamiento

que ha salido de sus labios por lo demás, vivimos siendo ley de nosotros mismos:

nuestra ley es nuestra razón.»

«¿Eso dices? -replicó astutamente el Seductor. ¡Dios ha mandado que no comáis

de todos los frutos de estos árboles, y os ha hecho señores de cuanto hay en la

tierra y en los aires!»

Y Eva que todavía no había pecado, contestó: «Podemos comer de los frutos que

llevan todos los árboles de este jardín, pero del que da ese hermoso árbol,

plantado en medio del Paraíso, ha dicho Dios: «No comeréis, ni llegaréis a él,

porque será vuestra muerte».

Y apenas oyó el Seductor esta breve respuesta, fingiendo gran celo y amor por el

Hombre, y profunda indignación por el agravio que se le hacía, apeló a un nuevo

recurso, y como luchando con el sentimiento que le agitaba, tomó al fin una

actitud tranquila, y el aire estudiado de quien se preparaba a tratar de un asunto

grave. Como cuando en Atenas, en la libre Roma, en tiempo en que florecía

aquella elocuencia que no ha vuelto a oírse, se presentaba un orador famoso,

encargado de una gran causa, y concentrándose en sí mismo, cautivaba antes de

hablar con sus movimientos y gestos al auditorio, y otras veces, para no

entretenerse en el exordio, prorrumpía desde luego en altos conceptos,

arrebatado por la fuerza de su razón o de la justicia; no de otro modo irguiéndose,

agitándose y levantándose a su mayor altura, con toda la vehemencia de su

pasión, exclamó el falso Tentador:

«¡Oh sagrada y sabia planta, dispensadora de la sabiduría y madre de la ciencia!

En mí siento ya la eficacia de tu poder, que ilumina mi mente, y no sólo me

permite discernir las cosas en sus primeras causas, sino los medios de que se

valen los agentes superiores, a pesar de su profunda sabiduría. Y tú, reina de

este universo no creas en esa terrible amenaza de muerte, que seguramente no

se realizará. ¿Quién ha de haceros morir? ¿El fruto de ese árbol, cuando con él

se adquiere la vida de la ciencia? ¿El que ha fulminado esa amenaza? Pites, ¿no

me veis a mí, a mí que he tocado y gustado ese fruto que se os veda? Y no

solamente vivo, sino que gozo de una vida más perfecta que la que el destino me

había otorgado, gracias al propósito que formé de sobreponerme a mi condición.

¿Ha de cerrarse para el Hombre el camino que tienen abierto los irracionales?

¿Ha de encenderse la ira de Dios por tan pequeña falta? ¿No aplaudirá más bien

vuestro intrépido valor, al ver que ni el temor de la muerte que os pone delante,

sea la muerte lo que quiera, os retrae de un empeño que puede proporcionaros

vida más venturosa, el conocimiento del bien y el mal? ¡El bien! ¿Hay nada más

justo? ¡El mal! Pues si el mal existe, ¿por qué no conocerlo, y así se evitará

mejor? Dios no puede castigaros siendo justo, y si no es justo no es Dios, y

dejando de ser Dios no hay para qué temerle ni obedecerle. El mismo temor de la

muerte debe induciros a no temerla. Y, ¿por qué os ha impuesto esa prohibición

sino para intimidaros, para manteneros en vuestra baja servidumbre, en vuestra

ignorancia, y que no dejéis de ser sus adoradores? Sabe bien que el día en que

comáis de ese fruto. vuestros ojos, que tan claros parecen ahora, y que sin

embargo están rodeados de oscuridad, se abrirán completamente a la luz, y

seréis lo que son los dioses, y comprenderéis el bien y el mal como lo

comprenden ellos. Llegaréis a ser dioses, como yo he llegado a ser hombre, que

hombre soy interiormente, pues tal es la proporción establecida: el bruto pasa a

ser hombre, y el hombre dios. Quizá la muerte consista en esto, en trocar la

naturaleza humana por la divina, y si con tal trueque se os amenaza, y es lo peor

que puede aconteceros, el morir, ¿no es apetecible? ¿Qué dignidad es la de los

dioses, que el Hombre no puede aspirar a ella ni aun participando del alimento

divino? Han existido primero, y de esta ventaja se prevalen para hacernos creer

que todo procede de ellos, lo cual es muy dudoso al ver esta bellísima tierra

caldeada por el sol, tan fecunda de todo mientras ellos nada producen. Si ellos lo

han hecho todo, ¿por qué han puesto en este árbol la ciencia del bien y del mal,

para que quien quiera que guste de sus frutos obtenga a pesar suyo la sabiduría?

Y al adquirir ésta, ¿en qué puede el Hombre ofender a Dios, ni en qué vuestro

saber perjudicar al suyo? Y si todo depende de él, ¿cómo este árbol produce una

cosa contraria a su voluntad? ¿Será su móvil la envidia? Pero, ¿cabe esta pasión

en ánimos celestiales? Estas, éstas razones y otras muchas, os inducen a no

privaros de tan precioso fruto. Arráncalo, pues, diosa humana, y come de él sin

recelo alguno.»

Concluyó así su razonamiento, y sus pérfidas sugestiones hallaron fácil acogida

en el corazón de la incauta Eva. Tenía sus ojos fijos en aquellos frutos, cuyo

aspecto era por sí solo harto tentador; resonaba en sus oídos el eco de aquel

lenguaje, que a ella le parecía tan persuasivo, tan convincente por su razón y por

su verdad. Acercábase por otra parte la hora del mediodía, y despertaba en ella

un apetito tanto mayor, cuanto más incitativa era la fragancia de aquella fruta, que

un irresistible deseo estimulaba a su vista a coger y saborear, pero se detuvo un

momento, haciéndose a sí propia estas reflexiones:

«Grandes son sin duda tus virtudes, ¡oh el más excelente de los frutos! y aunque

vedado al Hombre, digno de la mayor admiración, cuando por tanto tiempo

menospreciado, es tu primer efecto dar elocuencia a un mudo y hacer que una

lengua incapaz de hablar prorrumpa de este modo en tus alabanzas; alabanzas

que no omitió ni aun el mismo por quien nos estás prohibido, en el hecho de

llamarte árbol de la ciencia, del bien y del mal. Védanos que te probemos, pero su

mandato te hace doblemente apetecible porque, manifiesta el bien que de ti

resulta y la necesidad que tenemos de él. El bien que no se conoce, no es tal

bien, y el poseer lo que no se aprecia es como si no se poseyese. En suma, ¿qué

nos prohíbe? El saber, es decir, nuestro bien; nos prohíbe adquirir la sabiduría;

pero semejante prohibición no puede obligarnos a nosotros. Y si la muerte ha de

venir después a esclavizarnos, ¿dé qué nos sirve esa libertad concedida a

nuestra naturaleza? El día que comamos de ese fruto es el de nuestra perdición;

¡moriremos! Pero, ¿ha muerto la serpiente? ¿No ha comido de él, y sin embargo

vive, y conoce, y habla, y discurre, y raciocina, cuando antes estaba privada de

razón? ¿O es que la muerte se ha inventado sólo para nosotros, y que se nos

niega el alimento intelectual concedido a los irracionales? Pues si únicamente se

concede a éstos, ¿cómo el primero que ha gustado de él, lejos de mostrarse

avaro de tal bien, lo ofrece tan espontáneamente, sin interés alguno, por amistad

hacia el Hombre, ajeno a toda especulación y engaño? ¿Qué tengo, pues, que

temer, o más bien, por qué abrigo temor alguno en la ignorancia en que estoy del

bien y el mal, de Dios y de la muerte, de la ley y del castigo? Remedio da para

todo este divino fruto, tan hermoso a la vista, tan grato al paladar, con su virtud de

infundir la ciencia. ¿Quién me impide cogerlo y alimentar con él mi cuerpo y mi

espíritu a la vez?»

En mal hora discurrió así; que acabando de decir esto, alargó su temeraria mano,

cogió el fruto, y comió de él. En el mismo momento la tierra se sintió herida; la

naturaleza toda, estremecida hasta en sus últimos cimientos, y exhalando un

quejido de cada una de sus obras, anunció con dolorosas angustias que todo se

había perdido. Ocultóse el perverso reptil en la espesura del bosque, y pudo

hacerlo sin que lo advirtiese Eva, que totalmente entregada a la satisfacción de su

apetito, a nada más atendía. No había al parecer experimentado hasta entonces

placer igual en ningún otro fruto, fuese que realmente lo sintiese así, o que la

ilusión de la ciencia que iba a adquirir se lo imaginaba. No se apartaba de su

pensamiento la idea de su divinidad; devoraba el fruto con ansioso afán sin

conocer que comía su muerte. Y luego que se hubo saciado, cual si estuviese

exaltada de embriaguez, dando rienda suelta a su júbilo, lo expresó así:

«Oh, árbol soberano, en quien tan alta virtud reside el más precioso de todos los

del Paraíso! ¡Que siendo tu bendito fruto la sabiduría, haya estado hasta hoy

oscurecido, menospreciado, pendiente de ti y creado sin utilidad alguna! Tú serás

mi primer cuidado en lo sucesivo. Al compás de mis cánticos, consagrados, como

es justo, a tus alabanzas, todos los días, al venir la aurora, te visitaré, y aligeraré

tus ramas del fértil peso de que están cargadas y con que brindas a todos tan

liberalmente; hasta que alimentada por ti, adquiera suficiente caudal de ciencia

para igualarme a los dioses, a esos dioses dotados del conocimiento de todo, y

que envidian a los demás lo que ellos no pueden concederles; que si fuesen

suyos los dones que tú das, seguramente no brillarías aquí. Y, ¡cuán reconocida,

oh, experiencia no debo estarte desde que eres mi mejor guía! Por no seguirte he

estado hasta hoy sumida en la ignorancia; mas ya me abres el camino de la

ciencia, y me introduces en el asilo más recóndito en que se oculta. Yo quizá

estoy oculta también: el cielo está tan alto, que desde su remota esfera no se

perciben distintamente las cosas de acá abajo, y tal vez, distraído en otros

cuidados, nuestro gran Legislador confía su continua vigilancia a los ministros que

lo rodean.

«Pero, ¿cómo compareceré ahora yo en presencia de Adán? ¿Le daré

conocimiento de la mudanza que hay en mí, lo haré partícipe de toda mi felicidad,

o me reservaré la ciencia que he adquirido sin comunicársela? Esto postrero

añadirá a mi sexo lo que le falta, acrecentará su amor, y me hará igual a él, y

acaso superior, que sin duda es preferible, porque mientras sea inferior ¿qué

libertad disfruto? Esto es lo que conviene. Mas, ¿y si me ha visto Dios? ¿Y si me

aguarda la muerte? ¡Quedar privada de la existencia! Adán entonces se unirá a

otra Eva, y faltando yo, sería feliz con ella. De sólo pensarlo me siento ya morir.

No; llevaré a cabo mi resolución. Adán me acompañará en la prosperidad o en el

infortunio. Lo amo con tal ternura que arrostraré con él todas las muertes, porque

vivir sin él no sería vida.»

Y diciendo esto se apartó del árbol para alejarse, pero antes hizo una profunda

reverencia al poderoso ser que residía en él y le infundía la savia de la ciencia, de

que manaba el néctar, alimento de los dioses.

Adán, en tanto que impaciente esperaba su vuelta, de las más selectas flores

había tejido una guirnalda para adornar los cabellos de la que merecía ver

coronadas sus tareas campestres, como cuando los labradores ofrecen una

corona a la reina de sus sembrados. Recreábase en mil alegres pensamientos y

en el placer con que volvería a verla después de tan larga ausencia y, sin

embargo, algo de funesto presentía a veces su corazón en los desiguales latidos

con que palpitaba; y así se adelantó a aguardarla, siguiendo el camino que había

tomado al separarse de él. Conducía éste al árbol de la ciencia, y la encontró a

poco de haberlo ella dejado, Vio que llevaba en la mano una rama llena de

hermosos frutos cubiertos de brillante vello y que difundían en torno la fragancia

de la ambrosía. Apresurose Eva a llegar; antes de hablar, expresaba en el rostro

su disculpa y la defensa de su tardanza, y con las cariñosas palabras de que

sabía usar, le dijo de esta manera:

«Adán, ¿has extrañado mi larga ausencia? ¡Cuánto te he echado de menos!, y

separada de ti, ¡qué lento me ha parecido el tiempo! Agonía de amor semejante,

no la he experimentado nunca, ni la experimentaré otra vez, porque no volveré a

exponer mi inexperiencia y temeridad al tormento que he sentido en estar lejos de

ti; pero el motivo ha sido tal, que te admirarás de oírlo.

«Este árbol no es, como nos habían dicho, peligroso por sus frutos, ni son éstos

origen de males desconocidos; todo lo contrario; producen un divino efecto, abren

los ojos a una nueva luz y se convierten en dioses los que los prueban, como he

tenido ocasión de verlo. La sabia serpiente no está sometida al precepto que

nosotros, o no se ha sometido a él: ha comido de este fruto, y en vez de hallar la

muerte que a nosotros nos amenaza, ha adquirido desde luego el habla humana,

el discurso humano y raciocina que es un asombro. Sus persuasiones me han

convencido de suerte, que yo también he comido y he experimentado, cuán

verdaderos son los efectos: se han abierto mis ojos

, cerrados antes; se ha

engrandecido mi espíritu, ensanchado mi corazón, y yo elevándome a la

divinidad; divinidad que anhelo principalmente para ti, y que sin ti no apetecería;

porque la ventura, si tú no participas de ella, no me haría a mí venturosa, y el

disfrutarla sin ti engendraría en mí hastío y aborrecimiento. Gusta, pues de este

fruto para que permanezcamos los dos unidos, y sea igual nuestra suerte, igual

nuestro gozo y nuestro amor igual. Si no lo haces, nuestra condición no sería la

misma; nos veremos separados, y aunque yo renuncie por ti a la divinidad quizá

sea tan tarde que el destino no lo consienta ya.»

Con tan lisonjeras expresiones refería Eva lo acaecido, pero en sus mejillas se

notaba cierto tinte de rubor. Adán, por su parte, al oír tan funesta declaración,

quedó sorprendido y anonadado; helósele la sangre en las venas, y corrió por

todos sus miembros un estremecimiento. Sus manos privadas de acción dejaron

caer la guirnalda que tenía preparada para Eva, cuyas flores esparcidas por el

suelo se marchitaron. Permaneció algún tiempo confuso y mudo, hasta que por fin

rompió el silencio empezando por decirse a sí mismo:

«¡Oh, hermoso ser, obra la mas acabada y perfecta de la creación, criatura en

quien Dios apuró para deleite de los ojos y el pensamiento cuanto hay de santo y

divino, de bueno, de afectuoso y de encantador! ¡Que así te hayas perdido! ¡Que

en un instante te veas en tan miserable estado, postrada, envilecida y condenada

a muerte! ¿Cómo has podido resolverte a infringir tan estrecho mandamiento, y a

tocar con sacrílega mano el fruto prohibido? Algún falaz artificio de un enemigo a

quien no conocías te ha seducido y causado tu perdición y la mía, porque yo

estoy resuelto a morir contigo. Privado de ti, ¿cómo he de vivir? ¿Cómo renunciar

a tu dulce compañía, al amor que tan estrechamente nos une, ni sobrevivirte en la

soledad de estos salvajes bosques? Porque aunque Dios crease otra Eva,

producida nuevamente de mi costado, jamás te apartarías tú de mi corazón. No,

no; la naturaleza me encadena a ti con indisoluble lazo. Eres la carne de mi carne,

el hueso de mis huesos, y en la prosperidad como en el infortunio, mi suerte será

siempre la tuya.»

Y profiriendo estas palabras, como quien recobrado de un profundo desmayo, y

después de luchar con mil opuestos sentimientos, se somete a lo que parece

irremediable, así, con tranquilo ánimo se volvió a Eva, añadiendo:

¡Qué acción tan temeraria has cometido, irreflexiva Eva, y qué peligro tan grande

has arrostrado, no sólo al poner tus ojos en el fruto prohibido, prohibido tan

terminantemente, sino lo que es mucho más, en gustar de él cuando nos estaba

vedado hasta tocarlo! Pero ¿quién puede anular lo pasado, y no hacer lo que ya

se hecho? Ni Dios con todo su poder, ni aun el mismo Hado. Quizá no morirás por

esto; quizá tu acción sea menos vituperable por haber gustado antes y profanado

ese fruto la serpiente, haciéndolo común a los demás y privándole de su carácter

sagrado. Y si para ella no ha sido mortal, sino que vive, y vive, según dices,

adquiriendo la vida del Hombre, indicio es muy favorable para nosotros, que con

este alimento podemos obtener una superioridad proporcionada a nuestra

naturaleza, que necesariamente será de dioses, de ángeles o de semidioses. Ni

me resuelvo yo a creer que Dios, sabio Creador, aunque nos haya amenazado

con la muerte, quiere destruimos tan pronto, siendo sus criaturas predilectas y

habiéndonos elevado a tanta dignidad sobre todas sus demás obras; las cuales,

después de haber sido hechas para nosotros, perecerían, porque dependen de

nuestra suerte. ¿Ha de ponerse Dios en contradicción consigo mismo,

deshaciendo hoy lo que ayer hizo, y perdiendo el fruto de sus trabajos? ¿Puede

concebirse, aunque en su mano esté repetir su obra, que así quiera aniquilarnos?

Daría lugar al triunfo de su adversario, y a que dijese éste: «Efímera es la

condición de los que más han merecido el favor divino. ¿Quién está seguro de

disfrutarlo largo tiempo? Primero me destruyó a mí: ahora a la raza humana; ¿a

quién le tocará luego?» Ocasión que no debe darse nunca a un enemigo para que

así se mofe. Mi suerte pues está identificada con la tuya; la misma sentencia ha

de alcanzar a ambos: si muero contigo, será, para mí la muerte como la vida. Tan

fuertes son los lazos con que la Naturaleza ha unido los sentimientos de mi

corazón a mi existencia propia; mi existencia eres tú, porque mío es cuanto tú

eres; nuestra condición no puede ser distinta; los dos somos uno solo, una sola

carne; perderte a ti será como perderme yo a mí mismo,»

Y a este razonamiento, respondió así Eva: «¡Oh, prueba insigne de un extremado

amor, testimonio ilustre, y sublime ejemplo, que me obliga a imitarte! Destituida de

tu perfección ¿cómo he de lograrlo, Adán? Yo que me envanezco de haber salido

de tu costado, ¿cómo no he de regocijarme al oírte hablar así de nuestra unión, y

al ver que formamos ambos un solo corazón, un alma sola? Bien lo muestras en

este día al declarar que antes que la muerte, o cosa más temible que la muerte,

pueda separarnos, estás resuelto, llevado de tu entrañable amor, a seguirme en

mi falta, y aun en mi crimen; si crimen hay en gustar de este hermoso fruto, cuya

virtud, (pues el bien procede siempre del bien, sea directa, sea accidentalmente)

me ha suministrado esta preciosa prueba de tu amor, que sin ella quizá no

hubiera llegado a manifestárseme tan inmenso. Y si yo hubiera creído que la

muerte con que se nos amenaza había de ser la consecuencia de mi temerario

intento, yo sola hubiera arrostrado este castigo, sin tratar de exponerte a él;

porque antes morir abandonada que obligarte a una acción contraria a tu sosiego,

sobre todo después de la completa seguridad que tengo de un cariño tan

verdadero, tan profundo, tan incomparable. Yo siento en mí efectos muy distintos;

no la muerte, sino una vida más grande, una vista más perspicaz, otras

esperanzas, otros goces, y un deleite tal, que cuantos placeres han halagado

hasta ahora mis sentidos, me parecen insípidos y hasta ingratos. Come pues

siguiendo mi ejemplo, Adán, sin reparo alguno, y da al viento esos mortales

temores.»

Estas palabras acompañó con un estrecho abrazo, e inundados sus ojos en

lágrimas de alegría. No podía ser mayor su satisfacción, viéndose objeto de un

amor que arrostraba por ella la divina cólera o la muerte; y en recompensa

(porque a complacencia tal era lo que correspondía) presentó con pródiga mano a

Adán los apetitosos frutos pendientes de su rama, que él no tuvo escrúpulo en

comer, contra lo que su razón le sugería, porque no obraba ofuscado, sino

seducido por una mujer encantadora.

La tierra temblaba en tanto, alterada hasta, en sus más profundos senos, como

acometida de un nuevo vértigo, y la Naturaleza prorrumpió en un segundo

gemido. Oscurecióse el firmamento, rugió sordamente el trueno, y el cielo vertió

algunas tristes lágrimas al consumarse aquel pecado, que en su origen llevaba ya

la muerte; mas nada de esto advirtió Adán, embebido en saborear el funesto fruto.

Ni Eva temió reincidir en su atrevimiento, doblemente animada por la complicidad

de su compañero; así que embriagados ambos como con un vino nuevo, se

entregaron al más frenético regocijo, imaginándose sentir ya en sus pechos el

aliento de la divinidad, que los levantaba sobre la despreciable tierra. Pero aquel

fruto engañoso comenzó a despertar en ellos por vez primera otros afectos,

encendiéndolos en lúbricos deseos: Adán miró a Eva con lascivos ojos; ella le

correspondió con voluptuoso agrado, y en ambos prendió el fuego de la lujuria. El

empezó a provocarla así:

«Ahora descubro, Eva, de cuán delicado gusto, de qué gentileza estás dotada,

que no es pequeña parte de la sabiduría, pues ahora distinguimos de sabores, y

tenemos un buen juez en el paladar. Pero a ti es debida toda la gloria que me has

proporcionado en semejante día. ¡Oh! ¡qué de placeres hemos perdido

absteniéndonos de este delicioso fruto! Hasta hoy no sabíamos lo que es

verdadero gusto; y si tal deleite tienen en

sí las cosas que se nos prohíben, debiéramos desear que la prohibición se

extendiera a diez árboles en vez de uno. Ven, pues; gocemos, ya que es nuestro

tanto bien, el inefable placer que este nuevo alimento nos promete. Jamás, desde

que te vi por primera vez y me desposé contigo, me ha parecido tu hermosura

ornada de tanto encanto, ni he sentido deseos tan vehementes de gozar de tu

belleza, que me enamora como nunca: influencia sin duda de la virtud de ese

árbol.»

Añadió a estas palabras acciones y miradas que indicaban la impaciencia de su

amor. No era menor la de Eva, cuyos ojos despedían el fuego que la devoraba.

Asióla él de la mano, y sin resistencia alguna la condujo a un verde ribazo

cubierto por una espesa enramada que daba sombra a un lecho de flores,

pensamientos, violetas, gamones y jacintos, el más fresco y muelle regazo de la

tierra. Apuraron allí sin tasa sus amorosas ansias y delicias, sellando su mutuo

crimen y desquitándose de su pecado, hasta que vencidos por el estupor del

sueño, hubieron de renunciar a sus voluptuosos goces.

Luego que fue perdiendo aquel falso fruto la virtud con que sus suaves y

penetrantes aromas habían embriagado sus espíritus y pervertido sus más

íntimas facultades, desvaneciéndose el impuro letargo de un sueño que les había

representado a lo vivo la enormidad de su falta, se levantaron desasosegados, se

miraron uno a otro, y vieron cuán distinto se ofrecía todo a sus ojos

, y cuán oscura

niebla cubría sus corazones. Había huido de ellos la inocencia, que los

preservaba del conocimiento del mal, ocultándoselo como con un velo; la

confianza sincera, la rectitud natural y el honor, lejos ya de su lado, dejaban

expuesta su desnudez a la criminal vergüenza que los cubría; pero al que la

vergüenza cubre con su máscara, le descubre más. Como el valeroso Danita, el

hercúleo Sansón, que al desasirse de los torpes brazos de la filistea Dalila,

despertó ya privado de su fuerza, volvieron ellos en sí destituidos de todas sus

virtudes; y confusos y silenciosos permanecieron sentados, contemplándose largo

tiempo, sin atreverse a proferir palabra; hasta que Adán, aunque tan abatido como

Eva, prorrumpió al fin en sentidas quejas diciendo:

«¡Oh, Eva! ¡En mal hora diste oídos a aquel falso reptil, que nunca hubiera

aprendido a remedar la voz humana! Veraz habría sido en pronosticar nuestra

desgracia, no en prometernos una mentida elevación, porque si se han abierto

nuestros ojos y sabemos discernir ya lo bueno de lo malo, hemos perdido el bien,

y sólo nos queda el mal. ¡Funesto fruto de la ciencia, si consiste en conocer esto,

en dejarnos así desnudos privados de nuestro honor, de la inocencia, de la fe y de

la pureza, que eran nuestro mejor ornato, ahora manchadas y envilecidas! En

nuestros rostros aparecen evidentes las huellas de la insensata concupiscencia,

origen de nuestros males y de nuestra vergüenza, que es el mayor de todos; que

en cuanto a la pérdida del bien, no debe quedarte la menor duda. Y, ¿cómo osaré

yo ahora ponerme en presencia de Dios o de los ángeles, a quienes veía antes

con tanto júbilo y enajenamiento? Sus celestiales figuras anonadarán con su

irresistible esplendor esta materia terrestre. ¡Oh! ¡Si pudiera ocultar mi salvaje

existencia en la soledad, en el más oscuro rincón, al abrigo de árboles gigantes,

impenetrables a la luz del sol y de los astros, y entre las tinieblas de una

oscuridad más profunda que la de la noche! ¡Encubridme vosotros, pinos;

tapadme, ¡oh cedros!, con vuestras innumerables ramas, donde jamás vuelva a

ser visto! Pero, no: en tan miserable estado pensemos qué arbitrio será el mejor

por de pronto para ocultar uno a los ojos de otro lo que nos causa mayor

vergüenza, lo que más repugnante es a nuestra vista. Busquemos un árbol cuyas

anchas y flexibles hojas unidas entre sí y rodeadas a nuestra cintura, nos

preserven de esta vergüenza que en lo sucesivo ha de acompañarnos siempre,

para que no nos dé continuamente en el rostro con nuestra impureza.»

Y practicando el consejo, internáronse ambos en lo más espeso del bosque, y

eligieron al efecto la higuera; mas no la que nosotros apreciamos con este

nombre y por su celebrado fruto, sino la conocida hoy entre los indios, en la costa

de Malabar, o en el Decán, de ramas tan anchas y dilatadas, que colgando hasta

el suelo y prendiendo en él, como hijas que crecen alrededor de su madre, forman

pilares, bóvedas y muros, dentro de los cuales resuena el eco; donde el pastor

indio, huyendo del sol, busca la fresca sombra, y por entre los claros del ramaje

vigila a su ganado mientras está pastando.

Cogieron aquellas hojas, anchas como el escudo de una amazona, y con el arte

que ya sabían, las juntaron y ciñeron a sus riñones: inútil precaución, si así

querían ocultar su crimen y librarse de la vergüenza que los acosaba. ¡Oh!, ¡cuán

menguado reparo, en comparación con su primitiva y gloriosa desnudez! Tales

halló en los últimos tiempos Colón a los americanos, cubiertos con una faja de

plumas, desnudo lo restante del cuerpo, y viviendo como salvajes en sus islas y

entre los bosques de sus playas.

Así disfrazados, y creyendo encubrir parte de su vergüenza, mas no por eso más

tranquilos, ni consolados interiormente, se sentaron para desahogarse en llanto; y

no sólo acudieron las lágrimas a sus ojos, sino que se desencadenó una

tempestad furiosa en el fondo de sus corazones; lucha de violentos afectos, de

ira, odios, desconfianzas, sospechas y discordias, todos perturbando a la vez lo

más íntimo de sus ánimos, en otro tiempo morada pacífica y apacible, y al

presente llena de agitaciones y sobresaltos. No les servía ya de guía la

inteligencia, ni la voluntad se prestaba a sus persuasiones; eran esclavos del

apetito sensual, que usurpándoles, a pesar de su inferioridad, la soberanía de la

razón, se alzaba con su dominio. En este estado de excitación, torva la mirada y

temblorosa la voz, dirigió de nuevo Adán la palabra a Eva:

«¡Oh! ¡Si hubieras dado oído a mis palabras y permanecido a mi lado como te lo

rogué, en la infausta hora que te asaltó el necio afán de vagar por esos campos,

sugerido no sé por quién! Eramos hasta entonces dichosos; no nos veíamos,

como ahora, imposibilitados de todo bien, infamados, desnudos, miserables…

Que de hoy más nadie pretenda con frívolos pretextos poner a prueba su

fidelidad; quien con tal empeño solicita verse en semejante trance muy expuesto

está a perecer en él.»

Y sentida Eva de esta reconvención, le replicó: «¿Qué severidad de lenguaje

estás empleando Adán? ¿A mi insensatez, o al capricho de vagar por esos

campos, como dices atribuyes nuestro infortunio? ¿Quién sabe lo que hubiera

acontecido aun estando tú presente, y lo que hubieras tú mismo hecho? Aquí, de

igual suerte que allí, no hubieras sospechado la falacia de la Serpiente, al oírla

hablar como hablaba, mucho más no mediando entre nosotros y ella motivo

alguno de enemistad, ni temor de que quisiese hacerme mal o idease cómo

perdernos. ¡Que no debía separarme de tu lado! ¡Bueno sería yacer siempre

inerte como una costilla inanimada! Siendo así, ¿por qué tú, que eres mi superior,

no me prohibiste terminantemente el alejarme., dado que me exponía al riesgo

que encareces tanto? Lejos de contrariarme, no opusiste dificultad, despidiéndote

de mí cariñosamente. Si te hubieras mantenido firme y resuelto en tu negativa, ni

yo hubiera faltado a mi deber, ni tú ahora serías mi cómplice.»

Adán, irritado por vez primera: «¡Eva ingrata!», exclamó: «¿Este es tu amor? ¿Así

correspondes al mío, que has visto inalterable cuando tú estabas perdida, y yo a

salvo aún? ¿No he podido yo vivir y gozar de inmortal ventura, sin arrostrar

contigo la muerte voluntariamente? ¿Y me acusas de ser la causa de tu culpa, y

crees que no fui bastante severo en lo que te permití? Te advertí, te aconsejé, te

predije el riesgo a que te exponías, y que un enemigo oculto estaba acechando

para tender sus lazos. Llevar más allá mi celo, hubiera sido violentarte, y emplear

la violencia contra el que es libre es un proceder indigno. La confianza es la que

te ha cegado, la seguridad que abrigabas o de que no corrías peligro alguno, o de

que saldrías triunfante de cualquier empeño. Acaso yo erré también cuando

admirando más de lo justo lo que me parecía en ti tan perfecto, imaginé que

ningún mal se atrevería a llegar hasta ti. Bien pago mi error ahora, que se ha

convertido. ¿Y tú eres mi acusadora? Este castigo merece quien por confiar

demasiado en la excelencia de la mujer, la deja ejercer imperio; que contrariada,

romperá en freno, y entregada a su albedrío, cuando algún daño le sobrevenga,

su primer impulso será acusar al hombre de débil e indulgente.»

Así pasaban infructuosamente el tiempo en mutuas reconvenciones; ninguno de

los dos se culpaba a sí propio, pareciendo interminables sus estériles altercados.

DECIMA PARTE

ARGUMENTO

Sabida la desobediencia del Hombre, abandonan los ángeles custodios el

Paraíso, y vuelven al cielo para justificar su vigilancia, de la cual se demuestra

Dios satisfecho, declarando que no han podido evitar la entrada de Satanás en

aquel lugar. Envía en seguida a su Hijo para que juzgue a los culpables, el cual lo

verifica, y pronuncia la debida sentencia. Compadecido de ellos, cubre su

desnudez y asciende de nuevo al cielo. El Pecado y la Muerte, que hasta

entonces habían permanecido a la puerta del infierno, presintiendo por una

maravillosa simpatía el triunfo de Satanás en aquel mundo nuevo, y el pecado

cometido por el Hombre, resuelven no estar más tiempo confinados en aquel

lugar, sino seguir a Satanás, su señor, a la morada del Hombre, y para facilitar el

tránsito desde el infierno al mundo, abren un anchó camino o un elevado puente

sobre el Caos, según el designio primeramente concebido por Satanás; y cuando

se disponen a dirigirse a la tierra, se encuentran con él, que envanecido de su

triunfo vuelve al infierno. Congratúlanse mutuamente. Llega Satanás al

Pandemonio, y en plena asamblea refiere pomposamente el triunfo que ha

conseguido sobre el Hombre; pero en vez de aplausos, oye sólo un silbido

universal de su auditorio, convertido como él en serpientes, conforme a la

sentencia dada en el Paraíso. Engañados por la apariencia del árbol prohibido

que se ofrece a su vista, quieren todos ellos probar el fruto, y no comen más que

polvo y amarga ceniza. Resolución que forman el Pecado y la Muerte. Dios

predice la completa victoria de su Hijo y la regeneración de todas las cosas, pero

ordena a sus ángeles que hagan algunas alteraciones en los cielos y en los

elementos. Convencido Adán cada vez más de su desgraciada condición, se

lamenta tristemente, y rechaza los consuelos de Eva; mas ella insiste, y por fin

logra tranquilizarlo. Creyendo evitar la maldición que ha de caer sobre su

posteridad, propone varios medios violentos que desaprueba Adán, porque

esperando en la promesa que se les había hecho, de que la raza humana se

vengaría de la Serpiente, la exhorta a intentar por medio de la oración y el

arrepentimiento la reconciliación con el Señor, tan justamente ofendido.

Súpose al punto en el cielo el acto de odio y desesperación consumado por Satán

en el Paraíso, y cómo, disfrazado de serpiente había seducido a Eva, y ésta a su

marido, para comer el funesto fruto, pues, ¿qué cosa puede ocultarse a la

vigilancia de Dios que lo ve todo, ni engañar su previsión que a todo alcanza?

Sabio y justo el Señor en cuanto dispone, no había impedido a Satán que tentase

el ánimo del Hombre, a quien dotó de suficiente fuerza y entera libertad para

descubrir y rechazar las astucias de un enemigo o de un falso amigo. Que bien

conocían nuestros primeros padres, y no debieron olvidar jamás la suprema

prohibición de no tocar a aquel fruto, por más que a ello los incitaran, pues por

desobedecer este mandato, incurrieron en tal pena (¿qué menor podían

esperarla?) y su crimen, por suponer otros varios, bien merecía tan triste suerte.

Silenciosos y compadecidos del Hombre, se apresuraron a ascender desde el

Paraíso al Cielo los ángeles custodios. De aquel suceso colegían lo desventurado

que iba a ser, y se maravillaban de la sutileza de un enemigo que así les había

ocultado sus furtivos pasos.

Luego que tan funestas nuevas llegaron a las puertas del cielo desde la tierra,

contristaron a cuantos las oyeron. Pintóse esta vez en los semblantes celestiales

cierta sombría tristeza, que mezclada con un sentimiento de piedad, no bastaba,

sin embargo, a turbar su bienaventuranza. Rodearon los eternos moradores a los

recién llegados en innumerable multitud, para oír y saber todo lo acaecido; y ellos

se dirigieron al punto hacia el supremo trono, como responsables del hecho, a fin

de alegar justos descargos en favor de su extremada vigilancia, que fácilmente

podían probar; cuando el Omnipotente y eterno Padre, desde lo interior de su

misteriosa nube, y entre truenos hizo así resonar su voz:

«Ángeles aquí reunidos, y vosotros Potestades que volvéis de vuestra infructuosa

misión, no os aflijáis ni turbéis por esas novedades de la tierra, que aun con el

más sincero celo, no habéis podido precaver ya os predije no ha mucho tiempo lo

que acaba de suceder; cuando por primera vez, salido del infierno, el Tentador

atravesó el abismo. Entonces os anuncié que prevalecerían sus intentos; que en

breve realizaría su odiosa empresa; que el Hombre sería seducido y se perdería,

dando oídos a la lisonja y crédito a la impostura contra su Hacedor. Ninguno de

mis decretos ha concurrido a la necesidad de su caída; no he comunicado el más

leve impulso al albedrío de su voluntad, que siempre he dejado libre y puesta en

el fiel de su balanza. Pero al fin ha caído. ¿Qué resta hacer más que dictar la

mortal sentencia que su trasgresión merece, la muerte a que queda sujeto desde

este día? Presume que la amenaza será vana e ilusoria, porque no ha sentido ya

el golpe inmediatamente como temía; pero en breve verá que el aplazamiento no

es perdón, lo cual experimentará hoy mismo. No ha de quedar burlada mi justicia

como lo ha quedado mi bondad. Pero ¿a quién enviaré por juez? ¿A quién, sino a

ti, Hijo mío, que en mi lugar riges el universo, a ti que ejerces, transmitido por mí,

todo juicio en los cielos, en la tierra y en los infiernos? Con esto se persuadirán de

que procuro conciliar la misericordia con la justicia al enviarte a ti, amigo del

Hombre, mediador suyo, designado para servirle de rescate y ser voluntariamente

su Redentor, como estás destinado a convertirte en hombre y a ser juez de su

humillación.»

Así habló el Padre; e inclinando a la derecha el esplendor de su gloria, inundó al

Hijo con los rayos de su clara divinidad. El reflejó toda la refulgente majestad de

su Padre y respondió con inefable dulzura de este modo:

«Eterno Padre: tuyo es el mandato, mío el obedecer tu suprema voluntad en el

cielo como en la tierra, porque tú te complaces en mí; que soy siempre tu Hijo por

extremo amado. Voy a juzgar en la tierra a los que te han desobedecido; pero tú

sabes que cualquiera que sea la sentencia, sobre mí recaerá el mayor castigo

cuando se hayan cumplido los tiempos; que ante ti me impuse este sacrificio, y no

estoy arrepentido de él, porque así tendré el derecho de mitigar la pena, que ha

de refluir en mí. Templaré de tal modo la justicia con la misericordia, que

realzadas así una y otra; ambas queden satisfechas, y tú desagraviado. Y no he

menester para esto de séquito ni aparato alguno: en este juicio sólo han de

intervenir el juez y los dos culpables; el tercero está condenado por ausente con

más rigor; está convicto de su crimen y de su rebeldía a todas las leyes, que en la

serpiente no ha podido obrar convicción alguna.»

Pronunciadas estas palabras, se levantó de su radiante trono, con todo el

esplendor de su gloria colateral, y rodeándole los Tronos, las Potestades, los

Principados y las Dominaciones, lo acompañaron hasta las celestiales puertas,

desde donde se descubre la perspectiva del Edén y de sus confines todos.

Rápidamente hizo su descenso, que no hay tiempo que mida la velocidad de los

dioses, por más que vuele en alas de los más raudos minutos. Inclinándose a su

ocaso, alejábase ya el sol del mediodía, y esparcíanse por la tierra a su hora

acostumbrada los blandos céfiros, anunciando la proximidad de la húmeda noche;

cuando más tranquilo aún, en medio de su indignación, se acercaba el que como

juez e intercesor a un tiempo iba a sentenciar al Hombre. Oyeron los culpables la

voz de Dios, que al declinar de la tarde resonaba por el Paraíso llevada a sus

oídos por el hálito de los vientos; oyéronla, y Hombre y Mujer huyeron de su

presencia, ocultándose entre los árboles más sombríos; pero Dios se acercó, y

llamó en alta voz a Adán.

«¿Dónde estás, Adán, que no vienes alegre como acostumbrabas a recibirme así

que me veías de lejos? Me disgusta que te ausentes de aquí, y que te

entretengas en la soledad, cuando un solícito deber te hacía presentarte antes sin

ser buscado. ¿Vengo yo con menos esplendor? ¿Qué novedad te tiene ausente?

¿Qué causa tu detención? Ven al punto.»

Presentóse, y Eva con él, pero más medrosa, a pesar de haber delinquido

primero, y ambos confusos y desconcertados. No brillaba ya en sus miradas el

amor ni para con Dios, ni el del uno al otro; no se revelaba en sus semblantes

sino el crimen, la vergüenza, la turbación, el despecho, la ira, la obstinación, el

odio y la hipocresía. Pero al fin, después de muchas vacilaciones respondió Adán:

«Os vi en el jardín, pero, atemorizado a vuestra voz, como estaba desnudo, me

oculté.»

Y el divino Juez, sin reconvenirle contestó: «Pues muchas veces has oído mi voz,

que no te infundía temor, antes bien te regocijaba. ¿Cómo es que ahora te causa

espanto? ¡Que estás desnudo! Y, ¿quién te lo ha hecho advertir? ¿Has comido

acaso el fruto del árbol que te prohibí gustases?»

A lo que acosado de remordimientos, replicó Adán: «¡Oh cielo! ¡En qué trance tan

penoso me veo hoy ante mi Juez! O echo sobre mí todo el delito, o tengo que

acusar a la que es como yo mismo, a la compañera de mi existencia, cuya falta,

dado que no ha querido ofenderme a mí, debiera yo encubrir, y no dar lugar con

mis quejas a su castigo. Pero no puedo menos de sucumbir a la dura necesidad,

a un imperioso deber, para que no recaigan en mí el pecado y la pena a un

tiempo, que para mí solo, serían insoportables. Ni, ¿de qué me serviría obrar de

otro modo, si está patente a tus ojos cuanto tratara yo de ocultarte? Esta mujer, a

quien tú creaste para descanso mío, que me concediste como el más completo de

tus dones, tan buena, tan hermosa, tan encantadora, tan divina, de quien yo no

recelaba mal alguno, que en cuanto hacía parecía llevar la justificación de su

proceder, me dio a comer del fruto vedado, y comí.»

Y el Supremo Señor repuso: «¿Era tu Dios, para que así la obedecieses antes

que a mí? ¿Fue creada para ser tu guía, ni superior, ni aun igual a ti, que así has

abdicado en ella de tu dignidad de hombre, y de la superioridad que respecto a

ella debías tener? De ti la formó Dios y para ti, que realmente la aventajas en todo

género de excelencias y perfecciones; porque si bien está adornada de belleza y

encantos, que la hacen amable y digna de tu amor, no por eso había de

avasallarte; que sus cualidades son para obedecer, no para ejercer el mando.

Este a ti te correspondía, si tú hubieras sabido conducirte.»

Y en seguida se volvió a Eva sólo para preguntarle: «Y tú, dime, mujer, ¿qué has

hecho?»

Anonadada por la vergüenza, sin poder ocultar su crimen, y no atreviéndose a

hablar apenas delante de su Juez, llena de confusión respondió Eva: «Me engañó

la serpiente, me engañó y comí.»

Lo cual oído por el Señor, procedió sin más dilación a sentenciar a la serpiente, a

quien se acusaba, bien que fuese un bruto, incapaz de achacar el crimen a quien

lo había hecho instrumento de él, e infamándole, apartándolo del fin de su

creación; de manera que con razón fue maldito, como pervertido en su naturaleza.

No le importaba entonces saber más al Hombre, ni supo más, porque esto no

aminoraba su delito; y así Dios fulminó su sentencia contra Satán, el primero que

había delinquido, aunque en términos misteriosos, que juzgó ser los que

convenían, haciendo recaer su maldición sobre la serpiente. «Pues tal maldad has

cometido, maldita seas entre todos los animales que pueblan la tierra. Caminarás

arrastrando sobre tu vientre; comerás polvo todos los días de tu vida. Interpondré

la enemistad entre ti y la mujer, entre su generación y la tuya. Su planta

quebrantará tu cabeza, y tú morderás su planta.»

Así habló el oráculo, y así se verificó cuando Jesús, hijo de María, segunda Eva,

vio a Satán, príncipe del aire, caer del cielo, como un relámpago; y cuando

levantándose de su sepulcro, despojó de su poder a aquellos principados y

potestades, y triunfó de ellos con excelsa pompa; y luego en su ascensión

brillante; llevóse cautivo por los aires el cautiverio, el imperio mismo de Satán,

usurpado por tanto tiempo; de Satán, a quien por fin pondrá bajo nuestros pies el

que aquel día predijo su fatal quebranto.

Y dirigiéndose a la Mujer, pronunció así su sentencia: «Yo multiplicaré tus

angustias cuando conciba tu seno, y parirás tus hijos entre dolores, y quedarás

sometida a la voluntad de tu marido, y él te dominará.»

Y últimamente condenó a Adán en estos términos: «Por haber escuchado las

palabras de tu mujer, y comido del árbol que te había vedado, diciendo: «De ese

árbol no comerás», la tierra será maldita a causa de tu pecado; sacarás tu

alimento de ella con penoso afán durante tu vida; te producirá por sí cardos y

espinas; comerás hierba de los campos, y ganarás el pan con el sudor de tu

rostro, hasta que vuelvas al seno de la tierra de que has de saber, saliste; porque

polvo eres, y en polvo te volverás.»

Así juzgó Dios al Hombre, siendo a la vez su Juez y su Salvador, y en aquel

instante apartó de él el golpe mortal que en el mismo día le amenazaba; y

viéndolo desnudo, expuesto a la inclemencia del aire, que había de sufrir grandes

alteraciones, se compadeció de él, y no se desdeñó de hacer desde entonces

oficio de sirviente suyo, como cuando lavó los pies de los que le servían; y desde

luego, con el amor de un padre de familia, cubrió su desnudez con pieles de

animales, unos muertos, otros que, como la culebra, se despojaban de la suya por

otra nueva. No se desdeñó tampoco de vestir a sus enemigos; que no sólo cubrió

de pieles su desnudez exterior, sino que echó sobre la interior, aún más

ignominiosa, el

manto de su justicia, defendiéndolos de las miradas de su Padre. Y con rápida

ascensión volvió a su bendito seno, y a la plenitud de su gloria, como estaba

antes, y refirióle cuanto había pasado con el Hombre, aunque su Padre nada

ignoraba, y aplacó su cólera por medio de su amorosa intercesión.

Entretanto, y cuando en la tierra no se había delinquido aún, ni pronunciándose la

terrible sentencia, estaban sentados el Pecado y la Muerte dentro de las puertas

del infierno, y uno frontero a otro. Hallábanse abiertas las puertas, y de lo interior

salían llamas devoradoras que se extendían por el Caos. Habíalas franqueado el

Pecado para dar paso a Satán, y ahora decía a la Muerte:

«¿Qué hacemos aquí, hija mía, ociosos y contemplándonos uno a otro, mientras

Satán, nuestro gran autor, triunfa en otros mundos y nos procura mansión más

venturosa para nosotros, querido linaje suyo? Ni es posible que haya dejado de

salir airoso de su empresa, pues de otra suerte ya hubiera vuelto aquí acosado

por el furor de sus perseguidores, porque ningún sitio más a propósito que éste

para su castigo ni para vengarse de él. Yo siento en mí una nueva fuerza, como si

me nacieran alas, y que me esperan dominios más extensos fuera de estos

abismos: siéntome atraído, sea por simpatía, sea por cierta fuerza connatural,

poderosa para unir entre sí a larga distancia con secretos vínculos y por las más

ignoradas vías, cosas que se asemejaban. Tú, sombra inseparable mía, debes

seguirme, porque no hay poder que pueda divorciar a la Muerte del Pecado; y por

si la dificultad de salvar este ciego. e insondable abismo entorpece el regreso de

nuestro padre, acometamos una atrevida empresa, que no es superior a tu fuerza

ni a la mía; echemos un puente desde el infierno a ese nuevo mundo en que

impera Satán ahora; monumento que nos granjeará alto concepto entre toda la

infernal hueste, pues facilitará su salida de aquí a sus marchas y

transmigraciones, dondequiera que la suerte los encamine. Ni puedo yo

equivocarme en el plan que trace, dado que tan certera es la atracción, el instinto

que me dirige.»

A lo que contestó el descarnado Esqueleto: «Ve adonde el Hado y tu irresistible

impulsión te lleven: yo no he de quedarme atrás ni errar el camino, teniéndote a ti

por guía. ¡Qué olor a carne y a innumerables víctimas percibo! ¡Cómo saboreo ya

el gusto de la muerte que exhala cuanto en ese mundo vive! No dejaré de ayudar

al intento que te propones: cuenta con mi cooperación.»

Y al decir esto, aspiraba con deleite el olor de la mortal descomposición que se

efectuaba en la tierra. Como cuando una bandada de carnívoras aves acuden

afanosas desde larguísimas distancias la víspera de un combate al campo en que

se establecen dos ejércitos enemigos, llevadas por el olor de los cadáveres

vivientes que una sangrienta batalla ha de entregar a la muerte el siguiente día:

así el repugnante monstruo venteaba su presa, alzando la cóncava nariz, para

llenarla de infestado aire y olfatear desde más lejos. Atravesando las puertas del

infierno, lanzáronse ambos a la inmensidad y confusión del sombrío Caos,

siguiendo distintas direcciones: y haciendo uso de su poder, que era muy grande,

se posaron sobre las aguas y juntaron en una masa cuanto en ellas había de

sólido o flutinoso, revolviéndolo hacia arriba y hacia abajo, como en proceloso

mar, cada cual por su lado, hasta arrojarlo junto a la boca del infierno: no de otro

modo que dos vientos polares, cayendo encontrados sobre el mar Cronio,

aglomeran las montañas de hielo que forman hacia el Oriente y mas allá de

Petzora, el camino que debe conducir a las opulentas costas del Catay.

Valiéndose la muerte de su pesada, dura y fría maza, como de un tridente, golpeó

la amontonada tierra, dejándola tan firme como la isla de Delos, flotante en otro

tiempo, y endureció la materia restante con su mirada, cual si tuviese la propiedad

de la de la Gorgona. Trabaron con betún del Asfaltite la ya trazada vía, ancha

como las puertas, y profunda como los cimientos del infierno; y levantando sobre

el espumoso abismo, en figura de elevados arcos, una inmensa mole, fabricaron

un puente de prodigiosa longitud que se apoyaba en la inmóvil muralla de este

mundo, abierto y entregado ya a la muerte, y que daba paso ancho, llano, fácil y

seguro a los abismos infernales. Si las cosas grandes pueden compararse con las

pequeñas, así Jerjes salió de Susa con ánimo de subyugar la Grecia, y desde el

palacio de Memnón se encaminó al mar, y echando un puente sobre el

Helesponto, juntó a Europa con el Asia, y azotó con repetidos golpes las

indignadas olas.

Prosiguieron, pues, la fábrica de su puente con maravilloso arte, extendiendo una

larga cadena de rocas sobre el perturbado abismo, y siguiendo la huella de Satán,

hasta el punto mismo en que, parando su vuelo, se vio libre del Caos, y puso su

planta en la árida superficie de este mundo esférico; y con diamantinos clavos y

cadenas aseguraron (¡oh funesta seguridad!) su perdurable obra. Y divididos por

breve trecho, vieron los confines del Cielo Empíreo y de este mundo, dejando a la

izquierda el infierno separado por su anchuroso abismo, con los diferentes

caminos que guiaban a cada una de aquellas tres legiones. Tomaron sin vacilar el

de la tierra, y dirigieron sus primeros pasos al Paraíso.

En breve descubrieron a Satán bajo la forma de un luminoso ángel, que se

remontaba al cenit entre el Centauro y el Escorpión, mientras el Sol se levantaba

en Aries. Iba así disfrazado, mas no bastaba disfraz alguno para que los hijos

desconociesen a su padre. Después de haber seducido a Eva, se alejó, sin ser

percibido, por el bosque: cambió de figura para mejor observar los efectos de su

crimen; vio que Eva insistía en él, y que, aunque exenta de malicia, había logrado

lo mismo de su esposo; observó la vergüenza que los obligaba a cubrirse de un

velo inútil; pero al descender el Hijo de Dios a juzgarlos, huyó aterrado, no porque

esperase librarse del castigo, sino para diferirlo algún tiempo más. Temía el

malvado el que desde luego pudiera imponerle la divina cólera; más no

sucediendo así volvió por la noche al sitio en que sentados los desventurado

cónyuges discurrían sobre su triste suerte. A vueltas de sus quejas, oyó su propia

sentencia, y al saber que no se ejecutaría inmediatamente, sino pasado algún

tiempo, voló henchido de júbilo al infierno con aquellas nuevas. Al llegar a la

entrada del Caos, junto al extremo del nuevo y admirable puente, encontró de

improviso a sus amados hijos, que le buscaban, y los recibió con grande alegría,

la cual se acrecentó al ver la estupenda fábrica. Largo rato le duró el asombro,

hasta que su digno y encantador hijo, el Pecado, rompió el silencio en estos

términos:

«¡Oh padre! Tuya es esta magnífica obra, tuyo este trofeo, que contemplas cual si

no se te debiese a ti. Tú eres su autor, su primer arquitecto; porque no bien

adivinó mi corazón (que por una secreta armonía se mueve a compás del tuyo,

como unidos ambos en íntimo consorcio), no bien adivinó que habías triunfado en

la tierra, de lo cual me dan ahora tus ojos evidente indicio, cuando, a pesar de los

mundos que nos separaban me sentí atraído hacia ti, juntamente con ésta, hija

tuya también, que tal es la fatal unión en que los tres vivimos. No podía ya el

infierno tenernos más tiempo sujetos en su recinto, ni su lóbrego e intransitable

seno impedirnos que siguiésemos tus gloriosas huellas. De cautivos, que hasta

ahora hemos estado en lo interior del Orco, nos has sacado a la libertad, y

dádonos fuerza para llegar hasta aquí y echar sobre el tenebroso abismo este

enorme puente. Todo este mundo es ya tuyo. Tu valor ha conseguido lo que tus

manos no habían logrado ejecutar, y tu previsión ganado con creces cuanto con la

guerra habías perdido. Ya estás vengado del desastre que en el cielo

experimentamos. Aquí remas ya como monarca, que allí no podías serlo. Que

domine el otro donde la victoria le concedió su imperio, mas que renuncie a este

mundo de que su propia sentencia le ha desposeído, y que de hoy más entre

conmigo a la parte en la universal soberanía, cuyos límites los formará el

Empíreo, siendo ahora suyo el mundo cuadrado, y el mundo circular tuyo. Que se

atreva ahora contigo, que tan peligroso eres para su trono.»

A lo que placentero repuso el príncipe de las tinieblas: «Hija querida, y tú, que

eres a la vez hijo y nieto mío: bien demostráis ahora que sois de la estirpe de

Satán, nombre de que me glorío, por ser el antagonista del Omnipotente Rey de

los Cielos; bien merecéis mi gratitud y la del infierno todo, pues con triunfador

empeño habéis erigido este monumento triunfal cabe las puertas del mismo cielo,

y hecho mía vuestra gloriosa empresa. Habéis convertido el cielo y este mundo en

un solo imperio, en un imperio y un continente de fácil comunicación; y así,

mientras que a través de las tinieblas y a favor del nuevo camino que habéis

abierto, descendiendo a dar cuenta a los campeones que siguen mis banderas de

todos estos triunfos y a celebrarlos en su compañía, cruzad vosotros esos

innumerables orbes, vuestros ya todos, y encaminaos al Paraíso. Fijad en él

vuestra mansión, vuestro venturoso reino; ejerced vuestro dominio sobre la tierra,

sobre los aires, y especialmente sobre el Hombre, único señor de tan vasto

imperio. Hacedlo desde luego vuestro esclavo, hasta que por fin acabéis con su

existencia. Yo delego en vosotros mis poderes, y os nombro mis representantes

en la tierra con toda la autoridad que de mí procede. De vuestras fuerzas ahora

unidas depende la conservación de este nuevo imperio, que gracias a mí, el

Pecado entrega a la muerte. Si juntos lográis vencer, ningún detrimento en su

bien tendrá ya que temer el infierno. Id, pues, y desplegad todo vuestro poder.»

Despidiólos así; y ellos, atravesando velozmente la región de los astros, fueron

por todas partes derramando su veneno. Emponzoñadas las estrellas, perdieron

su lucidez, y hasta los planetas se vieron totalmente eclipsados. Satán, que tomó

otro rumbo, se dirigió por la nueva vía a las puertas del infierno. Gemía el Caos

sintiéndose aprisionado y hendido por uno y otro lado, y al rebotar de sus olas,

golpeaba la maciza fábrica en la que no hacían mella alguna sus furores. Entró en

su retiro el príncipe de las tinieblas, hallando las puertas de par en par, sin nadie

que las guardase, y todo en la más tétrica soledad, porque los que estaban allí

para custodiarlas, abandonando su puesto, habían levantado su vuelo a la más

alta esfera, y los demás retirándose al interior, al abrigo de los muros del

Pandemonio, ciudad y magnífica residencia de Lucifer, que así se llamaba

aludiendo a la brillante estrella comparable con Satanás. Vigilaban allí en continua

guardia las legiones, mientras los próceres celebraban un consejo ansioso de

saber qué causa podría diferir el regreso de su soberano; por lo demás,

observaban fielmente las órdenes que al partir les había dictado. A tal manera que

el Tártaro se retira de Astracán a sus nevadas llanuras, huyendo de los rusos, sus

enemigos, o que el Sofi bactriano retrocede ante la enseña de la turquesa media

luna, llevando la devastación hasta más allá del reino de Aladule y se refugia en la

ciudad de Tauris o en la del Casbín; veíanse las huestes recién lanzadas del cielo

dejar desiertas las inmensas regiones que forman los límites infernales, y

acogerse con cuidadosa vigilancia a los muros de su metrópoli, aguardando de

hora en hora a su aventurero caudillo, que había partido en busca de ignorados

mundos. Llegó; atravesó por en medio de ellas sin darse a conocer, bajo la

apariencia de un ángel de ínfimo orden entre la milicia plebeya, y penetrando

invisible en el regio salón plutónico, ocupó su elevado trono, suntuosamente

erigido en el extremo opuesto bajo un dosel de riquísimo brocado. Sentóse un

instante; dirigió en torno una mirada, todavía encubierto, hasta que de repente,

como saliendo de una nube, apareció su fúlgido semblante, con todo el brillo de

una estrella, o más esplendoroso aún, y rodeado de aquella gloriosa aureola, pero

sólo aparente, que le era permitido ostentar después de su caída. Admirados de

tan súbito fulgor los moradores de la Estigia, vuelven los rostros y descubren su

anhelado caudillo, que estaba ya entre ellos; con lo que prorrumpieron en

ruidosas aclamaciones. Levantáronse apresuradamente de su tenebroso estrado

de próceres del consejo, y con general alegría se acercaron a felicitarlo.

Impúsoles silencio con la mano, y se captó su atención diciendo:

«Tronos, Dominaciones, Principados, Virtudes y Potestades, títulos de que os

declaro nuevamente en posesión, a más de que de derecho os corresponden: el

feliz éxito de mi empresa ha sobrepujado a mis esperanzas. Aquí vuelvo para

sacaros triunfantes de esta sentina infernal, abominable, maldita, asilo de la

miseria, y prisión de nuestro tirano. Ya poseéis como señores un espacioso

mundo, apenas inferior al cielo en que nacisteis, mundo que os he conquistado

con mi esfuerzo, a costa de indecibles riesgos. Sería largo empeño referiros todo

lo que he hecho, lo que he sufrido, los obstáculos que he hallado en mi viaje por

esos inmensos abismos en que nada hay real, y en que la más horrible confusión

domina. Sobre ellos han labrado el Pecado y la Muerte un ancho camino para

facilitar vuestra gloriosa marcha; pero, ¡qué de penalidades me ha costado esa

vía por nadie transitada aún, viéndome obligado a luchar con un insondable vacío,

y sumergirme en el seno de la Noche primitiva y del fiero Caos! Celosos ambos

de sus secretos, se oponían a mi extraño viaje, y con espantosos bramidos

protestaban de mi audacia ante el supremo Hado. Llegué por fin a ese mundo

nuevamente creado, cuya fama tanto se ha celebrado en el cielo. ¡Oh!, ¡qué

fábrica tan maravillosa y tan perfecta! Allí tenía situado su paraíso el Hombre, que

era feliz a consecuencia de nuestro destierro. Ya no lo es: mi astucia le ha

seducido, le ha divorciado de su Creador, y lo que más debe admiraros,

valiéndome para esto no más que de una manzana; de cuya ofensa en castigo

(cosa es que os moverá a risa) Dios ha condenado a su querido Hombre, y

juntamente con él a todo el mundo, a ser víctimas del Pecado y de la Muerte, es

decir, de nosotros, que hemos adquirido este poder sin esfuerzo, ni peligro, ni

contratiempo alguno. Allí vamos a trasladarnos, allí nos estableceremos, y

mandaremos en el Hombre como mandaba él en todas las cosas. Verdad es que

también Dios me ha condenado a mí, o más bien que a mí, a la serpiente en cuyo

cuerpo me introduje para engañar al Hombre: la parte que a mí me alcanza de

esa sentencia es la enemistad que ha de mediar entre mí y el género humano. Yo

morderé sus plantas, y su descendencia hollará mi cabeza, aunque ignoro

cuándo; pero en cambio, de la adquisición de un mundo, ¿quién teme tan leve

pena ni otra más rigurosa? Ya sabéis, pues, lo que he hecho; ¿qué os resta a

vosotros hacer, ¡oh dioses!, más que lanzaros a la posesión de bien tan

incomparable?»

Así dio fin a su arenga, y permaneció algún tiempo inmóvil, esperando que

atronasen sus oídos universales aclamaciones y aplausos estrepitosos; mas, en

su lugar, sólo resonaron siniestros silbidos, lanzados por todas partes, de aquellas

innumerables lenguas, que era demostración harto clara de público menosprecio.

Maravillóse de esto, mas no le duró mucho el asombro, que mayor era el que de

sí mismo concibió al sentir que su rostro se adelgazaba prolongándose, que los

brazos se le adherían a las costillas, que sus piernas se enlazaban una a otra,

hasta que faltándole el apoyo, cayó convertido en monstruosa serpiente,

arrastrándose sobre su vientre, y luchando consigo en vano, porque un poder

superior lo sujetaba, condenándolo a tomar la figura en que había pecado, y

según la sentencia que se le había impuesto. Quiso hablar, y su arponada lengua

sólo acertó a contestar con silbidos a todas las demás lenguas arponadas como la

suya; que todos cual él, quedaron transformados en serpientes, dado que eran

cómplices de su inicuo crimen. Horrible fue la silba que se desató por todos los

ámbitos del salón; arrastrábanse por él un enjambre de monstruos, revueltos

entre sí colas con cabezas, escorpiones, áspides, crueles anfisbenas, comudas

cerastes, hidras temibles, élopes y dipsas, que nunca se multiplicaron

muchedumbre tan grande de serpientes ni en la tierra empapada con sangre de la

Gorgona, ni en las playas de la isla Ofrusa.

En medio de todos, sobresalía Satán por su magnitud de enorme dragón, más

grande que el inmenso Pitón engendrado por el Sol en el cieno del valle Pitio, de

suerte que aun así conservaba su superioridad sobre los demás. Todos lo

siguieron atropelladamente hasta la llanura en que estaba el rebelde ejército

preciso, formado en orden de batalla y con el sublime anhelo de ver llegar en son

de triunfo a su glorioso adalid; y vieron en efecto, ¡qué espectáculo tan

inesperado!, un tropel de asquerosísimas serpientes. El horror que al principio

sintieron acabó por trocarse en no menos horrible simpatía, porque ellos también

se convirtieron en aquello mismo que a su vista se presentaba, cayéndoseles de

las manos armas, lanzas y broqueles, dando en tierra con sus cuerpos,

prorrumpiendo en agudos silbidos, y desapareciendo bajo aquella forma de que

habían sido contagiados; que a crimen igual, correspondía también igual castigo.

Así, el aplauso con que contaban, se volvió atronadora silba, y el triunfo en

ignominia que lanzaban sobre sí por sus propias bocas. No lejos de allí se

extendía un bosque, nacido en el momento de su metamorfosis, y que el Supremo

Señor había dispuesto para más agravar su pena, cuyos árboles se veían

cargados de hermosos frutos, parecidos a aquellos del Paraíso, con qué el

enemigo infernal había seducido a Eva. En aquella extraña novedad se fijaron sus

ávidas miradas, figurándose que en vez del árbol vedado, se les ofrecían otros

muchos que aumentasen sus tormentos y su vergüenza; pero devorados por una

sed ardiente y por una hambre rabiosa que Dios les envió a fin de incitarlos más,

no pudieron resistir, y enredándose unos en otros, se precipitaron y encaramaron

a los árboles, formando madejas más enmarañadas que las de los cabellos de

Megera. Abalanzáronse ansiosamente a los frutos, bellísimos a la vista, tan bellos

como los que se producían a orillas del bituminoso lago en que ardió Sodoma;

frutos que no engañaban el tacto, pero sí el gusto, y de que procuraron saciarse

para satisfacer el hambre; mas, en vez de manjar sabroso, comían sólo amarga

ceniza, que arrojaban al punto de sus contrariadas bocas entre repugnantes

náuseas. Apretados del hambre y de la sed, renovaban frecuentemente su

embestida, y siempre experimentaban el mismo sabor asqueroso que les

desquiciaba las quijadas, llenas de hollín y ceniza, cayendo repetidas veces en el

propio engaño, mientras el Hombre de quien habían triunfado, sólo una había

incurrido en su error. Así permanecieron largo tiempo devorados por el hambre y

atormentados por la incesante furia de los silbidos, hasta que les fue dado

recobrar su perdida forma; y así quedaron condenados a sufrir todos los años, por

cierto número de días, aquella misma humillación, en pena del orgullo y regocijo

que habían sentido al seducir al Hombre. Ellos, sin embargo, difundieron entre los

paganos una tradición, inventando la fábula de una serpiente, que llamaron Ofión,

la cual, juntamente con Eurínome (quizá la dominadora Eva), se alzó en un

principio con el imperio del alto Olimpo, de donde fueron ambos expulsados por

Saturno y Rhea, antes que naciese Júpiter Dicteo.

Entretanto llegaba al Paraíso la infernal pareja, y ¡ojalá no hubiese llegado! El

Pecado, que primero influía allí con su poder y posteriormente con su acción,

ahora se establecía corporalmente para residir en él como constante habitador.

Seguíalo en pos y paso a paso la Muerte, que no cabalgaba aún en su pálido

caballo; a la cual se dirigió el Pecado diciendo:

«Segundo fruto de Satán, Muerte, que has de avasallarlo todo: ¿qué juzgas ahora

de nuestro imperio? Con penosa dificultad hemos llegado a él; pero, ¿no es

preferible a aquel umbral tenebroso del infierno, donde estábamos sentados,

siempre vigilando, siempre ignorados y envilecidos, y tú medio extenuado de

hambre?»

Y el Monstruo nacido del Pecado le respondió así: «A mí, víctima de un hambre

eterna, tanto me da el Infierno, como el Cielo o el Paraíso. Allí me encontraré

mejor donde más tenga que devorar; y esto, aunque tanta abundancia ofrece,

paréceme sobrado pequeño para llenar este estómago y este anchuroso cuerpo.»

A lo cual repuso el incestuoso Padre: «Pues desde luego puedes alimentarte de

todas estas yerbas, frutos y flores, y no perdonar ni una bestia, ni un pescado, ni

un ave, que no es pasto poco apetitoso, y saciarte de cuantas cosas ha de

destruir al seguir del Tiempo, hasta que apoderado yo del Hombre y de su raza,

pervierta sus pensamientos, sus miradas, sus palabras y sus acciones, y le

prepare para ser tu postrera y más agradable presa.»

Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino, ambos con el

propósito de destruir y hacer perecedero todo lo criado, y de disponerlo a la

devastación que tarde o temprano había de verificarse: viendo lo cual, el

Omnipotente, desde el sublime trono que ocupa rodeado de sus Santos, habló así

a todas aquellas esplendorosas jerarquías:

«Ved con qué rabia se apresuran esos monstruos del infierno a perturbar y

destruir ese nuevo mundo que yo he creado tan bello y tan perfecto; y que se

mantendría en el mismo estado si la insensatez del Hombre no hubiera dado

entrada en él a esas destructoras furias que me califican de demente; y esto

suponen el príncipe del Infierno y sus secuaces, porque cuando les concedo tan

llano acceso a ese lugar celestial y consiento que se enseñoreen de él, piensan

que condesciendo con las miras de tan menguados enemigos, y se lisonjean de

que mi pasión me ciega en términos de abandonarlo todo y entregar el universo a

su desconcierto. No conocen esos abortos del infierno que me he valido de ellos y

los mantengo esclavizados allí, para que absorban toda la escoria e inmundicia

con que la impura desobediencia del Hombre ha manchado lo que tan inmaculado

era en su origen, hasta que rebosando y ahítos de ese letal veneno, llegue un día

en que victorioso brazo, dulcísimo Hijo mío, hunda para siempre en el Caos al

Pecado y a la Muerte con su voraz sepulcro, y quede cerrada la boca del infierno,

y sus mandíbulas ociosas. Regenerados entonces el cielo y la tierra, se

purificarán para santificar lo que no podría ya mancillarse nunca; pero entretanto

la maldición que he pronunciado tiene que cumplirse.»

Dijo; y resonando como las olas del mar, prorrumpieron los celestiales coros en

cánticos de «aleluya»; y entre innumerables himnos repetían: «Justos son tus

designios, justos tus decretos en cuanto obras. ¿Quién puede destruirte?» Y

celebraban después al Hijo Redentor del género humano, por quien los siglos

verán nacer o descender de los cielos un nuevo cielo, una nueva tierra.

Esto cantaban; y el Creador llamó por su nombre a sus principales ángeles, y les

encargó de diferentes ministerios, conforme la actual sazón de las cosas lo

requería. El primero fue el Sol, a quien prescribió que alterase su movimiento y

enviase su luz a la tierra haciendo que alternasen en ella el calor y el frío, hasta el

punto de ser casi intolerables ambos; que llevase del Norte al decrépito invierno, y

del Mediodía los rigores del abrasado solsticio. A la pálida luna le ordenaron

también su curso: a los otros cinco planetas su movimiento y sus varios aspectos,

el sextil, el cuadrado, el trino y el opuesto, todos ellos tan nocivos y tan funestos

en su conjunción; enseñando a las estrellas fijas a ejercer asimismo su maligna

influencia y suscitar tempestades, ya al ascender cuando el sol, ya al declinar con

él. A los vientos señalaron sus lugares respectivos. Y cuando enfurecidos debían

introducir la confusión en el aire, en el mar y a lo largo de sus playas; al trueno, en

fin, el tiempo en que había de aterrar los tenebrosos palacios aéreos con su

hórrido estampido.

Dicen algunos que el Señor mandó a los ángeles apartar más de dos veces diez

grados los polos de la tierra del eje del Sol, y que no sin gran trabajo pudieron

poner oblicuo aquel globo central. Otros pretenden que se ordenó al Sol llevar sus

riendas a igual distancia de la línea equinoccial por uno y otro lado, pasando por

el Tauro, las siete Hermanas Atlánticas y los Gemelos de Esparta, subiendo hasta

el trópico de Cáncer, y bajando después por Leo, Virgo y Libra hasta Capricornio,

para proporcionar en su curso a cada clima, la variedad de las estaciones. De

esta suerte, ornada la tierra de flores inmarcesibles, hubiera gozado de una

perpetua primavera, y de igual duración en los días y en las noches, excepto en

los puntos situados más allá de los círculos polares, donde hubiera brillado el día

sin noche alguna, mientras que el Sol, para resarcirlos de su alejamiento, girando

visible siempre a sus ojos en torno del horizonte, no les hubiera dejado conocer el

Oriente ni el Ocaso, ni se hubieran visto envueltos en nieve el yerto Estotiland y

los países australes que se extienden más allá del de Magallanes.

Al presenciar la desobediencia de nuestros primeros padres, el Sol retrocedió en

su curso como en el festín de Atreo: ¿quién sabe si antes de su pecado se

hubiera visto la tierra expuesta, cual hoy, al penetrante frío y a los rigurosísimos

calores? Estas vicisitudes de los cielos produjeron, aunque lentamente, iguales

efectos en los mares y en la tierra, la influencia de los astros esparció por todas

partes vapores, nieblas, ardientes emanaciones, corruptas y pestilenciales; desde

el norte de Norumbeca y las playas de Samoyeda, rompiendo sus prisiones de

bronce, y lanzándose armados dé hielo, nieve y granizo, de huracanes y

torbellinos, los furiosos Bóreas y Cecias, Argeste y Tracias, arrasan las selvas y

trastornan los mares; saliendo de Sierra Leona con encontrado ímpetu el Africo y

el Noto, impelen las negras nubes preñadas de truenos; y a través de ellos, no

menos airados, se precipitan de levante a occidente, el Euro y el Céfiro con sus

fragorosos colaterales el Siroco y el Libequio. Empezó pues la desolación por las

cosas inanimadas. La discordia, hija del Pecado, fue la primera que introdujo la

muerte entre los irracionales por medio de una feroz antipatía, y se encendió la

guerra entre bruto y bruto, entre ave y ave, entre pescado y pescado,

devorándose unos a otros, olvidados de su pasto, y perdido el temor al Hombre,

de quien huían, o a quien con gesto amenazador veían pasar, clavando en él

aviesas miradas.

Así tuvieron exteriormente principio nuestros males, que Adán pudo ya presenciar

en parte, aunque acongojado por la mano, se ocultó en la más retirada oscuridad;

pero otros mayores sentía dentro de sí; y en la lucha que traía con sus pasiones,

procuraba desahogarse, exclamando:

«¡Qué desventura la mía después de tanta felicidad! Este fin ha tenido para mi

ese nuevo y glorioso mundo. ¡Y yo, que era la gloria de su gloria, y que gozaba de

tal bienaventuranza, ahora me veo maldito! ¡Que tenga que huir de la presencia

de Dios, cuando su vista era en otro tiempo mi mayor delicia! Y, ¡si al menos fuera

éste él término de mis males! Merecidos los tengo, y justo es que pague lo que

merezco; pero no sucederá así, que cuanto coma, cuanto beba, cuanto proceda

de mí, sólo servirá para perpetuar mi maldición. ¡Oh! Aquellas palabras que antes

tanto me deleitaban, aquel «creced y multiplicaos» equivaldrá para mí a una

sentencia de muerte. Porque, ¿qué puedo yo multiplicar más que la maldición que

llevo sobre mi cabeza? Y de los que en las futuras edades sean mis sucesores,

¿quién al considerar los males que de mí heredan, no execrará mi memoria?

«¡Maldito seas impuro progenitor! ¡Agradecidos debemos estarte Adán!» Y sus

gracias serán otras tantas imprecaciones. A la maldición, pues, que sobre mí

llevo, deberán agregarse las que por una violenta reacción me alcancen, que

hallarán en mí su centro, y aunque estén en su esfera, me abrumarán con su

pesadumbre. ¡Oh malogradas dulzuras del Paraíso! ¡Cuán caras me costáis

adquiridas a precio de tantos males!

«Pero después de todo, ¿te exigí yo, Creador Omnipotente, que me convirtieses

de tierra en Hombre? ¿Te solicité para que me sacases de las tinieblas, o para

que me colocases en este jardín delicioso? Pues si mi voluntad no tuvo parte en

mi existencia, lo justo y equitativo sería que me restituyeses a la nada,

mayormente cuando mi deseo es resignar y devolver todo lo que he recibido, y

cuando es tal mi incapacidad para cumplir con las duras condiciones que se me

han impuesto a fin de conservar un bien que no he pretendido. ¿No es suficiente

pena la pérdida de este bien? ¿Por qué has de añadir el sentimiento de una

desventura eterna? Es, pues, inexplicable tu justicia, aunque a decir verdad,

demasiado tarde para prorrumpir en estas quejas. Hubiera debido rehusar tales

condiciones, en el momento en que se me propusieron; pero ¡desdichado!, si las

aceptaste, ¿cómo quieres gozar del bien y cuestionar sobre ellas? Dices que Dios

te ha creado sin tu consentimiento, y si un hijo desobediente, a quien tú

reconvinieses te replicara: «Y, ¿por qué me has dado la existencia cuando yo no

te la pedía?» ¿aceptarías tú el menosprecio que hacía de ti y su insolente

disculpa? No fue ciertamente creado por tu elección, sino por una necesidad de la

naturaleza. Dios te creó por su voluntad y con el fin de que le sirvieses; la

recompensa que te otorgaba era una pura gracia; tu castigo el que a su justicia

plugo imponerte. Pues bien sometido estoy; su sentencia es equitativa. Polvo soy,

y en polvo he de convertirme. ¡Oh felicidad, cuando quiera que acontezca! Mas,

¿por qué esta dilación en ejecutar la pena el mismo día que se ha dictado? ¿Por

qué he de sobrevivirme? ¿Por qué ha de burlarse de mí amenazándome con la

muerte, y reservandome un castigo perpetuo? ¡Con qué placer cumpliría yo mi

sentencia de muerte y me trocaría en tierra insensible, descansando en ella como

en el seno de mi madre! Hallaría allí mi reposo, y dormiría tranquilo; no atronaría

más que mis oídos aquella tremenda voz; no abrigaría el temor de mayor

desdicha, ni me atormentaría esta expectativa cruel de mi posteridad. Pero una

duda me asalta aún. ¿Si será que no muera del todo, y que este puro aliento vital,

este espíritu del Hombre, que Dios le ha inspirado, no llegue a perecer con el

barro de su cuerpo? Y entonces ¿quién sabe si yaceré en el sepulcro o, en otro

lugar no menos terrible, y si mi suerte será todavía una especie de vida. Pero,

¿cómo ha de serlo? Si lo que en mí pecó fue ese hálito vital, eso que vive y ha

pecado será lo que haya de morir; pero verdaderamente el cuerpo no tiene parte

en la vida ni en el pecado. Todo, pues, morirá en mí; resuélvase así esta duda,

quedando tranquilo, dado que no llega a tanto el alcance humano.

«Y porque el Señor sea infinito en todo, ¿ha de serlo también en sus rigores? Aun

cuando así sea, el Hombre no lo es, y por lo tanto ha de ser mortal, pues de otra

suerte, ¿cómo Dios ha de hacer objeto de su cólera infinita al Hombre, cuyo fin es

la muerte? ¿Ha de ser ésta inmortal? Sería una contradicción tan extraña, que no

es posible, en el mismo Dios, porque argüiría, no poder, sino debilidad. Y por

satisfacer su ira, al castigar al Hombre, ¿había de llevar lo finito hasta lo infinito,

pretendiendo saciar un rigor que nunca se saciaría? Valdría esto tanto como

hacer extensiva su sentencia hasta más allá del polvo, de la nada y de las leyes

de la Naturaleza, la cual mide las causas por la energía de la acción que

imprimen, no por el círculo de su propia esfera. Mas si la muerte no acabase de

un golpe con todo lo que es sentir, como suponía yo, y fuese desde ahora para

siempre un mal interminable, mal que empiezo a experimentar en mí, fuera de mí,

y por toda una eternidad… ¡oh desdichado! Vuelve a espantarme este temor, y de

nuevo combate con tempestuosos vértigos mi indefensa fantasía. Sí; la muerte y

yo somos incorpóreos: no sólo a mí, sino a toda mi posteridad alcanza la

maldición. ¡Envidiable patrimonio os lego, hijos míos! ¡Oh! ¡Si me fuese dado

consumirlo todo, y no dejaros la menor parte! ¡Cómo me bendeciríais por esta

pérdida en vez de maldecirme! ¿Acaso el Hombre no lo es, y por lo tanto ha de

condenarse a todo el género humano, siendo inocente, por la falta de un solo

hombre? ¡Inocente! ¿Lo es, cuando de mi nada puede salir que no sea

corrupción, y espíritu y voluntad tan depravados, que no solamente estén

dispuestos a hacer, sino a desear lo que yo he hecho? ¿Qué descargo han de

ofrecer cuando comparezcan ante el Señor? Después de todo, yo no puedo

menos de absolverlos; todo este laberinto de vanos subterfugios y razonamientos

en que me pierdo, me trae otra vez a mi convicción. El primero y el último a quien

debe acriminarse, soy yo, sólo yo, raíz y origen de toda corrupción, y sobre mí

debe recaer todo el castigo. ¡Ojalá que así sea! ¡Insensato anhelo! ¿Podrías tú

soportar esta carga más pesada que la tierra, más pesada que el mundo todo,

aun cuando te ayudase a sobrellevarla aquella Mujer infame? De suerte que lo

que deseas y lo que temes te da el mismo resultado; viene a destruir todas tus

esperanzas de consuelo, y a demostrarte que eres un miserable sin ejemplo en lo

pasado ni en lo futuro, comparable sólo a Satán en el crimen y en el castigo. ¡Oh

conciencia! ¡En qué abismo de sobresaltos y horrores me has sumergido! No

encuentro camino alguno que me ponga a salvo, y de un precipicio doy en otro

más insondable.»

De este modo se lamentaba Adán consigo mismo en medio de la soledad de la

noche. No era ya ésta, como antes de la caída del Hombre, templada, agradable y

serena, sino húmeda, nebulosa y encapotada, que representaba doblemente

terribles los objetos a la conciencia del criminal. Tendido en tierra, en la yerta

tierra, maldecía mil veces la hora en que fue criado, y mil veces también acusaba

a la muerte de lenta, desde que sabía que era la consecuencia de su culpa.

«Muerte, ¿por que no vienes, decía, con triplicado rigor a acabar conmigo?

¿Faltará la verdad a su promesa, y no se apresurará a ser justa la Divina Justicia?

No acude la Muerte a mi llamamiento, y la Justicia Divina no acelera sus tardíos

pasos, a pesar de mis súplicas y clamores. Bosques, fuentes, colinas, valles y

arboledas: un eco de mi voz bastaba otro tiempo para que vuestros sombríos

recintos me respondiesen. ¡De cuán diferente modo entonces resonábais!»

Al verlo tan afligido, la triste Eva, desde el sitio en que su pena la tenía postrada,

se acercó a él, y procuró con dulces palabras calmar su arrebatada furia; mas

Adán la rechazó con aspereza, diciendo:

«¡Apártate de mí, malvada serpiente, que este nombre es el que te conviene

como cómplice suya, no menos falsa y odiosa que ella! Nada más te falta que su

figura y color para descubrir tu traidora índole, para que en lo sucesivo se guarden

de ti todas las criaturas, y no se dejen deslumbrar de tu celestial apariencia, que

oculta la malicia del infierno. ¡Ah!, que sin ti yo hubiera seguido siendo dichoso, a

no haber tu soberbia e inquieta vanidad despreciado mis consejos cuando mayor

era el peligro y empeñándote en no creerme. Anhelabas ser vista del Demonio; te

prometías vencerle; te engañó y se burló de ti, y yo engañado a mi vez,

permitiendo que te alejaras de mi lado, creyéndote prudente, constante, experta y

prevenida contra todo género de asechanzas, no conocí que tu virtud, lejos de

verdadera, era aparente, y que la naturaleza te formó de una costilla corva,

torcida, según veo ahora, hacia el lado siniestro mío, de que saliste. ¡Si al menos

me hubiera visto privado de ella porque sobraba entre las restantes!.

«¡Oh! ¿Por qué Dios, sabio Hacedor, que pobló los altos cielos de espíritus

varoniles, introdujo en la tierra este ser nuevo, este bello defecto de la naturaleza,

y no llenó el mundo de hombres, como lo está el cielo de ángeles, sin necesidad

de mujer alguna? ¿Por qué no halló otro medio de perpetuar la raza humana? No

hubiera dado lugar a esta desventura, ni a las muchas que de ella han de

originarse; que la tierra experimentará innumerables males por los artificios de la

mujer, y por la íntima unión con su sexo; pues o no hallará el hombre ninguna que

le convenga, sino la que más desdichas y desaciertos le ocasione, o la que

desee, le pagará en ingratitudes, entregándose a otro peor que él, y si le ama, se

verá contrariada por sus padres, o el logro de su mejor elección resultará tardío, y

cuando quede unido con el vínculo que anhelaba, lo estará a una pérfida enemiga

que sólo le proporcione aborrecimiento y mengua; de donde infinitas calamidades

para la vida humana, y disturbios sin cuento, en lugar de la paz doméstica.»

Nada más dijo Adán, y se apartó de ella; pero sin mostrarse Eva ofendida bañado

el rostro en lágrimas que sin cesar corrían por sus mejillas y suelto y desgreñado

el cabello, postrose humilde a sus pies y abrazada a ellos, imploró perdón,

exclamando:

«No así me abandones, Adán: el cielo es testigo del sincero amor y respeto que te

profesa mi corazón, y de que te he ofendido involuntariamente, por efecto de mi

desdicha y del engaño que padecí. Apiádate de mis ruegos; abrazada estoy a tus

rodillas; no me prives de lo único que es mi vida, de tus miradas, de tu protección,

de tus consejos; que en el colmo de desventura en que me veo, no cuento con

otra fuerza ni con otro apoyo. Si tú me abandonas, ¿de quién he de esperar

auxilio; ni dónde podré vivir? El tiempo que nos dure la vida. que quizá sean

breves momentos, haya al menos paz entre nosotros. Partícipes ambos de esta

común afrenta unámonos también en el odio contra el enemigo que nos ha

impuesto nuestra sentencia contra esa cruel serpiente. ¡No me hagas objeto de tu

aborrecimiento por una desgracia tan imprevista, cuando ya es segura mi

perdición, y cuando soy más miserable que tú mismo! Los dos hemos pecado, tú

sólo contra Dios, y yo contra Dios y contra ti. Volveré al lugar en que fui

condenada; desde allí importunaré al cielo con mis lamentos; le rogaré que aparte

de ti el castigo, y que caiga sobre mí sola, sobre mí, única causa de todos tus

males, objeto único de su cólera.»

No la dejaron proseguir sus sollozos; permaneció inmóvil en su humilde actitud,

hasta que el perdón que demandaba por una falta así confesada y de que estaba

tan arrepentida, movió a compasión a su esposo, el cual sintió al punto inclinarse

su corazón hacia lo que ha poco era su vida, su mayor delicia, y ahora estaba a

sus pies sumisa y acongojada; bellísima criatura, que imploraba la indulgencia, el

consejo, la ayuda del mismo a quien había desagradado. El, como quien se

encuentra desarmado, no teniendo en qué emplear su cólera, la levantó y consoló

con estas afectuosas palabras:

«¡Imprudente! ¡Conque otra vez, como antes, vuelves a desear que el castigo

caiga sobre ti sola! ¡Ah!, ¿sufrirás el que se te imponga, puesto que no eres capaz

de sobrellevar la ira que has experimentado no más que una pequeña parte, y

que tan insoportable te parece hasta mi disgusto? Si mis ruegos alcanzasen a

atenuar el rigor de lo que está ya decretado, yo me apresuraría a adelantarme a ti

yendo a aquel lugar, y levantando cuanto me fuera posible la voz para que cayese

toda la maldición sobre mi frente, para que fuese perdonada la fragilidad de tu

débil sexo, que me estaba confiado y de que cuidé tan mal. Pero levanta: no

disputemos más; no nos acriminemos uno a otro, que harto acriminados estamos

ya. Procuremos con el auxilio de un mutuo amor y ayudándonos uno a otro,

aligerar el peso de la desgracia que nos abruma. Porque el día de nuestra muerte

que se nos ha anunciado, o mi previsión es falsa, o no llegará tan pronto, sino que

será un mal lento, un morir prolongado, que haga mayor nuestra pena, y que

trascienda a toda nuestra raza. ¡Oh, raza desventurada!»

Y Eva, para inspirarle ánimo, replicó: «Sé, Adán, por una triste experiencia, cuán

ineficaces son mis palabras para contigo, y cuán destituidas las juzgas de razón.

¡Oh! ¡Y si lo acaecido poco ha, no las hubiera hecho además funestas! Sin

embargo, a pesar de mi indignidad, alentada por ti, restablecida nuevamente en tu

gracia y en la esperanza de recobrar tu amor, único consuelo de mi alma, que

viva o muerta, no quiero ocultarte los pensamientos que la inquietud de mi ánimo

me suscita, y que pueden aliviar nuestros males o darles fin. Violentos y tristes

son, pero tolerables, dada la extremidad en que nos vemos, y sobre todo, están

más en nuestra mano. Si tanto nos angustia la pena de nuestros descendientes,

condenados a una maldición infalible, víctimas al fin de la Muerte (que en efecto,

terrible es ser causa de la infelicidad ajena, de la infelicidad de nuestros propios

hijos, y lanzar de nuestro propio seno a ese maldito mundo una desdichada raza,

para que después de una vida de tormentos sea presa de tan repugnante

monstruo), de ti depende, ya que aún no se halla en su estado de concepción,

evitar que esa raza no bendecida llegue a ser engendrada. Sin hijos estás; sin

hijos puedes quedarte. Así la Muerte será burlada, y habrá de saciar en nosotros

dos su ansia devoradora. Pero si crees que es duro y dificultoso hablándose,

mirándose, amándose, renunciar al sagrado débito del amor, a las dulzuras de los

abrazos nupciales, y ahogar sin esperanza alguna el deseo, teniendo a la vista un

objeto que arde en el mismo anhelo, tormento no menos irresistible que el que

causa nuestros temores, entonces, para librarnos a nosotros, y librar al propio

tiempo a los nuestros del mal que nos amenaza, tomemos más pronta resolución

y entreguémonos a la Muerte; y si no damos con ella, hagamos en nosotros su

oficio con nuestras manos. ¿A qué seguir viviendo con un temor que no promete

más término que la Muerte, cuando podemos abreviar el plazo de nuestros días, y

destruyéndonos, anticipar nuestra destrucción?»

Esto dijo, añadió otras palabras que indicaban bien su desesperación; y tanto

había discurrido sobre la muerte, que llevaba impresa su palidez en el semblante.

No así Adán, que poco convencido de su consejo, y entregado con afán a otras

esperanzas, contestó a Eva:

«El menosprecio que haces de la vida y del placer parece indicar que hay en ti

algo más sublime y excelente que lo que con tal indignación rechazas; pero desde

el momento en que recurres a la destrucción de tu existencia, tú misma

desmientes semejante indicio, porque manifiestas, no desprecio, sino angustia y

pena por la pérdida de una vida y un placer que prefieres a todos los demás

bienes. Engañaste si deseas la muerte como término de tus males y creyendo

evadirte así de la pena a que estás condenada, porque Dios no se ha armado tan

vigorosamente de su vengadora ira para que se frustre; más temería yo que esa

muerte anticipada no nos preservase del castigo que nos aguarda, y que

semejante obstinación empeñaste al Altísimo en perpetuar la muerte en nuestra

vida. Adoptemos, pues, resolución más eficaz: yo creo acertar con ella

reflexionando atentamente en aquella profecía de nuestra sentencia: «Tu raza

hollará la cabeza de la serpiente»; lo cual sería bien fútil reparación, si como

presumo, no aludiese a nuestro enemigo Satán, que se valió de este engaño

contra nosotros. Hollar su cabeza sería en efecto nuestra mejor venganza, que sin

duda malograríamos dándonos nosotros mismos la muerte, o resolviéndonos a

hacer estériles nuestros días como propones; con lo que nuestro enemigo se

libraría del castigo que se le ha impuesto, y nosotros sólo conseguiríamos doblar

el nuestro. Renunciemos, pues, a toda violencia contra nosotros mismos, o a una

infecundidad voluntaria que nos privaría de toda esperanza y no argüiría en

nosotros más que rencor, orgullo, impaciencia, despecho y rebeldía contra Dios,

que tan justo es imponiéndonos este yugo. Recuerda con qué benignidad y

agrado nos escuchó, y cómo pronunció su sentencia sin cólera alguna, sin

hacernos reconvenciones. Temíamos una disolución inmediata, y pensábamos

que la-amenaza y la muerte tendrían lugar en el mismo día; y ¿a qué se ha

reducido? A anunciarnos, a ti, lo penoso que ha de serte llevar en tu seno y dar a

luz el fruto de tus entrañas, pena que se compensará con la alegría de verte

reproducida, y a mí, la maldición, que de rechazo alcanza a la tierra, de que

ganaré mi sustento trabajando: ¡como si fuese esto tan gran desgracia! Mayor lo

sería la ociosidad, porque al fin viviré de mi trabajo; y para que el frío y el calor se

nos hiciesen más soportables, sus próvidos cuidados atendieron a nuestra

necesidad sin que lo solicitásemos, y mientras nos juzgaba, se complacía de

nosotros, indignos de su protección, y sus manos nos proporcionaban con qué

vestirnos. Pues si le dirigimos nuestras súplicas, ¿cómo ha de cerrar el oído a

ellas, ni negar su corazón a la piedad? ¿Cómo dejará de enseñarnos por qué

medios hemos de evitar la inclemencia de las estaciones, la lluvia, el hielo, la

nieve y el granizo? Ya el cielo con demudada faz empieza a amenazar desde esa

montaña con todas estas contrariedades, y los vientos, con su soplo húmedo y

destructor, arrancan el follaje de esos hermosos y copudos árboles. Esto nos

obliga a procuramos mejor auxilio y algún calor más con que templar nuestros

ateridos miembros; y antes que al astro del día reemplace la frialdad de la noche,

veamos cómo reflejando junto sus rayos, pueden inflamar la materia seca, o cómo

por el frote de dos cuerpos llega a encenderse el aire; a la manera de las nubes,

que luchando entre sí hace poco, e impelidas por el aire, con su violento choque,

han engendrado el rayo, y precipitándose éste con su sesga llama, ha prendido

en la resinosa corteza del pino y del abeto, y esparcido en derredor un calor

agradable, que puede suplir al sol. Dios nos instruirá en el uso que hemos de

hacer de ese fuego, y en todo lo demás que sirva de alivio o preservativo a los

males que nuestras culpas han producido; y nos enseñará a orar e implorar su

gracia. Auxiliados y alentados por El, no tendremos que temer las incomodidades

de la vida, hasta que nos convirtamos por fin en el polvo, última y natural morada

nuestra. ¿Qué cosa podemos hacer mejor que volver al lugar en que hemos sido

juzgados, postrarnos devotamente ante El, confesar con humildad nuestras

culpas y pedirle perdón, regando el suelo con nuestras lágrimas, y exhalando

profundos sollozos salidos de nuestros contritos corazones, en señal de sincero

arrepentimiento y abnegación completa? Mitigará su rigor sin duda y dará al olvido

su desagrado; ¿pues cuando más indignado y justiciero parecía, no brillaba en

sus tranquilas miradas el afecto, la gracia y la compasión?»

Así habló nuestro arrepentido padre, y Eva no manifestaba menores

remordimientos. Encamináronse sin más tardanza al lugar en que habían sido

juzgados, y se prosternaron reverentemente en su presencia. Allí confesaron con

humildad sus culpas, imploraron perdón, bañaron con sus lágrimas la tierra, y

prorrumpieron en profundos sollozos con corazones contritos, en señal de sincero

arrepentimiento y de la más completa sumisión.

UNDECIMA PARTE

ARGUMENTO

Transmite el Hijo de Dios a su Padre las súplicas de los dos esposos, ya

arrepentidos de su culpa, e intercede por ellos. Acepta Dios sus ruegos, pero

declara que no pueden permanecer más tiempo en el Paraíso, y envía a Miguel

con algunos querubines para que los expulsen de aquella mansión, y sobre todo,

para que revele a Adán los acontecimientos futuros. Llega Miguel a la tierra. Adán

muestra a Eva ciertos signos siniestros; observa la llegada de Miguel, y le sale al

encuentro. Anúnciale el Angel su partida. Desconsuelo de Eva; Adán suplica y

acaba por obedecer. Condúcelo el Angel a la cima de una alta colina, y en una

visión le representa lo que ha de suceder hasta el Diluvio.

En esta humilde actitud permanecieron arrepentidos y orando, porque

descendiendo del trono de Dios misericordioso la gracia justificante, arrancó el

endurecimiento de sus corazones y puso en ellos una nueva carne regeneradora,

que prorrumpía en ayes inexplicables, y que inspirada por el espíritu de la oración,

se remontaba al cielo con vuelo más veloz que el de la elocuencia más sublime.

No era, sin embargo, su aspecto de míseros suplicantes, ni parecía su ruego de

menos interés que el de aquellos vetustos cónyuges de las antiguas fábulas,

menos antiguas sin embargo, que esta historia Deucalión y la casta Pirra, cuando

para reponer la anegada raza humana, se prosternaban devotos ante el santuario

de Temis.

Remontáronse al cielo las súplicas de Adán y Eva, sin que los envidiosos vientos

las apartaran o privaran de su camino; penetraron por las celestes puertas, como

espirituales que eran; y cubriéndolas el gran intercesor con la nube de incienso

que humeaba ante el altar de oro, llegaron ante el trono del Padre, donde las

presentó el Hijo radiante de júbilo, dando principio a su intercesión en estos

términos:

«Mira, Padre mío, los primeros frutos que en la tierra ha producido la gracia con

que has animado al Hombre; los sollozos y ruegos que envueltos entre incienso te

ofrezco en este incensario de oro, como sacerdote que soy tuyo; frutos cuya

semilla echaste en el corazón de Adán a la par que el arrepentimiento, y de más

grato sabor que los que sus manos cultivaban, que los que hubieran producido

todos los árboles del Paraíso antes de quedar privado aquél de su inocencia.

Presta ahora oídos a sus súplicas, y atiende, aunque mudos a sus suspiros; y

pues ignora, al dirigirte su oración, de qué palabras ha de valerse, permíteme ser

su intérprete, ya que soy su abogado y su víctima expiatoria. Refunde en mí sus

obras buenas o malas, que mis méritos perfeccionarán las primeras, y con mi

muerte redimiré las otras. Acéptame a mí, y recibe de esos desgraciados, cual si

fuese mío, el anhelo de paz para la raza humana. Que por lo menos viva,

reconciliado contigo el Hombre, los tristes días que le has concedido, hasta que la

muerte a que está condenado, y que yo pido que se difiera, no que se revoque, lo

conduzca a mejor vida, en que todos los redimidos por mí participen de esta paz y

bienaventuranza, identificados conmigo, como yo lo estoy contigo.»

A quien el Padre, no velado por nube alguna, respondió sereno:

«Todas tus peticiones acepto, amado Hijo, que todas eran otros tantos decretos

míos; pero permanecer más tiempo en el Paraíso, no lo consiente la ley que he

impuesto a la naturaleza. Esos puros e inmortales elementos, extraños a toda

combinación grosera, a toda mezcla inarmónica e impura, rechazan al Hombre

manchado ahora, y se apartan de él como de materia corrompida, para que según

su nueva naturaleza se procure un alimento mortal y más propio de la disolución a

que lo ha traído su pecado, a consecuencia del cual se pervirtió desde luego todo,

y se corrompió lo que de suyo era incorruptible. Creé al Hombre dotándole de dos

dones perfectísimos, la felicidad y la inmortalidad; pero el insensato perdió la una,

y la otra sólo serviría para perpetuar sus males; por lo que recurrí a la muerte. La

muerte, pues viene a ser su postrer remedio, y después de una vida meritoria a

fuerza de penosas tribulaciones, purificada por la fe y por los actos de la misma

fe, resucitará el día de la renovación del justo a una nueva vida, elevándose

triunfante al renovarse los cielos y la tierra. Convoquemos ahora el sínodo de

todos los bienaventurados en los vastos términos del cielo. No quiero ocultarles

mis juicios, sino que vean cómo procedo con el género humano, pues que vieron

como procedí con los ángeles rebeldes; y así, aunque se conservan firmes, se

afirmarán todavía más en su fidelidad.»

Calló y a la señal que hizo el Hijo al brillante ministro que esperaba sus órdenes,

éste tocó su trompeta, la misma quizá que se oyó después en el Oreb cuando

descendía Dios, y quizá también la misma que volverá a oírse en el juicio

universal. Oyóse al punto la voz del Angel en todas las regiones, y desde sus

venturosas moradas cubiertas de amaranto, desde sus fuentes y manantiales de

vida, desde todos los puntos en que reposaban en un goce común, se

apresuraron los hijos de la luz a acudir al supremo llamamiento; y todos ocuparon

sus sedes, hasta que desde lo alto de su encumbrado trono manifestó así su

soberana voluntad el Omnipotente:

«Hijos míos: el Hombre se ha hecho semejante a uno de nosotros y conocedor

del bien y el mal desde que probó el fruto prohibido, pero ese conocimiento se

limita al bien que ha perdido y al mal que se ha procurado. ¡Qué dichoso sería si

se hubiera contentado con conocer el bien por sí mismo, y no tener del mal la

menor idea! Al presente se aflige, se arrepiente y ora contrito; yo dirijo sus

movimientos; pero más que estos movimientos conozco cuán variable y vano es

su corazón entregado a sí mismo. Recelando, pues, que más adelante vuelva a

llegar con mano aún más osada al árbol de la vida, y coma su fruto, y viva

perpetuamente, o crea por lo menos que su vida ha de ser interminable, he

resuelto sacarlo del Paraíso y conducirlo a lugar más a propósito, donde labre la

tierra de que fue extraído.

«Miguel, tú quedas encargado de mi mandato. Elige de entre los querubines

flamígeros guerreros que llevar contigo, no sea que en favor del Hombre o para

asaltar la mansión que queda deshabitada, introduzca el Enemigo alguna nueva

perturbación. Apresúrate, pues, y expulsa del divino Edén a los esposos

pecadores; lanza a los profanos de aquel santo lugar y anúnciales a ellos y a toda

su descendencia su perpetuo destierro. Mas para que puedan soportar el peso de

su rigurosa sentencia, una vez que se muestran humildes y que lloran

compungidos su falta, que el terror no los amilane. Si obedecen resignados tu

intimación, no des lugar a que partan desconsolados; revela a Adán lo que

sucederá en los tiempos futuros conforme a las advertencias que yo te inspire, y

mezcla tus palabras, los con-suelos de mi nueva alianza con la regenerada

estirpe de la Mujer; de modo que se despidan tristes, pero tranquilos; Para

defender la parte del Edén que más fácil entrada ofrece, pon por la parte de

Oriente una guardia de querubines; vibre a larga distancia la llama de una espada

que infunda espanto a todo el que trate de aproximarse, y cierra enteramente el

paso hacia el árbol de la vida, no sea que, convertido el Paraíso en guarida de

espíritus malévolos, inficionen todos aquellos árboles y vuelvan a seducir al

Hombre con sus usurpados frutos.»

Apenas dejó de hablar, se preparó a descender prontamente el poderoso Angel, y

con él la esplendente legión de los vigilantes querubines. Semejante a un doble

Jano, cada uno tenía cuatro rostros; cada cual llevaba cubierto el cuerpo de ojos

más numerosos que los de Argos, y vigilantes hasta el punto de no dejarse

adormecer ni por la flauta arcadia, ni por el caramillo pastoril o la soporífera varilla

de Mermes.

Despertaba al propio tiempo Leucothea para alegrar de nuevo al mundo con su

sagrada luz, y embalsamaba con un fresco rocío la tierra, cuando Adán y nuestra

primera madre Eva concluían sus oraciones, y hallaban en sí una fuerza que

procedía del cielo. De su misma desesperación sacaban cierta esperanza, cierta

tranquilidad que no alejaba, sin embargo, todos sus temores; y Adán repetía así a

Eva sus benévolos consuelos:

«Eva, fácilmente admite la fe que todo el bien que disfrutamos procede del cielo;

pero que de nosotros ascienda al cielo algo que prevalezca para con el espíritu de

un Dios que es el colmo de toda dicha, o que baste a captarse su voluntad, no

parece igualmente creíble; y con todo, esta ferviente oración, estos anhelantes

suspiros que nacen de nuestro pecho, llegan hasta el trono del Señor, y desde el

momento en que con mis ruegos he procurado aplacar su ofendida divinidad, y

postrado ante ella he humillado mi corazón, paréceme que, propicio y afable,

inclina hacia mí su oído, y hasta llego a persuadirme de que me oye con favorable

disposición. Ello es que mi ánimo recobra su calma, y que acude a mi memoria

aquella promesa de que tu raza hollará la cabeza de nuestro enemigo; promesa

que no había vuelto a recordar en medio de mi turbación, y que ahora me infunde

la esperanza de que ha pasado ya la amargura de la muerte, y de que

seguiremos viviendo. Regocíjate, pues, Eva, con razón apellidada madre del

género humano, madre de cuanto vive, pues que por ti vivirá el Hombre, y para el

Hombre vivirá todo.»

Pero con rostro afectuoso a la vez y triste, le replicó así Eva: «No es digna de ese

glorioso título una pecadora, que destinada a ser tu ayuda, se convirtió en tu

asechanza: improperios, aversión y toda especie de oprobio es lo que merezco; y

sin embargo, la misericordia de mi juez es infinita. Yo, que he dado la muerte a

todos, vengo a ser por su gracia fuente de vida; y tú, generoso a tu vez también

me juzgas digna de tan alto título, cuando yo soy únicamente de otro. Pero ya el

campo nos llama al trabajo, que ahora ha de costarnos sudor después de una

noche de insomnio. Mas, ¿no ves? Mira cómo la mañana, indiferente a nuestro

cansancio, vuelve a emprender risueña su rosada vía. Marchemos, pues: no me

apartaré más de tu lado, cualquiera que sea el sitio a que nos conduzca nuestra

cotidiana faena, que ha de sernos penosa en lo sucesivo, pues ha de durar lo que

dure el día; bien, ¿qué trabajo ha de parecernos duro en medio de estos bellos

pensiles? Vivamos en ellos y viviremos contentos, aunque hayamos descendido

tanto de nuestro estado.»

Así discurría, a medida de sus deseos, profundamente humillada Eva; mas otra

era la decisión del Hado, y la Naturaleza tardó poco en manifestarla por medio de

las aves, de los brutos y del aire, porque éste eclipsó de repente el purpúreo brillo

de la mañana. A su vista, el ave de Júpiter, desde lo más alto de su vuelo, cayó

sobre dos pájaros de bellísima pluma a quienes perseguía, y el animal que reina

en los bosques, y que por primera vez se hizo entonces cazador, bajando de una

colina, se lanzó contra un ciervo y su compañera, la más hermosa pareja de

aquellos montes. Huían hacia la puerta oriental del Paraíso; observábalo Adán, y

siguiéndolos con sus miradas, dijo conmovido a Eva:

«¡Ay, Eva! Algún próximo contratiempo nos amenaza, cuando por medio de esos

mudos indicios de la Naturaleza nos presagia el cielo sus designios o cuando

menos nos da a entender que confiamos demasiado en la remisión de nuestro

castigo, porque nuestra muerte se ha diferido algunos días. ¿Quién sabe lo que

durarán, ni lo que hasta entonces será nuestra existencia, ni si lo más que

averiguaremos es que somos polvo, que polvo volveremos a ser, y que

acabaremos? ¿A qué, si no, ponernos delante de ese doble espectáculo, esa

súbita persecución en el aire y en la tierra, ambas en la misma dirección y en el

mismo instante? ¿Por qué esa oscuridad del lado de Oriente antes de mediar el

día, y ese fulgor matutino, mas vivo que el de la aurora, que ostenta aquella nube

hacia el Occidente, esparciendo destellos por el firmamento azul, y descendiendo

lentamente cual si trajese una misión del cielo?»

Y no era ofuscación suya; que de aquella parte, reflejando en el Paraíso un

resplandor marmóreo y posándose sobre una colina, anunciaba una aparición

gloriosa, de que no hubiera dudado Adán, si el humano temor no hubiera puesto

en sus ojos sombras. No aparecieron más esplendentes los ángeles cuando se

mostraron a Jacob en Mahanain, viéndose cubierto el campo con las tiendas de

sus fúlgidas cohortes, ni cuando en Dothán se descubrió flamígera montaña

hecho un campo de fuego y amenazando al monarca sirio, que para sorprender a

un solo hombre y obrando como asesino, suscitó una guerra sin proclamarla.

Señaló el príncipe de las celestes jerarquías los puestos que habían de ocupar

sus brillantes potestades para apoderarse del jardín, y él se adelantó solo,

buscando el sitio en que se había refugiado Adán. No se le ocultó a éste, y

mientras se acercaba el supremo mensajero, dijo a su esposa: «Disponte ya, Eva,

a alguna gran novedad, que quizá ha de cambiar nuestra suerte o imponernos

nuevas leyes a que tendremos de someternos, porque veo a lo lejos descender

de la fulminante nube que envuelve la colina un guerrero de la legión celeste, y

según su apariencia, no de los inferiores. Será algún gran Potentado, alguno de

los supremos Tronos; que tal es la majestad que lo rodea. No me inspira temor

por su terrible aspecto, ni tiene la benigna dulzura de Rafael, que tanta confianza

infunde, sino una presencia tan solemne como sublime; y para no ofenderlo,

retírate tú; yo con la mayor reverencia le saldré al encuentro.»

Y apenas dijo esto, se le acercó el Arcángel apresuradamente, no en su figura

celestial, sino ataviado como un hombre que ha de entenderse con otro hombre.

Sobre sus resplandecientes armas flotaba una veste marcial de púrpura, más viva

de color que la Melibea, o que la grana de Sarra con que en los tiempos de

treguas se ornaban los reyes y antiguos héroes. Isis tejió sus matices; su

estrellado yelmo con la visera alzada dejaba ver un rostro en las primicias de la

virilidad que acaba de salir de la juventud; a un lado, como un radiante zodíaco,

llevaba pendiente la espada, terrible espanto de Satanás, y en su mano

empuñaba la lanza. Adán se inclinó profundamente; el Arcángel se mantuvo

erguido, y con majestuosa dignidad le dio así cuenta de su mensaje:

«Adán, el supremo mandato del cielo no ha menester exordios: baste decirte que

tus ruegos han sido oídos, y que la muerte a que estabas sentenciado desde el

momento de tu trasgresión retrasará su golpe los largos días que te están

concedidos para dar lugar a tu arrepentimiento, y a que borres tu criminal acción

con tus buenas obras. Entonces tal vez, desenojado tu Señor, te redimirá

enteramente de la instancia con que la muerte te reclama; pero no te es permitido

morar más tiempo en el Paraíso, y yo he venido para sacarte de él y enviarte

fuera del Edén a labrar la tierra de que fuiste formado, y a cuyo seno es bien que

vuelvas.»

No dijo más; porque al oír Adán estas palabras, sintió sobrecogido su corazón y

embargados sus sentidos por el hielo del más acerbo dolor, mas Eva, que aunque

oculta, todo lo había escuchado, se denunció a sí misma, prorrumpiendo en gritos

y agudos lamentos:

«¡Oh inesperado golpe, más terrible que el de la muerte! ¡Salir de este dulce

Paraíso, dejar mi suelo natal y estos dichosos y umbríos vergeles, morada digna

de dioses! ¡Y yo que esperaba subsistir aquí tranquila en medio de mi tristeza,

hasta que llegase el día mortífero para ambos! Flores amadas que no hallaré en

ningún otro clima, las primeras a quienes visitaba por la mañana, las últimas de

quienes por la tarde me despedía; flores que tanto cuidaba mi cariñosa mano

desde que os abríais, y a todas las cuales he dado nombre: ¿quién os enderezará

hacia el Sol ahora, y os ordenará por tribus, y os regará con la ambrosía de estos

puros manantiales? Y tú, por fin, nupcial gruta, que yo me complacía en

embellecer con cuanto puede ser agradable a la vista y al olfato, ¿cómo me

alejaré de ti para andar vagando por un mundo inferior, que comparado con éste

será salvaje y sombrío? ¿Cómo vivir en un aire menos puro, acostumbrada a

estos frutos inmortales?»

Al oír esto el Angel, la interrumpió dulcemente: «No así te lamentes Eva; renuncia

con resignación a lo que justamente has perdido; no te apasiones con tanta

vehemencia de lo que no es tuyo. Al salir de aquí no vas sola; va contigo tu

esposo, a quien estás obligada a seguir, porque donde él habite será tu tierra

natal.»

Entonces Adán, volviendo en sí de su repentino e inerte anonadamiento y

recobrando el ánimo, dirigió a Miguel estas humildes palabras: «Espíritu celestial,

bien seas uno de los Tronos, bien lleves el nombre de superior entre ellos, porque

tu majestad puede ser propia de un príncipe que impera sobre otros príncipes:

bondadosamente nos has comunicado tu mensaje, que a hacerlo de otro modo,

no hubiéramos resistido a tan duro golpe; mas todo el dolor, todo el abatimiento y

desesperación que puede resistir nuestra flaqueza, en tus palabras están cifrados

al anunciarnos el destierro de esta feliz morada, que era nuestro dulce asilo, el

único consuelo que a nuestras almas estaban acostumbradas. Cualquiera otro

lugar nos parecerá inhospitalario y yermo; nos desconocerá a nosotros y será

para nosotros desconocido. ¡Ah! Si a fuerza de incesantes ruegos lograse apiadar

la voluntad de Aquel que lo puede todo, no cesaría un momento de importunarle

con continuos clamores; pero pedirle lo que se opone a su absoluto decreto, sería

tan inútil como querer contrarrestar con nuestro hálito la fuerza del viento, que

rechaza sofocante sobre nosotros al exhalarlo. Me someto pues, a su soberano

mandato: sólo me aflige la idea de que al partir de aquí, no volveré a ver su rostro,

no contaré más que con su bendito auxilio. Aquí hubiera yo recorrido de uno en

otro, adorándolos, todos los sitios en que se dignó consolarme con su divina

presencia; y hubiera dicho a mis hijos: «En este monte se me apareció; bajo este

árbol se me hizo visible; entre estos pinos oí su voz; aquí orillas de esta fuente

conversé con El.» En muestra de reconocimiento, le hubiera erigido altares de

césped, y hubiera acumulado lustrosas piedras de los arroyos en memoria y

monumento para las futuras edades, y derramado sobre ellas el dulce perfume de

odoríferas gomas, de los frutos y de las flores. Pero en ese otro ínfimo mundo,

¿dónde hallaré sus brillantes apariciones, ni siquiera señal de la huella de sus

plantas? Porque, aunque yo huya de su cólera, una vez recobrada la- vida, y

prolongada su duración y legada a la posteridad que se me promete, no me

queda otro consuelo que alcanzar a ver los destellos últimos de su gloria y adorar

de lejos los más leves vestigios de sus pasos.»

«No ignoras, Adán», le replicó Miguel con afectuoso semblante, «que suyo es el

cielo, suya la tierra toda, no esta roca solamente que llena con su presencia la

tierra, el mar, el aire; todo cuanto vive alentado por el calor de su virtual

omnipotencia. Te ha concedido el dominio de la tierra toda para que la poseas y la

gobiernes, don que no debes menospreciar; y así, no creas que su presencia está

reducida a los estrechos límites del Paraíso o del Edén. Este hubiera sido quizá la

cabeza de tu imperio, de donde hubieran salido todas las generaciones, y adonde

hubieran vuelto también de todos los confines de la tierra para ensalzarte y

reverenciarte a ti, su ilustre progenitor; pero tú has perdido esta preeminencia,

decayendo hasta el punto de tener que morar en el mismo suelo que tus hijos. No

dudes, pues, de que tan presente como aquí, está Dios en los valles y en las

llanuras, de que lo hallarás en todas partes, y de que por donde quiera te seguirán

las pruebas de su presencia, y te verás circuido de su bondad y paternal amor, de

su verdadera imagen y de las divinas huellas de sus pasos. Y para que puedas

creer y asegurarte en esto, antes que de aquí salgas, has de saber que soy

enviado para revelarte lo que en los futuros siglos te acontecerá a ti y acontecerá

a tu descendencia. Prepárate a presenciar bienes y males, la pugna que se

empeñará entre la divina gracia y la perversidad del hombre. Así aprenderás la

verdadera resignación, y a moderar la alegría con el temor y un piadoso

recogimiento, de modo que te mantengas igualmente sereno en la fortuna y en la

adversidad, para que puedas arrostrar más a salvo los trances de la vida, y

disponerte mejor al de la muerte cuando sobreviniere. Sube ahora conmigo a esta

eminencia; deja aquí a Eva, a quien ya he tranquilizado, entregada al sueño,

mientras tú, despierto, contemplas el porvenir, como en otro tiempo dormías tú

también cuando ella vino a la vida.»

A cuyas palabras agradecido, contestó Adán: «Sube en buena hora, que yo te

seguiré como a seguro guía por el camino que me conduzcas; sumiso estoy a la

voluntad del cielo en medio de mi castigo. Opondré dócil pecho a todos los males,

y me armaré para hacerme superior a todos los sufrimientos y conseguir desde

luego la tranquilidad por medio del trabajo, si así puedo merecerla.»

Y ascendieron ambos a la visión divina. Era aquella montaña la más alta del

Paraíso, y desde su cima se descubría claramente el hemisferio de la tierra, que

se dilataba hasta donde podía alcanzar la vista. No era más elevada ni en torno

se extendía más la montaña a donde por diferente causa llevó el Tentador,

hallándose en el desierto, al segundo Adán, para mostrarle todos los reinos de la

tierra y las grandezas de cada uno.

Desde allí pudo contemplar en su propio asiento las ciudades de antigua o

reciente fama, las que eran cabeza de los más insignes imperios, desde los

muros destinados a Cambalu, silla del Kan del Caita, y desde Camarcanda, orillas

del Oxo y trono de Temir, hasta Pequín, donde reinan los reyes de la China. De

aquí corrió su vista hasta Agra y Lahor, propias del gran Mogol, y hasta el

Quersoneso Aureo, o hacia Ecbatana la de Persia, después Hispahán, o a Moscú,

donde es soberano el zar de Rusia, y a Bizancio, dominada por el Sultán, que

nació en el Turquestá. Pudo luego fijar sus ojos en el reino de Nego y su puerto

más lejano, Erecco, y los pequeños estados marítimos de Montzaba, Quiloa,

Melinde y Sofala, que algunos creen Ofir, hasta los reinos de Congo y Angola más

al Mediodía; y trasladándose del río Niger al monte Atlas, los imperios de

Almanzor, de Fez, de Sus, de Marruecos, de Argel y Tremecén. Y desde allí

contempló a Europa, y el lugar en que Roma había de dominar al mundo. Y allá

en su imaginación quizá descubrió la opulenta Méjico, imperio de Motezuma, y el

de Cuzco en el Perú, espléndido trono de Atabalipa y la Guyana no despojada

aún, a cuya principal ciudad llamaron El Dorado los hijos de Gerión.

Mas para disponerlo a representaciones más sublimes, Miguel levantó de los ojos

de Adán el velo que había puesto sobre ellos el falso fruto de que se prometió

vista más perspicaz; y luego le purificó el nervio visual con eufrasia y ruda, porque

tenía mucho que ver, y le introdujo en él tres gotas de agua sacadas de la fuente

de la vida. La virtud de aquellas yerbas penetró de tal manera hasta lo íntimo de

la vista intelectual. que precisado Adán a cerrar los ojos, cayó enajenado,

cayendo todos sus espíritus en un éxtasis; por lo que el bello Angel le asió de la

mano y le hizo al punto volver en sí diciéndole:

«Adán, abre ahora los

ojos, y contempla en primer lugar los efectos que tu crimen

original ha producido en algunos de los que nacerán de ti; los cuales sin embargo,

no han tocado jamás al árbol prohibido, ni conspirado con la serpiente, ni

delinquido con tu pecado; pero, a pesar de ello, de ese mismo pecado, heredan la

corrupción que ha de precipitarlos en acciones más violentas.»

Abrió los

ojos Adán, y vio un campo que, labrado en parte, estaba lleno de haces

de paja recién segada; el resto quedaba para pasto y rediles de los ganados. En

medio, como marcando un límite, se alzaba un altar rústico, hecho de hierba, al

cual llegaba de pronto un segador sudoroso, que depositaba en él las primicias de

sus frutos, espigas verdes aún y tostados haces, pero revueltos, y según más a

mano los había hallado. Inmediato a él se veía un pastor en actitud más humilde,

cargado con los recentales más escogidos y mejores de su rebaño, y después de

sacrificarlos, extendía las entrañas y la grasa sobre la leña ya preparada,

rociándolas con incienso, y practicando todos los demás ritos debidos. De repente

bajó del cielo un fuego propicio sobre su ofrenda, y la consumió con presta llama,

esparciendo alrededor un grato aroma; pero la ofrenda del otro no se consumió,

porque no era sincera; lo cual lo encendió en ira, y según estaba hablando con el

pastor, le lanzó en medio del pecho una piedra que le dejó sin vida. Cayó, y

cubierto de mortal palidez exhaló el alma entre torrentes de sangre. Sobrecogido

con aquel espectáculo el corazón de Adán, exclamó:

«Maestro mío ¿por qué ha sucedido tan gran desdicha a ese hombre humilde que

tan bien ha hecho su sacrificio? ¿Este premio reciben la piedad y una devoción

tan pura?»

Y Miguel le respondió conmovido: «Esos dos son hermanos, Adán, y nacerán de

ti. El injusto ha matado al justo, por envidia de que el cielo haya aceptado la

ofrenda de su hermano; pero esa acción sanguinaria será vengada, y, como tan

meritoria, la fe del otro no quedará sin recompensa, aunque lo ves morir aquí

cubierto de polvo y sangre.»

«¡Ay!», dijo nuestro padre. «¡Por esa acción y por esa causa! ¿Conque lo que he

visto es la muerte? ¡Y por este medio volveré yo a la tierra nativa! ¡Oh

espectáculo terrible, que no puede contemplarse sin repugnancia y asombro, ni

considerarse sin horror, ni sentirse sin espanto!»

A lo que contestó Miguel: «Ya has visto en el hombre la primera forma de la

muerte; pero ¡cuán varias; son las que toma y cuántos los caminos que conducen

a su hórrida caverna, y todos ellos tristes! Es sin embargo más pavorosa para los

sentidos a la entrada que interiormente. Unos, como acabas de ver, morirán por

un golpe violento, otros por el fuego, el agua y el hambre, y muchos por la

intemperancia en los manjares y en las bebidas. Ella propagará por la tierra

crueles enfermedades, que en monstruosa multitud se ofrecerán a tu vista para

que comprendas cuántas miserias ha acarreado a la humanidad el liviano apetito

de Eva.»

Al punto apareció a su vista una mansión triste, repugnante, sombría, parecida a

un lazareto, en la cual se veían amontonados gran número de pacientes, porque

allí se juntaban todas las enfermedades: el horroroso espasmo, los agudos

tormentos, el agonizante desmayo del corazón, toda especie de fiebres, las

convulsiones, las epilepsias, los rigurosos catarros, la piedra intestina y las

úlceras, los cólicos rabiosos, el infernal frenesí, la siniestra melancolía, la lunática

demencia, la lánguida atrofia, con el marasmo, la hidropesía y la peste

devastadora, y las dopsias, el asma y el reuma que destroza la trabazón de los

miembros. Las toses eran crueles, amarguísimos los suspiros; la desesperación

corría de lecho en lecho, acosando a los enfermos, y sobre ellos blandía su dardo

la muerte triunfante, pero retardando sus golpes, a pesar de que a todas horas la

invocaban con afán, como el supremo bien y la última esperanza.

¿Quién, ni aun el corazón más endurecido, hubiera contemplado, con ojos enjutos

espectáculo tan tremendo? A Adán no le era posible, y lloró a pesar de no haber

nacido de mujer; predominó la compasión en lo más perfecto del Hombre, y por

algún tiempo se entregó al llanto, aunque acudiendo a su mente, más graves

pensamientos, moderó su exceso, y así que recobró la palabra, volvió a sus

exclamaciones:

«¡Oh miserable especie humana! ¡A qué degradación has llegado! ¡Qué condición

tan infeliz te está reservada! Más te valiera no haber nacido. ¿Por qué se nos ha

impuesto? Si el que la recibe la conociese, ¿cómo había de aceptar semejante

oferta y no rechazarla desde luego, prefiriendo quedar en un pacífico olvido? ¿ Es

posible que siendo el Hombre imagen de Dios, y habiendo sido formado tan

bueno, tan preeminente, aunque después se haya hecho criminal, tenga que

pasar por sufrimientos tan terribles a la vista y al ánimo tan intolerables? ¿Por

qué, conservando aún el Hombre parte de la semejanza divina, no había de estar

libre de semejantes imperfecciones, preservándolo de ellas el mismo respeto que

se debe a la imagen de su Creador?»

«La imagen de su Creador», replicó Miguel, «se apartó de ellos desde el

momento en que se envilecieron al entregarse a sus apetitos desordenados;

desde aquel punto se trocaron en la imagen de aquel a quien servían, del vicio

brutal que indujo a pecar, sobre todo a Eva, y que los rebajó hasta el punto de

hacerlos dignos de su castigo. Porque no es la imagen de Dios la que han afeado,

sino la suya propia, y si alguien ha desvanecido esta semejanza, han sido ellos; y

al convertir las saludables leyes de la pura naturaleza en horribles enfermedades,

ellos se imponen un castigo justo, por no haber respetado la imagen de Dios que

llevaban en sí mismos.»

«Reconozco esa justicia», dijo Adán, «y me someto a ella; pero, ¿no hay otro

medio menos doloroso que estos, para llegar a la muerte y confundirnos con

nuestro ordinario polvo?»

«Uno hay», respondió Miguel, «que consiste en observar la regla de «No

excederse», de guardar templanza en lo que se come y bebe, procurándose el

alimento preciso, no los deleites de la glotonería; con lo que pasarán multitud de

atos sobre tu cabeza. Así podrás vivir hasta que, como el fruto maduro, vuelvas al

seno de tu madre; y no serás arrancado violentamente, sino que te desprenderás

con facilidad cuando estés sazonado para la muerte, es decir, en tu ancianidad; y

entonces sobreviviendo a tu juventud y a tu robustez, se convertirá en débil y

caduca y encanecerá tu belleza; y torpes ya tus sentidos, quedarán yertos para el

gusto que ahora sientes en los placeres; y en lugar de ese espíritu juvenil,

confiado y vivaz, se inyectará en tu sangre un humor melancólico, frío y estéril,

que amenguará tu vigor y acabará por consumir todo el bálsamo de tu vida.»

A lo que repuso nuestro primer padre:

«Pues bien: no esquivaré ya la muerte; no deseo prolongar mucho la vida;

dispuesto estoy, por el contrario, a dejar cuan dulce y fácilmente me sea posible

esta pesada carga, que debo

tener sobre mí hasta que llegue el día designado

para librarme de ella; y esperaré tranquilamente mi disolución.

Y añadió Miguel: «No ames ni aborrezcas la vida, pero mientras te dure,

esfuérzate en vivir bien. Si será larga o breve, el cielo ha de decirlo. Y ahora

prepárate a presenciar otro espectáculo.»

Miró, y vio una espaciosa llanura llena de tiendas de varios colores: junto a unas

pastaban rebaños de ganados; de otras salían voces de instrumentos que por sus

acordes melodías indicaban ser órganos y arpas; y se descubría el que movía las

teclas y pulsaba las cuerdas, cuya ligera mano recorría todos los sonidos desde el

más bajo al más alto, produciendo resonantes fugas. En otro lado estaba un

hombre trabajando en una fragua con dos pedazos de hierro y cobre que había

derretido, y encontrado antes, ya porque un incendio casual abrasando algún

bosque en cualquier montaña o valle; y penetrando por las venas de la tierra,

hubiese arrojado el ardiente metal por la boca de una concavidad, ya porque

algún torrente hubiese expelido aquellas materias de las profundidades en que se

hallaban. Con sólo derramar el líquido en unos moldes que tenía ya preparados,

forjó primero sus propias herramientas, y luego las que podían servir para liquidar

o labrar los metales mismos.

Después de éstos, aunque no a mucha distancia, bajaron la llanura desde la cima

de los altos montes en que moraban, otros hombres de diferente raza. Indicaban

en su apariencia ser hombres justos, que ponían su estudio en adorar

sinceramente a Dios, y en cuidarse de todo aquello que puede proporcionar a los

hombres libertad y paz. Y no habían discurrido largo tiempo por la llanura cuando

de pronto salen de las tiendas un tropel de mujeres bellísimas, ricamente

ataviadas de joyas y galas seductoras, cantando al compás de las arpas dulces y

amorosos cánticos y tejiendo vistosas danzas. Aquellos hombres que

permanecían graves, las miraron, fijaron en ellas sus ojos sin temor alguno, hasta

que prendidos por fin en sus halagüeñas redes, cedieron a su encanto, y cada

cual eligió la que le agradaba más; y en amantes coloquios se entretuvieron,

hasta que apareció, precursora del amor, la estrella de la noche; y ardiendo

entonces en fuego que los devoraba, encendieron las antorchas nupciales, y

mandaron que se invocase el himeneo, que por primera vez se invocó en los ritos

del matrimonio; y las tiendas todas resonaron en fiestas y ruidosas músicas.

Aquellos inefables coloquios y deleitosos arrobamientos del amor y de la juventud,

que no malograban un solo instante aquellos cantos y lazos de flores y dulcísimas

armonías, de tal modo interesaban el corazón de Adán, de suyo inclinado al

placer, irresistible propensión de la naturaleza, que exclamó así:

«Verdaderamente me has abierto los ojos, ¡oh tú el primero de los ángeles

benditos! Más grata me parece esta visión, y más esperanzas de pacíficos días

me ofrece, que las dos pasadas. En ellas todo era estrago y muerte y tormentos

aún más terribles; en ésta la naturaleza parece realizar todos sus designios.»

«No juzgues», le advirtió Miguel, «que lo más placentero es lo mejor, por más que

parezca satisfacer a la naturaleza, y menos debes juzgarlo tú, creado para fin más

noble más santo y puro, y más conforme con la divinidad. Esas tiendas que tan

agradables te parecen, son el albergue de la perversidad, y en ellas habitará la

raza de aquel que mató a su hermano. Parecen cultivar con afán las artes que

embellecen la vida de las que son raros inventores, pero se olvidan de su

Creador, cuyo espíritu los ilumina, y no reconocen ninguno de sus beneficios.

Nacerá de ellos, sin embargo, una generación hermosa, porque esa turba de

mujeres tan bellas que acabas de ver, diosas en la apariencia, amables, alegres,

encantadoras, carecen de la bondad que consiste en la honra doméstica, el

principal timbre de una mujer. Destinadas y aderezadas sólo a los apetitos

lascivos, servirán no más que para cantar y danzar, y lucir galas, y ejercitar la

lengua, y flechar los ojos; y esa sobria raza de hombres cuyas vidas religiosas les

hacían dignos del título de hijos de Dios, sacrificarán bajamente toda su virtud,

toda su fama a las seducciones y sonrisas de esas bellas artes ateas. Ahora

nadan en placeres; nadarán luego en un profundo abismo; y ríen, pero en breve,

el mundo se convertirá para ellos en un mundo de lágrimas.»

Frustrada con esto la breve alegría de Adán: «¡Qué lástima y qué vergüenza»,

exclamó, que los que con tan buenos auspicios entran en la vida, tan fácilmente

se aparten de su sendero tomando otros extraviados, o desfallezcan a la mitad del

camino! Y lo que veo es que siempre los males del hombre tienen un mismo

origen, todos provienen de la mujer.»

«Provienen» repuso el Angel, «de la afeminada flaqueza del hombre, que debería

conservar más cuerdamente su dignidad, ya que ha recibido dones tan

superiores. Pero vas a ser testigo de otra escena.»

Miró, y descubrió un vasto país que delante de él se dilataba, ocupado por

pueblos y edificios rurales, y más lejos por ciudades populosas, con sus puertas y

fuertes torres y una muchedumbre armada, en cuyos feroces semblantes se

retrataba la guerra, gigantes de inmensos cuerpos y osados en sus empresas.

Unos blandían sus armas, otros aguijaban a sus fogosos bridones, y así jinetes

como infantes, ya diseminados, ya en orden de batalla, no desempeñaban allí un

ministerio ocioso. Apostados en un camino los escogidos para este fin, acopiaban

forraje y recogían gran número de hermosos bueyes y no menos hermosas vacas,

que arrebataban a sus suculentos pastos, y rebaños enteros de lanudas ovejas y

balantes corderillos, rico botín de todos aquellos llanos: apenas si lograban

escapar con vida los pastores que pedían socorro a gritos. De repente se traba un

sangriento combate: chocan entre sí y con cruel furia los escuadrones, y en el

sitio mismo en que poco antes yacían los ganados, yacen multitud de cadáveres y

armas destrozadas, y la tierra sangrienta se trueca en un desierto. Acampados

otros, asedian una población fuerte y la hostilizan con baterías, con minas, con

escalas, mientras los sitiados se defienden desde lo alto de las murallas con

flechas, jabalinas, piedras y ardiente azufre: horrible mortandad y gigantescas

proezas por ambos lados. Más allá los heraldos con sus cetros llaman a consejo

en las puertas de la ciudad, y al punto se reúnen varios hombres de cabellos

blancos y grave aspecto, mezclándose con los guerreros; hácense oír arengas

elocuentes, pero suscítase de pronto una oposición facciosa, hasta que por fin se

levanta un personaje de mediana edad; distinguido por su prudencia, que discurre

largamente sobre el derecho y la sinrazón, la justicia, la religión, la verdad, la paz

y el juicio de Dios. Vitupéranlo mozos y viejos, y hubieran puesto sus manos

violentamente en él, a no bajar una nube que lo arrebató, desapareciendo a los

ojos de aquella multitud. De esta suerte procedían allí la violencia, la tiranía, la luz

de la fuerza, y no era dable sosiego alguno en aquella tierra.

Lloraba Adán amargamente, y volviéndose a su guía le preguntó sollozando:

«¿Qué gente es ésa, ministros de la Muerte, no hombres, que así se la dan a sus

semejantes, y que multiplican diez mil veces el homicidio de su hermano? Porque

hermanos suyos son esos a quienes degüellan, hombres que asesinan a otros

hombres. Y ese justo, que a pesar de su virtud hubiera perecido, a no haberlo

salvado el cielo, ¿quién era?»

«Esos», replicó Miguel, «son los resultados de los torpes matrimonios que has

visto. Desde el punto en que se unen el bien y el mal, que recíprocamente se

aborrecen, la imprudencia de tal unión produce monstruosos engendros de

cuerpo y alma. Tales serán esos gigantes, hombres de encumbrada fama, porque

en semejantes tiempos sólo se admirará la fuerza, que se llamará valor y virtud

heroica. Vencer en las batallas, subyugar naciones, volver uno cargado de los

despojos de infinitas víctimas inmoladas, se considerará como el más sublime

grado de la gloria humana; que todo esto se hará por la gloria del triunfo, para

alcanzar el nombre de grandes conquistadores, bienhechores de la humanidad,

dioses, hijos de los dioses, cuando más bien debieran llamarse destructores y

plagas de la especie humana. Así se adquirirá en la tierra fama y nombradía, y el

verdadero mérito se dará al olvido. Ese, que ha de ser el séptimo de tus

descendientes, único justo de esa generación perversa, ya has visto que lo

odiaban por eso mismo, y cuán expuesto estuvo entre tantos enemigos, porque

se atrevió a ser el único virtuoso y a anunciarles la ingrata verdad de que Dios,

rodeado de sus santos, vendría a juzgarlos. Pero el Señor Omnipotente lo ocultó

en una nube de perfumes, y sus alados corceles le arrebataron, como has visto, y

Dios lo ha recibido en su seno para que goce con él de la salvación en el reino de

la bienaventuranza, exento de toda muerte; lo cual te dará a entender el premio

reservado para los buenos, y el castigo que a los demás aguarda; y en prueba de

ello, dirige allí tus miradas y considera bien lo que vas a ver.»

Y en efecto miró, y vio que todo había variado de aspecto. La boca de bronce de

la guerra había cesado de rugir; todo a la sazón respiraba contento y júbilo, lujuria

y disolución; todo era fiestas y danzas, matrimonios o prostituciones, según mejor

parecía, raptos o adulterios, y por dondequiera que pasaba una mujer hermosa,

arrastraba tras sí a los hombres. De las copas del deleite salían las discordias

civiles. Por último llegó un venerable patriarca, y se mostró indignado con sus

vicios, protestando contra su conducta. Frecuentaba sus reuniones en que sólo

veía triunfos y fiestas, y les predicaba conversión y arrepentimiento, como a almas

que gemían encarceladas y en breve habían de sufrir una sentencia terrible. Todo

fue en vano; y cuando sintió que se acercaba la hora, renunció a sus consejos, y

mudó lejos de allí sus tiendas.

En seguida, cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave

de extraordinarias dimensiones; calculó los codos que había de tener en longitud,

en anchura y elevación; cubrióla en derredor de betún; abrió una puerta en uno de

sus costados, la llenó de abundantes provisiones para hombres y animales, y ¡oh

singular prodigio!, de cada especie de animales, aves y pequeños insectos,

entraron en ella a setenas y a pares, obedeciendo al precepto que se les había

impuesto, y los últimos de todos, el padre, sus tres hijos y sus cuatro mujeres;

después de lo cual cerró Dios la puerta.

Al propio tiempo se levantó el viento del Mediodía y desplegando sus inmensas y

negras alas, acumuló las nubes que se extendían bajo el cielo, las cuales se

aumentaron con todos los vapores, con todas las húmedas y sombrías

exhalaciones que inmediatamente les enviaron las montañas. Cerróse el denso

firmamento como una lóbrega techumbre, y se desgajó una impetuosa lluvia, que

prosiguió cayendo hasta que la tierra se ocultó a la vista. Sobrenadaba el bajel en

medio de las aguas y con su enristrada proa se abría seguro paso; las olas

habían sepultado ya las demás viviendas, que con todas sus pompas rodaban por

el profundo abismo; el mar inundaba al mar, dejándole sin términos y sin playas, y

en los palacios que tal magnificencia ostentaban antes, se guarecían y

propagaban los monstruos marinos. De todo el género humano, ha poco tan

numeroso, no quedaba más que lo que iba nadando en aquella frágil

embarcación.

¡Qué pena sentiste entonces, Adán, al ver el fin de tu descendencia, fin tan triste,

y al considerar tan completa despoblación! Tú también te hallaste sumido en otro

diluvio de lágrimas y pesares, anegado y ahogado como tus hijos, hasta que

blandamente sostenido por el Angel, pudiste permanecer en pie, bien que

inconsolable, como un padre que llora a sus hijos, muertos todos a un tiempo ante

sus ojos; tanto, que apenas te quedó fuerza para manifestar así tu dolor al Angel.

«¡Oh visiones en mal hora tenidas! Más dichoso hubiera vivido ignorante del

porvenir. Hubiera yo solo participado de tantos males; que la carga diaria se lleva

difícilmente. Estas penas que se reparten en varios siglos y que caen de una vez

sobre mí, mi previsión las anticipa y me atormentan con la idea de lo que han de

ser antes de que existan. Que ningún hombre pretenda jamás averiguar la suerte

que le ha de caber a él y a sus hijos en lo futuro: adquirirá la seguridad de males

que su previsión no podrá evitar, y que sólo temerlos serán para él no menos

insoportables que si realmente le aconteciesen. Pero ya de esto no debo

cuidarme: inútil es en el hombre esa prevención, dado que los pocos que

sobrevivan perecerán al cabo, de hambrientos y acongojados, a fuerza de vagar

por esos líquidos desiertos. ¡Insensato! Llegué a esperar, al ver que la violencia y

la guerra desaparecían de la tierra, que todo sería ventura, y que la paz vendría a

coronar a la raza humana con largos días de prosperidad; pero, ¡qué grande fue

mi error! Ahora conozco que tanto como corrompe la paz, devasta la guerra. ¿Por

qué ha de ser así? Explícamelo, mensajero celestial, y dime si la raza humana

perecerá aquí.»

Y Miguel replicó de nuevo: «Esos que ha poco has visto tan triunfantes y tan

viciosamente opulentos, son los mismos que viste al principio llevar a cabo

eminentes hechos y grandes proezas, pero sin el mérito de la verdadera virtud.

Los cuales después de haber vertido torrentes de sangre, trocado en ruinas las

naciones que han sometido y granjeándose por tanto en el mundo fama, insignes

títulos y grandes riquezas, han cifrado su bienestar en los placeres, la molicie, la

ociosidad, la crápula y la concupiscencia, hasta que sus torpezas y su soberbia,

de la intimidad en que con él vivían y de su pacífica situación, han extraído sus

hostiles hechos. De la propia suerte, los vencidos y los esclavizados por la guerra

han perdido, al tiempo que su libertad, toda virtud y el temor de Dios; y aunque

con fingida piedad le imploren en el trance de las batallas, no los ayudará el Señor

contra los invasores. Tibios así en su celo, procurarán en lo sucesivo vivir

tranquilos, licenciosa ~y mundanalmente, poseyendo lo que les dejen gozar sus

dueños, porque la tierra producirá siempre más que lo que la templanza exija.

Todo, pues, degenerará, llegará a pervertirse todo; yacerán en el olvido la

Justicia, la moderación, la verdad, la fe. Un solo hombre quedará exceptuando,

único hijo de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los malos ejemplos

de las seducciones, de las costumbres y de un mundo perverso; que superior al

temor de los vituperios, de los sarcasmos y de las violencias, los amonestará para

que se aparten de sus inicuas vías; que abrirá ante sus pasos las sendas de la

rectitud, mucho más seguras y pacíficas; que les anunciará la cólera que

amenaza a su impenitencia, y se apartará de ellos porque la escarnecen; Dios lo

contemplará como el único justo entre los vivientes; y él, obediente a su mandato,

construirá esa arca maravillosa que has visto, para librarse en ella él y su familia

de un mundo condenado a universal naufragio.

«No bien, acompañado de los hombres y animales elegidos para transmitir la

vida, entre y se guarezca en el arca, cuando instantáneamente se abrirán todas

las cataratas del cielo, que noche y día derramarán torrentes de agua sobre la

tierra; saldrán de madre las fuentes más profundas; reventará el Océano,

cubriendo todas sus playas, hasta que la inundación sobrepuje a los más

encumbrados montes. Este del Paraíso, impelido por la fuerza de las olas, y

asaltado a la vez por los dos brazos de la corriente, perderá su asiento, y

despojado de toda su pompa, arrastrados sus árboles por las aguas, se

precipitará por el gran río hasta la boca del golfo, donde se detendrá convertido

en isla salada y árida, refugio de focas, orcas y gaviotas de graznido desapacible.

Todo lo cual te enseñará que Dios no vincula en lugar alguno la santidad, si no va

con los hombres que lo frecuentan o en él habitan. Y ahora presta atención a lo

que sigue.»

Miró y vio el arca nadando sobre el agua, que a la sazón iba descendiendo,

porque las nubes se alejaban empujadas por el viento sutil del norte, cuyo duro

soplo rizaba la líquida superficie a medida que decrecía. Un sol radiante reflejaba

en las cristalinas ondas, y como tras larga sed se saciaba en ellas ansioso de su

frescura; y en breve toda aquella inundación, formando un tranquilo lago, fue

disminuyendo y estrechándose más y más, y se retiró por fin al profundo abismo,

que había ya abierto sus diques a tiempo que el cielo cerró sus cataratas. Ya no

sobrenada el arca, sino que parece afirmada en tierra, y fija en la cima de alguna

alta montaña; y ya se descubrían como otras tantas rocas las cumbres de las

colinas. Las rápidas corrientes sepultan rugiendo sus airadas olas en el mar, que

se retira. Sale un cuervo volando del arca; tras él, un mensajero más seguro, una

paloma enviada primera y segunda vez en busca de un árbol verde o de terreno

donde pudiera asentar sus ligeros pies. Vuelve al segundo viaje, trayendo en el

pico una rama de olivo, señal de paz; y al punto aparece seca la tierra; y baja del

arca el venerable anciano con toda su familia, y levantando sus manos y sus

piadosos ojos al cielo en muestra de gratitud, ve sobre su cabeza una nube de

rocío, y en medio de ella un arco formado con tres brillantes fajas de varios

colores, que indicaban la paz de Dios y una era de nueva alianza: con lo que el

corazón de Adán, antes tan triste, se regocijó sobremanera, y expresó su júbilo en

estos términos:

«¡Oh tú que puedes representar como presentes las cosas futuras, celestial

maestro! Ya con este último espectáculo me reanimo, seguro como estoy de que

vivirá el Hombre y de que subsistirán con sus razas todas las criaturas. Al

presente me lamento menos de la destrucción de todo un mundo de hijos

criminales, cuanto me regocijo de haber hallado un solo hombre tan perfecto y tan

justo, que Dios se haya dignado de hacerle principio de otro mundo, y de dar su

cólera al olvido. Mas dime: ¿qué significan esas fajas de color que se enarcan en

el cielo, como si el ceño de Dios se hubiese ya apaciguado? ¿Sirven, como una

margen florida para detener la fluctuación de esa acuátil nube, por temor de que

vuelva a disolverse y anegue otra vez la tierra?»

Y le respondió el Arcángel: «Has acertado en tu conjetura, que Dios ha tenido la

benevolencia de redimir sus iras, aunque tan arrepentido estaba últimamente de

haber creado al Hombre capaz de depravación. Sintióse apesadumbrado cuando

al declinar al mundo su mirada, vio llena la tierra toda de violencias, y que la carne

corrompía sus obras. Pero excluidos aquellos impíos, tal gracia ha merecido a sus

ojos un hombre justo, que se ha apiadado y no eliminará de la tierra a la raza

humana. Consiente en no aniquilar ya el mundo con un nuevo diluvio, en no

permitir que el mar traspase sus límites, ni la lluvia sumerja a hombres y animales.

Siempre que tienda una nube sobre la tierra, desplegará su arco, y seguirán su

invariable curso el día y la noche, la estación de la siembra y de la cosecha, del

calor y de los blancos hielos, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas,

y así el cielo como la tierra, donde ha de morar el justo.»

DUODECIMA PARTE

ARGUMENTO

Prosigue el Angel Miguel refiriendo lo que acontecerá después del Diluvio. Al

hacer mención a Abraham, recorre sucesivamente la escala de los siglos hasta

venir a explicar quién será el fruto nacido de la Mujer que se había prometido a

Adán y Eva culpables ya; su encarnación, muerte, resurrección y ascensión; y el

estado de la Iglesia hasta su segunda venida. Completamente satisfecho Adán y

tranquilizado con aquellos anuncios y promesas, baja de la montaña con Miguel.

Despierta a Eva, que había estado durmiendo todo aquel tiempo, y cuyos

agradables sueños la habían predispuesto a la tranquilidad de ánimo y a la

obediencia. Miguel, llevándolos de la mano, los conduce a ambos fuera del

Paraíso, y fulmina su ardiente espada, mientras los querubines se colocan en sus

respectivos puestos según les había ordenado.

Como el viajero que precisado a caminar de prisa interrumpe, sin embargo, su

marcha al mediodía, suspendió aquí el Arcángel su narración, quedando entre el

mundo destruido y el mundo restaurado, por si Adán quería además discurrir

sobre lo que había oído; pero a poco, valiéndose de una sencilla transición,

prosiguió de nuevo, diciendo:

«Has visto pues, el principio y el fin de un mundo; has visto renacer al Hombre de

un tronco; y aún tienes más que ver, pero conozco que tu vista mortal se debilita:

estos objetos divinos no pueden menos de deslumbrar y fatigar los sentidos

humanos. Lo que ha de acontecer después es mejor que te lo refiera; y así oye y

estáme atento.

«Mientras esta segunda generación de hombres se reduzca a corto número, y

mientras en sus ánimos subsista el recuerdo de la terrible sentencia que se dictó,

vivirán temerosos de Dios, procederán justa y rectamente, y se multiplicarán en

breve. La tierra, cultivada por ellos, les dará colmadas cosechas de trigo, vino y

aceite; sacrificarán a menudo lo más selecto de sus rebaños, el toro, el cabrito, el

cordero, prodigando con afectuosa mano sus libaciones; e instituyendo fiestas

sagradas, transcurrirán sus días en inocente júbilo, en paz segura, divididos en

tribus y familias bajo el mando de paternal autoridad, hasta que se levante un

hombre altivo y ambicioso, que enemigo de igualdad tan bella y de tal feliz estado,

se arrogue un injusto dominio sobre sus hermanos y ahuyente de la tierra toda

concordia, toda ley natural. Empleará sus armas, y no contra las fieras, sino

contra los hombres, en guerras y hostiles asechanzas, y cuantos se nieguen a

obedecer su tirano imperio; y por esto se apellidará el gran cazador, a despecho

del Señor; a despecho también del cielo, pretenderá derivar del mismo su

transmitida soberanía, y su nombre equivaldrá al de rebelión, aunque acuse de

rebeldes a los demás.

«Acompañado o seguido de una multitud tan ambiciosa como él y no menos

propensa a la tiranía, marchando desde el Edén hacia el Occidente, encontrarán

una gran llanura, donde de las entrañas de la tierra, verdadera boca del infierno,

brotará un betún negro e hirviente, y con él y con ladrillos labrados al intento,

procurarán fabricar una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo. Esta torre

tendrá Babel por nombre, no sea que diseminados alguna vez por extrañas

tierras, su memoria se dé al olvido, aunque por lo demás no se cuiden de que sea

buena o mala esta memoria.

«Pero Dios, que sin ser visto desciende muchas veces a visitar a los hombres, y

entra en sus moradas para investigar sus obras, fijó en ellos sus miradas y bajó a

aquella ciudad antes de que su torre ocultase las torres del cielo; y burlándose de

ellos, puso en sus lenguas espíritus diversos, que alterando por completo su

nativo idioma, lo convirtieron en un ruido disonante de palabras desconocidas.

Pronto se suscitó un confuso y estrepitoso clamoreo entre los constructores;

llamábanse unos a otros, pero nadie se entendía, de suerte que redoblando sus

gritos enfurecidos, y creyéndose mutuamente injuriados, trabaron entre sí

descomunal pelea. ¡Oh!, ¡qué de risas produjo en el cielo aquel espectáculo, con

su extraño azoramiento y su horrenda vocería! Cayó así en ridículo y concluyó la

soberbia fábrica, que por esta causa fue llamada «Confusión».

Viendo lo cual Adán, exclamó con paternal enojo: «¡Hijo execrable, que así aspira

a avasallar a sus hermanos, apoderándose de una autoridad usurpada que no ha

concedido Dios! Sólo nos ha dado dominio absoluto sobre las bestias, los peces y

las aves; este derecho tenemos, debido a su bondad; pero no ha hecho al hombre

señor de los demás hombres, sino que reservándose este título para sí, dejó a la

humanidad libre de toda servidumbre humana. Y ese usurpador no se contenta

con someter a su orgullo al hombre, porque con su torre pretende asaltar y

desafiar al cielo. ¡Miserable! ¿Qué alimentos pensará transportar allá arriba para

atender a su subsistencia y a la de su temerario ejercito, cuando el aire sutil que

reina sobre las nubes seque sus groseras entrañas, y lo prive de respiración ya

que no esté privado de sustento?»

A lo que contestó Miguel: «Con razón te indignas contra ese mal hijo que tal

perturbación produce en la tranquila existencia humana, empeñándose en

subyugar la libertad, hija de la razón; pero no olvides sin embargo, que desde tu

culpa original la verdadera libertad se ha perdido, la libertad gemela de la recta

razón, y por consiguiente partícipe con la de su mismo ser. Una vez oscurecida u

olvidada en el hombre la razón, nacen en él los deseos inmoderados, las

pasiones violentas que lo privan del imperio que sobre él ejercen aquéllas, y de

libre que era, lo reducen a esclavitud. Por lo mismo, desde el momento en que

consiente que un poder ominoso avasalle el albedrío de su razón, Dios le impone

el justo castigo de someterlo exteriormente a violentos opresores, que por lo

común tiranizan con no menos injusticia su libertad externa; y es bien que exista

la tiranía, aunque no por eso sea el tirano disculpable. A veces las naciones

decaerán de la virtud, que es la razón, de tal manera que, no la iniquidad, sino la

justicia, o la maldición que sobre ellas caiga, las privará de su libertad externa y

aun de la que interiormente disfruten. Testigo el hijo irrespetuoso de aquel que

fabricó el arca. que a consecuencia de la afrenta con que infamó a su padre, oyó

fulminar contra su viciosa raza esta maldición terrible: «Serás esclavo de los

esclavos».

«Caerá, pues, este último mundo como el primero, de un mal en otro peor, hasta

que cansado Dios de tantas maldades, retire su presencia de entre los hombres y

aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a abandonarlos en sus caminos de

perdición, y a elegir entre todas las naciones una sola, que sea la que lo invoque,

una nación que proceda del único hombre fiel, el cual mire de la parte de acá del

Eúfrates, aunque haya sido criado en el seno de la idolatría.

«¿Podrás creer que esos hombres sean estúpidos, hasta el punto de abandonar

al Dios vivo, aun en vida del patriarca preservado del diluvio, y de adorar las obras

salidas de sus propias manos, los leños y las piedras, como si fueran dioses?

Pues a pesar de esto, el Altísimo Señor se dignará, por medio de una visión,

alejar a ese hombre de la casa de su padre, de entre los suyos y del culto de sus

falsos dioses, enviándolo a una tierra que le mostrará; y hará que sea principio de

una nación poderosa, a la cual colmará de bendiciones, de suerte que todas las

demás naciones de su raza lleguen a ser igualmente benditas. Y ese hombre

obedece al punto; no conoce la tierra adonde va, pero abriga una fe ciega; yo

estoy viéndolo, aunque tú no puedas verlo; veo la fe con que deja sus dioses, sus

amigos, su suelo natal la ciudad Ur de Caldea, pasando el vado para ir a Harán, y

llevando en pos un séquito embarazoso de ganados y de sirvientes. No camina

pobre, mas confía todas sus riquezas a Dios, que lo llama a una tierra

desconocida; y llega a Canaán, donde descubro sus tiendas colocadas alrededor

de Siquén y en la llanura próxima a Moreh; y allí se le promete para su

descendencia la donación de toda aquella tierra, desde Hamath, por la parte del

norte, hasta el Desierto, a la del mediodía (distingo los lugares por sus nombres,

aunque estos nombres no existan ya), y desde el monte Hermón hasta el

anchuroso mar occidental. A este lado Hermón; en el otro el mar. Mira en

perspectiva estos puntos según los voy mencionando: en la costa el monte

Carmelo; aquí la corriente del Jordán con los manantiales que la alimentan,

verdadero límite hacia el Oriente; pero sus hijos se establecerán en Senir, en

aquella larga cadena de colinas. Considera bien esto, que todas las naciones de

la tierra serán benditas en la descendencia de ese hombre, y que en su

descendencia está incluido tu gran Libertador, el destinado a hollar la cabeza de

la Serpiente; lo cual en breve te será más claramente revelado.

«Este bendito patriarca, que a su tiempo tendrá el nombre de fiel Abraham, dejará

un hijo, y este hijo un nieto, igual a él en fe, en sabiduría y en fama, el cual

acompañado de sus doce hijos, partirá de Canaán para una tierra más adelante

llamada Egipto, fertilizada y dividida por el río Nilo. Mira por dónde corre éste, y

como desagua en el mar por medio de siete bocas. Invitado por el más joven de

sus hijos, viene a residir en esta tierra en tiempo de carestía. Ilústrase este hijo

por sus hechos, que lo elevan a ser el segundo en el imperio de los Faraones, y

muere allí dejando una posteridad que muy pronto llega a ser una nación; la cual,

creciendo de día en día, se hace sospechosa a uno de los reyes sucesivos, y éste

procura atajar el incremento de aquella gente extraña tan numerosa,

convirtiéndola de huéspedes en esclavos, y en vez de hospitalidad dando muerte

a todos los hijos varones; pero por último nacen dos hermanos, llamados Moisés

y Aarón, enviados por Dios para redimir a su pueblo de la esclavitud que regresan

llenos de gloria y de despojos a la tierra de promisión.

«Ya antes de esto el pérfido tirano, que renegaba de su Dios y menospreciaba su

mensaje, ha de verse amenazado de señales y anuncios terribles: los ríos se

teñirán de sangre, aunque no lleven ninguna; invadirán su palacio las ranas, los

piojos y las moscas, y lo inundarán todo, y plagarán toda aquella tierra; sus

ganados morirán de morriña y peste; su cuerpo y los cuerpos de todos sus

súbditos se cubrirán de úlceras y tumores. Mezclado el trueno con el granizo y el

granizo con el rayo, despedazarán el cielo de Egipto, devorando la tierra por

donde pasen; y lo que no devoren de yerbas, frutos o granos, quedará envuelto

en una negra nube de langostas, que formando un inmenso enjambre,

consumirán hasta el más pequeño resto de verdura. Veránse sumidos en tinieblas

todos sus reinos; tinieblas palpables que suprimirán tres días; y finalmente, en

una misma noche y de un solo golpe morirán todos los recién nacidos de Egipto.

Traspasado de diez heridas el dragón del río, consentirá entonces en la partida de

sus huéspedes, y con frecuencia humillará su empedernido corazón; mas como el

hielo que se endurece de nuevo después de la blandura, sintiéndose poseído de

mayor ira, perseguirá a los que ya había dejado libres, y el-mar lo tragará con su

hueste, dejando pasar a los viajeros a pie enjuto, entre dos muros cristalinos; y la

vara de Moisés tendrá separadas las olas, hasta que el pueblo del Señor llegue a

su segura playa.

«Tal es el milagroso poder que Dios concederá a su profeta; y Dios estará

presente en su Angel, que caminará delante de ellos en una nube y en una

columna de fuego, de día en la nube de noche en la columna, para guiarlos en su

camino o ponerse a sus espaldas cuando los persiga el obstinado rey. Y los

perseguirá, en efecto, toda una noche; pero se interpondrá la oscuridad para

defenderlos hasta que se aproxime el alba; y entonces Dios, dirigiendo sus

miradas a través de la columna y de la nube, confundirá a las impías legiones, y

hará polvo las ruedas de sus carros, y por su mandato segunda vez tenderá

Moisés su poderosa vara sobre la mar, y la mar, obediente a ella, volverá sus olas

sobre los ordenados escuadrones, y dejará allí sepultados a sus guerreros. En

salvo ya el pueblo escogido, camina desde la playa a Canaán, atravesando el

áspero Desierto, pero no directamente por temor de que alarmados, los

Canaanitas no susciten una guerra que amedrente a gente inexperta en ella, y el

miedo la obligue a retroceder a Egipto, prefiriendo la vida menguada de la

esclavitud; porque para los nobles como para los que no lo son, la vida más dulce

es la más extraña a las armas, cuando no se acude a ellas por un impulso de

desesperación.

«La permanencia en el Desierto les será además provechosa, dado que podrán

fundar un gobierno, y entre sus doce elegir un gran senado que ejerza su

autoridad conforme a ordenadas leyes. Descenderá Dios al monte Sinaí, cuya

nebulosa cima lo recibirá temblando, y desde allí entre truenos y relámpagos y

estruendoso tañido de trompetas les dictará sus leyes, unas referentes a la

justicia civil, otras a los ritos religiosos de los sacrificios, anunciándoles por medio

de imágenes y sombras al que está destinado a hollar la cabeza de la Serpiente y

el modo con que proveerá a la salvación del género humano. Pero la voz de Dios

es temerosa al oído humano, y así le pedirán que les manifieste su voluntad por

boca de Moisés, poniendo término a su temor, y Dios accederá a su ruego, una

vez persuadidos de que no podrán acercarse a El sin mediador, sublime oficio

que desempeña Moisés ahora en figura, para introducir otro gran mediador, cuyo

tiempo predecirá; y todos los profetas cantarán sucesivamente el advenimiento

del gran Mesías.

«Establecidos estos ritos y estas leyes, de tal manera se mostrará Dios

complaciente con los hombres dóciles a su voluntad, que se dignará de poner su

tabernáculo en medio de ellos para que el Unido Santo habite entre los mortales.

Al tenor de lo que ha prescrito, se, fabrica un santuario de cedro cubierto de oro, y

dentro de él un arca en que se conservarán los testimonios y recuerdos de su

alianza; encima se eleva el trono de la misericordia, resguardado por las alas de

dos fulgentes querubines. Arden delante de este trono siete lámparas que como

en un zodíaco, representan las antorchas celestiales; y sobre la tienda

permanecerá de día una nube, de noche un flamígero destello, excepto los días

en que las tribus estén caminando; las cuales, conducidas por el Angel del Señor,

llegarán por fin a la tierra prometida a Abraham y su descendencia.

«Sería muy prolijo referirte todo lo demás, el número de batallas empeñadas, de

reyes destronados, de reinos que han de conquistarse; cómo el Sol quedará

inmóvil todo un día en el cielo, retrasándose el acostumbrado curso de la noche, y

esto a la voz de un hombre que gritara «¡Oh Sol! Párate sobre el Gibeón, y tú,

luna, en el valle de Ajalón hasta que Israel haya vencido», que así se llaman e!

tercer hijo de Abraham, hijo de Isaac, nombre que se transmitirá a su posteridad

vencedora de los pueblos de Canaán.»

Al llegar aquí lo interrumpió Adán diciendo:

«¡Oh mensajero del cielo, luz de mis tinieblas! ¡Qué de cosas favorables me has

revelado, sobre todo en lo que concierne a Abraham y su descendencia! Por

primera vez siento ahora verdaderamente abiertos mis ojos, y menos angustiado

mi corazón: hasta el presente todos mis pensamientos eran vacilaciones respecto

a la suerte que me estaba reservada, y no sólo a mi, sino a todo el género

humano: pero ya veo el día en que serán bendecidas todas las naciones; merced

que yo no merezco, por haber buscado la ciencia prohibida por medios también

ilícitos. No acabo de comprender sin embargo, por qué se imponen tantas y tan

diversas leyes a aquellos entre quienes se dignará Dios de residir en la tierra.

Esta multitud de leyes supone igual multitud de culpas. ¿Cómo Dios puede habitar

entre tales Nombres?»

Respondiole Miguel: «No dudes que entre ellos reinará el pecado que has

engendrado tú. La ley se les impone únicamente para evidenciar su natural

perversidad, que sin cesar está incitando al pecado a rebelarse contra aquélla; y

cuando vean que dicha ley puede poner de manifiesto el pecado, y no borrarlo,

excepto por débiles apariencias de expiación, como la sangre de toro o de macho

cabrío, deducirán que para satisfacer la deuda del Hombre es menester sangre

más preciosa, la del justo por el injusto, a fin de que en esta justicia que ha de

imputárseles por la fe, puedan hallar su justificación para con Dios y la paz de su

conciencia, que no bastarían a procurar todas las ceremonias de la ley, cuya parte

moral no puede cumplir el Hombre, y no cumpliéndola, no puede vivir. La ley

pues, parece imperfecta y únicamente dictada con el objeto de someter a los

hombres en la plenitud de los tiempos a una alianza más íntima, y disciplinados

ya, hacerlos pasar de las figuras aparentes a la realidad, de la carne al espíritu,

de la imposición de una ley estrecha a que libremente acepten una amplia gracia,

del temor servil al respeto filial, y de las obras de la ley a las obras de la fe. Así

que no ser Moisés, aunque tan amado del Señor, pero sólo ministro de la ley,

quien conduzca a su pueblo a Canaán, sino Josué, llamado Jesús por los

gentiles, y encargado con este nombre de ser quien doblegue a la Serpiente y

conduzca con toda seguridad al Hombre, completamente perdido en los desiertos

del mundo, al eterno descanso del Paraíso.

«Entretanto, establecidos aquellos en el Canaán terrestre, morarán y prosperarán

allí por largo tiempo; mas cuando sus pecados lleguen a perturbar el sosiego

público, provocarán a Dios a que les suscite nuevos enemigos, de los cuales se

verán libres luego que den muestras de arrepentimiento; y esta liber-tad les

procurarán primero los jueces. y después los reyes. El segundo de éstos, célebre

por su piedad, sus gloriosos hechos, obtendrá la irrevocable promesa de que su

regio trono ha de subsistir perpetuamente: todas las profecías referirán también

que del real trono de David. nombre propio de este rey procederá un Hijo, nacido

de la Mujer, el mismo que te ha predicho, predicho igualmente a Abraham, como

aquel en quien tendrán su esperanza todas las naciones, predicho a los reyes y

que será el postrero de éstos, porque su reino no tendrá fin.

«Pero a El ha de preceder una larga sucesión de reyes. El primero, hijo de David,

famoso por sus riquezas y sabiduría, colocará en un suntuoso templo rodeado de

una nube, el arca del Señor, que hasta entonces habrá andado vagando con sus

tiendas. De los demás que han de seguirlo, unos se contarán en el número de los

buenos, otros en el de los malos reyes. Los malos formarán más larga serie, y sus

torpes idolatrías y todos sus otros crímenes añadidos a la perversidad del pueblo,

de tal manera irritarán a Dios, que se apartará de ellos y abandonará su tierra, sus

habitaciones, su templo, su santa arca y sus reliquias más sagradas a la befa y

rapacidad de la ciudad, cuyos muros has visto entregados a la confusión, de

donde le vino el nombre de Babilonia. Allí los dejará en cautiverio por espacio de

sesenta años y por fin los sacará de él, recordando su misericordia y la alianza

jurada a David, inalterable como los días del cielo. Vueltos de Babilonia, por

disposición de los reyes sus señores, que Dios les inspirará, reedificarán ante

todo la casa del mismo Dios, y vivirán algún tiempo moderada y regularmente,

hasta que creciendo en opulencia y número, degeneren en facciosos. Las

primeras discordias nacerán de los sacerdotes, hombres que-consagrados a los

altares, deberían no pensar más que en la paz; sus rencillas llegarán hasta

profanar el mismo templo, acabando por arrebatar el cetro, sin hacer caso de

ninguno de los hijos de David, y por último lo perderán. Y pasar a manos de

extranjeros, para que el verdadero ungido, el Mesías, nazca privado de sus

derechos.

«Nace este rey, sin embargo, y una estrella hasta entonces oculta en los cielos,

anuncia su venida y sirve de guía a los sabios de Oriente que lo buscan para

ofrecerle incienso, mirra y oro. Un ángel, nuncio de paz, enseña el lugar de su

nacimiento á unos sencillos pastores que velaban durante la noche, los cuales

acuden transportados de júbilo y oyen los coros de innumerables ángeles que

entonan cantos al recién nacido. Su madre es una Virgen; su padre el Altísimo

Omnipotente. Subirá al trono hereditario, y se extenderá su reino a los confines

más apartados de la tierra, como su gloria a todos los ámbitos de los cielos.»

Calló Miguel al notar en el semblante de Adán una alegría tan viva, que

asemejándose al dolor, le hacía verter abundoso llanto y no poder proferir una

palabra; mas al fin pronunció las siguientes:

«¡Oh, profeta de faustas nuevas! Has colmado mis mayores esperanzas.

Claramente comprendo ahora lo que en mis más profundas meditaciones

buscaba en vano: por qué el que con tanta ansia esperamos, debe llamarse fruto

de la Mujer. ¡Salve Virgen Madre, que tan encumbrada estás en el amor del cielo!

Sin embargo, de mi carne nacerás, y de tu vientre nacerá el Hijo de Dios Altísimo.

Así se unirá Dios con el Hombre. Forzoso es que la serpiente aguarde, con mortal

angustia, el quebrantamiento de su cabeza. Mas dime: ¿dónde y cuándo será el

combate? ¿Qué golpe herirá la planta del vencedor?»

«No te figures», respondió Miguel, «que el combate vaya a ser un duelo, ni que se

produzcan realmente las heridas en la planta o en la cabeza: el Hijo no une la

humanidad a la divinidad para postrar con más fuerza a tu enemigo; ni quedará

así aniquilado Satán, cuando un escarmiento más terrible, su caída del cielo, no le

imposibilitó para hacerte a ti una mortal herida. El Mesías, tu Salvador, no te

curará destruyendo a Satán, sino destruyendo en ti y en tu raza las obras de éste,

lo cual no puede efectuarse sino perfeccionando lo que a ti te falta, la obediencia

a la ley de Dios, impuesta bajo pena de muerte y padeciendo esta muerte que ha

merecido tu desobediencia y la de aquellos que de ti desciendan. Sólo así puede

satisfacerse la Suprema Justicia. El cumplirá exactamente la ley de Dios por

obediencia y por amor, aunque sólo el amor baste al cumplimiento de esta ley.

Sufrirá tu castigo exponiéndose en la carne a una vida perseguida y a una

abominable muerte. Prometerá la vida a los que crean en su redención y en que

por medio de la fe se les imputará su obediencia, y los méritos para salvarse, no

por sus propias obras, aunque se ajusten a la ley. Vivirá en la tierra odiado,

blasfemado, prendido por fuerza, juzgado y condenado a muerte, infamado,

maldito, enclavado en la cruz por su propia nación, y muerto por haber

dispensado la vida.

Pero en su cruz quedarán clavados tus enemigos; con El serán crucificados el

castigo que se te ha impuesto, y los pecados de todo el género humano, y ningún

daño experimentarán después los que confíen plenamente en su satisfacción. Así

morirá, pero resucitando en breve. La muerte no tendrá sobre El poder muy

duradero, pues antes de que vuelva a lucir la tercera aurora, le verán los astros de

la mañana alzarse de su sepulcro, puro como la naciente luz; y entonces quedará

satisfecho el rescate que redime al Hombre de la muerte, y su muerte salvará al

Hombre, siempre que no menosprecie una vida así ofrecida, y que contraiga el

mérito de la fe acompañada de buenas obras. Este divino acto anula tu sentencia,

la muerte que hubieras debido sufrir, envuelto como estabas en el pecado, y

eliminado para siempre de la vida; este acto quebrantará la cabeza de Satán y

rendirá su fuerza, una vez derrotados el pecado y la muerte, sus dos principales

armas, cuyo aguijón se clavará más hondamente en su cabeza que la herida que

haga la muerte temporal en la planta del vencedor o de sus rescatados, porque

esta muerte es como un sueño de que dulcemente se despierta para pasar a la

vida de la inmortalidad.

«Después de su resurrección solo se detendrá en la tierra el tiempo preciso para

aparecerse alguna vez a sus discípulos, hombres que durante su vida lo siguieron

siempre; y a ellos les encargará que anuncien a las naciones lo que de El y de la

salvación humana han aprendido, bautizando en agua corriente a los que crean,

señal que purgándolos de la mancha del pecado para la pureza de su vida, los

preparará también en espíritu, si fuere menester, para una muerte semejante a la

del Redentor. Enseñarán por consiguiente a todas las naciones, porque desde

aquél día predicarán la salvación no sólo a los hijos nacidos del seno de

Abraham, sino a los que profesen la fe de Abraham, cualquiera que sea el lugar

del mundo donde se hallen; y así en su raza serán bendecidas todas las

naciones.

«En seguida ascenderá el Salvador al cielo de los cielos, llevando en pos la

victoria, triunfante de sus enemigos y de los tuyos, en su ascensión sorprenderá a

la Serpiente, como que es del aire, y arrastrándola encadenada por todo su

imperio, la dejará por último confundida. Entrará luego en su gloria, y recobrará su

trono a la derecha de Dios, magníficamente exaltado sobre todas las dignidades

del cielo; desde donde, cuando ese mundo esté preparado para su disolución,

volverá en toda su gloria y majestad a juzgar ä los vivos y a los muertos; juzgará a

los muertos apartados de la fe, y recompensará a los fieles recibiéndolos en su

bienaventuranza, y así en el cielo como en la tierra, porque toda la tierra será

entonces Paraíso, lugar más bienhadado que este Edén, y días aquellos

venturosísimos.»

Así habló el arcángel Miguel; y nuestro primer padre, lleno de júbilo y admiración,

exclamó: «¡Oh bondad infinita, bondad inmensa, que hasta del mal haces nacer

todo este bien, trocando en bienes los males, maravilla más grande que la de la

creación al salir la luz de las tinieblas! Cercado me veo ahora de incertidumbres:

no sé si arrepentirme del pecado en que he incurrido y a qué he dado ocasión, o

si más bien regocijarme, porque de él ha resultado mayor bien, gloria más grande

a Dios, a los hombres más benévola protección del cielo, y que a la cólera haya

sustituido la gracia. Pero dime, si nuestro Libertador torna a los cielos, ¿qué ser,

de ese escaso número de fieles, abandonados en medio de ese rebaño impío de

tantos enemigos de la verdad? ¿ Quién guiará a su pueblo, quién lo defenderá?

¿No serán sus discípulos víctimas de más sañudo rigor que el que con El han

empleado?»

«Seguro puedes estar», replicó el Angel, «de que así ha de suceder; pero desde

el cielo enviará a los suyos un consolador, el prometido de su Padre, su espíritu,

que residirá en ellos, y grabará en sus corazones la ley de la fe por medio del

amor, para guiarles con toda verdad; y les infundirá amor espiritual con que

puedan resistir las tentaciones de Satán y despuntar sus envenenados dardos.

Nada de lo que pueda intentar el hombre contra ellos los intimidará, ni aun la

misma muerte, pues recibirán en sus inferiores consuelos la compensación de

todas sus crueldades. Su inquebrantable firmeza desarmará a menudo a sus más

tenaces perseguidores, porque el Espíritu comunicado primero a los apóstoles,

que han de predicar a las naciones el Evangelio, y después a cuantos reciban la

gracia del bautismo, infundirá en aquéllos el portentoso don de hablar todas las

lenguas y de renovar todos los milagros que antes de ellos hizo su Maestro; y así

en cada nación persuadirán a una inmensa muchedumbre a oír embelesada las

nuevas venidas del cielo; y finalmente cumplido su ministerio y terminada

gloriosamente su carrera, morirán dejando escritas su historia y su doctrina.

«Pero, según lo habían predicho, en lugar de ellos, sucederán los lobos a los

pastores; lobos crueles, que emplearán los sagrados misterios del cielo en saciar

su vil ansia de ambición y lucro, y que corromperán con supersticiones y falsas

tradiciones la verdad, que sólo se conserva en las puras palabras de la Escritura,

y sólo es comprensible para el espíritu. Entonces procurarán valerse de nombres,

dignidades y títulos, y unir el poder secular a estos, aunque fingiendo que

únicamente aspiran al espiritual, con lo que se apropiarán el espíritu de Dios

prometido y otorgado por igual a todos los creyentes. A favor de tal ficción

impondrán leyes espirituales por medio del poder humano a cada conciencia;

leyes que nadie hallará escritas en los libros santos, ni entre las que el Espíritu

grabó tan profundamente en los corazones. ¿Qué pretenden, pues, más que

violentar el espíritu de la Gracia, y esclavizar a su compañera la libertad? ¿Qué

otra cosa que destruir los templos vivos edificados por la fe, por su propia fe, y no

por ninguna extraña?. Porque, ¿quién puede ser infalible en la tierra, obrando

contra la fe y contra la conciencia? Muchos se gloriarán de serlo, y de esta

variedad nacerá una rigurosa persecución contra los perseverantes adoradores

en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número, creerán cumplir con

la religión apelando a demostraciones exteriores y a especiosas formalidades.

Hostigada por los dardos de la calumnia, huirá la verdad. y se hallará rara vez la

práctica de la fe. De esta suerte el mundo llegará a ser funesto para los buenos,

halagüeño para los malos, y se sentirá abrumado bajo su propia pesadumbre,

hasta que luzca el día de descanso para el justo, de venganza para el malvado,

que será el del advenimiento del Defensor que recientemente se te ha prometido,

fruto de una Mujer, vagamente anunciado y a quien no puedes ya menos de

conocer como tu Salvador y tu Soberano. Cercado de brillantes nubes, se

revelará, por fin, en el cielo, partícipe de la gloria de su Padre, y vendrá a aniquilar

a Satán con todo su perverso mundo; y de esta masa candente, purificada por el

fuego, sacará nuevos cielos, una nueva tierra, y creará siglos interminables,

fundados en la justicia, en la paz y en el amor, que darán frutos de colmado bien y

perpetua felicidad.»

Terminó con estas palabras, y Adán también, añadiendo:

«¡Cuán pronto, celestial profeta, has recorrido este mundo transitorio y la serie de

los tiempos hasta que lleguen a fijarse estables! Más allá todo es un abismo, todo

una eternidad, cuyo fin no puede alcanzar la vista. Saldré de aquí perfectamente

instruido y en paz con mis pensamientos; llevo cuanto puede contener este

pequeño vaso, y mi locura fue aspirar a llenarlo más. Sé para en adelante que lo

mejor es obedecer solamente a Dios; amarlo y temerlo a un tiempo; proceder cual

si estuviese siempre delante de El; no desconfiar jamás de su Providencia;

entregarse del todo a El, que misericordioso en todas sus obras, hace que el bien

triunfe del mal, y convierte las cosas más pequeñas en las más grandes, y

anonada con el impulso que se cree mas ineficaz los mayores poderes de la

tierra, y toda la ciencia mundana con la más humilde sencillez. Sé que el que

padece por la verdad adquiere valor bastante para lograr, el supremo triunfo, y

que para el fiel, la muerte no es más que la puerta de la vida. Esto he aprendido

con el ejemplo de Aquel a quien reconozco ya como mi Redentor siempre

bendito.»

Y el Angel por última vez repuso: «Pues sabiendo esto has llegado a la cumbre de

la sabiduría y no esperes alcanzarla mayor, aunque conocieses todas las estrellas

por su nombre, y todos los poderes etéreos, y los secretos del abismo, y las obras

todas de la Naturaleza, y las de Dios en el cielo, en el aire, en la tierra y en los

mares; aunque disfrutases de todas las riquezas de este mundo y lo redujeses

todo a tu solo imperio. Añade a tu saber acciones que sean dignas de él; añade la

fe, la virtud, la paciencia y la templanza; añade el amor, que algún día será

llamado caridad, y que es el alma de todo lo demás; y entonces sentirás menos

abandonar este Paraíso, porque dentro de ti hallarás otro mucho más venturoso y

bello.

«Pero bajemos ya de esta altura de contemplación, que ha llegado la hora precisa

en que es fuerza partir de aquí, y esos vigilantes que ves colocados por mí en

aquel collado, aguardan para marcharse. Flamígera espada, signo de

proscripción, vibra furiosamente delante de ellos: no podemos permanecer más

tiempo. Ve despierta a Eva: también la he tranquilizado a ella con agradables

sueños, nuncios consoladores y predispuesto su ánimo a una sumisa resignación.

En ocasión oportuna, tú la harás partícipe de cuanto has oído, y principalmente de

lo que le conviene a su fe saber, de la gran redención que su descendencia, la

descendencia de la Mujer, traerá a todo el género humano para que podáis vivir,

ya que serán largos vuestros días, unidos en una sola fe, bien que tristes, y no sin

causa, al recordar los males pasados pero contentos, sin embargo, considerando

vuestro dichoso fin.»

Dijo, y bajaron ambos de la colina; y apenas se vio al pie de ella, corrió Adán al

lecho en que había dejado a Eva durmiendo,

y la encontró despierta y oyó que lo

recibía con estas palabras, nada melancólicas por cierto:

«Ya sé de dónde vienes y adónde has ido, porque Dios también nos asiste

cuando estamos dormidos y en los sueños se aprende algo, y los que me ha

sugerido han sido muy agradables y predíchome grandes bienes, apenas

abrumada de pesar y con el corazón tan angustiado, cerré los ojos. Sé tú ahora

mi guía: no me detendré un momento: ir contigo vale tanto como permanecer

aquí; quedarme sin ti sería alejarme contra mi voluntad, porque tú eres para mi

cuanto existe bajo el cielo, y contigo estaré en todos los lugares, contigo, a quien

mi crimen voluntario expulsa de esta mansión. Al salir de aquí llevo, sin embargo,

el consuelo que más puede tranquilizarme; que aunque por mí se ha perdido todo,

y aunque no merezco favor tan grande, de mí nacerá la prometida estirpe por

quien todo ha de restaurarse.»

Así habló nuestra madre Eva; Adán la escuchaba complacido, pero nada le

respondió, porque a su lado estaba el Arcángel. De la otra colina, donde estaban

colocados, con paso majestuoso descendían los querubines; deslizábanse al

andar como fingidos meteoros, cual la niebla de la tarde, que levantándose del

río, pasa rozando la superficie de los pantanos, y avanza presurosa hurtando el

suelo a las pisadas del labrador, que regresa a su alquería. Levantada delante de

ellos, fulguraba la espada del Señor, despidiendo airados resplandores, como un

cometa, y su ardiente fuego y los vapores que exhalaba iban acalorando el

templado clima del Paraíso, cual el adusto aire de la Libia. El Ángel entonces,

asiendo de las manos a nuestros padres, y apresurando sus lentos pasos, los

condujo directamente a la puerta oriental, y desde ella con la misma prontitud

hasta el pie de’ la roca, donde se extendía la llanura Inferior, y desapareció.

Volvieron ellos la vista atrás, y descubrieron toda la parte oriental del Paraíso,

venturosa morada suya en otro tiempo, que ondulaba al trémulo movimiento de la

fulminante espada, y agrupadas a la puerta figuras de terrible aspecto y

relumbrantes armas. Como era natural, arrasáronsele en lágrimas los ojos, que se

enjugaron pronto. Delante tenían todo un mundo, donde podían elegir el lugar que

más les pluguiera para su reposo, y por guía la Providencia; y estrechándose uno

a otro la mano, prosiguieron por en medio del Edén su solitario camino con lentos

e inciertos pasos.

FIN